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21 de abril de 2023 0

Carlos VII vuelve a la vida de la mano de Carmen Gorbe

(por Javier Urcelay)

Carlos de Borbón y Austria-Este, futuro Carlos VII, fue desde su adolescencia un pionero en el entendimiento de la imagen para la comunicación. Lejos de España por residir con su madre en Praga, y olvidado por los carlistas como consecuencia de los coqueteos con el liberalismo de su padre Don Juan, el joven príncipe gastaba ya entonces sus ahorros en hacerse fotografías que trataba de hacer llegar a España para darse a conocer.

Esta convicción del valor de la imagen como instrumento al servicio de la política, la mantuvo durante toda su vida. En los largos años que residió en el palacio de Loredán en Venecia, raro era el huésped o visitante que no salía con una fotografía dedicada. A la proliferación de imágenes del rey contribuyó también decisivamente el relanzamiento del Carlismo impulsado por el Marqués de Cerralbo, que propició la creación de cientos de periódicos y de centenares de círculos y casinos carlistas, cada uno de los cuales procuraba exhibir en sus locales alguna imagen de su rey.

La popularización de la fotografía y los avances de la imprenta, permitieron la reproducción masiva de grabados, litografías e imágenes en todo tipo de soportes. Entre ellas hay que incluir un extenso número de retratos al óleo, incluidos los que de si mismo encargó el propio monarca, gran amante de las bellas artes y decorador atento de su hermoso palacio veneciano. Don Carlos, se sintió y proclamó siempre rey legítimo, queriendo mostrar en todas sus actitudes y comportamientos la majestuosidad acorde con su condición real, tratando de recuperar el concepto de los grandes retratos de corte, en la medida en que las circunstancias lo permitieron.

En la iconografía pictórica de Don Carlos, la fotografía jugó un papel fundamental como referencia para muchos de los artistas, determinando un tipo de pintura de marcado carácter realista. Pero mientras que muchos retratos se quedaron, por esta causa, en una mera representación de la “apariencia exterior”, sólo unos pocos, los más extraordinarios, han sido capaces de captar ese “algo” en el personaje que, estando presente en la fotografía, resulta muchas veces difícil de reflejar en el cuadro.

A estos últimos pertenece, sin duda, el nuevo retrato de Don Carlos debido a los pinceles de la pintora aragonesa Carmen Gorbe Sánchez, y que ha respondido a un encargo del Museo Carlista de Madrid, encargo con el que el más icónico de los miembros de la dinastía legitimista prolonga su presencia en el arte al siglo XXI en el que vivimos.

Retrato de Carlos de Borbón y Austria-Este, pintado por Carmen Gorbe

 

La pintura al óleo al óleo de Carmen Gorbe se basa en la muy conocida fotografía perteneciente a la serie de retratos que realizó a Don Carlos en 1876 en su estudio del Boulevard des Capucines de París el fotógrafo francés Gaspard-Félix Tournachon (1820-1910), más conocido como Nadar.  Se produce así, casi un siglo y medio después, un cierto cumplimiento, por parte de la pintora aragonesa, de lo que hubiera podido ser el sueño del fotógrafo parisino, que siempre concibió sus retratos como lo haría un pintor, elevándolos a un rango artístico y en los que lo importante es realmente el rostro del retratado, prescindiendo de adornos superfluos.

Autorretrato de Nadar, fotógrafo de Don Carlos

No es la primera vez que los retratos fotográficos de Nadar, y éste en particular, llaman la atención de los artistas, pues ya a finales del siglo XIX la editorial Felipe González Rojas, de Madrid, realizó una cromolitografía basada en ella, probablemente obra de Juan Alaminos, que fue distribuida por El Correo Español. También en fecha mucho más reciente, hace escasos años, el pintor nómada italiano Vito Pollo utilizó la foto de Nadar para pintar, con trazos expresionistas, el rostro de Don Carlos, en un cuadro perteneciente también al Museo Carlista de Madrid.

Cromolitografía editada por Felipe González Rojas    

Retrato de Carlos VII realizado por Vito Pollo. Museo Carlista de Madrid

 

En el caso del retrato pintado por Carmen Gorbe, haciendo gala de nuevo de esa técnica que, en su caso, se ha dado en llamar hiperrealismo poético, la artista nos depara un retrato exigente del gran rey carlista, en el que vuelven a ponerse de manifiesto los rasgos que caracterizan su pintura, en la que resulta imposible no descubrir una mirada femenina: el exquisito dibujo, la suavidad en los colores, la delicadeza en las formas, el equilibrio en la composición y, en general, un estilo que rezuma belleza plástica, armonía y buen gusto.

Si notables son todos los detalles de su cuadro, maravilla su fidelidad a la personalidad que Nadar supo captar en el retratado, de forma tal que el rostro de Don Carlos nos resulta inmediatamente familiar: por la forma de sus ojos, por la mirada, por esa barba característica en la que Carmen hace un verdadero alarde de técnica pictórica logrando que adquiera volumen… pero, sobre todo, por esa lánguida expresión tan suya, mezcla de reserva y majestuosidad, que tan pocos pintores han sido capaces de reproducir con sus pinceles.

El retrato pintado por Carmen Gorbe, en esta época de reivindicación feminista, es por derecho propio uno de los mejores que conocemos de Don Carlos de Borbón y Austria-Este, y un cuadro que, por su calidad, veremos, con seguridad, reproducido en diversas publicaciones a lo largo de los próximos años.

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