7 de febrero de 2019 0

Vox, de la ilusión al desencanto Rafael Bardají, ¿“ideólogo” o “dinamitero” de Vox?

 

JESÚS SEBASTIÁN-LORENTE

Lo que sigue a continuación es una serie de impresiones personales, movidas más por los sentimientos que por la razón ‒más por reacción que por ilustración‒, que no intentan buscar adhesiones sino provocar reflexiones. Como suele decirse en estos casos, “la dirección no se hace responsable de las opiniones de los autores”. Esperamos que tampoco asuma la responsabilidad frente a las declaraciones de algunos malhechores…

En sólo unos meses, hemos visto cómo Vox triunfaba en las elecciones andalusíes, cómo cedía en sus principales líneas ideológicas ante la “derecha cobarde” para acabar con el califato maoísta, cómo, a pesar de ello, experimentaba una significativa progresión en los sondeos, cómo llenaba teatros, anfiteatros y auditorios en casi todas las ciudades españolas, cómo suscitaba la adhesión de los medios patriotas, cómo, no obstante esto último, algunos círculos y personalidades comenzaban a cuestionarse la ausencia de una ideología realmente conservadora frente a una corriente neoliberal omnipotente en la cúpula voxera (¡Ah, esa gran fractura ideológica de la derecha!)… mientras un personaje llamado Rafael Bardají se inquietaba oculto tras la gran “V” urdiendo su maquiavélico plan. Veamos.

Rafael Bardají, nacido en Badajoz en 1959, licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, fundador en 1987 del Grupo de Estudios Estratégicos, ejerció de subdirector de investigación y análisis del Real Instituto Elcano y fue asesor de los ministros de defensa del Partido popular, Eduardo Serra y Federico Trillo, así como director de política internacional de la FAES, fundación vinculada al PP. Especializado en el pensamiento neocon estadounidense próximo a los Bush, fue inspirador de la intervención en Irak. También fue impulsor en septiembre de 2010 ‒junto a Enrique Navarro Gil, Pablo Casado y Carlos Bustelo, entre otros‒ del registro de la fundación sionista Friends of Israel Initiative. Y, como no podía faltar en el currículum de un buen político profesional, consejero de un “fondo buitre” de la Company Overview Global Precision Research. En marzo de 2018 anunció su baja de militancia en el PP y su afiliación a Vox. En la actualidad, es dirigente de Vox y, por lo que parece, uno de sus principales referentes ideológicos.

Afortunadamente, Rafael Bardají no se prodiga en exceso, pero ha bastado una “exposición pública” (entrevista en El Mundo, a cargo de Lucía Méndez, el 4 de febrero), para causar un auténtico terremoto entre los partidarios de Vox. En unos meses, este partido ha pasado de la ilusión ‒el surgimiento de una formación de derecha auténtica‒ al desencanto ‒la constatación, analizadas las manifestaciones de su ideólogo, de que Vox no pertenece a tal derecha, que se trata de otro partido ultraliberal, proamericano y portador de un “nacionalismo” chabacano que apela a los moros, a los toros y a los “Soros”. Viniendo de donde viene, no es de extrañar que Bardají se empeñe en convertir a Vox en una especie de think tank neopopulista cuya misión principal sea actuar como laboratorio ideológico de radicalización (¿liberal?) del programa del Partido popular (véase, si no, el “contrato liberal” de Casado con la sociedad ‒que no nación‒ española).

He aquí algunas de sus perlas.

Una derecha no tradicional, es decir, no conservadora, ni tradicionalista, ni comunitaria, ni identitaria. «No somos de ultraderecha. Somos de la derecha no tradicional. No tenemos nada que ver con la tradición de Falange, ni defendemos el franquismo. No queremos abolir los partidos ni llevar al paredón a los que no piensan como nosotros». Asimila franquismo y falangismo, en contra de la historiografía contemporánea, situando a Falange como pelotón franquista de ejecución y fusilamiento. Flaco favor a su partido, miles de partidarios volverán su mirada hacia otras opciones patriotas.

Nada que ver con Le Pen (recuerden la invasión napoleónica), mejor con el payaso de Trump (olviden Cuba y Filipinas). «Con Le Pen hay pocas coincidencias, no podemos olvidar que los franceses nos invadieron. Y la cultura política francesa es estatista. Nos parecemos más a Trump». La presidenta del antiguo Frente Nacional (hoy, Agrupación Nacional) tiene en los genes el instinto invasor de su predecesor Napoleón. ¡Levantémonos en un nuevo 2 de mayo! Y no hablemos del exfederalista Matteo Salvini, heredero de los Escipión, violadores de la neutralidad ibérica ante el conflicto imperial romano-cartaginés. Mejor aliarse con un presidente norteamericano, al fin y al cabo, su país tuvo la delicadeza de arrebatarnos por la fuerza unos cuantos territorios de ultramar que permanecían fieles al reino de España.

Añoranza del “aznarismo” militante. «No veo ninguna posibilidad [de volver al PP]. Ni siquiera si Pablo Casado adoptase el “aznarismo más militante”, eso nos llevaría a plantearnos volver». Ese “aznarismo militante” es el del neoliberalismo, el americanismo, el atlantismo, el inmigracionismo (de la patronal), el de las “armas de destrucción masiva” y el de las donaciones sin “iva”. Aznar ha dejado de situarse en la cocina para acomodarse en un ático con vistas.

Una identidad reducida: España es sólo una reacción ante el islam. «Si no hay identidad nacional, no hay nación. Decir que España se constituye frente a los invasores musulmanes es una realidad histórica». De un plumazo, la identidad española queda reducida, con ser importante, a su combate contra el islam. Nada queda, pues, de la Hispania romana, de la Hispania visigoda, de la España imperial, de la aventura en Hispanoamérica… Pero, ¿cuántos españoles menores de 50 años se identifican con el Cid matamoros, las corridas de toros, el flamenco, la caza de la perdiz y el alanceamiento del jabalí? ¡Si hasta los musulmanes, pese a la prohibición, comen jamón ibérico con cargo a las ayudas públicas!

Desmarcándose de Steve Bannon (artífice de la victoria de su idealizado Trump) y de la derecha alternativa europea. «Steve Bannon es una persona fascinante… Pero su empeño en organizar una internacional europea de la derecha alternativa o soberanista está condenado al fracaso. Europa no es EE.UU.». Sigamos la senda de Trump, pero no la de Bannon, principal artífice de su victoria electoral. Igual que Aznar con Bush. Mejor con George Soros (¿hasta dónde llega su perversa influencia?) que con Le Pen y Salvini. Menos mal que, si Bardají no lo desmiente, Santiago Abascal tiene como modelo a Viktor Orbán.

En las páginas del digital El Manifiesto, su colaborador estrella, que escribe bajo el seudónimo de Sertorio, advertía, no hace mucho, del peligro que acecha a Vox: convertirse en una derecha neoliberal y atlantista, en una reedición del aznarismo. Con asesores ideológicos como Rafael Bardají, la formación “verde” no podrá conjurar este peligro… y será el “brazo tonto” del PP.

En otro lugar, Francisco Torres lanza una justificada alarma sobre las afirmaciones de Bardají, que no tienen desperdicio porque podrían marcar las líneas ideológicas del discurso de Vox en los próximos meses. “La realidad es que, leídas sus frases, más parece retroceder en el tiempo político, pues, aunque no lo diga, nos retrotrae al mensaje de ser el verdadero PP tras el abandono de sus señas de identidad. Lo que, dicho sea de paso, también es muy relativo en no pocos aspectos, ya que algunos de esos abandonos estaban en el discurso del PP desde mucho antes que Rajoy…”.

Las próximas elecciones europeas serán la prueba de fuego para Vox. ¿En qué grupo del Parlamento europeo se integrarán los casi con toda seguridad nuevos diputados de esta formación, en el grupo del «Partido Popular Europeo», junto al PP Pablo Casado, la Unión Cívica de Viktor Orbán, en el cual permanece pese a las amenazas y las sanciones, y otros partidos bien llamados liberales, y mal llamados conservadores, o en el grupo «Europa de las Naciones y de las Libertades» donde confluyen las formaciones soberanistas e identitarias como la Agrupación Nacional de Marine Le Pen y la Liga de Matteo Salvini? De esta elección dependerá el alineamiento ideológico de Vox y, en consecuencia, sus futuras posibilidades en el mercado electoral español.

Y esto no ha hecho más que empezar…

 

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