16 de noviembre de 2019 0 / / / /

Siglo XIX

Artículo publicado en La Verdad, revista de la Diócesis de Navarra

El siglo XIX supone el asentamiento, por la audacia de una minoría, de una nueva manera de organización política, social, cultural y hasta religiosa, del todo en las antípodas de lo que había constituido la España de siempre, último baluarte de la cristiandad medieval.

Con razón se arguye que la España nueva no nace en el Renacimiento, sino que tras la etapa propagandista del siglo XVIII infiltrando en España la concepción  del ser humano como ser iluminado por una Razón autónoma e independiente de toda referencia religiosa o simplemente transcendente – “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo podrán fundarse en la utilidad pública” [1]: (libres frente a su vinculación como criatura a las leyes de Dios; pero sometidos a las leyes positivas del Estado, aunque contradigan el derecho natural). El segundo elemento es la implantación del sistema constitucional, cuya pieza clave es poner la soberanía en el hombre –y no en Dios y menos en la Iglesia que ha de estar sometida al poder temporal- como modo progresivo de sacar a España de su aislamiento tradicional y de abrirla a los sistemas revolucionarios europeos u occidentales que se irán sucediendo a lo largo del siglo, será lo específico del siglo XIX.

El siglo XIX no es en modo alguno pacífico y menos pacifista. Está recorrido por la violencia dentro de las naciones y entre las naciones por alcanzar la supremacía sobre los demás y es germen de las terribles guerras coloniales del siglo XX en todos los continentes y de las guerras mundiales.

La revolución francesa puso en jaque de muerte a todos los disidentes –recordemos la guillotina y el genocidio de La Vendé- dentro de Francia y puso en pié de guerra a todas las naciones frente a la Francia revolucionaria y al genio de Napoleón.

Las guerras del siglo XIX en España son guerras de religión. Todas. Se enfrentaban dos concepciones irreconciliables. La derrota bélica de la España de siempre puso en manos de la liberal constitucionalista la configuración de unas nuevas clases sociales que asentaran la nueva España surgente conformándose en garantes conservadores de la revolución anterior y moderados frente a la revolución siguiente. Estúdiense las consecuencias de las desamortizaciones de los bienes eclesiásticos y las de los bienes comunales de los municipios y sobre todo estúdiese para comprender el nacimiento del proletariado y del odio y resentimiento de clase de las leyes de desvinculación de todos los colonos asentados en los grandes señoríos que impedían o dificultaban la libre compraventa de las tierras sin pechar con las gentes que estaban desde siglos vinculadas a su cultivo y asentadas en ellas. Mano de obra barata para manufacturas e industrias nacientes. Miseria, hambre y deplorables cinturones del chabolismo circundando las ciudades. Es un horror y un clamor de injusticia acallado por promesas de modernidad y civilización.

La literatura va a reflejar este nuevo mundo. Unas palabras de la historiadora Iris Mª Zavala me sirven para situar como visión de conjunto los cambios que van a tener lugar en España con la irrupción en la sociedad y en la organización política de la burguesía, a la zaga de lo que está aconteciendo en Europa [2]:

En la temprana España del siglo XIX, la literatura refleja la aparición del mundo burgués, desarrollado con el capital financiero, mercantil e industrial. El cambio originado por este nuevo espíritu empresarial comprometió las costumbres, instituciones y valores de la sociedad, transformándolos, subvirtiéndolos. En un primer momento, el escritor -surgido de las filas de la burguesía- enaltece aquellos valores y pujanza. Ya al promediar el siglo, el artista capta el derrumbe de aquellas primeras ilusiones. Las obras literarias creadas a lo largo del siglo XIX nos muestran los modos de vivir y de actuar de las diferentes clases sociales, y son con frecuencia jueces implacables de la burguesía y de la clase alta. El escritor desenmascaraba la hipocresía de los grupos de la alta finanza y la timorata timidez de la clase media, cuando no los arrestos de la proletaria.

Comienza el siglo con la pervivencia del neoclasicismo y de la ilustración. Las escuelas líricas de Salamanca y Sevilla de poco interés para los gustos estéticos actuales, son sus escritores piezas claves en el asentamiento y triunfo de las ideas ilustradas, con pasión volteriana en algunos casos y con la deformación sistemática de todo –la historia, por ejemplo. Léase la oda de Manuél José Quintana Al panteón del Escorial-.

Siglo gestante, apasionado y trágico, grandioso y vulgar. España se va transformando, alejándose de sus valores tradicionales, en modo alguno residuales o costumbristas, sino constitutivos de la España que fue capaz de hacer un Imperio admirable y vigoroso durante más de trescientos años y mantenido sin ejército hasta los tiempos de Carlos III, -pese a la hispanofobia y a la leyenda negra- y con una concepción de la vida humana, en la que estaba muy claros la tarea, su destino y su fin.

Se instaura, como novedad, una organización social y política cuyas claves serán el interés general y no el bien común; el nominalismo y el utilitarismo como distintivos del nuevo bien y de la verdad, el relativismo y la indiferencia, pero como fuerzas pasionales soterradas con periódicos estallidos de volcán, el odio de clase, la desconfianza, el resentimiento. Las reacciones de las etapas de absolutismo de Fernando VII no solo no atajaron sino que enconaron a la oposición, no supieron ir a la raíz del problema. El entendimiento ya no era posible. En estos años germinan actitudes tan opuestas en concepción integral de la vida y no solo política que eran irreconciliables. Las guerras civiles estaban anunciadas.

Algo advierte el romanticismo, algo el realismo y naturalismo y algo la búsqueda de sentido o el escapismo del fin de siglo. La literatura del siglo XIX ha sido testigo, pero sus escritores no han sido adivinos de esperanza.

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