10 de agosto de 2018 0

Otra Europa

En mi primera juventud hablaba con un amigo alemán, educado en el nazismo más radical, y exaltaba la figura de Carlos V por sus intentos de lograr una Europa unida. Él me replicó alabando a Napoleón I por lo mismo.

Más adelante comprendí la admiración de un nazi por Napoleón. Hitler era, él mismo, un admirador de Napoleón. La más clara prueba de ello es que, cuando se anexionó Austria, lo primero que hizo fue enviar a Francia, el corazón del hijo de Napoleón, que se conservaba en Viena.

El origen de esa admiración no podía ser otro que las ideas que ambos, Napoleón y él, tenían sobre una Europa unida. Desde luego, que no soñaban con la Cristiandad. Su Europa era una hija de la Revolución.

Años después, leí a Leon Degrelle. En este personaje se daba la paradoja de su catolicismo, con su adhesión a Hitler. De todos es conocido que su iniciación en política fue creando el partido REX. Tomó la palabra de “Christus Rex”, equivalente latino de Cristo Rey, que había sido el grito de guerra de los católicos mejicanos en su lucha contra Calles.

Justificaba León Degrelle su pertenencia a las SS Waffen, en las que llegó a General, calificándolas de SS Europeas. Y su adhesión al Führer alemán por las ideas de éste sobre Europa unida.

Efectivamente, las SS, comenzaron por ser un grupo de acción del partido nacionalsocialista. Se militarizaron y formaron unidades combatientes, consideradas de élite por su lealtad al Führer.

A lo largo de la contienda, la necesidad de cubrir bajas y de crear nuevas unidades, hizo que en la SS se aceptaran no alemanes. Primero fueron europeos de habla alemana, luego de estirpe germánica (flamencos, holandeses, noruegos, etc.) y finalmente europeos en general. Llegaron a formar parte de las mismas incluso españoles.

En los últimos meses de la Guerra Mundial II, se distribuyó entre los miembros de las SS propaganda Europeísta. Recordamos un folleto, distribuido por el consulado alemán de Bilbao, que se titulaba “Por Dios y por Europa”. Advertía de los males que se cernían sobre Europa en vista de la inmediata derrota de Alemania ante la Unión Soviética. Posteriormente cayó en mis manos un mapa de Europa unida, procedente de alguna publicación de las SS, en el que se marcaban las futuras divisiones administrativas. Figuraban lo que hoy llaman los Países Catalanes, Galicia con Portugal, el conjunto vasco-navarro (de éste no recuerdo el nombre) etc.

Años después, en la década de los 70, apareció la obra Vasconia. Como autor de ella figuraba F. Sarrahil de Ihartza, seudónimo bajo el que se ocultaba Federico Kruttwig Sagredo. Consistía en una concepción del nacionalismo vasco acorde, en su mayor parte, con las ideas marxistas de ETA y con sus métodos criminales. Llegaba hasta una organización futura de Europa. Y en la obra, aparecía un mapa de la misma, que coincidía, en muchos puntos, con lo que yo recordaba de la Europa de las SS.

Todo ello nos hace suponer que ya existe el plan de una Europa unida, hija de la Revolución. Un plan establecido por unas instancias que dominan ámbitos dispares como son los nazis, la ETA y los demócratas españoles.

Sí, también los demócratas españoles. Lo tenemos a la vista. La ruptura de España no viene solamente de los clásicos partidos separatistas vascos y catalanes. Socialistas y peperos, desde los gobiernos de Baleares y la Comunidad Valenciana, adoptan medidas que tienden a la asimilación de ambas comunidades en los Países Catalanes. En Galicia, gobernada por el PP, se han adoptado medidas contra el uso de la lengua castellana. En el resto de las regiones españolas se aprecian actitudes de apoyo a la disgregación.

No olvidemos los estatutos aprobados por la II República. Cuando aún estaban sangrando las heridas de los enfrentamientos entre nacionalistas y socialistas vascos, Prieto y Aguirre se arreglaron para poner en Marcha una Euzkadi que funcionó como en estado casi independiente. Y lo primero que hizo la democracia de la Transición, fue enlazar legalmente con los Estatutos citados.

Cuando el nacionalismo se movía en la clandestinidad, circulaba entre los peneuvistas la consigna “Euzkadi libre, en Europa unida”. Otras veces, en mis discusiones con mis amigos nacionalistas, me veía obligado a hacer frente a sus propuestas de una Federación de Repúblicas Ibéricas.

Indudablemente, los poderes ocultos que gobiernan el mundo tienen un plan sobre Europa desde hace muchos años. Plan que no tiene nada que ver con la Europa cristiana que soñaron Fernando el Católico y su nieto Carlos de Austria.

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