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11 de mayo de 2023 5

¿Tiene todavía sentido el legitimismo carlista?

(por Javier Urcelay)

Reyes y Pretendientes carlistas

En la autorizada opinión de algunos de sus mejores pensadores, el Carlismo se caracteriza por tres elementos constitutivos: una continuidad histórica, la de las Españas; una doctrina política, el Tradicionalismo; y un legitimismo dinástico. [i]

Mientras que los dos primeros de estos elementos permanecen incuestionablemente vigentes, es mucho más discutible la vigencia del tercero. En efecto, tras la muerte de Don Alfonso Carlos de Borbón y Austria-Este en 1936 sin descendencia, y agotada la descendencia masculina de la rama carlista de la familia real española -coincidiendo además con el trauma de la guerra civil que vivía España-, la reivindicación legitimista al Trono se escindió entre distintas preferencias, cada una de las cuales invocaba argumentos a su manera en pro de su legitimidad. Con ello, el mismo principio del legitimismo sucesorio empezó a perder su significado.

Algunos carlistas se acomodaron al régimen personalista surgido después de la Cruzada, y aceptaron después la reinstauración monárquica en la persona de D. Juan Carlos de Borbón, al menos hasta que su traición a los principios juramentados se hizo evidente.

Los más, sin embargo, fueron fieles a Don Javier de Borbón-Parma, designado como Regente por el monarca fallecido y autoproclamado rey más de una década después. Pero más tarde, un grupo de ellos se separó decepcionado por la tibieza de Don Javier, constituyendo la Regencia Carlista de Estella, que agrupó a los primeros carlistas sin rey, ni Pretendiente, ni Abanderado.

La designación de Don Javier como Regente no estuvo exenta de polémica. Según autorizado testimonio de Jaime Fernández, hijo del famoso Restituto Fernández  (“Resti”), ayudante fidelísimo y confidente de Don Jaime, éste fue siempre partidario de la ley sucesoria de Felipe V -que daba prelación a los varones, pero no excluía a las mujeres, y que era la que habían defendido históricamente los carlistas-, lo que a la muerte de su tío Alfonso Carlos hubiera concedido el derecho a su hermana Doña Blanca, y de ella a sus hijos varones. Al parecer, el propio Don Alfonso Carlos sostuvo siempre esta misma idea, hasta que presiones familiares le hicieron decantarse por Don Javier, sobrino de su esposa María de las Nieves de Braganza.[ii]

Esta fue la razón por la que ya antes de la muerte del rey Alfonso Carlos I, y en plena II República, temerosos de que entre unas cosas y otras la sucesión dinástica fuera a parar a las playas de la considerada dinastía usurpadora, el grupo de los cruzadistas defendió los derechos de Doña Blanca, hija mayor de Carlos VII, lo que se sustanció después en la proclamación de los derechos de Don Carlos Pío de Habsburgo y Borbón, Carlos VIII en su particular ordinal. Muerto prematuramente Don Carlos Pío, le sucedió su hermano Don Antonio, al que pronto hubieron de abandonar al descubrirse que había traicionado, en su propia vida familiar, los principios que decía defender. Sus seguidores pasaron a engrosar de esta manera, una tercera corriente de carlistas sin Pretendiente ni Abanderado.

También en los años 50 del pasado siglo, y en plena incertidumbre sobre la sucesión franquista, un tercer grupo de carlistas, partidarios de la fusión dinástica y la aplicación estricta de la ley de sucesión sin postergación de la “rama usurpadora”, marcharon a Estoril y reconocieron a Don Juan de Borbón y Battenberg, si bien pronto quien entonces se proclamaba rey tradicional cambió de opinión y optó por la monarquía constitucional a la que habían servido sus antepasados más inmediatos, dejando colgados de la brocha a quienes habían acudido a presentarle obediencia.

Los seguidores de Don Javier -la parte más numerosa del Carlismo- siguieron, tras su abdicación, a su primogénito Carlos Hugo, hasta que al sostener el joven príncipe ideas manifiestamente contrarias a la doctrina política del Carlismo, es decir, al Tradicionalismo -segundo de los componentes esenciales de éste-, una parte mayoritaria de sus fieles le abandonaron, pasando unos a postular a su hermano Don Sixto, y otros a engordar las filas de los carlistas sin Pretendiente ni Abanderado.

Los que se mantuvieron hasta el final con Carlos Hugo, un grupo ya muy minoritario, siguen hoy a su hijo Don Carlos Javier, que ha recogido la herencia de su padre y abuelo y proclama hoy su lealtad a su estirpe familiar.

También se mantienen en la suya los partidarios de Don Sixto, si bien la quebrada salud del Abanderado, su edad avanzada y su falta de descendencia, les aboca o a convertirse en una cuarta corriente que alimente el “sedevacantismo”; o a sacarse de la chistera algún Pretendiente que, sin poder invocar ya legitimidad de origen alguna, abrace al menos los principios doctrinales del Tradicionalismo.

Por si todo este batiburrillo en que ha ido a parar el legitimismo carlista no fuera suficiente, he leído recientemente una declaración que Doña Alicia de Borbón y Borbón-Parma -la última de los hijos de Carlos VII y Doña Margarita- que no conocía hasta ahora, y que realizó al parecer en Viareggio el 11 de febrero de 1964:

“Fallecido mi ti el Rey Alfonso Carlos sin descendencia masculina, revierten los derechos de sucesión de la dinastía agnada en la rama del infante don Francisco de Paula, hermano del rey don Carlos V, rama representada hoy, en razón de herencia, por S.A.R el infante de España Don Alfonso Jaime de Borbón y Dampierre, que en su día, por serlo hoy su padre, está llamado también a ostentar la jefatura de la Casa Real de Borbón. Os ruego y encargo le tengáis como jefe nato, aunque anteponiendo siempre la custodia de nuestros principios”. [iii]

El desenlace de este planteamiento, por boca de persona tan cercana al corazón del legitimismo. otorgaría hoy los derechos legítimos al Trono de España a Don Luis Alfonso de Borbón y Martínez-Bordiú, quien, efectivamente, es hoy cabeza de la Casa de Borbón, y, como tal, Duque de Anjou y heredero legítimo de la Corona de Francia, siguiendo las reglas de la estricta ley sálica de los borbones franceses. Un Pretendiente que, por lo demás y a pesar de su pertenencia a la rama “alfonsina”, se identifica, al menos tanto como otros, con los principios de la Monarquía Tradicional española.

Los avatares sufridos por la reclamación legitimista de los derechos al Trono durante los dos últimos tercios del siglo XX y lo que va del XXI, no han hecho sino añadirse a algunos episodios previos que ya habían supuesto fisuras en la solidez de las bases jurídicas del legitimismo español: me refiero a las dos vergonzantes abdicaciones de D. Carlos Luís de Borbón y Braganza, conde de Montemolín  (Carlos VI de la dinastía), y a la posterior de su hermano Don Juan (Juan III) al reconocer a Isabel II.  En ambos casos se plantearon situaciones complejas en punto a la legitimidad sucesoria, que solo los reinados sin tacha, desde este punto de vista, de Carlos VII, Don Jaime y Don Alfonso Carlos lograron hacer olvidar.

Lo escrito hasta aquí resume, a falta de más precisiones evitadas en pro de la necesaria brevedad, el problema en que se ha convertido la reclamación legitimista del Carlismo desde el punto de vista de la legitimidad de origen. Un verdadero nudo gordiano, término este que, según Wikipedia, se refiere a una dificultad que no se puede resolver, a un obstáculo difícil de salvar o de difícil solución o desenlace

Una comisión nombrada por la dirección de la Comunión Tradicionalista Carlista para estudiar el asunto y presentar algunas conclusiones, no parece que haya sido capaz de llegar a ninguna, a pesar de la abundante bibliografía que se ha ocupado, desde 1830, de fundamentar histórica, jurídica y genealógicamente las bases en que se apoya la reclamación legitimista.

Tampoco las otras corrientes actuales del Carlismo -salvo quizás la representada por Don Carlos Javier- tiene respuestas claras para la cuestión de la legitimidad sucesoria, si bien en el caso del hijo de D. Carlos Hugo son otras, y no fáciles, las contradicciones que se le plantean y que necesitaría resolver. Entre otras, la reconciliación de sus seguidores con el cuatrilema de Dios, Patria, Fueros y Rey, abandonado por D. Carlos Hugo, así como la recuperación de la doctrina social de la Iglesia, que fue siempre médula de la doctrina tradicionalista, y que parecería haberse sustituido por la Agenda 2030.

En el caso de los partidarios de Don Sixto, y de cara a su sucesión, la cuestión que se afronta, en el caso de la designación futura de un nuevo Abanderado, no es menos peliaguda, porque la designación de un Rey, Pretendiente o Abanderado de una causa nacional que se pretende legitimista, no puede ser el resultado de las muy respetables ocurrencias de una camarilla, por muy distinguida que ésta sea.

La dinastía carlista ha pasado a lo largo de los casi dos siglos de su existencia por numerosas vicisitudes. Como dinastía legitimista prestó históricamente un servicio impagable para la pervivencia de la Causa de la monarquía hispánica, católica, social y representativa. La vinculación de su reclamación del Trono y de la reivindicación de la Monarquía tradicional, permitió una posibilidad de continuidad de la historia patria que en otras naciones cristianas circundantes quedó interrumpida y sofocada por la Revolución, dejando escasa huella.

Este es, en último término, el valor histórico del legitimismo carlista. Un valor en cierto modo instrumental, que hoy -desaparecido su fundamento jurídico/legal y extinguida la línea sucesoria incuestionable desde el fallecimiento de Don Alfonso Carlos- no debería convertirse en justamente lo contrario, es decir, en motivo de división y en obstáculo para el servicio de la Causa.

La parte que queda sana del pueblo español, que constituye el verdadero y único soporte de la tradición nacional, no entiende ya de unos quiméricos razonamientos legitimistas que a nadie preocupan y a nadie interesan.

La legitimidad que hoy importa no es la de la sangre o el parentesco de un hipotético futuro rey, sino la de la capacidad de convocar a los buenos españoles a una nueva esperanza.

El Carlismo agoniza en nuestros días. Los territorios que históricamente le dieron soporte -preferentemente Cataluña, Navarra. las Vascongadas, y el antiguo Reino de Valencia-, le han vuelto hoy la espalda, y las masas populares parecen haberse apuntado, con el mismo fervor que antaño fueron carlistas, a una ideología situada en sus antípodas.

A ello ha contribuido también la nueva orientación del magisterio eclesiástico consuetudinario desde el Vaticano II, que parece haber hecho suyos los principios de la democracia moderna, evitando la reivindicación de la soberanía social de Jesucristo y erosionando la idea misma de una política católica.

Si la dinastía carlista fue clave para la pervivencia de la continuidad histórica de la España tradicional, de la misma manera un Príncipe que hiciera suya sin ambages la bandera de la España Católica y Tradicional, sería hoy un inapreciable instrumento para su recuperación, alzando una bandera en la que pudieran reconocerse los buenos españoles.

Porque la misión de un rey, un Pretendiente o un Abanderado de la Causa, que se necesita ahora, no es recibir honores de pleitesía de un grupo decreciente de leales. Ni sentarse cómodamente viendo pasar la historia desde su real poltrona, mientras que los carlistas de filas se baten inermes, sin líderes, sin recursos, sin notoriedad, sin relieve social, sin voz que sea atendida, sin posibilidad de acceder a los medios de comunicación… sin posibilidad alguna de victoria.

La legitimidad de origen es hoy una discusión bizantina, que ni a la mayoría de los carlistas interesa ya, y no digamos al conjunto de los españoles.

Agotada la legitimidad de origen e inaplicable por razones obvias la de ejercicio, queda una tercera legitimidad. Según Las Partidas, se es rey por herencia, compra o conquista. El jefe de los conquistadores será el rey y sus ayudantes próximos los nuevos nobles (“aquellos que ayudan al rey a ganar el reino”).

La legitimidad que hoy importa es la legitimidad de conquista. La de los deberes y no la de las prerrogativas, poniendo todas las posibilidades propias de un príncipe de sangre real al servicio de la Causa que se defiende. Aspirando a servir y no a ser servido. Arrostrando el sacrificio de ser el primer soldado de la Tradición, apoyando a los que libran el combate, alentando a los que desfallecen, abriendo las brechas para que otros asalten las trincheras, llamando a todos los buenos españoles que esperan oír una voz de mando, poniendo a contribución su vida y hacienda si fuera necesario. La legitimidad que da el compromiso personal, el liderazgo, la capacidad de aglutinar, la autoridad moral, la ejemplaridad y la dedicación abnegada al servicio de la patria.

Con todo el respeto a quienes no piensen como yo, esta es  en mi opinión la única legitimidad que hoy el Carlismo debería reclamar, si no quiere quedar definitivamente al margen de la historia.

Dicho castizamente y sin que suene irreverente: la Corona, para el Príncipe que se la curre.

 

 

 

 

[i] Centro de Estudios Históricos y Políticos “General Zumalacárregui”: ¿Qué es el Carlismo? Madrid, Escelicer, 1971.

[ii] Jaime Fernández: Cartas a un tradicionalista. Sin editorial ni lugar, 1951.

[iii] José María Zavala: Bastardos y Borbones. Barcelona, Debolsillo, 2012. Pág. 402. El autor no da referencia del origen de esta declaración de Doña Alicia.

 

 

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5 comentarios en “¿Tiene todavía sentido el legitimismo carlista?

  1. Luis Gonzaga Palomar Morán

    D. Javier. Buenos días. Muchas gracias por su artículo. Es muy clarificador. En serio, se lo agradezco. Sólo discrepo en una cosa. En lo de la falta de interés de la gente. Si le dijera a usted la cantidad de voluntarios para la CTC que se han conseguido en unas semanas, a lo mejor cambiaría de opinión. A parte, del dato anterior… la legitimidad es importante. No obedecer al rey legítimo en lo que proceda, puede ser pecado grave (Para lo anterior habrá que saber quién es el Rey). Opino que más que falta de interés, lo que existe es: desinformación, falta de formación o de conversión. La in-formación generalizada viene, con un buen monarca. Con un buen monarca se solucionaría la cuestión en mi opinión. Con una persona que sepa que hacer y el apóstol Santiago a su vera… Por cierto, siempre he escuchado hablar muy bien de usted, la fama le precede. Que Dios le bendiga.

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  2. Querido amigo:
    Me parece muy trabajada y acertada su exposición y argumento. También estoy muy de acuerdo con la última parte.

    Sobre la abdicación de Carlos VI, sólo decir que fue forzada ante el fusilamiento del general Ortega y la suerte de sus otros compañeros; no en vano, el 15 de junio de 1860, el rey se retractó de su renuncia.

    Sí, estamos muchísimo peor que en 1864, cuando la carta de la princesa de Beira. A los que conectamos con la decisión de don Mauricio de Sivatte en 1958, nada nos parece extraño, estando toda la vida política pensando en un “don Pelayo a la moderna”.

    Mientras tanto, que “los pelayicos”, procedentes de aquí y de allá, corran a juntarse, en mutua amistad, en torno a los severos principios de la tradición española

    Agradecido,

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  3. Juana de Beira

    Con todos los respetos al autor del articulo y a los comentarios anteriores. No existe Carlismo sin Dinastía, puede existir Tradicionalismo sin Dinastía pero no es Carlismo. La Dinastía de S. M. C. Carlos V no está extinguida, según la Ley Sucesoria Semisalica de Las Españas, por lo tanto está más claro que el agua quien tiene la Legitimidad de Origen, no se “curra” se hereda la citada Legitimidad. Si tenemos claro en quien recae la Legitimidad de Origen, ya surgirá, cuando lo quiera la Divina Providencia, de la estirpe de S..M.C. Carlos VII El Grande, el Rey Legítimo de Las Españas que tenga la Legitimidad de Origen y de Ejercicio.

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    1. identicon

      Luís B. de PortoCavallo

      Tan claro no debe estar, Sra. mía.
      Ilumínenos, vuesa merced, de tan clarividentes argumentos.

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    2. Luis Hernández del Hoyo

      Entonces hemos de enfrentarnos a una doble cuestión. ¿Tan importante es la legitimidad de derecho que obligue a esperar años y años a que un pretendiente de verdad asuma los principios carlistas en plenitud? En mi humilde opinión, existen dos opciones. O la que usted plantea, que pasa por la conversión de los que actualmente detentarían el derecho al trono. O, llegado un momento, quizá haya que ver cómo se plantea la elección de una nueva rama dinástica que sí asuma en plenitud los derechos. ¿Qué pasa si ninguna rama colateral asume?

      Luchar por los principios del tradicionalismo es lo fundamental, pero conviene no perderle ojo a esta cuestión, por el peligro de convertir a los carlistas en “republicanos prácticos”. Ahora bien, el pretendiente no debe ser figura decorativa, sino que es hora -como bien dice Fermín Garralda- de que sea el primero en la batalla.

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