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15 de marzo de 2026 0

Mártires de la Tradición, cosa de todos, ejemplos y don. (Lo que el pasado enseña a los presentes)

(Por José Fermín Garralda)-

“Ante Dios nunca serás héroe anónimo” es el mayor consuelo y alegría que tiene todo mártir de la Tradición, de la Religión, las Españas y la legitimidad.

En este 130 aniversario de la creación de esta entrañable festividad por don Carlos VII, voy a exponer varias situaciones o ejemplos que me han ido saliendo al paso, y que muestran la evolución social desde 1833 hasta 2003 y nuestros días.

La Revolución ha avanzado y hoy es descarada. Ha desintegrado la sociedad y ante ella el hombre se siente más solo que nunca, más impotente, más perseguido que nunca.

En 1833 aportación a la Tradición fue masiva. La familia grande (troncal) estaba unida, sufriendo, eso sí, mil riesgos y penurias personalísimas. En 1872 hubo una división de la familia troncal, aunque se mantuvo la fidelidad del núcleo familiar de padres e hijos. En 1936 ésta familia nuclear vio perder algunos de sus miembros. Y hoy asistimos a la soledad del individuo aislado, máxime cuando la partitocracia divide, paraliza y agota a todos. Es la persona asediada por su entorno social, pues lo político ha absorbido a la sociedad porque ya se va haciendo revolucionaria.

Como enseñanza lo último que podemos hacer es aislarnos, y hacer la guerra por cuenta propia. Además, estamos de enhorabuena, porque el ídolo tiene los pies de barro, y que nuestro pequeño calvario se sostiene en la esperanza.

Año 1833

El primer mártir de la Tradición en Pamplona fue el general don Santos Ladrón de Cegama, fusilado en los fosos de nuestra ciudadela en 1833.

Hay muchos mártires de la Tradición en la primera guerra carlista en Navarra (1833-1839) que aparecen en  los 122 legajos de la Real Junta Gubernativa Carlista del Reino de Navarra (Archivo General de Navarra, AGN).

Sin duda hay otros nombres olvidados en el río de la Historia, que muy queridos para Dios. Mártir de la Tradición fue Joaquín Hugarte, soltero de 24 años y natural de Adiós (al Sur de la Sierra del Perdón), que dejaba el empleo de soldado de la Cía de granaderos del 12 BON por haber quedado inútil después de ser herido dos veces. En su petición dice así:

“Que desde el principio de esta gloriosa lucha, empuñó las armas en defensa de los incuestionables d(erechos) de V.M., habiendo seguido constante y gustoso, hasta que tubo la desgracia de quedar inútil para poder seguir en d(icha) empresa: cuando el suplicante salio voluntariamente á defender el mejor de los monarcas, se hallaba huerfano de padre y madre, pero sin embargo de ello, y de poseer un decente patrimonio, lo abandona todo, y se presenta ansioso á ser útil á su Rey Don Carlos 5º como un buen Español: Gustoso señor habria seguido empuñando vuestras armas, sin acordarse de su casa y hacienda, pero ya que no puede ser útil por ese medio á la Justa Causa, quisiera serlo por cuantos estén á su alcance, y el único que encuentra es que V.M. por un rasgo de su clemencia, se digne conceder licencia absoluta al esponente (…)” (Estella, 26-III-1838) Se respeta la grafía (1).

Hubo familias enteras en defensa de la tradición, desde el primer momento, con heroísmo, sufriendo la  pérdida de empleos, la expulsión o destierro de su pueblo o ciudad, su traslado obligado a otras poblaciones, el embargo de sus bienes, la indigencia, la prisión o el traslado a Cuba y Filipinas. O el fusilamiento de alguno de sus miembros. Muchas familias numerosas tenían tres y cuatro hijos en el Ejército Real. La lista es larguísima.

Héroes fueron tanto las personas afamadas como los considerados don nadie: todos se necesitaron entre sí. Todos son mártires de la Tradición.

La mujer fue la gran heroína oculta, pues quedó al cuidado de sus hijos en ciudades y pueblos, sola y sin trabajo, perseguida, ridiculizada, expulsada con el embargo de sus pocos bienes. Cayó en la miseria, tuviese o no fondos iniciales para subsistir.

Mártir de la Tradición fue María Fausta Lizarraga, viuda de Francisco Pietrarena, vecina de Salinas de Oro. Solicitó una ración de pan y carne diaria por ser viuda, pobre, estar enferma, no poder salir de su pueblo, y tener tres hijas pequeñas a su cargo. Más aún, tenía tres hijos voluntarios en las banderas de “la justa causa”: Jacinto en el 5º BON de Castilla y prisionero desde hace cinco meses, Simón en el 1ºBON de Navarra, y otro cuyo nombre omite en el 8ºBON también de Navarra. Los tres hijos se habían alistado dejándolas a merced de una vida de intemperie. El párroco del pueblo dijo que todo era cierto, y garantizaba la buena conducta de su feligrés. El 17 de agosto de 1837 se le concedió lo pedido (2).

Mártir de la Tradición fue Polonia Munárriz. Su esposo había fallecido en la cárcel pública de Burgos “por adicto á la causa justa”. Ella tenía una buena posición social en Pamplona y tuvo que salir de Pamplona con sus hijas y un hijo menor de edad. Su conducta moral y política estaba acreditada. El párroco de Garisoain, se  compadeció de su  indigencia y la acogió en su casa, pues madre e hijas “no están acostumbradas á hir á la piedra el rio á proporcionarse alimento” como lavanderas. Éste párroco, solicitó a la Diputación (Garisoain, 22-II-1839) dos raciones para esta familia, pues él no estaba obligado a asistirla, se había adelantado al socorro de la Diputación, y don Manuel Irujo, vocal de la Diputación del Reino, la conocía bien a dicha Munárriz. Hasta aquí todo es muy comprensible, pero el lector se asombra que Polonia Munárriz tuviese cuatro hijos, todos los cuales “están con la espada en la mano, defendiendo á S. M. Carlos 5º (Q D G)” (3).

Mártires de la Tradición los pobres voluntarios, y también los de posición desahogada. Don José Ramón Pagola y Marichalar, vecino muy acomodado de Azagra, se marchó de su pueblo por su fidelidad a Don Carlos V. Pasado cuatro años ya había apurado sus recursos, y solicitó suministros o  raciones para mantenerse (expediente nº 312). Posición desahogada y apensionada la de Don Ylario Salanueva, subteniente, se sumó a la sublevación de don Santo Ladrón de Cegama (exp. 313), y tantísimos otros.

Muchos mártires de la Tradición pasaron desapercibidos: ante Dios nunca serás héroe anónimo. Su primer lema era la Religión. Por ejemplo Juan Roques, vecino emigrado al Reino de Navarra desde la ciudad de Santo Domingo de la Calzada, en Rioja. Abandonó sus bienes. Estuvo en calabozo en Burgos y Valladolid por tener cinco hijos “en las filas de la lealtad”. Se liberó de una condena de seis años en los presidios de Málaga porque se fugó. Huyó a “estas leales Provincias” con otros cinco de familia y su esposa: esto es, un cuñado que tuvo que abandonar su casa por salir de fiador de Roques, tres hijas (1 mayor y 2 menores), un hijo de 15 años, estudiante. De este se promete que cuando sea útil “empuñara el sesto hijo las armas en defensa de la justa causa”. El padre continuaba diciendo que la esposa, habitualmente estaba enferma, “de los insultos y padecim(ientos) sufridos p(or) su adhesión y lealtad, a favor de la justa causa”. En su solicitud pedía raciones diarias, porque el gobernador de Estella le había puesto algunas pegas para recibirlas. La Real Junta Gubernativa de Navarra le concedió las dos raciones al  acordar: “socorrase, pues q(ue) de otros modos perecera la existencia de este infeliz padre y desgraciada familia q(ue) ha sacrificado sus bienes p(or) la justa causa, y está sacrificando la sangre de cinco hijos q(ue) actualmen(te) están en el R(eal) Servicio” (4). Hay muchos más casos, pero basta con los reseñados.

* * *

Los móviles de 1833. El motivo del mártir de la Tradición para dejar esposa y familia –con niños pequeños y tierras a trabajar-  y sumarse a las filas carlistas, no era los bienes materiales y el sustento en tiempos de crisis agrarias. La guerra es el peor aliado.

Las guerras son el peor negocio para todos, para los que pasan estrecheces y para los acomodados que pueden perder todo. También es difícil que el soldado saliese al campo del honor por el salario -siempre en precario y no merecía el riesgo- y para cubrir los gastos de su familia. Ser soldado en tiempo de guerra tampoco era una profesión, por su temporalidad y por la inseguridad del triunfo y futura la recompensa. A los mozos les era mucho mejor quedarse en su casa, o emigrar.

Que la psicología esté siempre presente tampoco la convierte en causa única ni principal de la decisión. Hubo ideales inmateriales.

Los móviles eran los más elevados: religiosos, el bien social o de la Patria y el Reino de Navarra,  la legitimidad en una época de trampas políticas y golpes de mano… y el ejemplo de los precedentes.

En 1833 el mártir de la tradición estaba en todos los sectores sociales, y reflejaba la estructura de la sociedad. No fue una guerra de clases. Todos fueron perjudicados. Muchos sobrevivían como podían, con la guerra se hicieron más pobres, y unos perdieron la vida y otros la hacienda por falta de brazos para el trabajo en el campo.

Hubo muchos mártires de la tradición o carlistas en Pamplona pues  no es verdad que la gente del campo fuese toda carlista y la ciudad toda liberal.

Mártires más de los 586 pamploneses en 1833 identificados por cierto historiador, porque además de los secuestros de bienes, deben sumarse muchas familias que solicitan alimentos a la administración carlista. Muchos pamploneses se fugaron a las filas de don Carlos siendo labradores, artesanos, estudiantes, empleados públicos y privados, militares, curiales… La lista es muy larga.

Pero también mártires los clérigos y frailes, nobles y personas pudientes o de posición desahogada.

Mártir de la tradición los siete de diez concejales de Pamplona, los cinco de siete diputados del Reino, y otros cargos públicos. Recordemos que la fuerza la tenía el virrey que sirvió a María Cristina. Mártir el duque de Granada de Ega (bienes embargados por el conde Armildez de Toledo, Pamplona, 10-VIII-1834), el capellán de la S.I. catedral Joaquin Ollo (embargado por Garelly, Pamplona, 18-VI-1934), el canónigo José Benito Moreno, Joaquin Elío hijo de Concepción Ezpeleta (noble), el abogado, relator de los tribunales y propietario Fco. Javier Quadrado, el capitán José Erroz, el casi centenar de frailes capuchinos extramuros que se fugan la noche del 5-VIII-1834, Ángel Sagaseta de Ilurdoz (síndico del Reino, desterrado a Valencia), Esteban Pérez de Tafalla (propietario, Estafeta nº 26), Fermín Javier García Herreros (chocolatero, Mercaderes nº 2), Isidro Vidarte (Mercaderes), José Joaquín Lecea (administrador), Olloqui (noble, diputado del Reino, señor del palacio de Olloqui), Ciriaco Guergué (propietario, administrador), Luciano Oyarzun (comerciante), Martín Mónaco (propietario, cerero, que construyó la casa que llamamos de Baleztena), Ramón Irañeta (comerciante), Manuel Azoz (cerero), los propietarios José Ignacio Larumbe, Diego Larreta, Joaquín Arteta, Benito Badostáin, Manuel Barandiarán, Agustín Sancho, Antonio Espinal, Luciano Oyarzun, Matías Antonio Durán, pero también Pedro Nolasco Dombrasas (empleado cualificado de la Diputación), Juan Romualdo Echeverría (empleado de rentas, vecino de Ochagavía), José Algarra (empleado), Luis Mongelos (comisario de policía), los escribanos reales Pío Buelta (escribano, San Antón nº 42), Matías Antonio Goicoa, Andrés Garjón, Pío Aguirre, Ramón Fernández Salas y doce escribanos reales más, Fermín y Eusebio Izu (labradores, muy pudientes), Fco. Goyena (sastre, pudiente), Sebastián Yoldi (herrador) y un largo etcétera (5).

Año 1872

Llegó la división de la gran familia (la troncal) debido al avance de la revolución, manteniendo la fidelidad sólo la familia nuclear (padre e hijos).

Contaré un caso que casi se ha hecho personal. Siempre escuche como gran ejemplo de fidelidad que en 1871 el general gobernador de Pamplona reconoció a Carlos VII en el lecho de muerte y exigió a sus cinco hijos jurar que  servirían al rey. Me costaba creerlo, como si se tratase de magnificar a nuestros mayores. Pero los hijos así lo hicieron y, además de ser militares con Carlos VII, ostentaron siempre el abolengo carlista “como timbre de honor, como ejecutoria de nobleza”, siendo fieles hasta el final de sus días y luego lo fueron sus sucesores.

Ocurre que hace tiempo me puse a estudiar a uno de mis tatarabuelos, gran propietario en Cuba y del palacio de Goyeneche de la plaza del Castillo (Estafeta nº 38 y Plaza del Castillo nº 7), que era Miguel María Zozaya e Irigoyen (6). A pesar de la simpatía y admiración  que me produce, pues trabajo sobre un retrato suyo de época junto al de don Carlos VII, mantengo mis desavenencias porque él fue activo liberal, diputado conservador a Cortes y luego, ya sagastino, diputado foral.

Ahora viene mi sorpresa al enterarme que dicho general fue Francisco Ortigosa, carlista en la primera guerra, fallecido con setenta años en 1871, y que éste había casado con Francisca Micaela Zozaya e Irigoyen, hermana de dicho don Miguel María. De sus cinco  hijos,  Juan, Luis y Sergio fueron militares, como el padre. El teniente Juan desertó a las filas carlistas en 1873, ascenderá a coronel de Artillería y ocupará el empleo de gentil-hombre de Carlos VII en los días del destierro en el palacio de Loredán (Venecia). Miguel fue subteniente  y ascendió a coronel de Artillería, siendo luego preceptor de don Jaime durante muchos años, así como director del periódico de Bilbao Beti-Bat. Pedro será el mayor y abogado. Tras la guerra civil, siete Zozaya huyeron a Francia (dos hermanas de Miguel María y los cinco hijos de Francisco Micaela), y dos de ellos persistieron en el destierro y ocuparon cargos junto a don Carlos VII. Todos apoyarán al diario carlista “El Tradicionalista” (18 y 20-X-1886).

Si éste es un ejemplo de la división de la gran familia troncal, también lo es del mantenimiento de la familia nuclear (padres e hijos) en una sociedad cada vez más dividida.

Otro ejemplo de heroísmo es el del general Lerga. José Lerga Donamaría (+ 1892) era vecino de San Martin de Unx. Participó en la primera guerra, en intentonas posteriores, y se ganó la vida tras la tercera guerra picando piedra en las carreteras navarras, una vez que rechazó la oferta del mando militar para que siguiese en el Ejército. No quiso reconocer a don Alfonso XII pues ya reconocía a Carlos VII en el destierro.

Sin duda pasó a lo que hoy día dicen imaginario colectivo de muchos carlistas de 1936. Dice así:

“Como caso de lealtad, entereza y españolismo, podemos citar el del General Lerga; éste había dado su pequeña fortuna para la causa carlista. Al terminar la guerra se encontraba sin recursos; el Capitán General de Navarra le llamó a su despacho y le propuso en nombre del Gobierno, el reconocimiento de sus grados y destino en la Península o en Ultramar, haciendo toda clase de consideraciones, entre ellas, que había Rey en España ya; pero él, agradeciendo la proposición, contestó que no reconocía otro Rey que Carlos VII, ni otra España que la eterna, la tradicional y la verdadera; este gran caballero y gran español, continuó su vida haciendo sus servicios de caminero, con su azada al hombro, pero respetado y querido por todos los habitantes del distrito en donde prestaba sus servicios, y saludado con arreglo al formulario militar: “buenos días mi General”; “a sus órdenes mi General”; (el distrito de Tafalla lo recuerda como figura legendaria, finalizando sus días en el pueblo de San Martín de Unx); encontrándose una tarde sentado en un banco de la Iglesia a la hora del rosario, y rezándolo, con uno entre sus manos, le sorprendió la muerte; ¿no da este hecho qué pensar? ¿no es para reflexionar y admirar a estos españoles inmensos que, parece que sólo por designio de Dios pueden ser tal como son?” (7).

Del general Teodoro Rada, “Radica”, tenemos un monumento reciente en Tafalla, y una referencia social  publicada por Martorell (8). Como los mártires de la Tradición dieron todo sin pedir nada a cambio, ya estamos pensando celebrar un acto de recuerdo en Tafalla.

Año 1936

Ante el avance de la revolución se llegó a la división de la familia nuclear. Cada uno puede poner ejemplo en su propia familia.

Sin embargo, allá cuál si permaneció firme y heróico en su deber. Muchos lo hicieron. Ante las muchas razones para la resistencia, ante el heroísmo de muchísimos y pertenecer a todos los estratos sociales, sus oponentes (que siguen el esquema marxista) sólo les pueden tentar y tientan diciendo: vuestras élites “os engañaron”. Pues no, vosotros sois los que engañáis y mentís.

Año 2003

Finalmente nos encontramos al hombre solo en un entorno hostil. Muchos mártires de la Tradición en el más absoluto anonimato y silencio, único en la historia.

Un tal Mariano Romero Alda, de Vitoria, escribía a un amigo una carta lacónica y desgarradora:

“Vitoria, 14 de Diciembre de 2003./ Rvdo. P. Dallo. Pamplona/ Distinguido P. Dallo: / Hace tiempo le pedí que no me enviase la revista S.P. porque tengo problemas. Me acusan de todo, de pertenecer a algún grupo político extremista, que tengo un trayectoria ultra, y no sé cómo terminaré mi estancia o permanencia en esta tierra. Estoy aplanado. Le pido, por favor, que no me la envíe. Que esto explote, porque será una liberación./ Michas gracias, y un saludo afectuoso de / Mariano Romero” (Archivo U. S. Pamplona).

* * *

Conclusión. La enseñanza de todo eso es clara. 1º) Hoy existen muchos mártires de la tradición anónimos, tanto que el mártir puede olvidar fácilmente que lo es, y que lo es ante un buen Dios que es el mejor «público». Este enorme consuelo es paralelo y da sentido al muchísimo sufrimiento oculto que hay.

2º) Nunca como hoy la unión de todos hace la fuerza de todos y cada uno, y del todo.

3º) Se debe evitar que alguien esté solo, pues la soledad nos hace claudicar y ser estériles.

4º) Aglutinar a todos, y desarrollar los cuerpos intermedios, es el mejor plan político.

5º) No se puede empezar la casa contradictoriamente y por el tejado, como hacen los despreocupados durante años que principalmente buscan príncipes en el ocaso. La «prueba de fuego» es trabajar durante décadas y de cara al futuro.

Pues a seguir y mejorar.

Pamplona, 14-III-2026

José Fermín Garralda Arizcun

Notas:

(1) Archivo General de Navarra (AGN), Real Junta Real Gubernativa Carlista (RJGC) Caja 33451 leg. 75 ó 76. El término España se da por supuesto, toda vez que a don Carlos se le pone la cifra de Carlos 5º -ni siquiera se indica que es de Castilla- y se omite el 8º de Navarra, quizás porque el rey de Navarra es el que lo sea en Castilla.

Aunque se centra en los derechos dinásticos, no por ello estos van a ser el único motivo de la inquebrantable decisión del voluntario, basada en los ideales y no en la necesidad económica. El término don Carlos engloba todo lo demás.

(2) AGN, RJGC, leg. 64 en caja 33.445, Expediente nº 309.

(3) AGN, RJGC caja 33452 leg. 77-78.

(4) AGN, RJGC, leg. 64 en caja 33.445, Expediente nº 315, Estella, 25-XI-1837).

(5) AGN Sec. Delegación de Hacienda. Bienes incautados, Caja 34.824 a 34.829.

(6) Garralda Arizcun, José Fermín. Historia de Cuba 1868-1898: migración, progreso material y problemas en las haciendas matanceras de la familia Zozaya del valle de Baztán (Navarra). De próxima publicación.

 (7) Documento anónimo escrito a máquina, titulado “Antecedentes. Los carlistas ante la revolución encubierta de un liberalismo importado. Informe reservado”, 25 fols., Pamplona, abril de 1952, pág. 3, Archivo particular JFG.

(8) Martorell, Manuel (2024). Radica. El pueblo en armas: Tafalla,  Altaffaylla y Txalaparta, 215 pp.

 

 

 

 

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