19 de agosto de 2014 0

Requetés y represalias en retaguardia

Los carlistas, soldados, hijos, nietos y biznietos de soldados, no ven enemigos más que en el campo de batalla. Por consiguiente, ningún movilizado voluntario ni afiliado a nuestra inmortal Comunión debe ejercer actos de violencia, así como evitar se cometan en su presencia. Para nosotros no existen más actos de represalia lícita que los que la Autoridad militar, siempre justa y ponderada, se crea en el deber de ordenar. Joaquín Baletzena, Jefe regional carlista de la Junta de Navarra. 24/07/1936

Introducción

El número de víctimas de las represalias en retaguardia en el bando nacional durante la guerra civil ha sido siempre difícil de cuantificar, dado que no existió una “Causa general” que se investigase con testimonios y pruebas directas, como ocurrió con los crímenes en la zona republicana, el llamado “Terror Rojo”.

Los más conocidos estudios sobre las víctimas del “Terror blanco” incluyen a los requetés junto a militares y falangistas en la represión en retaguardia, así Hugh Thomas en la página 286 de su obra La Guerra Civil Española (volumen I), Armengou y Belis en Las fosas del silencio, Santiago Macías en Las fosas de Franco, Santos Juliá enVíctimas de la guerra civil, Solé i Sabater en La guerra civil coordinada por Payne y Tusell, etc, etc. No obstante, cuando se pormenorizan casos concretos, en ninguno de ellos (con la excepción de la matanza de Villaviciosa, que más tarde comentaremos) aparecen requetés implicados. Siempre se trata de falangistas, militares o guardias civiles los responsables de las atrocidades y los “juicios sumarísimos”.

Las diferencias entre las milicias del bando nacional

Una de las razones principales es que mientras los 30.000 requetés que se movilizaron al inicio de la guerra se alistaron para combatir y marcharon siempre al frente de combate (sin su concurso difícilmente se hubiese podido sostener el frente norte en los primeros meses), los 10.000 miembros de las milicias falangistas (cálculos realizados por el coronel Juan Priego en su obra Historia militar contemporánea) dividieron su actuación a partes iguales entre las trincheras y la “pacificación” en retaguardia. Mientras los tercios avanzaban liberando pueblos y ciudades, tras su marcha aparecían los camiones con miembros de las flechas de Falange, dedicados principalmente a la propaganda, la exaltación personalista de José Antonio y Franco, y la “vigilancia y represión” de los elementos sospechosos locales. Los dirigentes falangistas fueron más astutos que los carlistas- que antepusieron la victoria sobre el marxismo a sus ideales- y durante la misma guerra fueron preparando el advenimiento de un estado de corte fascista al estilo moussoliniano en el territorio que ganaban con vistas al final de la contienda.

Y es que el Decreto de Unificación del carlismo con las otras fuerzas políticas que habían apoyado el Alzamiento (principalmente la Falange Española de las Juntas Ofensivas Nacional-Sindicalistas) del 19 de abril de 1937 perjudicó a ambos movimientos políticos, pero sobre todo a los tradicionalistas. El éxito de los totalitarismos nacional-socialistas en aquellos años (y los siguientes, hasta su derrota en 1945) animó al general Franco a basar el movimiento político que sustentaría su acción de gobierno principalmente en la ideología falangista a la que la religiosidad y una pátina de derecho tradicional aguado (véanse las Cortes orgánicas pervertidas en su significado o la inspiración de la justicia social en las leyes del carlista Esteban Bilbao durante su desempeño ministerial) fue la pobre aportación del tradicionalismo. El carlismo fue disuelto como movimiento político: sus dirigentes principales exiliados, sus milicias prohibidas, sus círculos requisados, sus organizaciones sociales obligadas a incorporarse al estado.

Esas tensiones, que ya se intuían antes incluso del Alzamiento nacional, se hicieron presentes durante la contienda, principalmente a partir de la unificación forzosa con Falange a partir de abril de 1937. Son innumerables los ejemplos de requetés que se negaron a adoptar alguno de los emblemas falangistas que el nuevo uniforme de FET de las JONS incluía, y menudean los testimonios de encontronazos (en ocasiones violentos) entre falangistas y carlistas durante la guerra y sobre todo a su término.

El requeté Antonio Izu, en los recuerdos sobre la guerra que dictó a Ronald Fraser, afirma: “la Falange nunca me inspiró confianza. Era un movimiento totalitario, centralista, sin respeto por los fueros. Y su forma de llevar a cabo la represión durante la guerra… bueno, su mentalidad era distinta de la nuestra…” (FRASER, Ronald Recuérdalo tú y… Op. Cit. Tomo II, pág. 24).

Esas divergencias se dieron también en la forma de pacificar la retaguardia. Han llegado a nosotros numerosos episodios que muestran la forma de entender ese término entre falangistas y carlistas, que nos dan la pista definitiva para entender por qué, a la hora de relatar episodios de represión en retaguardia, los requetés brillan por su ausencia, pese a la torpeza (o malevolencia) de muchos autores simpatizantes de la república, que los incluyen en “el saco” de las fuerzas nacionales en todos los escenarios. Es de justicia declarar que precisamente los requetés fueron los grandes ausentes de las atrocidades de retaguardia.

Los requetés parten al frente

El requeté se alistó para combatir a los “rojos” y defender en nombre de su rey a su fe y su patria, que se veían gravemente amenazadas por el triunfo del marxista Frente Popular. La urgencia de la situación les empujó a sacrificar la importancia de los ideales en bien de la salvación de España. Muy pocas condiciones pusieron los dirigentes carlistas a unirse al levantamiento militar. En su mente no existía el revanchismo, ni querían más represalia que la dictada por los tribunales sobre aquellos revolucionarios que hubiesen cometido desmanes. En el monumental Requetés. De las trincheras al olvido se pueden leer docenas de testimonios diversos, todos coincidentes en ese ideal. De hecho, el carlismo- con gran ingenuidad- no hizo planes para la posguerra, confiando en que al término de la misma se haría justicia a su sacrificio. Así, se vio sorprendido en precario por el decreto del 19 de abril de 1937, y el falangismo triunfó políticamente en el bando nacional.

Los requetés partieron al frente imbuidos de una profunda moral religiosa, hasta tal punto que con justicia se les podría llamar los últimos cruzados. En combate, la disciplina y las reglas de honor fueron su enseña, hasta el punto de que un testigo tan poco sospechoso como Jean Alloucherie, corresponsal del diario L’Humanité (órgano oficial del Partido Comunista Francés) afirma en su crónica del frente de Guadarrama que “hay que hacer justicia a los requetés” porque “son los únicos que no deshonran su uniforme de soldados”.

Podemos atisbar ya la regla que imperó desde el principio entre los requetés con la orden mandada por el jefe carlista de Navarra que reproducimos al comienzo de este artículo: los requetés sólo empleaban la violencia en el frente. A los rendidos o sospechosos se les debía poner en manos de la autoridad militar para que fueran juzgados conforme a derecho, prohibiéndose explícitamente los actos de represalia en retaguardia. Casi unánimemente, ese fue el comportamiento de los requetés durante la guerra.

Tenemos numerosos testimonios que desmienten la participación de los requetés en el llamado “Terror Blanco” (que con más justicia se podría llamar “terror azul”). Destacaría, entre otros muchos, los recogidos por Manuel Martorell en su tesis doctoral “La continuidad ideológica del carlismo tras la guerra civil”, del departamento de Historia Contemporánea de la UNED, leída en 2009, y de la que extraemos los presentados a continuación.

Requetés y falangistas ante la represión de retaguardia

El requeté Antonio Izu, por ejemplo, fue testigo de diversos actos de pillaje y ejecuciones en plena calle en Alfaro (La Rioja), que recuerda con estas palabras: “las cosas que allí pasaron fueron vergonzosas… los camisas azules eran los principales responsables. Iban buscando gente de casa en casa” (ver la obra citada de Ronald Fraser). Al incorporarse dos reclutas al tercio, contaban indignados las ejecuciones que habían tenido lugar en Pamplona la festividad de la Asunción: “cabrones; a estos que se han quedado en la retaguardia deberían traerlos al frente para combatir. ¡Que vengan aquí a enfrentarse con el fuego!”. Sobre ese mismo hecho, el falangista Rafael García Serrano recordaría mucho más tarde que un abogado carlista que compartía frente en Guadarrama con ellos le dijo “esto es una barbaridad”.

La margarita Teresa Vidaurre constata que “cuando venían los requetés [del frente] solían rabiar” al conocer esos hechos en sus pueblos. Recuerda también vívidamente el día en que el capitán de requetés Esteban Gorri se encaró en plena calle con uno de los matones falangistas al que espetó: “¡Sinvergüenzas, cobardes! Si queréis pegar tiros iros al frente” (recogido por Pablo Andía en Entre el frente y la retaguardia). El autor Altafaylla (que no oculta sus simpatías republicanas) reconoce en su obra que Gorri, pese a ser responsable máximo de la sublevación en la zona de Olite y Tafalla, “desde el principio se apartó de toda tarea represiva, oponiéndose a ella”.

Los archivos del Ateneo obrero de Gijón demuestran que la entrada de las Brigadas Navarras en la ciudad (división formada por cuerpos mixtos, pero con gran presencia de tercios navarros) no provocó actos de represalia, que comenzaron cuando la columna partió y fueron sustituidas por dos banderas de la Falange, (una de Palencia y otra de Oviedo), que, al mando del comandante Miguel Esperón García de Paso, se hicieron cargo, junto a la Guardia Civil, del orden público.

Los requetés en retaguardia

Probablemente, el ejemplo más evidente de ese espíritu contrario a las revanchas privadas los proporcione el hecho ocurrido el 23 de septiembre de 1937, durante la ofensiva de Asturias, cuando se hallaron muertos a machetazos los cuerpos de 14 requetés desaparecidos en combate, obviamente rendidos y asesinados a sangre fría. Julio Aróstegui cita a un requeté llamado Itúrbide, del Tercio de Lácar al que pertenecían los caídos en su obra Los combatientes carlistas: se propuso fusilar a los prisioneros capturados en represalia, y fueron los propios compañeros de tercio los que se negaron a tan bárbara acción.

Otro testimonio significativo, y tal vez el más impresionante, es el del requeté Juan Luis Pacheco Pérez, de la compañía de ametralladoras del Tercio de Navarra, que se interpuso entre los prisioneros que custodiaba y varios moros de un tabor de la Mehal-la, que querían ejecutarlos a toda costa. Uno de los africanos sacó su arma y realizó varios disparos, que hirieron en la ingle al requeté y a uno de los prisioneros. Fueron atendidos por Artemio González, estudiante de medicina y sanitario de la compañía, tras ser evacuados y protegidos por varios requetés del tercio (recogido por Emilio Herrera en Los mil días del Tercio de Lácar).

Tomás Martorell va más allá: en tres años de permanencia en el requeté no había presenciado un solo fusilamiento. Asimismo, al salir de su pueblo de Sotés para la movilización, se encontró con un vecino suyo marxista, al que aseguró que sus enfrentamientos pasados quedaban olvidados. Abelló y Andía testimonian que no hubo jamás malos tratos a prisioneros en, respectivamente, los tercios de Monserrat y san Miguel, habiendo escuchado- en este último- varios testimonios de cautivos republicanos que afirmaban que en su bando preferían entregarse a los requetés por ser conocido su trato respetuoso con los prisioneros. El militante de Esquerra Republicana Salvador Grau lo confirma en un artículo publicado en el diario Avui el 4 de agosto de 1978: prisionero en un campo en Albatera tras la guerra, pidió ayuda a un oficial del requeté para poder salir porque “sabíamos que los más humanos eran los requetés”.

El requeté Jaime del Burgo recuerda en su libro “Conspiración y Guerra Civil” cómo fue amonestado por el coronel Bautista Sánchez por no entregar a los prisioneros, prefiriendo quedárselos para intentar enrolarlos en el tercio.

Represión en retaguardia y requeté: hablan los enemigos

Hay abundantes testimonios de los enemigos de los requetés, sin duda los más creíbles en esas circunstancias. El anarquista Galo Vierge, en su diario Los culpables. Pamplona 1936 pone en boca de un oficial médico requeté al que conoció tras la guerra estas palabras: “esos crímenes de guerra y los centenares de fusilamientos que se cometieron en Navarra durante la trágica contienda, constituyeron la nube negra que ensombreció el corazón de muchos voluntarios [carlistas] salidos al frente para jugarnos la vida noblemente, cara a cara con el enemigo, defendiendo un ideal más o menos justo, sentido en lo más profundo del corazón y cuyo lema era: Dios, Patria y Rey, mientras que en la retaguardia quedaban agazapados los asesinos, los cobardes, los que no tenían valor para mirar la muerte frente a frente, los que a costa del sacrificio de los demás trataban de conquistar un codiciado puesto en el banquete de la vida”.

El catedrático Ernesto Carratalá, herido y apresado junto a otros voluntarios republicanos en la zona de Somosierra, recuerda en Memorias de un piojo republicano que entre sus captores falangistas y requetés se entabló una discusión, pues los primeros querían fusilarlos y los segundos se oponían. La disputa finalizó cuando terció la célebre margarita y enfermera María Rosa Urraca Pastor que hizo gala de su conocido carácter enérgico, e impuso la evacuación a la enfermería de los cautivos. Ella personalmente le hizo la primera cura a Carratalá. Este no sólo recuerda el tesón, sino el espíritu religioso que obligó a los requetés a evitar la ejecución.

El carlista Gabriel Zubiaga hizo mención a Manuel Martorell de una conversación que tuvo con el médico republicano Santiago de la Villa, destinado en Segovia toda la guerra, y que recordaba cómo al comienzo de la misma un grupo de falangistas de Valladolid acudía todas las noches a la cárcel de la localidad, haciendo sacas de tres o cuatro reclusos que eran fusilados a las afueras. Las autoridades locales pidieron que un piquete de requetés se hiciese cargo de la custodia del penal, cesando de inmediato tales prácticas. Los falangistas aun intentaron una acción de fuerza para retomar las sacas, terminando la cosa a tiros, con heridos y un requeté muerto, pero las visitas nocturnas se terminaron para siempre.

En su página web Requetes.com, José Álvarez de Limia, del tercio Oriamendi, recordaba como el panadero de Verín, llamado Antonio García, uno de “los rojos más buscados del pueblo”, fue ocultado en la cuadra de la casa de sus padres carlistas por intermediación de su tía Celsa (también carlista), salvándose de ser asesinado. También testimonia como su padre se incorporó a una organización poco conocida llamada “caballeros de Santiago”, cuya misión era mantener el orden en los pueblos y “evitar los desmanes por parte de los falangistas radicales”.

El Requeté en Andalucía

El prestigioso psiquiatra Castilla del Pino fue Pelayo durante los primeros meses de la guerra, y recuerda en su autobiografía Pretérito Imperfecto que los requetés no participaban en las represalias de retaguardia en Andalucía, mencionando un hecho que le impactó particularmente cuando cierto día un carlista de unos cuarenta años salió del círculo de Ronda y se encaró con unos falangistas que transportaban una veintena de presos. Tras presentarse como el fiscal de la Audiencia de Cádiz que era, preguntó que a dónde se llevaban a los reos. Al contestarle que “eran masones e iban a ser fusilados”, requirió los datos del proceso, negándosele que este hubiese tenido lugar. Desarmado e investido únicamente de su autoridad, se plantó con firmeza, exigiendo que fuesen devueltos a la prisión hasta que no hubiese juicio. Esta actitud les salvó la vida, pues al regularizarse la situación en retaguardia, fueron finalmente puestos en libertad. Castilla del Pino también testimonia que los requetés salvaron a varias otras personas perseguidas por Falange, como su propio profesor de música, llamado Antonio Morales. El jefe del requeté de Ronda, Nicolás García, se negó a turnarse con los falangistas en los pelotones de ejecución cuando el jefe local, Ricardo Montero, se lo solicitó.

En las memorias de Antonio Bahamonde (responsable de propaganda de Queipo de Llano, que acabaría por exiliarse horrorizado por las represalias de retaguardia) Un año con Queipo de Llano. Memorias de un nacionalista, refiere que la actuación del Requeté en Andalucía fue “moderada, comparada con la de la Falange”, en el mismo capítulo en el que aporta memoria pormenorizada de múltiples ejecuciones por piquetes falangistas.

El marqués de Marchelina, oficial de un tercio en Andalucía, asegura a Ronald Fraser en Recuérdalo tú… que “estaba escandalizado por las ejecuciones” porque “en los ideales carlistas no había lugar para actos semejantes y siempre protestaban”. Su actitud era poco frecuente, pues el mando militar estaba preocupado por imponer disciplina en retaguardia, por lo reducido de sus fuerzas antes de la llegada del ejército de África al completo. Pensaban que las vacilaciones en imponer orden podían dar al traste con la victoria militar. Prácticamente sólo los requetés protestaban de tener que fusilar sumariamente, aunque sí hay testimonio de algunos fusilamientos por piquetes de requetés en Cortegana o Bujalance, por orden de la autoridad militar.

La represión en el Norte

El capitán Tello relata como testigo presencial durante su estancia en Teruel la respuesta que el alférez al mando de un piquete de requetés de custodia de reclusos dio a la demanda de pasar por las armas a varios prisioneros. Este requirió la sentencia judicial, y al no dársela, se negó a las ejecuciones, devolviendo a los cautivos a prisión.

Uno de los testimonios más significativos que uno puede encontrar proviene del libro Así fue, del antiguo dirigente nacionalista Xabier Arzalluz. Es bien sabido que su padre Felipe, miembro de una larga dinastía de carlistas, se enroló en el requeté al comienzo de la guerra, cooperando en el Alzamiento en Tolosa como conductor de transportes militares. Una vez tomada la localidad, el secretario del Ayuntamiento, un tal Urrestarazu, quiso vengar el asesinato de un grupo de jóvenes guipuzcoanos a manos de un batallón asturiano, confeccionando una lista de enemigos del nuevo régimen para ser pasados por las armas: “los carlistas- dice el ínclito Arzalluz- se opusieron. Entre ellos mi padre. “Aquí no se mata a nadie”, dijeron. Y no se mató a nadie”.

Aunque en Vasconia y Navarra hay recogidos varios fusilamientos por piquetes de requetés, la inmensa mayoría de la represión tuvo lugar por militares y sobre todo falangistas (lo cual es muy significativo, ya que en aquellos señoríos al comienzo de la guerra los carlistas eran aplastante mayoría, y la Falange un grupo minúsculo). El médico Manuel Gabarain, un republicano preso en Ondarreta, afirma sin vacilación en la obra colectiva La guerra civil en Euscalerría que las acciones de represión en retaguardia “eran realizadas casi en exclusiva por falangistas”.

Hay más testimonios: José Miguel Barandiarán tiene suficientes para afirmar que el propio presidente de la Junta carlista de guerra de Guipúzcoa, José Aramburu, gestionó el salvoconducto que permitió a la nacionalista Ignacia Marquet escapar a Francia. Marquet afirmaba que Aramburu “estaba mal mirado porque tiene corazón y no puede ver ciertas cosas”. Felipe Múgica asegura que Tiburcio Yarza, uno de los jefes carlistas guipuzcoanos, promovió un escrito en defensa de los nacionalistas perseguidos que fue abortado por la intervención de mandos militares. El requeté Ignacio Hernando de Larramendi recuerda como el dueño de la taberna junto a la que vivía su familia en San Sebastián les daba un obsequio cada Navidad durante muchos años en agradecimiento porque sus padres habían intercedido por él cuando fue detenido por sus simpatías izquierdistas el 15 de septiembre de 1936 (Así se hizo MAPFRE. editorial Actas, año 2000). También ayudaron los Hernando de Larramendi a un anónimo militante del PNV para que pudiera pasar a Francia.

José Arteche, dirigente del PNV en Guipúzcoa, terminó siendo perseguido tanto por los anarquistas como por los falangistas o los militares. Para escapar, se refugió con otros nacionalistas en el domicilio del carlista Julián Orbegozo, acogiéndose posteriormente al cuartel de requetés del Kursaal, donde fueron custodiados por los oficiales del tercio que montaban guardia permanentemente para librarlos de las iras de los falangistas. El propio Arteche agradece estos cuidados en sus memorias (El abrazo de los muertos), y terminó la guerra militando en el tercio de Oriamendi.

Es bien conocido que la Junta de Guerra de la Comunión Tradicionalista de Guipúzoca fue la principal impulsora de un intento de Canje General de prisioneros y liberación de mujeres, niños y no combatientes entre el gobierno de Salamanca y el de la autonomía vasca, por mediación de la Cruz Roja e intercesión del regente don Javier de Borbón-Parma. El canje finalmente se frustró, con gran consternación de los carlistas guipuzcoanos.

Se sabe por ejemplo que el carlista Rafael Olazábal acabó en la cárcel por haber sacado de presidio a varios nacionalistas destacados de Bilbao. El entonces joven requeté Gabriel Zubiaga testificó en una entrevista personal con Manuel Martorell que durante una cena a la que fue invitado por dirigentes de la junta nacional de la Comunión dirigidos por don Javier de Borbón mientras cumplía una misión de custodia en San Sebastián supo que varios miembros de la junta hacían sacas en la cárcel de Ondarreta para liberar a presos nacionalistas allí recluidos con la excusa de que iban a fusilarlos, pasándolos en realidad a Francia. Esos son los casos de Ignacia Marquet y el sacerdote Juan Usabiaga.

Casos similares son los de las gestiones llevadas a cabo personalmente por el Regente para liberar a otras personas de simpatías republicanas o nacionalistas en Vasconia, como el médico Luis de Ceruja, Alberto Antolín, Francisco Lamiquiz, José María Lamiquiz o Policarpo Laucirica.

El carlismo y la represión del clero nacionalista

Hay otras fuentes que citan ejemplos de sacerdotes protegidos en su huida hacia la frontera por familias carlistas, como la recopilación de José Miguel Barandiarán. Entre ellos está incluido Ignacio de Azpiazu, quien precisamente años más tarde citaría injustamente a los requetés, con cifras falseadas, como protagonistas de la represión en retaguardia. Haz bien y no mires a quien.

Antonio de Gerenabarrena cuenta como detuvieron en Begoña a seis carmelitas acusados de ser nacionalistas. Fueron puestos bajo la custodia de un piquete de requetés, que se negó a cumplir la orden de fusilarlos, tranquilizándolos.

En uno de los pocos casos en los que se documenta un fusilamiento por un pelotón de requetés (concretamente el de un religioso del convento de Amorebieta que había sido sorprendido pasando información al enemigo sobre disposición de las trincheras, puestos de ametralladoras y depósitos de munición), este se negó en primera instancia, siendo amenazados por el mando militar con ser a su vez fusilados si no obedecían. Otro monje del mismo convento testificó a Gabriel Zubiaga que los soldados que finalmente cumplieron la orden estaban absolutamente consternados. Elías Querejeta, oficial de ese tercio (el de Oriamendi), contó a Zubiaga que con motivo de este hecho, Félix Mendía, un requeté de Beasaín miembro del pelotón, preparó su deserción y paso a Francia, siendo convencido en el último momento por sus compañeros para que desistiera. José Arteche, autor de El abrazo de los muertos confirma las circunstancias en torno de uno de los pocos fusilamientos de retaguardia de los que hay constancia que realizados por requetés.

Precisamente de los fusilamientos de sacerdotes y nacionalistas vascos se ha querido hacer principal responsable al requeté, y es ejemplo citado las escasas ocasiones en que los historiadores actuales descienden a detallar minuciosamente la represión del bando nacional (o “franquista” en su expresión). No obstante, en los correos conservados entre Manuel Fal Conde, el comisario carlista Barrio y el cardenal Segura a propósito de este asunto, así como en el memorándum de la junta nacional carlista enviado a la cúpula militar el 24 de septiembre de 1936, se pone de relieve que se decidía un castigo ejemplar para los sacerdotes nacionalistas que hubiesen presentado resistencia armada y destierro a los demás. Pero dichos documentos también constatan que Fal Conde aceptaba los consejos de guerra contra los sacerdotes, siempre que primeramente se hubiese informado a la autoridad eclesiástica, prohibiendo las ejecuciones sumarias o irregulares, las cuales, afirma explícitamente el mandatario tradicionalista “son los militares muy dados a realizar, sin dar publicidad ni razonamiento de las mismas”. En su carta abierta a José Antonio Aguirre, el cardenal Gomá deja bien claro que la ejecución de los sacerdotes nacionalistas “no es imputable ni a un movimiento que tiene por principal resorte la fe cristiana de la que el sacerdote es representante y maestro, ni a sus dirigentes, que fueron los primeros sorprendidos al conocer la desgracia”. El jesuita Urriza respalda esta versión cuando afirma que los de su orden fueron “los primeros que después de otros, como Fal Conde, hicimos cuanto estuvo en nuestra mano para impedir los fusilamientos” (véase El otoño de 1936 en Guipúzcoa. Los fusilamientos de Hernani, de Mikel Aizpuru). La misma forma y transcurso de los procesos demuestra que estos tuvieron naturaleza estrictamente militar. Asimismo, los nombres que aparecen relacionados con las sentencias y ejecuciones no incluyen a ningún requeté o militante carlista, con una notable excepción: Francisco Mintegui, un carlista que está de guardia en la cárcel de Ondarreta, donde se custodia al sacerdote Celestino Onaindía se enfrenta con otro guardia y le propina un puñetazo cuando este le recrimina al carlista que pida la bendición al sacerdote condenado.

Asimismo, según Gabriel Zubiaga, su hermano Miguel, jesuita carlista, encargado de confesar a los reos en Hernani, estaba indignado con las ejecuciones y criticaba duramente a los militares por juzgarles según el código castrense, y no el eclesiástico.

Por último, es notable que en toda Navarra no se fusilase a ningún sacerdote nacionalista, pese a que su número e influencia sea de sobra conocida, precisamente allí donde la Comunión Tradicionalista tenía mayor poder. La junta central carlista elaboró una lista de clérigos jeltzales, procediendo a sancionarles y con frecuencia apartarlos de los centros religiosos donde se encuentran. En ocasiones, incluso desterrándolos a Francia, lo que en la práctica suponía salvarles la vida de una posible represalia militar. Pero ni una ejecución. Este es quizá el dato más evidente de que en los ideales que el carlismo inculcaba a sus dirigentes y militantes jamás estuvo el de la revancha o el asesinato. Con toda lógica, sus milicias, los requetés, no podían albergar tales intenciones.

Frente a las acusaciones contra los dirigentes carlistas, se conservan cartas de su puño y letras de don Javier Borbón Parma, en las que cuenta sus gestiones para salvar la vida a diversos sacerdotes detenidos con las armas en la mano, lográndolo en algunas ocasiones. Es sabido que el propio Fal Conde protegió al sacerdote Ángel Urcelay, desterrado de Bilbao tras su liberación por sus simpatías nacionalistas.

Los crímenes de Valdediós

Algunos autores poco documentados citan la matanza de Valdediós como ejemplo de implicación de los carlistas en represalias de retaguardia. Este monasterio, abandonado tras el latrocinio de la desamortización que expulsó a sus moradores cistercienses (que lo ocupaban desde su fundación en el siglo XII), no lejano a Villaviciosa, había conocido diversos usos posteriores, hasta que el gobierno de la república lo habilitó como manicomio y, conforme se acercó el frente, como hospital de guerra. Diecisiete sanitarios (incluyendo once enfermeras que también fueron violadas) de ese centro fueron asesinados y enterrados tras el acuartelamiento de una compañía de las Brigadas de Navarra, varios días después de la liberación de Villaviciosa.

El error de atribuir estos hechos al requeté proviene de la composición de dichas Brigadas (con un desempeño brillante en la campaña del norte, cuyo peso principal soportaron), las que mayor número de tercios (hasta trece) incluían. Pero también estaban compuestas por siete banderas de falange y varias compañías de tres regimientos. Hace mucho tiempo que los testimonios contemporáneos obtenidos por las investigaciones han demostrado que la bárbara acción fue cometida por miembros de dos compañías del Regimiento de montaña Arapiles del ejército regular. Por tanto, los requetés pueden ser exonerados completamente de esta vergonzosa acción.

Las motivaciones religiosas de los requetés

Conviene también tener en cuenta los numerosos testimonios recogidos acerca del espíritu cristiano que iluminaba a los milicianos carlistas, frenando precisamente cualquier atisbo de odio y revancha. Así, Emilio Herrera, en el prólogo de su obra Los mil días… afirma “el requeté combatía sin odio; luchaba con todas su fuerzas para vencer a sus enemigos, pero, ausente de todo espíritu maniqueo, nunca olvidaba que éstos eran españoles y hermanos”. Alfredo Roncuzzi, en un diálogo con un oficial del Tercio del Alcázar, deja este impresionante testimonio: “Aun formando parte de un Tercio en el que jamás he visto a un sólo requeté retorcerle un pelo a un prisionero, lo mismo que estuviese vestido de uniforme que de paisano, tengo que reconocer la ira instintiva que uno experimenta al escuchar, en lugares recién conquistados y de la boca misma de los supervivientes, las barbaridades, refinadas hasta la anormalidad, cometidas durante la estancia de los rojos y su huída (…) No resultaba fácil dar tiempo a la ponderación para sobreponerse ante tales y tan funestas provocaciones; y por eso nos recogíamos, tú lo sabes, en torno a un pequeño altar de campaña, junto con los parientes de las víctimas, para apaciguar las primeras reacciones internas rezando. Dios tenga misericordia de los verdugos -murmurábamos en silencio-, los cuales se han dejado trastornar por el odio. Dios tenga misericordia de nosotros si no hemos sido bastantes cristianos (…) En todo caso, siempre que un creyente, entero o a medias, comete actos de violencia, quebranta las normas de la doctrina que profesa; en cambio, todas las veces que un revolucionario incrédulo cae en la misma culpa, lo único que hace es aplicar las enseñanzas que se le han dado y la ideología que se le ha inculcado”. Del mismo modo recuerda un episodio de guerra ““Una vez yacía en tierra un enemigo moribundo entre espasmos de dolor y de sed: dos requetés se han arrodillado junto a él para aliviar su sed y para inspirarle un último buen pensamiento, mientras una corona de boinas rojas les rodeaba rezando en silencio”. “Siempre recordaré -dice por su parte Emilio Herrera- a aquel requeté del cántabro valle de Liébana al que durante la dominación roja habían asesinado a su único hermano, que todos los días que entrábamos en combate, rezaba un rosario en sufragio de las almas de los enemigos que acaso había matado en la jornada”. Carlos Etayo, en Glorias del Requeté, relata la conmovedora historia del “Templau” [http://www.carlistes.org/index.php?option=com_content&view=article&id=325:unepisodioinolvidable&catid=27:articulosdehistoria&Itemid=60]. También la margarita Carmen García Flores, enfermera de Frentes y Hospitales, recuerda “¿Cómo pueden seguir haciendo cosas así? ¿Cómo pueden permitirlo? La represión nos dolía porque creíamos estar luchando por Dios. Conocíamos a muchos de los que morían fusilados y a nosotros nos parecían buenas personas. ¿Por qué los ejecutaban? Los habían juzgado, de acuerdo, pero fusilarlos, ¿por qué? Nuestro bando defendía la causa de Dios, y Dios jamás condonaría semejantes atrocidades. Los asesinatos de sacerdotes que se perpetraban en el otro bando eran terribles, pero allí los asesinos no eran creyentes. No era lo mismo…”

En la localidad navarra de Urbiola, Victoria Pérez, una mujer carlista, se enfrentó con una cuadrilla de falangistas que había asesinado a varios vecinos de Mendavia, a los que habían engañado diciendo que los llevaban al Fuerte de San Cristóbal. Les increpó diciéndoles que si eran tan valientes que fueran al frente donde estaban los jóvenes del pueblo, alistados al Requeté.

No puede ser más significativa la actitud del alcalde del alcalde de la localidad navarra de San Martín de Unx, Ignacio Muruzábal. Al llegar la noticia de que su hijo Joaquín se había convertido en el primer requeté abatido en la guerra, varios falangistas llegaron al pueblo para llevarse a algunos rojos en represalia. El propio Muruzábal, aun llorando a su hijo caído, lo impidió (hecho relatado por su hijo Ramón).

Conclusiones

Los fusilamientos en retagurdia contrastados ejecutados por requetés son mucho menores en número, comparativamente, a los de militares, guardias civiles o falangistas. En todos los casos se trata de sentencias de tribunales militares, y hay abundante constancia del disgusto de los ejecutores, de las protestas, e incluso de algunos casos de insubordinación a llevar a cabo la orden.

Pueden los carlistas hablar con la cabeza bien alta de sus antecesores que marcharon al frente en la Cruzada. No se mancharon las manos con sangre inocente, sino que combatieron cara a cara al enemigo. Aunque se pueden aducir muchas razones para ello, sin duda la principal es religiosa, como avalan una avalancha de testimonios (aquí sólo hemos reproducido una selección). Los requetés, realmente, partieron a la lucha sin odio, sino en defensa de sus ideales.

Asimismo, mientras el requeté defendía el orden divino y humano, y buscaba la conversión de los engañados por el marxismo (valdrá la pena en el futuro dedicar un artículo al impresionante proyecto de la junta central carlista para misionar masivamente en Madrid cuando se pensaba que caería a finales de 1936), los nacional-sindicalistas no dejaban de ser, en el fondo, socialistas. Habían sustituido el internacionalismo por el nacionalismo, y la lucha de clases por la unión de clases, pero pervivía en ellos el mismo idealismo romántico, el mismo partido único, el mismo culto al estado y al líder personalista revestido de mesías, llámese “conductor”, “caudillo” o “timonel”.

Como movimiento revolucionario que era, justificaba la violencia sobre las personas para destruir el viejo orden e instaurar uno nuevo. Por contra, el carlismo, como movimiento contrarrevolucionario y cristiano que era, no deseaba la destrucción y reedificación, sino la preservación de las bases sociales y la recuperación de instituciones y personas pervertidas por el materialismo dialéctico de la Revolución.

Por ello les repugnaba la represalia triunfante sobre la justicia, por ello lucharon como caballeros, vencieron como cristianos y murieron como mártires.

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