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13 de enero de 2023 0

A 700 años de la canonización de santo Tomás de Aquino, gran hito en la Historia de la Iglesia

Una entrevista de Javier Navascués.-

César Félix Sánchez Martínez es doctor en Humanidades por la Universidad de Piura, Perú, así como bachiller y magíster en filosofía, bachiller y licenciado en literatura y lingüística y diplomado en historia. Es profesor en varios seminarios diocesanos y casas religiosas de formación. Es actualmente presidente de la filial en Arequipa, Perú, de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino.

¿Qué supone celebrar en 2023 el 700 aniversario de la canonización de santo Tomás de Aquino?

Supone celebrar un acontecimiento fundamental en la historia de la Iglesia y de la civilización. La canonización de santo Tomás de Aquino el 14 de julio de 1323 por el papa Juan XXII supone la rehabilitación definitiva de su pensamiento luego de las condenas indirectas parisinas y oxonienses (1277) de algunas proposiciones suyas. Aunque la orden dominica nunca dejó de profesar y defender las doctrinas tomasianas, sus obras siguieron circulando en la facultad de artes de París y la Sede Apostólica jamás refrendó esas censuras, la canonización del Doctor Communis fue una reivindicación plena, no solo de su sistema filosófico y teológico, sino de los fueros de la razón y de su armonía con la fe y, por tanto, un rechazo permanente a todo irracionalismo.

¿Por qué esto es así?

Para comprender mejor este punto basta comparar la trayectoria de las escolásticas no cristianas, que carecieron de una figura como el Aquinate.

Recordemos que, en el mundo musulmán, el pensador que acabaría prevaleciendo sería el «destructor de los filósofos», el escéptico Algazel (s. XI), contra el todavía socrático Avicena (s. X) y contra la incoherente doctrina de la «doble verdad» de Averroes (s. XI). Algazel cree demostrar que la razón es fuente de contradicciones y solo cabe atenerse a la verdad revelada en los textos sagrados, que incluso acaba reducida a mera voluntas ordinata interpretada por juristas y otras figuras de poder. Las consecuencias de ese giro las experimentamos hoy de manera directa: basta revisar cualquier noticiero.

En el caso del pensamiento judío, Maimónides (s. XII-XIII) sostiene que, aun si la razón puede demostrar la existencia de Dios, no puede demostrar nada sobre su esencia. Así, estamos ante un semiagnosticismo perjudicial para la metafísica, que no será ya apta para refutar con eficacia las derivas panteístas con sus peligrosos correlatos prácticos, sea mágico-cabalísticos, sea revolucionarios en política, pero siempre antropolátricos.

En cambio, el pensamiento del Aquinatense preserva a la fe cristiana y a la civilización nacida de ella de estas derivas, recogiendo la herencia esencial del mundo clásico, y armonizándola con las verdades reveladas de la religión del Logos encarnado, así como con las doctrinas de los doctores y padres de la Iglesia previos (pues «los contiene a todos», como diría en feliz expresión Juan XXII). Dios, al ser el Logos y el Sumo Bien, no puede mandar nada irracional ni maligno y esta verdad no solo nos viene por fe sino por comprobación racional. Además, santo Tomás defiende también la existencia de una ley natural, que puede ser conocida y cuyo origen se encuentra en Dios, y al hombre como poseedor de dignidad y de derechos. No es casual, por tanto, que fueran la Santa Sede y la Orden de Predicadores, bastiones tomistas aun en medio de las borrascas nominalistas, humanistas y protestantes, quienes, durante la época de los descubrimientos, hayan sentado las bases del derecho internacional.

En conclusión, santo Tomás de Aquino es el gran antídoto contra la «deshelenización» denunciada por el recordado Benedicto XVI en el discurso de Ratisbona (2006). De haber prevalecido sus detractores, quizás la gran crisis de irracionalidad que envuelve ahora a Occidente y a la cultura humana en general se habría precipitado antes. De ahí que san Pío X haya advertido en Pascendi (1907) que abandonar al Aquinate en metafísica redundaría en «grave daño». Lástima que a partir de las últimas cuatro décadas del siglo XX no se le hiciera más caso.

¿Cómo podríamos sintetizar el pensamiento de santo Tomás?

En lo filosófico, ante todo, como un socratismo, como la culminación del intento de Sócrates, Aristóteles y Platón de entender la realidad y conocer la virtud contra el escepticismo y el relativismo moral de los sofistas de todas las épocas.

Es, como diría el padre Santiago Ramírez O. P., una filosofía del orden: de la distinción entre orden natural y sobrenatural, entre naturaleza y gracia, entre fe y razón; del orden de las cosas (físico y metafísico), del orden del pensamiento (lógica), del orden de los actos humanos (moral), etc. Pero en santo Tomás, parafraseando a Maritain, se distingue para unir. No como una simple yuxtaposición retórica o un eclecticismo amorfo, sino desde la profundización orgánica, necesaria, coherente y, en ocasiones, correctiva del viejo verso del poema parmineideo: el ser es y el no ser no es. Todo su pensamiento se fundamenta en una metafísica del ser.

¿En qué consiste la metafísica del ser?

Tanto la comprobación de las cosas sensibles, sujetas al cambio constante, pero siempre exigiendo un fundamento invariable, como la enseñanza bíblica de Éxodo 3, 14 («Yo soy el que Soy») nos hablan de la primacía del Ser, de aquello que es, sobre el Devenir, lo que se está haciendo, lo que cambia. Un error en este punto puede acabar siendo catastrófico, como veremos después.

Para el Aquinatense, siguiendo a Aristóteles, en la profunda estructura de lo real, resolviendo el problema de la unidad y de la multiplicidad, de las relaciones entre lo sensible y lo metasensible, se encuentran dos principios inseparables que constituyen a cada substancia que existe: uno de especificación, que hace que la cosa sea lo que es, y otro de individuación, que hace que sea esta cosa específica e individual. Respecto a la misma esencia de las cosas, uno es plenamente real, aunque metasensible (actus), el otro se encuentra en una condición ontológica que ofrece una realidad menor pero también es y, además, posee una disposición a dejarse informar y poder asumir distintas perfecciones (potentia). El conocimiento de estos dos coprincipios -la forma y la materia– es el primer escalón para descubrir el secreto del Ser y cómo la riqueza y belleza de lo visible exigen una dimensión metasensible, que fundamente no solo su cognoscibilidad sino su misma existencia.

Ahora, esta riqueza y belleza de lo visible se nos presentan como limitadas y, por tanto, como participadas (porque si las cosas tuvieran en sí mismas la razón de sus perfecciones se las habrían otorgado de manera ilimitada). De ahí se sigue que la fuente de sus perfecciones sea el Ser por esencia, que hace que las cosas participen del ser -es decir, sean– y de sus perfecciones en distintos grados. Esta es la quarta via, profunda doctrina tomasiana que se remonta a la Diotima de Mantinea platónica, la maestra de Sócrates en Banquete.

Estamos entonces ante una metafísica del ser, no ante la primacía de la acción, como en el idealismo alemán (recordemos el Yo que se autopone como principio del Absoluto, según Fichte, y el Am Anfang war der Tat, «al Principio estaba la Acción», de Goethe en Fausto) y en su hijo negado, el materialismo histórico de Marx y su primacía de las relaciones económicas de producción. O como en la filosofía de Maurice Blondel y su nueva noción de verdad como adecuación de la mente a la acción y en su hija, esta vez no negada: la catastrófica nouvelle théologie con sus dos criterios de cientificidad, según Jean Daniélou: la subjetividad y la historicidad que se acercan a la «vida misma», elementos contingentes y mutables si los hay.

Lo curioso (y trágico) del asunto es que cuando de manera claramente absurda se trastoca el principio de operari sequitur esse (el obrar sigue al ser) se acaban desarrollando praxis destructivas que oprimen al hombre, como se puede comprobar revisando la historia del mundo y de la Iglesia en los siglos XX y XXI.

Se dice que el pensamiento de santo Tomás habría sido superado por las diversas revoluciones científicas que se han sucedido a partir del siglo XVI y la aparición del modelo copernicano…

Si bien es cierto que algunos de los ejemplos que usa santo Tomás en sus demostraciones pertenecen a una descripción antigua del mundo físico (como la teoría de los cuatro elementos o el sistema astronómico tolemaico), estas doctrinas pueden ser demostradas por otros ejemplos físicos más relevantes ahora, porque, como sabemos, el ejemplo es siempre accidental y variable respecto de la doctrina que se quiere demostrar. Además, en muchas ocasiones los ejemplos sensibles que santo Tomás usa pertenecen a la observación espontánea de la naturaleza antes que a cualquier elaboración científica particular.

Sea lo que fuere, santo Tomás mismo era consciente de sus limitaciones en lo que respecta al campo de las ciencias particulares y empíricas; limitaciones que son también las nuestras respecto a los descubrimientos científicos futuros.

Veamos lo que dice en su Comentario a Sobre el Cielo y el Mundo de Aristóteles: «Las hipótesis que aquellos encontraron (los físicos) no son necesariamente verdaderas; si bien, haciendo tales suposiciones se pueden salvar los fenómenos, sin embargo, no es necesario decir que tales suposiciones sean verdaderas, ya que quizá se puedan salvar los fenómenos sobre las estrellas según otro modo aún no comprendido por los hombres» (Comentario a Sobre el Cielo y el Mundo, II, I, c. 17).

Y en otro lugar añade: «En astrología, establecidos los excéntricos y los epiciclos son explicables las manifestaciones del movimiento en el firmamento. Sin embargo, estas suposiciones no son pruebas demostrativas, ya que, establecida otra hipótesis, pueden darse otras explicaciones» (Summa Theologiae. I. q. 33 a. 1 ad 2).

Aquí, santo Tomás demuestra estar más en línea con la filosofía de la ciencia actual –que enfatiza el carácter provisional y variable de los modelos científicos experimentales– que los ingenuos mecanicistas del siglo XVIII con su absolutización del modelo newtoniano.

¿Cómo era personalmente santo Tomás?

Tanto la bula de su canonización como los recuentos biográficos más antiguos resaltan su carácter afable y humilde, así como su condición de místico y hombre de oración profunda. Nada más lejos del arquetipo del intelectual contemporáneo que, a veces incluso en ámbitos católicos, no es más que un frívolo socialité orientado al autobombo y a tejer redes de intercambios de favores, de arribismo y de figuración.

Para quienes quieran familiarizarse con una vida que, a pesar de su condición contemplativa, estuvo llena de anécdotas edificantes y en ocasiones muy graciosas y de toda suerte de peripecias, recomiendo Santo Tomás de Aquino. Biografía documentada, escrita por Raimondo Spiazzi O. P. Curiosamente, mientras que Duns Scoto, del que se sabe muchísimo menos, tiene una película biográfica, el Aquinate todavía no tiene ninguna. Ni siquiera la RAI, que ha hecho filmes sobre figuras católicas bastante oscuras, se ha atrevido a ocuparse del Doctor Angélico, siendo, como es, uno de los tres italianos más grandes de toda la historia, junto con Dante y Francisco de Asís. No puedo dejar de pensar en alguna especie de veto o prejuicio, quizás incluso intraeclesial.

Pero quisiera resaltar una anécdota antigua, contada por la madre de fray Reginaldo de Piperno, el secretario de santo Tomás: «Cuando Tomás pasaba por el campo, la gente que se encontraba ocupada trabajando las tierras, abandonaba sus tareas y se precipitaba a su encuentro, admirando la estatura imponente de su cuerpo y la belleza de sus trazos humanos. Se acercaban a él más por su belleza que por su santidad o su noble origen».

Este episodio siempre me ha hecho pensar mucho. Como sabemos, santo Tomás era un hombre alto y corpulento («pinguissimus», según Remigio de Florencia, alumno suyo en París, es decir, muy gordo); pero quizás esta anécdota nos revele algo muy profundo: por su pureza y sabiduría, por su inocencia, su alma se encontraba en contacto estrecho con su cuerpo, revelando una armonía semejante a la de nuestros primeros padres y que podía ser reconocida de manera intuitiva por los campesinos.

¿Existe algún aspecto olvidado de santo Tomás que quisiera usted resaltar?

A santo Tomás se le conoce mucho como filósofo y como teólogo; algo menos como místico, pero no tanto como polímata, como genio universal, que también lo fue. Rémy de Gourmont lo consideraba el mayor poeta latino del Medioevo: prueba de ello son la misa del Corpus Christi y los cánticos compuestos por él. Además, estudiando la primitiva escuela tomista, contemporánea e inmediatamente posterior al Aquinate y conformada por sus discípulos directos, Martin Grabmann descubrió un interés muy grande por las ciencias naturales. Cabe destacar, por ejemplo, la carta que la facultad de artes de París envió a la orden de predicadores solicitándole el envío de los libros científicos de la biblioteca del difunto fray Tomás, entre los cuales figuraba un Liber aquarum conductibus et ingeniis erigendis, que sería, según Birkenmajer, un texto del científico helenístico Herón. Esto demuestra que nada le fue ajeno: ni las bellas artes, ni las ciencias empíricas ni la tecnología. Fue, como dijo el Ferrariense, homo omnium horarum, el hombre de todas las horas.

¿Cuál es el estado del pensamiento tomista en nuestros días?

Fuera de los ámbitos eclesiásticos, el pensamiento tomista, particularmente en su impostación más aristotélica, goza de bastante salud. David S. Oderberg, por ejemplo, autor de un libro imprescindible titulado Real essentialism (2007) aparece siempre en los recuentos que hace la prensa secular de los filósofos más influyentes en el mundo contemporáneo. Edward Feser, por su parte, es un filósofo y divulgador tomista, muy agudo, y que ha llegado a colocarse entre los autores más vendidos de Amazon en categorías filosóficas.

En el ámbito hispánico siempre hay que mencionar a don Eudaldo Forment, maestro de muchas generaciones de estudiosos de santo Tomás, y a mi profesor, el doctor Enrique Alarcón, factótum del proyecto Corpus Thomisticum, quizás el mayor proyecto de conservación de fuentes filosóficas y teológicas del mundo. Quisiera recordar también al difunto padre Mariano Artigas, que, en la cosmología, logró establecer criterios de substancialidad que conjugaban las observaciones de las ciencias físicas contemporáneas con el aristotelismo tomista.

Pero quisiera resaltar el hecho de que mucho del pensamiento tomista en español más interesante en nuestros días está siendo cultivado por hispanoamericanos. Tenemos al mexicano Mauricio Beuchot, que utiliza de manera muy creativa a santo Tomás en una labor de síntesis orgánica (que quizás habría sido del agrado del santo Doctor, amigo de la armonía entre todas las verdades) entre continentales y analíticos en su hermenéutica analógica.

Yendo a aguas más profundas, encontramos al argentino padre Álvaro Calderón, autor de varios tratados muy recientes, que buscan penetrar en el tomismo auténtico y son verdaderamente impresionantes: El Orden Sobrenatural. Una inmersión en el tomismo profundo (2020), El hombre, imagen de Dios (2021), La naturaleza y sus causas (2016), entre otros. El padre Calderón es hoy el único de los continuadores de los grandes tratadistas dominicos clásicos tomistas, mérito singularísimo en nuestra edad de hierro espiritual, intelectual y moral. Tratadistas que, como el padre Calderón, no eran meros repetidores o comentaristas, sino que buscaban resolver cuestiones disputadas y profundizar en la comprensión de la realidad humana y divina y en el pensamiento del Aquinate de manera creativa pero también orgánica, sin desdeñar el valor de siglos de reflexión previa. De vivir quizás en otra región del globo y utilizando otra lengua en sus escritos, el padre Álvaro muy probablemente habría alcanzado ya gran renombre.

Otro argentino, el padre Christian Ferraro, se enmarca más en la interpretación de un posible «olvido del ser» por parte no solo de la filosofía moderna, sino por la tradición tomista posterior al Aquinate, buscando resaltar la originalidad de santo Tomás en el camino señalado por el padre Cornelio Fabro. Al margen de los reparos que pueda suscitar esta posición, su libro Para un retorno a la metafísica. Sobre la actualidad del tomismo esencial (2003) es una fascinante invitación a repensar muchas certezas y a abordar muchos de los problemas planteados por la filosofía actual. Me estoy olvidando de muchos, claro está. Ahora mismo vienen a mi mente el padre Basti y el padre Vadillo…

Y a qué cree que se deba esta mayor y mejor actividad tomista hispanoamericana comparada con otros lugares…

A la pura misericordia de Dios. Porque, más allá de la tradición en erudición clásica y católica de Argentina en el siglo XX (timbre de honor del que quizás nuestros amigos rioplatenses deberían sentirse más ufanos), todo conspira aquí no solo contra el tomismo, sino contra cualquier asomo de vida contemplativa. En el caso del Perú la cosa es mucho más grotesca: prácticamente desde fines del siglo XVIII y con alguna pausa providencial entre 1930 y 1950, nuestros liderazgos católicos, tanto eclesiásticos como laicales, se han caracterizado (con mínimas excepciones) por la ignorancia y/o el desprecio a la metafísica y humanidades clásicas, y han preferido «formarse» con toda suerte de mitologías históricas y políticas de signos diversos y hasta opuestos, pero siempre prácticas.

Por lo tanto, sería muy recomendable formarse con Santo Tomás, ¿qué consejos nos da para quienes quisiéramos formarnos en su pensamiento?

Nunca es tarde para formarnos en santo Tomás, en diversas formas dependiendo de las condiciones de vida de cada persona. En mi caso, mi formación original era en literatura y lengua hispánicas, pero a los 27 años empecé a estudiar a santo Tomás seriamente y luego opté mis grados filosóficos.

Quisiera recomendar un programa de formación filosófica tomista autodidacta rápido, adecuado para alguna persona con alguna trayectoria profesional no filosófica o teológica y con un tiempo ajustado. Estará dividida en tres partes y, con el favor de Dios, podría hacerse en dos años.

En primer lugar, la lectura de cuatro textos introductorios sería de mucha utilidad: Historia sencilla de la filosofía, de Rafael Gambra; Lógica, de Juan José Sanguineti; Filosofía de la naturaleza, de Mariano Artigas y Juan José Sanguineti (la edición de 1984, por su concisión y brevedad; pero si hay algo más de tiempo podría ser la de 1989); y la ya clásica Metafísica de Alvira, Melendo y Clavell. Estos tres últimos textos son parte de los famosos manuales de la Universidad de Navarra. Respecto a todos estos libros podrán hacerse muchos reparos, pero, por lo menos, situarán al estudiante en el universo conceptual necesario para empezar a comprender a santo Tomás.

En segundo lugar, dos libros que casi ya no se editan pero que pueden encontrarse en algunas bibliotecas nos servirán para ir entrando en materia: La filosofía de la cultura de santo Tomás de Aquino, de monseñor Martin Grabmann, bella y relativamente breve síntesis del pensamiento de santo Tomás respecto a lo humano, y la más voluminosa y compleja Síntesis tomista, de Réginald Garrigou-Lagrange, en la que el estudiante no solo elevará sus conocimientos filosóficos tomistas sino también se introducirá en su teología.

A partir de aquí, el estudiante podrá con más provecho iniciar el estudio de las obras de santo Tomás. Aconsejo empezar con Del ente y la esencia y De los Principios de la Naturaleza y luego con la Suma contra gentiles. En este punto ya comienza una labor de toda la vida: la lectura de la Suma de Teología.

Ahora, si el estudiante tiene la posibilidad de invertir cuatro años de vida y un cierto dinero (a veces no poco), puede emprender un estudio más serio, que acometa la necesaria lectura de los textos originales de los filósofos clásicos (significativamente Aristóteles) y de los padres de la Iglesia previos, así como la adquisición de otros conocimientos filológicos e históricos necesarios para acometer el estudio directo de santo Tomás. En ese caso, le convendría matricularse en instituciones como el Thomas Aquinas College, de California (EEUU) o la Dominican House of Studies de Washington DC; o, en su defecto, de alguna de las universidades romanas que todavía conservan algo de tomismo.

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