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5 de mayo de 2026 2

Un Carlismo que necesita hacerse entender

(por Javier Urcelay)

(Imagen: CEU- Universidad Cardenal Herrera)

 

“España necesita al carlismo”. Esta fue la idea repetida por más de un interviniente en la reciente y meritoria conmemoración del 40 aniversario del Congreso de la Unidad que tuvo lugar en días pasados en El Escorial. La frase se pronunció ante un nutrido auditorio, aunque aún así limitado,  que la Comunión Tradicionalista Carlista ha sido capaz de reunir en una convocatoria de carácter nacional. En un país de cincuenta millones de habitantes. No parece, pues, que los “necesitados” se estén dando por aludidos.

En alguna ocasión he comentado, con quien podía tomar nota, la perplejidad que el grito de ¡Viva el Rey legítimo!, tan frecuente en los actos carlistas, provoca en los que lo escuchan que no forman parte de los enterados. ¿Es un grito en defensa de la legitimidad del rey Felipe VI hoy tan atacado? ¿Es un grito contra Felipe VI y a favor de un rey alternativo al que se le está negando el Trono? Si es así, ¿quién es ese rey? ¿dónde está y de dónde proviene su derecho a reinar? ¿Por qué no lo presentan ustedes y nadie sabe quién es? Y si no existe, ¿por qué le dan ustedes vivas?

Entiendo que el susodicho grito es racional y comprensible una vez explicado, y que gritar vivas al rey legítimo implica la reivindicación de la monarquía tradicional -la vieja Monarquía Católica española-, y la invocación al legitimismo alude a la doble legitimidad, de origen y de ejercicio, y que puede reivindicarse incluso, como es el caso, en ausencia, hoy por hoy, de la figura de ese rey concreto y tangible al que se quisiera ver sentado en el Trono, porque es una proclama doctrinal.

Sin embargo, todo lo anterior existe solo en mi cabeza, porque en la del receptor de mis vivas solo se produce la perplejidad que causa un grito aparentemente friki, extravagante y fuera de la realidad, como supone dar vivas a algo inexistente.

Traigo a colación lo anterior, que parecería anecdótico, para llamar la atención sobre un problema que aqueja al carlismo actual y que no me parece una cuestión menor, que es nuestra dificultad para transmitir nuestros mensajes a la sociedad, a ese pueblo que “lo necesita”.

A base de estar alejado de los ámbitos en los que se desarrolla la acción política real, y también a base de pereza mental, el carlismo de los últimos cincuenta años se ha limitado a repetir y repetir las mismas ideas trilladas, sin hacer el menor esfuerzo de adaptación a una sociedad que si caracteriza por algo es precisamente por la velocidad que tiene hoy en día el cambio social. O miento: en los años finales de los sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado si se hizo ese esfuerzo de actualización, que entonces se llamó de “clarificación ideológica” , pero se hizo en tan mal momento -justamente los años del postconcilio, el Mayo francés, la rebeldía juvenil, la revolución sexual…y el confusionismo generalizado que todo ello supuso-, que el intento acabó en la aberración de un carlismo marxistoide y extravagante, contrario a todo lo que había defendido durante siglo y medio.

Repetir las mismas cosas una y otra vez, y usar para ello hasta las mismas palabras, tiene el inconveniente de ignorar la evolución semántica que también suele acompañar al cambio social: las palabras persisten en el diccionario, pero a veces cambia su significado, se transmuta su sentido o el contenido al que se refieren. A veces por el cambio de los usos sociales, o a veces por influencias externas, en nuestros días por la influencia anglosajona. Así ocurre por ejemplo con la palabra liberal. Para un tradicionalista, liberal se refiere a las perniciosas doctrinas de la Revolución Francesa, pero para un europeo o español de nuestros días, significa la defensa de las libertades individuales y la economía de mercado frente al intervencionismo estatal.  Y si ese fuera su sentido, ¿seríamos antiliberales? Para un estadounidense, curiosamente y por el contrario, “liberal” no debería traducirse por nuestro término “liberal”, sino más apropiadamente por lo que en nuestros lares se llama “progresista”, es decir, izquierdista. En esta acepción, claramente volvemos a ser antiliberales. Todo depende del contenido que se entienda que hay detrás de cada palabra.

El español está lleno de palabras cuyo significado ha cambiado muchísimo con el tiempo. Por villano se entendía antes al habitante de una villa, simplemente alguien del campo, pero hoy lo asimilamos a una persona malvada o cruel. Azafata fue en tiempos una dama de compañía de la realeza, mientras que hoy llamamos así a un auxiliar de vuelo o persona que atiende en eventos. Por formidable se entendía algo que causa temor, y ahora se ha convertido en algo excelente o muy bueno. Siniestro era antes simplemente “izquierdo” (lado opuesto al derecho), para devenir ahora en algo oscuro, maligno o inquietante. Y así podríamos proseguir con ejemplos de eso que los lingüistas llaman evolución semántica.

El problema en el caso del carlismo es que alguno de sus términos “de siempre” no han cambiado tanto como en los casos vistos (donde el sentido se transforma casi por completo), pero si han sufrido desplazamientos, ampliaciones o reinterpretaciones en la época y el contexto político actual, por ser términos muy sensibles a la historia.

Así la palabra “tradicionalista”, clave en nuestro ideario, en el siglo XIX español se asociaba fuertemente a movimientos concretos como el Carlismo, con una ideología política y religiosa definida. Hoy en día su significado ha quedado fuertemente contaminado por el lefebvrismo, la defensa del latín y de la “misa tradicional”, y de ahí a la rebeldía contra la autoridad del Papa, las monjas de Belorado etc etc, cosas que tienen poco que ver con el Tradicionalismo carlista como doctrina política. El significado no ha cambiado completamente, pero se ha “cargado” con connotaciones previamente inexistentes y, por cierto, indeseables.

Otro tanro ocurre hoy, mirando retrospectivamente, con el concepto o el término absolutismo, con el que la parcialidad y ligereza de muchos libros de texto de Secundaria despachan al carlismo. Hoy absolutismo se entiende practicamente como sinónimo de poder abusivo y tiránico, pero no siempre fue así. En el sentido como los partidarios de la monarquiía tradicional usaron la palabra en el primer tercio del siglo XIX, poder abosulto no significaba poder arbitrario, sino más bien el equivalente a lo que hoy llamaríamos «Gobierno fuerte» -en oposición a Gobierno débil-, como al que aspiran hoy los partidos cuando reclaman a los electores que les concedan una mayoría absoluta para poder gobernar sin claudicaciones. Se llamaba entonces  poder absoluto en razón de la fuerza para imponer el imperio de la ley en interés social. No hay Estado, incluidos los republicanos, donde en el constitutivo de la soberanía no se halle un poder absoluto. La única diferencia que hay entre el poder de un rey y el de una República es que el primero puede ser limitado -como lo era en la monarquía hispánica de los Reyes Católicos-, mientras que el de aquella no puede serlo.

El propio término “carlista” ha sido zarandeado en su significación para el común de los españoles actuales, en función de sus avatares históricos, de forma tal que para algunos inspira los mismos recelos que Puigdemont o el separatismo vasco, llegando hasta el extremo de que algunos tertulianos empiezan casi a usarlo como sinónimo de “insolidario”.

La palabra Contrarrevolución -otro término fundamental en el ideario que sostenemos-, presenta también hoy análogas dificultades. Perdida la noción de lo que es la Revolución, con mayúsculas, como subversión radical del Orden Natural, la palabra contrarrevolución se asocia a oscuras maniobras de agencias de seguridad norteamericanas en paises de Iberoamérica para derribar a gobiernos democráticos, o a sectores inmovilistas que tratan de poner palos en el rodaje de los procesos políticos.

No le pasa menos, en sentido contrario, a la palabra democracia, indiscutible hoy para mucha gente que la acepta o usa como sinónimo de libertad, incluso de Estado de Derecho, frente a la imposición o el despotismo. ¿Cómo explicar que el carlismo no está a favor de la democracia si no puedo precisar la afirmación con una larga exposición posterior que lo aclare?

El resumen de lo aquí expuesto es que, para hacerse entender, para que exista comunicación eficaz, es preciso tener en cuenta no solo lo que las palabras significan para quien las emite, sino también el significado que tienen para quien las escucha.

Quizás esta dificultad para hacerse entender -fruto de la resistencia de los carlistas a separarse de sus expresiones de siempre o de su inconsciencia de la evolución semántica- sea una de las explicaciones de la contradicción de que mientras “España necesita al carlismo” -cosa para mi ciertísima-, la asistencia a sus convocatorias nacionales sea de un numero tan limitado de personas en un país de cincuenta millones de habitantes.

 

 

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2 comentarios en “Un Carlismo que necesita hacerse entender

  1. José Fermín Garralda

    Querido amigo:

    Sabemos lo que cuesta que muchas familias y personas se muevan. Incluso hay autores de libros muy carlistas en fondo y forma, que no los veremos entre nosotros, aunque estén con nosotros. Aquí hay de todo.

    Ciertamente, aunque los presentes fuésemos 300, seríamos muy pocos para el conjunto de España. La piedrita que cae al agua es mayor de lo que parecía en la bonita sala donde estuvimos -hay que agradecer a los organizadores- y sus ondas seguramente también, mirando de dentro hacia afuera. Somos la puntita de un iceberg, aunque un iceberg sea «nada» en los amplios espacios. Algo habrá en las ondas más lejanas para que consideradas éstas caiga la piedrita. Pues a seguir.

    Sospecho que más que las palabras importan los conceptos, la lucha en los medios, ser inasequibles al desaliento -la gran tentación-, sabiendo que nuestro Tema sociopolítico no funciona como la naturaleza siempre agradecida -toda planta es agradecida al agua-, o como la empresa siempre próspera si hace las cosas bien.

    Importa el empuje aun sabiendo que casi nunca veremos el resultado del esfuerzo que hacemos. A veces los principales enemigos nuestros somos nosotros mismos; de ahí el pedir perdón, el no ir de «salvador» y mirlo blanco, el medir el plazo medio y largo.

    Desde luego, siempre dirán que como somos absolutistas, estamos perdidos; y como somos fatxas, tambien. Siempre dirán… Cierto que lo que digamos nosotros depende de nosotros.

    España es y contiene tanto, que no nos queda más remedio que poner el listón alto. Para bajarlo ya están los demás. Eso sí, tenemos que explicarnos bien. Vale y aurrerá.

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  2. identicon

    Javier Urcelay

    Gracias por tu comentario, querido José Fermín, que aprecio especialmente por venir de quien considero un carlista ejemplar por tu lealtad, constancia, generosidad y entrega por la Causa. Muy de acuerdo con tus observaciones, que complementan a las que he querido hacer yo.

    Responder

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