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28 de marzo de 2020 0

La letra y el espíritu

Por Carlos Ibáñez

En relación con el aislamiento que la pandemia nos ha impuesto a los españoles, nos llega una noticia que los sugiere una reflexión.

Viajaban en un turismo tres compañeros que se dirigían a su trabajo. Las medidas de aislamiento exigen que en cada coche sólo puede viajar una persona. Fueron detenidos por la policía y sancionados.

Los tres iban a trabajar en la misma industria. Iban a estar juntos durante sus labores. Trabajan en una industria que no puede suspender su actividad. Iban a estar juntos por necesidad durante toda la jornada de trabajo. Es, por tanto, absurdo que se les haya sancionado por haberse juntado para el viaje.

Es una prueba del error liberal que todo lo basa en la ley escrita. La ley escrita es insuficiente si el que tiene que interpretarla se atiene exclusivamente a su letra. Toda ley tiene un fin. Y e a ese fin al que hay que atender. No a la letra, estricta que es lo que hizo el agente de la autoridad que sancionó a los viajeros.

Se dice en la Escritura que “la letra mata y el espíritu vivifica”. Y, más allá de la anécdota que nos ocupa, el liberalismo prescinde del espíritu y se basa exclusivamente en la letra. Y ese es su gran error.

La letra es necesaria. Por eso desde tiempos inmemoriales se han escrito las leyes. Recordemos la definición de Fueros que se contiene en las Partidas. Son usos y costumbres que el legislador convierte en leyes a petición de los súbditos. En el caso de Vizcaya, fueron los naturales los que pidieron al Rey de Castilla que sus usos y costumbres se convirtieran en leyes. El Rey pidió que se los pusieran por escrito.

De modo que antes de que hubiera letra ya había una práctica. A esa práctica había de servir la ley escrita. No al revés. Aunque no todas las leyes tengan el mismo origen que los Fueros, todas se promulgan con un fin. Y es ese fin al que hay que tener en cuenta. Y como la redacción de esa ley no puede nunca alcanzar una perfección tal que siempre responda al fin con que ha sido redactada, es por lo que siempre que se haya de aplicar, hay que recurrir al fin de la misma.

Hoy tenemos muchas leyes. Porque toda ley tiene fallos en su literalidad. Y cuando esos fallos se aprecian en la práctica, se promulgan nuevas leyes para remediarlos. Las nuevas tienen, a su vez, fallos. Y exigen otras más. Así como el Creador dijo a los humanos “creced y multiplicaos”, el liberalismo ha dicho lo mismo a las leyes.

Por eso tenemos parlamentos como instituciones estables que fabrican leyes. Y en este estado de las autonomías cada una tiene su parlamento. Comparémoslo con las antiguas cortes que se convocaban y se reunían para resolver determinados problemas y luego se disolvían. Promulgaban pocas leyes que eran eficaces porque tenían un espíritu. Hoy se promulgan muchas leyes que no sirven más que para complicarnos la vida. ¿Maravillas de la Revolución!

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