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4 de julio de 2024 0

Siempre la extrema derecha

El Demagogo – José Clemente Orozco.

(Por Xabier Arriada) –

Los resultados arrojados por las urnas en Francia han hecho sonar, por enésima vez, las alarmas “antifascistas”. En realidad no es que las hayan hecho sonar tanto como que éstas no lo han dejado de hacer y es que en cada elección el espantajo a agitar es siempre el mismo: ¡que viene la extrema derecha!

Para desasosiego de la clase política bien pensante, el espantajo, lejos de ahuyentar al monstruo parece alimentarlo pues, no sólo en Francia sino en otros muchos países, éste no deja de crecer.

Cualquier persona con un mínimo de sentido común se plantearía la sencilla pregunta de por qué los votantes de “la extrema derecha” no dejan de crecer si ésta es tan mala. Desafortunadamente nuestros dirigentes no son cualquier persona ni mucho menos parecen tener ese mínimo de sentido común deseable en quienes tienen la responsabilidad de dirigir los destinos de millones. Su respuesta, hasta ahora, ha sido negar la realidad y perseverar en sus políticas de ingeniería social y ensanchamiento del estado.

No conozco a nadie que celebre que Hacienda le confisque la mitad del sueldo. Tampoco parece ser un motivo de alegría el que los servicios sean cada vez peores o la imposibilidad de acceder a una vivienda aunque sea en régimen de alquiler. Mucho peor, sin embargo, es la sensación de desprotección e inseguridad.

Problemas siempre ha habido. Los impuestos siempre se perciben como injustos o excesivos, la burocracia es enfadosa por definición y acceder a una vivienda nunca ha sido fácil (especialmente cuando se quiere trabajar poco pero eso ya es otro tema). La inseguridad, sin embargo, suele calar especialmente hondo y pronto se convierte en quizás el problema más acuciante para la gente de a pie.

Son muchas las situaciones en las que el ciudadano se puede sentir inseguro, empezando por el mero hecho de salir a la calle dependiendo a qué horas y en qué sitios. En eso estará de acuerdo hasta la emética Irene Montero cuando quiere llegar a casa “sola y borracha” (confieso que, de ser ella, también yo me daría a la bebida en soledad). Sin embargo, no es sólo la inseguridad física a la que teme el ciudadano. Líneas arriba hacía referencia al problema de la vivienda cuyo agravante es la inseguridad jurídica a la que se enfrenta el propietario. También hay indefensión cuando las autoridades, por no querer ser tachadas de racistas, dejan de hacer su trabajo en Rotherham y tantos otros sitios; cuando uno no puede proteger a sus hijos de ocho años de las aberrantes imágenes que año con año se dan en los desfiles de colorines o cuando en las escuelas se les enseña la nueva religión del wokismo y ay de aquél que ose discrepar pues será calificado de lo-que-sea-fóbico. Inseguridad, por cierto, son también el aborto y la eutanasia por mucho que algunos quieran negarlo.

Como es de esperar, la gente tiene un límite y termina por cansarse. Es entonces cuando surge la “extrema derecha”. Y ¿qué hace la clase política ante esto? Pues desacreditar a los votantes cabreados llamándolos ultras, extremistas, xenófobos o fascistas; subirles los impuestos y generar leyes a cada cual más absurda que la anterior. Al que no quiera caldo, taza y media.

No es de sorprender que un sector cada vez más creciente de la población, otorgue su voto a un figurín, Jordan Bardella, de quien lo único que se puede decir es que a sus 28 años no tiene título universitario alguno, que es hábil con las redes sociales y (su mayor logro) que es novio de la sobrina de la jefa del partido. Un partido, por cierto, que no deja de ser un chiringuito familiar oportunista. Las otras opciones tampoco son para echar cohetes. De la “extrema izquierda”, mucho más nociva en cuanto a que está blanqueada y normalizada, nadie habla.

La solución no está en los políticos de ningún signo. El político hará aquello que le asegure la poltrona sin importarle usted, su familia, sus principios o su país. Si de verdad quiere arreglar algo, empiece por usted mismo no confiando en vendehúmos llámense de PSOE, Vox, PP, Alvise o Podemos. Mucho menos se enfrasque en discusiones agrias y estériles defendiéndolos (que los defienda su padre si es que lo conocen).

Vote. A quien usted quiera pero hágalo y sin dejarse asustar tanto por los llamados malminoristas (PP, PSOE) como por los vendedores de crecepelo (Alvise, Podemos, Vox, Sumar). Al hacerlo, sin embargo, tenga siempre en cuenta la paráfrasis de Mafalda: el discurso de los políticos es para masticar pero no para tragarse.

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