(6) Qué se acordó en el Congreso de 1986 sobre el titular de la Autoridad política.
(por José Fermín Garralda)-

Las conveniencias políticas no surgen de repente. El tema de la suprema Autoridad tratado en el Congreso de la Unidad de 1986 venía de atrás, y quizás por ello y por sentido común, pudo establecerse una base de actuación práctica a satisfacción de todos.
Antes del Congreso se reflexionaba sobre dicha base común de actuación práctica. Cada cuál aportará su experiencia y datos, de modo que voy a referirme en primer lugar a la Pamplona de 1984-1985. Así, en una carta aclaratoria que, bajo los auspicios de don Miguel Garisoain, escribí como miembro de Unión Carlista el 9-II-1985, decía:
“La única base que se exigió para la unión (nota: en los discursos de la Juventud carlista de Pamplona en dic. 1984) fue la ortodoxia doctrinal carlista, abstracción hecha de la concreción histórica y actual de la Autoridad, aunque todos estamos desde hace tiempo de acuerdo en quién no es el rey”.
La ocasión de dicha carta fue la fiesta de la Juventud carlista a la Inmaculada Concepción, celebrada en Pamplona el mes de diciembre. En ella estuvo don Juan Casañas, procedente de Barcelona. El ágape celebrado en el céntrico y ya desaparecido restaurante Bidasoa de Pamplona, situado en la Calle Sancho el Mayor, fue concurridísimo. En su discurso, Casañas dijo esa última expresión, con el unánime y rotundo aplauso de todos: “no sabemos quién es el rey, pero sí quien no lo es”.
Pero miremos adelante, al Congreso de unidad de El Escorial celebrado en 1986. Conviene decir de él que lo que acordó ya estaba hablado y cerrado en una reunión celebrada en Talavera de la Reina. Es lo que se llamo “los acuerdos de Talavera”.
Así pues, un acuerdo clave del Congreso de unidad era que la Comunión Tradicionalista Carlista no se pronunciaría sobre la concreción de la legitimidad o Autoridad –todos estaban de acuerdo en quién no era el rey, esto es, don Juan Carlos de Borbón-, que no se creasen corrientes de opinión en el seno de la CTC a cerca del titular de la monarquía, y desde luego evitar comentarios que pudiese dividir o encender discusiones. Se dejaba a cada carlista seguir sus propias fidelidades dinásticas y/o de Regencia, ya respetando su pasado ya de cara al porvenir.
Así pues, el Boletín oficial “Acción Carlista” informaba:
“(…) Unidos, sí. Conocedores también, de que la unidad para la acción política lograda, en modo alguno significa renuncia u olvido de la causa de la Legitimidad inherente al ser del Carlismo.
El Congreso determinó posponer la solución de un quién o de qué modo haya de encarnarse la Autoridad Suprema. Por ello, todo carlista debe respetar hoy las fidelidades a personas o instituciones que generosamente han suspendido sus funciones policías en tanto el Carlismo no llegue a resolver cuestión tan fundamental.
Claro es que cuanto venimos exponiendo no se hace en un día. (Se refiere a las consideraciones que no recogemos aquí). Pero debe iniciarse, del mismo modo que el Congreso no fue unidad por sí y en sí mismo sino punto de partida para la Unidad” (3er Tr. 1986, 12 pp. p. 1-3).
A éste acuerdo se refiere José Miguel Orts en una carta enviada al Consejo Nacional hacia 1994, y posteriormente en otra exposición suya.
¿Y después? En la primera andadura de la CTC, tengo constancia de la Circular de la Junta Local de Pamplona (7-IV-1987) en la que, al explicar la unidad alcanzada, se añadía al final:
“6.- Y lo que es más digno de tener en cuenta, el haber decidido respetar las actitudes personales en tema tan crucial como el de la Suprema Legitimidad hasta tanto las circunstancias no propicien dilucidarlo con rigor, justicia y serenidad, y los diversos criterios respecto al reconocimiento y acatamiento de la Persona o Institución que se considere ostenta la Suprema Legitimidad conforme a la interpretación Tradicional del Auto-acordado de 1713, y sin que nadie pueda tratar de imponer a otros su propio criterio, ni pedir a los demás profesar el suyo.”
Después de dicha fiesta en Pamplona, el 14-XII-1986 hubo un gran disgusto en Barcelona provocado por un discurso en la comida de hermandad que celebraba con alegría la fiesta de la Inmaculada. Lo pronunció don Eladio Huguet. En él erró sobre la postura de la Regencia Nacional Carlista de Estella que muchísimos catalanes –y no sólo ellos- aceptaban desde 1958. Fue respondido por escrito por José María Cusell. Es lo que marcó el comienzo de unos problemas que se agudizaron por la tendencia de don Eladio hacia la democracia cristiana y el federalismo. El orador, que sólo reconocía personalmente como autoridad al Congreso carlista, creía que quienes tenían la suerte de reconocer la Regencia debían actuar como él, añadíendo decir que ésta debía desaparecer en todos los ámbitos.
Creo que la posición de don Eladio importaba dos errores. Uno, confundir la unión y la unidad con la identidad absoluta, sin respetar la posibilidad de que don Juan Casañas y otros muchos reconociesen la autoridad de una Regencia carlista. El segundo era el desconocimiento de la decisión de la Regencia, que había suspendido sus funciones exigiendo a los que la reconocían seguir plenamente las órdenes de la Junta de Gobierno, reforzando así y al máximo a ésta última. Todo ello permitiría a Huguet plantear de forma equivocada la relación entre la Regencia y la Junta de Gobierno recién creada en el Congreso de unidad en 1986. Ambos errores estaban en la raíz del largo escrito titulado “Camino histórico hacia la unidad”, publicado en la revista “Desperta Ferro”, (nº 13-14, VII-X-1989, 24 pp.).
En la citada celebración del 14-XII-1986, Huguet habló imprudentemente y fuera del ámbito debido. Más tarde ocurrieron otras cuestiones hasta que el 26-I-1988 Casañas denunciará las elecciones de la Junta Local de Barcelona. Este fue un elemento clave en la historia de un desencuentro en Cataluña, del que, a su modo pero con muchos datos que contrastamos con otras fuentes, discurre “Desperta Ferro” (nº 13-14, VII-X-1989).
Cuando en 1989 la Junta de Gobierno intervino para resolver un problema surgido en Barcelona, comunicó a la Junta Local de Barcelona el acuerdo de El Escorial:
“1) el acuerdo de “congelar” la definición de en qué persona u organismo se encarna hoy a Legitimidad dinástica procedente de la Familia Real Carlista, que comporta la Autoridad Suprema en el Carlismo, y con un criterio pragmático, atribuir facultades operativas a una Junta de Gobierno provisional, que como tal no se debe a disciplinas dimanantes de órganos vinculados a ninguno de los partidos fusionados en El Escorial ni actúa por poderes delegados por personas o consejos ajenos al Congreso que le confirió el mandado. 2) El acuerdo de respetar como “criterios personales” las preferencias de cada carlista en relación con tal capital problema siempre y cuando dichas preferencias no trasciendan a relaciones de jerarquía-disciplina paralelas y extrañas al elemental organigrama de la Comunión Tradicionalista Carlista que se intenta laboriosamente perfilar y de seguros efectos nocivos respecto a la claridad y coherencia del proceso de retorno a la unidad de los carlistas. Por ello hay que agradecer a las personas o entidades presuntas depositarias de la polémica Legitimidad histórica el cese de sus funciones políticas, su silencio y si apoyo a la tarea de lograr la tan ansiada unidad de doctrina, de organización y de actuación, sacrificando méritos y derechos muy estimables”.

Durante cuatro años don Juan Casañas Balcells permaneció en la CTC, ocupando el cargo de consejero, y enseguida la presidencia del Consejo. Cierto desengaño le hará abandonar la CTC como organización.
Cambiemos ahora año y de lugar. También don José María Cusell, en la carta que me dirigió el 15-VIII-1994, se refirió al respeto hacia las convicciones de los carlistas en relación con la Suprema Autoridad -rey, regencia, príncipe-. Dice así:
“Durante la andadura de la CTC, se han producido incumplimiento de los Acuerdos de Talavera y marginaciones inadmisibles. La actuación de la sedicente Junta Local de Barcelona de la CTC, que no fue debidamente reconducida y rectificada por la Junta Nacional, trajo como consecuencia el que se apartara de la CTC el primer Presidente del Consejo Nacional, y la de algún otro Consejero, procedentes de “Unión Carlista” (carta de Cusell Mallol a Garralda, 15-VIII-1994).
Como personalmente seguía felicitándole las Navidades por carta, en enero de 2003 Casañas me respondió a la felicitación con la carta siguiente:
“Apreciado José F. Garralda:
Agradezco y correspondo a tu amable felicitación navideña.
Veo que lees algo que me publican en “Ahora-información”: es la exigua colaboración que desde mi situación de “exiliado” de CTC, puedo ofrecer a la Causa.
Lástima que tras el Congreso de 1986, en lugar de esforzarse en realizar la presencia del Carlismo en la política nacional (Lo previo y prioritario, tachado) mediante la coordinación de los varios grupos ortodoxos en una unidad para la acción prescindiendo del tema de la Suprema Autoridad, tal como se pactó en Talavera de la Reina, lo prioritario para algunos fue combatir a la Regencia.
Seguid trabajando en la medida posible dado el estado en que la Junta de Gobierno nombrada en el Escorial dejó al Carlismo.
Recibe el cordial abrazo de tu buen amigo,
Juan Casañas Balsells (firma y rúbrica).
Enero de 2003
Sobre: Rte: J. Casañas / C/ Sicilia 182, 3º – 4º / 08013 Barcelona”
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Pasados diez años tras el Congreso de 1986, Don Miguel Garisoain reproducirá al pie de la letra, y con su nombre, parte del Editorial de “Acción Carlista” (3er Tr. 1986) citado al comienzo de este epígrafe, incluidos los tres párrafos anteriormente recogidos. Lo hará en un artículo titulado “1986-1996” en “El Irrintzi” (X-1996, nº 64, p. 7-8). Los omitiremos para no repetirnos.
Sobre lo que hemos explicado podrán aportar sus datos Javier Barraycoa y otros amigos y correligionarios que estuvieron en las primeras Juntas de Gobierno.
