30 de agosto de 2019 2 / / / /

Sin fe no hay razón ni bien común

Nadie debería dudar de que una actitud intelectual basada en el relativismo (negando así la Verdad frente a la “verdad oficial”) y otras cuestiones materialistas como el racionalismo ha sido un fenómeno nocivo para nuestra libertad y nuestro florecimiento moral y social, no necesariamente traducido en términos económicos.

No obstante, aquellos que a día de hoy velan por la integridad y desarrollo de la dictadura del pensamiento único pretenden hacernos creer que existe una dicotomía entre la fe y la razón, vinculando la primera a la coacción y la ausencia de progreso científico-tecnológico mientras que la segunda gozaría de todo lo “positivo” (según ellos).

A propósito de ello, el doctor australiano católico Samuel Gregg, director de investigaciones del think-tank estadounidense Acton Institute, ha publicado un libro titulado, en inglés, Reason, Faith and the Struggle for Western Civilization, sobre el cual desarrollaré, a lo largo de este ensayo, una especie de reseña.

La importancia del discurso de Ratisbona

El día 12 de septiembre de 2016, el Papa emérito Benedicto XVI impartió, en la universidad teutona de Ratisbona, un discurso polémico para las hordas de la corrección política así como a una porción considerable de islamistas. Todo por hacer referencia a las conversaciones de un emperador bizantino con un sultán otomano sobre la violencia y el islam.

Pero, tal y como afirma el autor, sin negar un motivo teológico en la violencia yihadista, otro de los principales ejes de rotación del discurso se trató sobre la cuestión de la fe como algo tan esencial para la idea de Occidente como la razón (precisamente, llegó a considerar que iban unidas de la mano). Sobre esto versa el libro, aunque solo me centraré en unos apartados determinados.

La libertad moral como parte del ADN occidental

El ser libres no es, en absoluto, nada a lo cual se opongan las enseñanzas cristianas. En línea con Gregg, junto a la «naturaleza racional» y un iusnaturalismo que habilita el buen discernimiento existe la libertad humana como parte del poder interior cristiano y algo que nos permite elegir entre el bien y el mal (tanto en la vida cotidiana como en los intercambios económicos y otras áreas de la vida).

Sin imponer directriz única de pensamiento, sino «con respeto hacia la razón y la libertad de las personas», en combinación con el “universalismo”, se nos hace una llamada a la consecución de un mundo mejor. Asimismo, advierte de que en otras religiones no fue posible combinar fe y razón (pone como ejemplo la marginación de la escuela islámica mutazilla).

¿Hubo una “Ilustración Católica”?

Entre finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve, hubo una serie de movimientos culturales en Alemania, Francia y Reino Unido que conocemos como la “Ilustración”. El mainstream educativo y cultural contribuye a retratar esta época como una ocasión en la que “se comenzó a despertar y ver que la religión suponía un atraso absoluto”.

Empero, cabe recordar que el cristianismo fue responsable de grandes avances tecnológicos y científicos a lo largo de la historia en numerosas disciplinas (ejemplos de ello son el médico Jérome Lejeune, el ingeniero Nikola Tesla, el físico Alessandro Volta y el médico Ramón y Cajal). Nunca hubo una cerrazón al conocimiento y la investigación.

Gregg hace ciertas referencias en las que se pueden encontrar nombres como el de la emperatriz María Cristina de Habsburgo (comprometida con la garantía de la libertad religiosa), el jesuíta Gabriel Gauchat (contraargumentario del empirismo de Hume, igual que Thomas Reid, pese a su protestantismo), la familia Carroll (católica partidaria de la pro libertatem Revolución Americana).

Ciertamente, nadie se opuso ni se opondrá a un mayor acceso al conocimiento bibliográfico y la lectura, igual que tampoco al criticismo bien entendido, que permite eliminar obstáculos falsarios al acceso a la Verdad, siempre en base a un espíritu crítico y libre que no esté desajustado de patrones morales.

El problema se da en lo que él considera, acertadamente, como cientifismo. Quienes secundan esta corriente son totalmente contrarios a la metafísica así como a ciertos postulados morales y filosóficos. Viene a ser una estrategia nihilista y materialista que solo ha propiciado juicios en contra de la libertad y la naturaleza, siendo baza de la ingeniería social.

La razón necesita de la fe, por el bien común

Claro está que la razón se desvía de la fe, la sociedad no tiende a prosperar. De hecho, cabe recordar que las grandes amenazas y problemáticas ideológicas de la Historia siempre han sido resultado del materialismo, del paganismo y de la negación teísta (comunismo y nazismo son claros ejemplos de ello). Y como resultado, ni libertad ni respeto a la soberanía social, la responsabilidad y la dignidad humana.

Y por “bien común” hemos de entender una serie de preceptos morales que buscan una sociedad libre, próspera y floreciente, que se pueda beneficiar del desarrollo científico y tecnológico que le pueda ayudar (la libertad se basa en la ausencia de coacción y en la oportunidad de hacer el bien; y como acertadamente afirmó el economista Hayek, el progreso no se puede planificar por naturaleza).

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2 comentarios en “Sin fe no hay razón ni bien común

  1. monsterid

    Luís B. de PortoCavallo

    El bien común, superior a la mera suma de los bienes particulares —al que determinados sectores, pretendiendo confundir, lo plantean últimamente reduciéndolo exclusivamente como “bien material”—, no es tanto una cuestión de la virtud de fe, sino más bien de la virtud teologal de la caridad y de la virtud cardinal de justicia.

    A todo aquel que quiera saber cómo funciona —y no sólo en el campo de las hipótesis teóricas impersonales reducidas a cifra, sino en la práctica humana pura y dura—, el “libre mercado” y la “libre competencia” y su aplicación directa en el sistema sanitario de las aseguradoras privadas en los países “ultra liberales”, le recomiendo que vea, como ejemplo, la película John Q., (2002) del director Nick Cassavetes, protagonizada por Denzel Washington, dónde un padre llega a la desesperación, estafado por el sistema de hospitales y compañías aseguradoras, en sus poco éticas prácticas habituales, según sus “protocolos económicos”.

    Igualmente, las películas (algunas de ficción, y otras basadas en hechos reales, pero que denuncian de forma objetiva cómo funciona el sistema)

    Legítima defensa (1997), del director de Francis Ford Coppola;
    Acción civil (1998), del director: Steven Zaillian;
    Erin Brockovich (2000), del director Steven Soderbergh;
    o la película documental, Sicko, (2007), del director Michael Moore,

    que ocasionó un escándalo y puso en guardia a todo el sector de las compañías de seguros y sus extraordinariamente potentísimos lobbies de presión, que, sarcásticamente afirmaron que necesitaban tener más “soluciones basadas en el mercado” (como ellos lo denominan) y menos regulación —todavía—, porque lo que no quieren las compañías de seguros son regulaciones y control, bajo el principio fundamental del “todo vale para ganar más dinero”, amparados en oscuras cláusulas abusivas. El Juramento Hipocrático, se convierte en hipócrita, dependiendo únicamente del poder adquisitivo.

    Un conservador, partidario del orden establecido por el statu quo, diría que, la solución estaría en una demanda judicial; hipocresía farisaica para justificar que mientras un enfermo se muere, son las propias compañías las que “alargan indefinidamente” los procedimientos judiciales para que el “problema” (paciente) desaparezca (muera), lo que para ellos es una solución muy “económica”, ya que se paga menos, en indemnización, por un muerto, de lo que cuesta un tratamiento.

    Desde luego espero que ninguno de los defensores de este aberrante sistema liberal se vea en tal situación nunca, ni para él mismo, ni para un hijo (u otro familiar), en que el lucro del mercado esté por encima de la vida.

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    1. Aven

      Permítame que añada ciertos apuntes a su sugestivo comentario:

      [“el “libre mercado” y la “libre competencia” y su aplicación directa en el sistema sanitario de las aseguradoras privadas en los países “ultra liberales”…]

      1. Si por “países ultra liberales” entendemos al Imperio Yankee, da usted en el clavo. Y por causa de ello, la degeneración de su Estado es evidente (Estado en el sentido aristotélico como: sociedad civil constituida con todas las leyes necesarias para su armonía y existencia).

      2. En cuanto al “libre mercado” y la “libre competencia” son claras entelequias. Un modelo ideal e inalcanzable, que por sus resultados teóricos sirve de referencia a ciertos economistas. Al estilo del modelo de competencia perfecta, para aclararnos. Los Estados siempre han actuado, siempre han intervenido, para bien y, más habitualmente, para mal. Pero son una constante universal de las economías organizadas allí donde haya civilización. Los emperadores romanos ya eran aficionados a rebajar el contenido de metal precioso de sus monedas para pagar sus deudas y financiar sus fechorías. Creando inflación, confiscando ahorros y empobreciendo más al pueblo.

      3. Sobre el “sistema sanitario de las aseguradoras privadas”, aquí hay mucha tela que cortar. La sanidad en EEUU está altamente intervenida. Es el 4º Estado con mayor gasto público per cápita en salud. Existe sanidad pública, pero no sanidad pública universal. Que está dejando fuera a unos 30 millones de personas sin cobertura sanitaria (no todos pobres). Entre ellos, de los mas damnificados son los autónomos y los empleados de las pequeñas empresas. Que ven como sus salarios no crecen conforme a la productividad, pero sí experimentan la subida de precios en los seguros médicos. Consecuencias de un modelo económico levantado sobre el dinero fíat y la máquina de imprimir. Le recomiendo buscar información acerca de los Hospitales Shetty, del doctor Devi Shetty en la India. Está asegurando a pobres por 15 céntimos al mes, realizando miles de intervenciones quirúrgicas y salvando vidas. Haciendo, como por ejemplo, radiografías nocturnas, cuando la energía es más barata.

      Mi opinión tiende más hacia las mutualidades de trabajadores y la labor social de las antiguas cofradías. Modelos de asistencia social sostenibles. No estatales. Que no cargan sobre las espaldas de todos los costes que afrontan. Donde los hermanos o mutuados se cubran de manera recíproca ante los imprevistos de la vida. Modelos así son propios de comunidades cohesionadas. Y no de lacayos de un Estado providencia. Pero, como en todos los problemas modernos, desembocamos siempre en lo mismo. Un pueblo que ha olvidado a Dios no puede dar solución a estas cuestiones.

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