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21 de mayo de 2026 0

Un pernicioso tipo de tradicionalismo.

El conspirador carlista, leyendo La Esperanza. Obra de Valeriano Dominguez Becquer. Museo Nacional del Romanticismo.

 

 “Según Minguijón, nada más opuesto a la esencia y actitud del tradicionalismo que lo que se ha llamado “tesis catastrófica”, tan difundida en ciertas interpretaciones del mismo. Según esta tesis, el tradicionalismo es un depósito de principios, verdades y fórmulas que entrañan la solución de todos los problemas y la salud final de un mundo que camina hoy hacia su perdición; pero salud que no podrá alcanzar hasta que la obra de la Revolución conduzca a un inmenso naufragio colectivo de la sociedad contemporánea. Los que así piensan, se constituyen en depositarios y guardianes de esa verdad íntegra y en profetas de una nueva teología de la historia. Puede reconocerse fácilmente tal actitud en los grupos integristas y ultramontanos, tan proclives siempre a sentirse iniciados en el secreto de la Historia como a desentenderse de una problemática histórica concreta que ya no les afecta.

En opinión de Minguijón esta tesis catastrófica e integrista invalida por completo el tradicionalismo puesto que lo aisla como grupo humano y esteriliza su posible acción terapéutica en el cuerpo social. Según él, constituye un contagio o influencia de la tesis revolucionaria para la cual hay que constituir un mundo nuevo desde sus cimientos, rompiendo con cuanto existe como esencialmente dañado. Este respecial revolucionarismo-tradicionalista resulta, como híbrido, , estéril en la práctica y absurdo en la teoría. Un tal contagio ambiental -frecuente entre enemigos que han luchado largamente- anula ante todo el espíritu conservador, creador de estabilidad y arraigo, que es esencial al tradicionalismo, al convertirlo en fuerza hostil a cuanto existe y ponerlo al servicio de una segunda construcción de nueva planta. Y anula así mismo su carácter corporativo o institucionalista, supuesto que la vida corporativa es producto del tiempo y de la evolución, incompatible por ende con una organización súbita, por decreto.

Aunque Minguijón salió muy pronto de las filas del Carlismo y no escribió sus libros dentro de ninguna disciplina de partido, siempre he pensado que un Carlos VII -por citar la figura más representativa del espíritu del carlismo español- hubiera asentido íntimamente a esta concepción fundamental del tradicionalismo que sustentaba Minguijón. Para él -como para todo el carlismo sano y originario- el tradicionalismo era un sistema de reordenación política nacional, una bandera de todos y para todos; lo más opuesto a un grupo mesiánico de iniciados en torno a una determinada interpretación histórico-religiosa. Sabida es como esta radical diferencia de actitudes determinó la separación del integrismo en tiempos de Carlos VII.”

Rafel Gambra, Revista “Nuestro tiempo” N.º 65, 11/1959

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