27 de octubre de 2020 0

¡Ya están aquí!

Por Iván Blanco

Pues nada, ya esta aquí la segunda y temida ola. Los científicos no tenían ni remota idea si el virus podía desplazarse balísticamente hasta dos metros o hasta cuatro si alguien estornudaba, pero los políticos sabían que por estas fechas íbamos a estar confinados todos otra vez, y de extenderlo se encargaron los voceros de la partitocracia, esos medios lacayos que copan las audiencias.

No sé ustedes, pero si en esta segunda andanada coronavírica vuelven a instaurar un “Resistiré” como himno pandémico, me veré obligado a promover un alzamiento armado. Lo que nos desveló el primer confinamiento, es que el pueblo español puede tragar estiércol a paladas y no levantarse contra un sistema corrupto y una administración hipertrofiada que acapara los recursos que deberían fluir hacia los sectores más afectados por la pandemia.

Sin embargo, no fue gratis. La erosión no está siendo sólo económica, sino espiritual. La gente tuvo que buscar asideros para evitar deshacerse como un azucarillo en el agua por la levedad de su existencia. Muchos se dieron cuenta que el Reiki y otras mentecateces importadas, no sosegaban el espíritu. La ley de la atracción y el Secreto resultaban propaganda pestífera de la New Age que no conseguía resolver las grandes incógnitas que acechan al hombre, y que ahora teníamos tiempo de resolver y meditar. Eso, el que no decidió freírse el cerebro con videojuegos o telestiércol.

Y advertir esa realidad, hizo que mucha gente mirara a la tradición, a aquel lugar donde nuestros abuelos, a los que todos echamos de menos, solían ir. A las parroquias. Pero estaban cerradas. Así que las adoraciones online al Santísimo, y las misas televisadas vieron incrementadas sus audiencias. Al levantar el estado de alarma, resultó que las iglesias y basílicas vieron incrementada la asistencia de fieles. En muchos casos, lamentablemente, con la misma rapidez que la gente las llenó, se fueron vaciando al nivel que estaban antes. Y es que la gente es muy cortoplacista. En 2011 la sociedad estaba deseando que subieran los pisos para realizar aquellas mismas operaciones que nos habían metido en la crisis devastadora en 2008. No se había aprendido nada. Se había desaprovechado la lección. Y lamentablemente, después del primer confinamiento, la gente sigue igual, otra vez se sume por el desagüe una oportunidad de aprendizaje y crecimiento. Y ahora llega la segunda ola, y la gente en paños menores y habiendo pasado el verano exprimiendo esos ahorros que nos quedaban.

Esta mañana oía una entrevista a un psicólogo en la radio. Gurú de esos panfletos infectos llamados libros de autoayuda, y el tío decía que ahora los ciudadanos deberíamos refugiarnos en la familia como asidero afectivo para pasar lo mejor posible unas restricciones que están por venir y que con toda certeza van a mermar nuestra autoestima e integridad emocional. La familia como puntal y bastión donde apoyarnos y ampararnos frente a la tempestad que se avecina y que ya nos coge calados.

Lo que se le ha olvidado decir a este buen caballero, es que la psicología (de forma general, claro) se ha encargado de dotar de herramientas, a aquellas personas con problemas afectivos, centradas únicamente en uno mismo como solución a esos desequilibrios. Centradas en solventar el problema de forma inmanente y no trascendente. Esas soluciones han producido alejamiento de las familias, divorcios, y roturas emocionales con la excusa del “yo”. Sin embargo, no es el contexto actual el que nos debe hacer girar hacia la familia, es el sentido común y el amor que de forma tradicional se ha prodigado en las mismas. La familia ha conformado nuestra civilización, institución que configura el último baluarte dónde refugiarse. Sin embargo hoy, ha sido atacada, dinamitada por todas partes y las leyes se han focalizado en disolverla. Ejemplo de ello son, la ley de divorcio exprés que permite disolver el matrimonio en tres meses. Lo que nos expone el absurdo de esta sociedad en la que el compromiso por permanencia con mi compañía de móvil es de un año. Mucho mayor que con el cónyuge de uno. Si hay un embarazo, no es necesario que sea un lazo definitivo en ese matrimonio, aborto a la carta. Y si el abuelo molesta, asilos a gogó para aparcar lo que hemos decidido ya no es un integrante de la familia, sino un mueble más. Ahora, nos dicen que esa tradicional institución es la clave para no caer en la desesperación de la soledad y el desasosiego que va provocar esta pandemia. No les diré como Pablo Iglesias que llegan tarde, les diré “¡Por fin!”.

Un amigo me dijo el otro día, “¿Dónde está Dios en estos momentos?”. Le respondí: “Donde lo dejamos”. Como sociedad hemos abandonado a Dios y la apostasía se enseñorea de una Europa en ruinas, y de una España apolillada de odios. España, señora y custodia de la fe, espada de Trento, como dijese Menéndez y Pelayo, ha olvidado su misión en el mundo y la cizaña se ha apoderado de todos los lugares que le hemos permitido. No nos hemos ocupado de arrancarla como el buen agricultor hace.

Hemos olvidado que debemos ser humildes, que debemos abrazar este sufrimiento y ofrecerlo a Nuestro Señor. Unirnos a Dios en nuestro dolor y purificarnos en cuanto intentamos asemejarnos al Cristo sufriente. Nos hemos apartado de Dios como el viajero con frío se ha alejado del fuego. Tan sólo acercándose a él podrá sentir el calor y secar sus ropas.

Ahora los mamarrachos de la New Age nos dan apósitos posmodernos refritos de tradición como si se trataran de soluciones inapelables a algo que sobrepasa sus expectativas roñosas de cómo ser felices.

Les digo desde estas humildes líneas, asistamos a la Eucaristía. Recemos el Rosario. Demos gracias por lo poco que tenemos que con Dios es mucho. Y abracen a sus familias. Cuanta más fe, menos miedo.

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