Seguir el blog (Follow.it)

28 de julio de 2025 0

Tradicionalismo y paleontología

(por Javier Urcelay)

El carlismo ha combatido durante más de siglo y medio al régimen liberal surgido de la Revolución Francesa y que se asentó el España a lo largo del siglo XIX hasta nuestros días. Repudió la Modernidad y hasta en algunos casos se manifestó abiertamente a favor del retorno al orden de cosas anterior al llamado Derecho Nuevo. Especialmente en tiempos en los que el tal derecho nuevo era efectivamente “nuevo”, cosa que hoy ya no es el caso, después de los casi dos siglos transcurridos desde que se convirtiera en una suerte de “derecho natural” -por adoptado espontáneamente, habitual y consolidado- de las democracias actuales.

Esta insistencia en el ataque a la Modernidad hija de la Revolución, ha llevado a algunos tradicionalistas a propugnar “el retorno a la Tradición”, sin darse cuenta que en su planteamiento hay una desfiguración radical del concepto de qué es la verdadera tradición.

Suele mencionarse que la tradición es “el progreso hereditario” y no hay probablemente definición mejor. La tradición es, así, ese conjunto de creencias, usos y costumbres de todo tipo, ese “patrimonio inmaterial” que por considerarse útil y valioso, se transmite a la generación siguiente, evitando poner a cada nueva generación en situación de tener que volver a descubrir la rueda. En ese proceso de entrega -tradición viene del verbo tradere– se decanta lo que considera útil y valioso, de aquello otro pasajero y prescindible, que no pasa el filtro de lo que merece la pena legar.

La consecuencia de todo lo anterior es que la tradición es, por su propia naturaleza, un hecho dinámico y que no se interrumpe nunca. Es decir, no puede en propiedad hablarse de “recuperar la tradición” como si esto consistiera en una operación de ir a buscar algo que se abandonó en el pasado para restaurarlo y devolverlo a la vida, como quien obtiene una gota de ADN de dinosaurio en la sangre de un insecto atrapado en ámbar para traerlo de nuevo a la vida.

El punto es que una cosa es la tradición y otra la paleontología, y una cosa es ser tradicionalista y otra creer que la tradición va de pretender dar vida a los fósiles que antaño fueron seres vivos.

Si la tradición es el progreso hereditario, la tradición no puede haberse interrumpido nunca, no necesita ser “actualizada” ni “recuperada”, ni tiene sentido “retornar a la tradición” que se encontrara en algún lugar remoto de siglos atrás para volverla a traer al presente.

Me temo que alguna de estas actitudes puede tener que ver con esa imagen que en algunos ambientes se ha labrado del carlismo de pretender un regreso al pasado. Tampoco, dicho sea de paso, la reivindicación de los fueros, sin las necesarias matizaciones, ha ayudado precisamente a asociar al carlismo a una imagen de actualidad.

La tradición está viva -por definición no puede ser de otro modo- y está plenamente operante. Y si no, no es verdadera tradición.

Otra cosa es que el contenido de la tradición no es homogéneo, o, en otras palabras, que puede existir la transmisión de distintas “tradiciones”. Por eso es legítimo que haya quien hable de la “tradición democrática”, que evidentemente existe después de dos siglos de liberalismo.

El tradicionalismo lo que defiende es la tradición católica española, la tradición nacional -a la que nosotros, para darle esa prevalencia, designamos con mayúscula, como “la Tradición”- en cuanto que es la que modeló históricamente el alma de la nación y cuyo contenido -Dios, la Patria y el Rey- es el que labró las glorias patrias. La Tradición que antaño fue dominante y unánimemente aceptada por el conjunto de los españoles, y que hoy subsiste y sigue viva, pero reducida a un sector de la sociedad española que quizás ya no es sociológicamente mayoritario. Y lo hace mezclada con otras tradiciones, algunas de ellas ya incluso dominantes, por las que se transmiten creencias, usos y costumbres, hoy consideradas por muchos como valiosas -piénsese, por ejemplo, en el terreno político, en las elecciones por sufragio universal o la representación mediante los partidos-, y que están, sin embargo, muy lejos de los contenidos de esa tradición católica y española a la que nos referimos.

Y un último matiz: los que confunden el tradicionalismo con la paleontología, y que niegan que la tradición se actualice constantemente, consideran la tradición -también la Tradición católica española- como un sistema cerrado, sin interacciones con otras corrientes históricas. Lo cual es de todo punto falso. Y diría que afortunadamente, porque son esas interacciones las que posibilitan la adaptación a los entornos variables, y por ello el progreso. Y, recuérdese: la tradición es el progreso hereditario, no la inadaptación creciente a los nuevos retos que exigen nuevas respuestas.

Hay quien parece sostener que los dos últimos siglos de Modernidad no han traído nada bueno y que todo es, por tanto, rechazable y debiera tirarse por la borda. Que mantener las compuertas cerradas a cualquier influencia externa es la mayor señal de fidelidad. Personalmente no estoy de acuerdo, y además me parece una actitud muy poco tradicionalista -aunque muy paleontológica. La desaparición de la sociedad rígidamente estamental, el acceso universal a la educación, la promoción de la mujer -que no tiene nada que ver con el moderno “feminismo”- o, incluso, ciertos aspectos del llamado “Estado de bienestar” o de los genuinos derechos humanos son incorporaciones a los que no veo incompatibilidad ninguna con la doctrina católica.

La Doctrina Social de la Iglesia, en su respuesta a cada situación histórica y a los retos de cada época, constituye, un valioso ejemplo de cómo debe entenderse esa permanente actualización de la tradición: nova et vetera.

El problema no es “volver a la tradición” ni “recuperar la tradición”, sino fortalecer nuestra Tradición, la tradición católica española, vigorizarla para que se mantenga operativa y no sucumba a la influencia de otras “tradiciones” amparadas por los nuevos poderes mediáticos; difundirla para que sea abrazada por las nuevas generaciones de españoles, en lugar de que la reciban a beneficio de inventario; mantenerla abierta para que sea capaz de responder a los nuevos retos con nuevas respuestas brotadas de su genio interno.

No es un carlista más íntegro ni más fiel a la tradición quien se limita a repetir una y otra vez lo dicho anteriormente, permaneciendo inmóvil en sus fórmulas de siempre. Tampoco, evidentemente, quien confunde la adaptación con la transubstanciación, por si alguien cree que defiendo lo que no defiendo.

Discúlpeme el lector que sea biólogo y se me note.

Pero es que una cosa es el tradicionalismo, y otra la paleontología.

(Visited 251 times, 6 visits today)

Deja tu comentario

Ahora Información agradece su participación en la sección de comentarios del presente artículo, ya que así se fomentan el debate y la crítica analítica e intelectual.


No obstante, el equipo de Redacción se reserva el derecho de moderar los comentarios, sometiéndolos a una revisión previa a su autorización.


Aquellos comentarios que lesionen el honor de terceros o incluyan expresiones soeces, malsonantes y ofensivas no serán publicados.


Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*
*