30 de octubre de 2017 0 / / /

Crítica de cine: Lutero

Por P. José María Pérez

(http://patercinefilo.blogspot.com.es)

Mucho se está hablando últimamente de la conmemoración del quinto centenario de la Reforma protestante, que se originó grosso modo un 31 de octubre del año 1517. En efecto, esa fecha es conocida por ser el día en que Lutero clavó sobre la puerta de la iglesia de Wittenberg sus famosas 95 tesis, que tenían como principal objetivo la autoridad del papado y la doctrina sobre las indulgencias. Es curioso que hoy se hagan multitud de alabanzas al citado reformador, pese a los problemas que le causó a la vieja Europa; incluso es sorprendente que alguna de ellas provenga del mismísimo Vaticano, que fue deplorado e insultado vilmente por él hasta el instante de su muerte. Por este motivo, nosotros queremos acercarnos a su figura, y esclarecer así, en la medida de lo posible, la verdad que subyace tras ella. Para ello, y como siempre, recurriremos al séptimo arte, que nos ha legado hasta donde sabemos dos biopics ciertamente irregulares y casi homónimos: Martín Lutero (Irving Pichel, 1953) y Lutero (Eric Till, 2003). De los dos, nos interesa el segundo, puesto que no solo es más conocido, sino que le sirvió a la Iglesia protestante para purificar la imagen de su fundador, menospreciada incluso por sus correligionarios.

Sobre la película, que pretende ser una recreación histórica fiable, la sinopsis oficial afirma lo siguiente. En la Alemania de principios del siglo XVI, el agustino Martín Lutero provoca un cisma dentro de la cristiandad. En efecto, tras una reflexiva lectura de las Sagradas Escrituras, descubre que la Iglesia católica ha pervertido el mensaje de Jesucristo a lo largo de la historia, por lo que decide ponerle remedio. Para ello, publica en Wittenberg sus 95 tesis, con las que procura corregir los excesos de aquella; pero esta, lejos de abandonar su cómoda situación privilegiada, responde contundentemente al desafío del monje rebelde.

Quien sea lector asiduo del blog descubrirá que esta semana, a diferencia de otras, hemos querido matizar que el párrafo anterior es una sinopsis oficial del largometraje, puesto que no deseamos incurrir en la equivocación que pretende divulgar este último, es decir, la contemporización de Lutero. En efecto, el argumento ya es claro en sus objetivos desde el principio: el citado monje agustino era un hombre que descubrió los errores de la Iglesia tras una lectura atenta y meditada de la Biblia, cosa que aquella, por lo visto, jamás había hecho en sus dieciséis siglos de historia a la sazón; por otro lado, como él era un fiel discípulo de Jesús, siempre quiso el bien de su institución, por lo que su único propósito consistía en el sano encauzamiento de la misma, y no en su perversa alteración; finalmente, y por supuesto, la Iglesia respondió como siempre hace, es decir, con ira y rencor, que es lo que mejor sabe hacer, ya que sus miembros son unos pobres paletos sin estudios que se asustan y acomplejan frente a cualquiera que ponga en duda su doctrina. Pero si ya la trama de la película parte de esa insistente, consabida y sibilina argumentación, a la que por desgracia estamos ya más que habituados, fijémonos en el lema promocional del cartel, que servirá de base para nuestro  pequeño artículo: “Genio. Rebelde. Liberador”.

Empecemos por lo de genio. Como todo el mundo sabe, y como de ello deja constancia el film, la vida religiosa de Martín Lutero comienza durante una pavorosa tormenta, momento en el que se acogió a la protección de santa Ana. Ciertamente, tan aterrorizado estaba por este inofensivo fenómeno natural que le prometió a aquella que consagraría su vida entera al Creador si lo salvaba de los rayos y de los truenos que lo estaban asediando. Sin duda, cumplió su promesa, pero trocó ese miedo a la naturaleza por el que comenzó a profesarle al mismísimo Señor (fíjese el lector que no estamos hablando del temor reverencial que debe otorgarle cualquier cristiano, sino de un auténtico pavor, e incluso de un odio inusitado); de este modo, no solo fue incapaz de celebrar una sola misa por el exagerado respeto que sentía hacia el sacramento del altar (algo que aparentemente es digno de  todo elogio, puesto que parece reflejar ese sano temor cristiano antes mencionado, pero que oculta en realidad una soberbia desmedida, ya que deplora la elección de Jesucristo sobre sí mismo, entre otras muchas cosas), sino que incluso llegó a desear que Dios no existiera, algo que también recoge la cinta, aunque casi de pasada. El genio reformador profirió este radical anhelo después de creer que sus pecados eran tan grandes (¿recuerda el lector lo de la soberbia?) que nadie los podía perdonar, ni siquiera el Padre celestial (debemos apuntar que estos pensamientos solían asaltarle en la letrina, el lugar donde los dolores gástricos de su célebre estreñimiento lo flagelarían hasta el punto de sonsacarle sus más recónditas faltas); así, el que vendió la papeleta de un Dios infinitamente misericordioso, propició en verdad la errónea visión del Juez vengador, que hoy sin embargo es atribuida al catolicismo (además, esto daría pie al ateísmo de nuestro tiempo: si Dios no existe, no puede imputar a nadie de ningún pecado, por lo que es preferible su inexistencia).

En cuanto a lo de rebelde, la película nos lo presenta como un hombre adelantado a su tiempo, paseando por el aula de Teología entre sus alumnos como un abogado de película americana entre los miembros del jurado (“Señores del jurado, vean a mi cliente: ¿cómo puede ser un asesino con esa cara de bueno? Las circunstancias lo eximen de su pecado”), o bien como el Tom Berenger de El sustituto (Robert Mandel, 1996), es decir, repartiendo estopa (dialéctica) a los oyentes malotes. Sin embargo, lo cierto es que sus clases no se caracterizaban por la hondura de su razonamiento, sino por el más tenaz de los adoctrinamientos, ya que divulgaba sus propias ideas respecto de la Escritura sin atender a lo que anteriormente habían dicho los maestros sobre ella (autorizaba y desautorizaba libros bíblicos al albur de su apetencia); además, repartía entre sus adeptos los panfletos que había elaborado con Cranach el Viejo, en los que arremetía sin rubor alguno contra el papa y contra la Casa de Habsburgo, que reinaba en ese momento sobre Alemania y sobre la mayor parte de Europa. Por otro lado, debemos indicar que esta rebeldía de pitiminí fue más bien el producto de una rabieta que la consecuencia de su pretendida genialidad (¿recuerda el lector lo que afirmábamos de su soberbia?), ya que, cuando el sumo pontífice lo llamó al orden, uso contra él las mismas vejaciones que había usado… ¡contra los que se habían opuesto a la doctrina del sumo pontífice! En cuanto a la doctrina de las indulgencias, que supuestamente originó este cisma dentro de la Iglesia, y que era una manera fácil de enriquecerse, sorprende que Lutero nunca se manifestara en contra del dineral que recibía a espuertas del príncipe Federico el Sabio (en la película, el gran Peter Ustinov), que no solo patrocinaba cada uno de sus exabruptos contra aquella, sino que también financiaba sus clases en la universidad que él mismo había fundado, y en la que, como hemos visto, se vituperaba una y otra vez la figura del papado (por cierto, si el príncipe Federico prohibió la predicación de las indulgencias en Sajonia fue para impedir el enriquecimiento de su rival, Alberto de Brandeburgo, y no por rebeldía contra la Iglesia, como postula el film).

Y por último, liberador. Si hay un término que continúa engatusando a la sociedad de nuestro tiempo es “libertad”, así como todos aquellos que se circunscriben dentro de su campo semántico, como el mencionado “liberador”. Pero estos términos encierran muchas veces una gran mentira, puesto que detrás de ellos se agazapan los menos agraciados de “esclavitud” u “opresión” (esto es algo que podemos estudiar en el desarrollo de la Revolución francesa, en el de la Revolución rusa y en la actualidad catalana, donde se enarbolan consignas libertarias con el ingenuo propósito de aupar al estrado a quienes los tiranizarán sin paliativos). Por este motivo, no es extraño que con Lutero pasara lo mismo (incluso hay historiadores que defienden que fue él quien inició esta popular falacia): mediante su violento adoctrinamiento, que iba desde la citada distribución de pasquines hasta la creación de pegadizas (y despectivas) tonadillas contra el papa, la Iglesia y el Imperio español, propagó la idea de que el pueblo alemán estaba sojuzgado por estos últimos, y que, por ende, debía desuncirse de su ominoso yugo; sin embargo, lo que estaba promoviendo en realidad era la autonomía de los príncipes alemanes, que deseaban gobernar sus territorios sin las injerencias imperiales ni vaticanas, manifiestamente contrarias a sus aspiraciones independentistas. De este modo, el reformador, fiel a ese concepto de libertad que antes hemos citado, escribió un texto en 1523 en el que postulaba sin tapujos que sus señores terrenales debían gobernar la Iglesia, y no el papa, que era un extranjero a ojos de la naciente Alemania; así que cuando exhortaba a los cristianos alemanes a luchar por su libertad, los estaba empujando realmente a la esclavitud de sus reyezuelos. Desgraciadamente, esto tuvo una consecuencia nefasta, que sin embargo delata la incoherente personalidad de Lutero: la autonomía que los príncipes alemanes se arrogaron respecto del emperador español los condujo a incrementar los impuestos sobre los campesinos, que respondieron a esta injusticia mediante una célebre revuelta; el reformador, que en un primer momento había apoyado de manera indirecta este movimiento, cedió después a las presiones de los príncipes, por lo que apoyó las ejecuciones que estos llevaron a cabo sobre aquellos súbditos descontentos (en la película, ponen a Lutero como un mártir de su propia palabra, pues su mensaje de libertad es tan grande que él mismo no lo ha comprendido bien. El pobre…).

Por supuesto, queda mucho por referir acerca de este díscolo religioso, que supuestamente puso en jaque a la Iglesia por el bien de la cristiandad, pero que en verdad arruinó esta y dividió de manera interesada aquella; sin embargo, un artículo sobre su doctrina teológica (la famosa sola fide) sería excesivamente largo, por lo que conviene remitirse a libros especializados en ella. Aquí solo hemos pretendido acercarnos a esa figura que hoy está siendo ensalzada por muchos, pese al desastre que le supuso a la vieja Europa, y abrir así los ojos a quienes crean que es un hombre digno de respeto, o un genio rebelde y liberador, como afirma el lema promocional del film. Es posible que esos tales no sepan, o hayan olvidado, o no quieran saberlo, o desean ocultarlo, que Lutero está en la base del antisemitismo nacionalsocialista y que, no en balde, Hitler lo llegó a denominar padre de la nación alemana (sic): “Lo que es útil es quemar todas las sinagogas de los judíos, y si alguna ruina se salva del incendio, hay que cubrirla con arena y barro, para que nadie pueda ver ni siquiera una piedra o una teja de esa construcción” (Sobre los judíos y sus mentiras, 1523).

Por todo esto, nosotros pensamos que el 31 de octubre de 1517 no es el origen de ninguna celebración, sino el obituario del auténtico cristianismo, que es el que se mantiene fiel al papa y a la doctrina de la Iglesia. Si esta debía ser reformada, lo demostraron personalidades tan conocidas como santa Teresa de Ávila, san Juan de la Cruz o san Ignacio de Loyola, que no rompieron en ningún momento con ella, sino que la ayudaron y la apoyaron como unos buenos hijos hacen con su madre enferma. Como decíamos al principio, hasta hace unos años Martín Lutero era menospreciado incluso por sus correligionarios, que descubrían en él al hombre que los había abocado a una vida de esclavitud, rencor y miedo, sentimientos que antes desconocían en su vida cotidiana (y por ello se produjo este film, con el firme propósito de limpiar su figura); sin embargo, hoy es reconocido incluso por los que fueron menospreciados por él, dándonos a entender que, o bien no saben quién era, o bien lo hayan olvidado, o bien no quieren saberlo, o bien desean ocultarlo.

 

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