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20 de mayo de 2026 0

Miguel Sanmartín Fenollera reflexiona sobre la belleza y la magia de la buena literatura y juvenil

(Una entrevista de Javier Navascués).-

Miguel Sanmartín Fenollera, es jurista de formación, abogado de profesión y escritor de vocación. Casado y padre de dos hijas. Su vocación como escritor y sus inquietudes como padre lo ha llevado a publicar el libro «De libros, padres e hijos: una guía para convertir a niños y adolescentes en lectores entusiastas» y a mantener un blog homónimo, donde comparte una visión de la educación y la literatura infantil y juvenil desde la perspectiva y experiencia de un padre católico de hoy. Además, es conferenciante, colaborador en el «Posgrado en Educación Clasicorrealista y Humanidades» de la Fundación CLE y en el portal de internet «Infocatólica», al igual que en diversas revistas, entre las que se encuentran «Misión» y «Revista Hispánica».

¿Cómo, siendo jurista, nace su vocación como escritor?

No creo que sea algo raro; más bien, al contrario. El jurista —y, en especial, el abogado, que es el tipo de jurista que soy— trabaja, al igual que el literato, con la palabra: hablada y escrita. Al defender un caso ante los tribunales, debe persuadir al juez contándole una historia con claridad, precisión y capacidad de sugestión para explicar el «qué», el «cómo» y el «por qué» de los hechos. Ese ejercicio de narrar y comunicar acerca profundamente la abogacía a la literatura. Luego, por supuesto, influyen el temperamento, la educación y el ambiente en el que uno crece. En mi caso, todo eso pesó mucho.

¿Se podría decir que, al ser padre, le interesa especialmente la literatura infantil y juvenil?

Bueno, en realidad mi pasión viene de antes. A mí la literatura me gustó desde muy pequeño. Leí mucho, y también me leyeron mucho. Crecí en una familia muy lectora: en casa había muchos libros y mis hermanos y yo nos pasábamos el día recorriendo las estanterías como quien busca tesoros. Además, los libros eran un regalo habitual.

Lo que sí es cierto es que, cuando me convertí en padre, volvió a despertar en mí, y con mucha fuerza, el interés por ese tipo de literatura. Quería que mis hijas descubrieran el gusto por leer, y eso me obligó a internarme en la «selva editorial» actual —donde hay más oferta que nunca—, mientras aprovechaba para refrescar —y ampliar— mis viejas lecturas de infancia y juventud. Fue, en cierto modo, un feliz reencuentro.

¿También porque sigue llevando un niño dentro? Decía el poeta Rilke que nuestra verdadera patria es la infancia…

Sin duda. Todos llevamos un niño dentro: el que fuimos… y, en potencia, el que estamos llamados a ser.

Así que sí: la infancia es nuestra verdadera patria. Y, por ello, sentimos nostalgia de nuestra niñez, pero es una nostalgia paradójica. Como decía el cardenal Newman, generalmente creemos que añoramos el pasado, cuando en realidad nuestra nostalgia tiene que ver con el futuro, con nuestra meta final. Es como si el corazón recordara algo que todavía no ha vivido del todo y para lo que fue hecho.

Por ello, posiblemente, esta parte infantil de nosotros puede influir en que mantengamos, ya de adultos, ciertos gustos literarios; pero lo cierto es que muchas de esas obras merecen esa atención permanente. De hecho, tanto C. S. Lewis como George MacDonald defendieron que la verdadera literatura infantil trasciende la edad, pues un buen libro debe conmover y mantener su valor ya tenga su lector cinco, cincuenta o setenta y cinco años. Estoy de acuerdo con esa idea.

¿Por qué, aunque lo ideal es que tenga un trasfondo católico, también puede ser buena si está basada en la ley natural?

Como sabemos, la ley natural es como un “manual de instrucciones” que Dios ha inscrito en el corazón de cada uno de nosotros para, a la luz de la recta razón, ayudarnos a distinguir el bien del mal y dirigirnos hacia nuestro fin último. Lo vemos muchas veces en nuestras casas: incluso sin grandes explicaciones, los niños perciben cuándo algo es justo o injusto. Esa luz primera es la ley natural. Ahora bien, no siempre la percibimos con claridad. Por eso necesitamos la ayuda de Dios.

Aun así, la ley natural ofrece un buen “terreno de base”, preparado por Dios mismo, para recibir mejor su revelación y su gracia. Es lo que llamamos un «prolegómeno de la fe». Santo Tomás nos hablaba de la necesidad de acondicionar lo natural que hay en nosotros a fin de propiciar la acción de la gracia sobrenatural: la gracia no destruye la naturaleza humana, sino que la perfecciona.

Por eso, la literatura que defiende la ley natural puede ser muy valiosa, porque educa la razón y la conciencia, dejando el alma lista para que Dios actúe en ella. Piense en El señor de los anillos: no es explícitamente católico por deseo de su autor, pero está impregnado de ley natural. Y por eso prepara el alma para la gracia. Cualquier libro que respete estas verdades profundas es, en el fondo, un aliado de la Verdad, el Bien y la Belleza.

¿Por qué la buena literatura hace que el niño desarrolle mejor las facultades del alma y la formación de una conciencia recta?

Porque la buena literatura nos acerca a aquello a lo que debemos tender: la Verdad, la Bondad y la Belleza; y eso no es poca cosa. Y lo hace a través del conocimiento poético, algo que hoy hemos olvidado pero que los antiguos cultivaban con denuedo. Nos devuelve el asombro ante lo real.

Podemos encontrar en ella, al menos, tres dimensiones formativas. Primero, una dimensión moral. Como decía el cardenal Newman, la literatura es el archivo de la experiencia humana; nos permite vivir «mil vidas» por procuración y aprender de los errores de otros sin sufrirlos en carne propia. Esa «imaginación moral» moldea el corazón mucho mejor que cualquier admonición o sermón.

Segundo, una función catártica, como nos enseñó Aristóteles: los buenos libros son «medicina para el alma». El joven lector se identifica con el personaje y purifica sus emociones, aprendiendo a ordenar sus pasiones. Recuerdo cuando mis hijas lloraron por primera vez leyendo un libro: Ana, la de Tejas verdes; aquellas lagrimas actuaron como purga, como catarsis que les permitió compartir con Ana sus temores y, a un tiempo, liberar y ordenar los suyos propios.

Y tercero, una dimensión anagógica: gran parte de la buena literatura puede ayudarnos a elevar el alma hacia lo trascendente. Hay verdades que un relato o un poema expresan de un modo que la lógica no puede alcanzar. Esto me recuerda otra anécdota: una de mis hijas, siendo muy pequeña, me preguntó un día: «Papá, ¿por qué los cuentos empiezan siempre con «érase una vez» si lo que cuentan pasa siempre?» Sin ser consciente de ello, los cuentos de hadas le habían abierto una dimensión trascendente, le habían hecho pensar en algo más allá de sí misma, en que «Érase una vez» es, en realidad, «en todo momento y en todos los lugares». Es «siempre». Pero mi hija no hablaba desde la filosofía ni la teología: hablaba desde el deseo y la fascinación que los cuentos que escuchaba habían despertado en ella.

Por último, y en todo caso, un buen libro nos recuerda algo básico: que primero uno se asombra y luego, amando aquello que le asombra, comienza a conocer.

¿Por qué es muy importante la estética, que el niño valore la belleza y tenga buen gusto?

La Belleza, a pesar de ser uno de los trascendentales del ser, está hoy bajo asedio. Por un lado, el relativismo la ha reducido a “gusto personal” o, peor aún, a moda. Por otro lado, muchos la miran como si fuera una preocupación estética sin más: algo banal o frívolo.

De esta forma, hemos olvidado que, como trascendental que es, la belleza significa mucho más; es mucho más. Platón decía que la belleza es “la cualidad por la que una cosa se constituye en posible objeto de amor”. Y san Agustín lo remata con fuerza: “no podemos amar más que lo que es bello”. Siguiendo esa línea, podríamos decir que la belleza es como una huella del hacer divino en las cosas: nos deja entrever el misterio del mundo.

Por eso, la belleza importa —me atrevería a decir que importa decisivamente—: porque nos abre a una visión profunda de lo real. Y, como decían los antiguos y medievales, es una “expresión visible” de la verdad y de la bondad. Por ello, hay que reivindicarla con fuerza.

En literatura, mucha gente ve las palabras solo como herramientas para transmitir un mensaje. Les cuesta pensar que las palabras puedan tener belleza por derecho propio o llevarla guardada en su interior. Pero la belleza está ahí, en los buenos libros, y podemos encontrarla apenas nos pongamos a buscarla: en lo externo (portada, encuadernación, ilustraciones) y en lo interno (la estructura, el orden, la música del lenguaje, el ritmo). Y también en el contenido mismo del mensaje.

Así, en los grandes libros encontramos verdad y bondad, sí, pero también ese deleite propio de la belleza. Y es que, como sabemos, al final, verdad, bondad y belleza apuntan a una misma unidad: Dios. Por eso se habla de la via pulchritudinis, la “vía de la belleza”, tan recordada y propuesta en tiempos recientes por Benedicto XVI. Y los buenos libros son parte de ella.

¿En qué medida la era de las pantallas dificulta la afición a la lectura y la imaginación?

Decía el escritor francés Daniel Pennac que la vida, con todas sus distracciones, es un obstáculo permanente para la lectura. Y si a la vida real le añadimos una vida virtual, la dificultad se multiplica.

No es solo la televisión: son, sobre todo, los teléfonos inteligentes y los videojuegos, con ese mundo virtual casi ilimitado al que dan acceso y al que niños cada vez más pequeños se enganchan. Esto no solo les quita ganas y tiempo para leer; también afecta a cosas más profundas: la capacidad de concentración y el desarrollo de la imaginación, que se empobrece y se deforma. Esta “tiranía de las pantallas” incluso perturba su percepción de lo real.

Concretamente, el efecto sobre la imaginación es especialmente nocivo. El mundo digital nos vuelve pasivos y perezosos, no solo física, sino también intelectualmente. Lo vemos todos los días: después de una hora de pantalla, el niño queda excitado pero vacío; después de una hora de lectura, queda sereno y lleno de sueños e imágenes propias. La diferencia es enorme. Por ello, el efecto en el niño es devastador porque ataca su naturaleza imaginativa, afectando a su forma natural de aprender. Su imaginación personal es sustituida por una «imaginación externa» e impuesta, que es igual para todos. Así, los niños corren el riesgo de convertirse en desiertos sensoriales e intelectuales, seres uniformados y, por tanto, deshumanizados; y eso, sinceramente, debería preocuparnos mucho. Como padres, debemos nutrir su espíritu con la misma sabiduría con la que nutrimos su cuerpo, y los libros son un alimento privilegiado para ello.

¿Se podría decir que, en plena era de la posmodernidad, los jóvenes —que en su mayoría han perdido pronto la inocencia— no tienen tanta capacidad de valorar la poesía, la armonía, el misterio…?

Me temo que sí. Pero no es culpa suya. Les robamos prematuramente su inocencia y, lo que es peor, alardeamos de ello. Una inocencia que no tiene que ver con la ignorancia, sino con esa plenitud natural con la que llegamos al mundo: capacidad de fascinación, confianza, pudor, y sentido del bien y del mal. Eso es lo que hoy se erosiona, mutilando a los chicos precozmente y mermando su aptitud para conmoverse. Aunque, siendo sinceros, en realidad, no solo afecta a los niños.

Algo fundamental se está perdiendo, pues. Y aquí conviene detenerse un momento. Porque, sin esa experiencia de asombro nacida de la inocencia, nada es posible. La capacidad de sobrecogimiento y el sentido del misterio son esenciales para la adoración, pues no puede adorarse a un Dios que no nos estremezca y nos anonade con su poder y omnipotencia. Y, además, sin esa reverencia ante lo creado, no hay gratitud. Chesterton nos habló, una y otra vez, del asombro agradecido, y nos dijo que, en él, hay siempre un elemento de plegaria.

De esta manera, y aunque esa facultad de sobrecogimiento, de candor y de adoración nace y se alimenta preferentemente de una relación directa con lo real —eso no hay que olvidarlo—, la buena literatura puede ayudar enormemente a ello.

¿Cuáles serían a su juicio los clásicos para niños imprescindibles?

¡Uf, pregunta difícil! Hay muchísimos títulos, y muchos de ellos son, para mí, imprescindibles. No obstante, tanto en mi blog como en mi libro presento listados de recomendaciones bastante extensos y con indicaciones según las edades, a los que remito. Pero, si tuviera que quedarme con algunos nombres esenciales…

Están los cuentos de hadas clásicos: Grimm, Perrault, Andersen, Grahame. El disparate genial de Carroll y Lear. La fantasía heroica de MacDonald, Lewis y Tolkien, que para mí son cumbres absolutas. Las leyendas artúricas y los mitos griegos. Los viajes iniciáticos de Verne, Defoe y Stevenson. La aventura como forja del carácter en Kipling, Dumas o Salgari. Las historias sobre familia y maduración de Alcott, Spyri o Sánchez Silva. La ejemplaridad de las vidas de santos y mártires. La poesía de Shakespeare, Quevedo, Keats o Lorca. Y, por supuesto, la Biblia.

Entre medias, de vez en cuando, también hay sitio para «chuches»: Enid Blyton, la Celia de Elena Fortún, el Guillermo de Richmal Crompton…

Pero son solo ejemplos que no tratan de agotar el tema, sino, todo lo contrario, de dejar abiertos caminos a la exploración. Gracias a Dios, hay muchísimos más. Lo importante es que sean libros que cultiven la verdad, la bondad y la belleza.

¿Por qué recomendaría a los jóvenes y a los padres visitar su blog?

Lo recomendaría a padres que quieran dar a sus hijos, a través de los libros, las bases de una educación estética y moral que les acompañe siempre. El objetivo del blog es despertar el amor por la lectura, la virtud y el asombro a través de la belleza y la gran literatura. Las recomendaciones se ofrecen como mapas para la vida, bajo la premisa de que los libros son una puerta al mundo, pero nunca un fin para aislarse de él. En el fondo, el blog intenta aproximarse, aunque solo sea un poco, al que me habría gustado encontrar cuando empecé a buscar libros para mis hijas. O, al menos, eso es en lo que pongo mis esfuerzos y lo que todavía intento lograr.

Y lo recomendaría a los jóvenes que buscan certezas en estos días de confusión. Porque la vida es una constante elección, pero solo estamos destinados a ser una cosa, y debemos entrenarnos para lograrlo. Los buenos libros, a través de la imaginación moral, la educación del corazón y la ordenación de las pasiones, pueden ayudarles enormemente a ello.

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