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9 de febrero de 2024 0

Sic mundus creatus est

 

(Por Castúo de Adaja)

 

Esta semana hemos sido testigos del lanzamiento en EEUU del nuevo producto estrella de Apple, unas gafas de realidad aumentada que han ofrecido al viandante medio escenas claramente absurdas, con sujetos totalmente absortos en un mundo irreal e intangible. Este panorama, si bien extraño, no puede resultar ajeno a la sociedad actual, que vive inmersa en la perenne necesidad del avance continuo y del estrepitoso progresismo al que nos ha traído. Y es que, en cosa de 70 años, el hombre ha sido testigo de un proceso imparable e inimaginable de aceleración social en todos los aspectos.

Sometido a unas inasumibles velocidades, el hombre de hoy en día se ve en una fatigosa y tediosa carrera contra sí mismo; un sprint – si me permiten la expresión – por el que se afana el individuo que no quiere quedarse atrasado, obsoleto, inservible… Y ha de tenerse en cuenta este concepto: “obsoleto”. Absolutamente todo ha de estar sometido a los frenéticos procesos de la desnuda inmediatez: las semanas pasaron a ser días; los días, horas; las horas, minutos; y los segundos… ¡los segundos ya no existen! La viralización es el fenómeno de la absurdez, pero también de la irrefrenable eliminación de la criatura que, inocentemente, observa temerosa y cautelosa, cautiva del escapar del tiempo, cómo se desvanece en una imperceptible invisibilidad. Otrora, las acciones del hombre se contaban y narraban prolongada y cómodamente desde la tranquilidad del respiro vespertino; la sociedad vivía en la vivificante respiración que aportaba el soplo del disfrutar del tiempo que se le otorgaba desde la concepción hasta la muerte. Ahora… ¡ahora no hay tiempo para vivir!

Profunda e imbatible es la paradoja en la que el hombre ha caído. Pretendiendo vivir más, ha prolongado su esperanza de vida y se ha topado con un insoportable aburrimiento fruto del vaciamiento espiritual de este mundo. Desnortada como está esta moribunda civilización a la que le han arrebatado el propósito vital, el fin último y hasta el penúltimo, se ha dado al hedonismo sangrante y condenatorio; al placer de la abusiva inmediatez que esclaviza con las fierros de un reloj de arena. No pocos autores han venido a destacar que ésta no es otra que una “sociedad acelerada”. Buyng-Chul Han o Harmut Rosa exponen los conceptos de la “aceleración” en múltiples ensayos de recomendada lectura. Efectivamente, nos hemos situado en una carrera contra nosotros mismos, contra la que no podemos luchar, y ello genera una frustración antropológica que decae en pesimismo existencial. No es casual, por tanto, que a la pérdida de fe se haya aproximado la descomposición de la civilización occidental – y hasta me atrevería a decir que mundial.

La fe, y sólo la fe, expone por medio de la razón cognoscitiva el medio para la beatitud; la Libertad alumbrada por la razón y determinada por su libre albedrío; la bella equidistancia entre el trabajo santificador y la santificante esponsalidad. “Quo vadis, Munde?!”. ¿Acaso no te creó el Hacedor para el disfrute de lo visible y lo invisible? No, el mundo está desnortado, y los septentriones ya no son faro ni guía ni luz… La inmediatez devora al hombre con una insaciable y desgarradora vorágine. Una aceleración que provoca la falta de sentido en un hombre desprovisto de la tierna mano de la paz y la tranquilidad, de la reflexión sincera y del suficiente discernimiento.

¿Resultado? ¿Acaso no han visto voacedes el ocaso del pilar que fundamenta la sociedad preestatal? Familias corrompidas hasta el tuétano motivadas por la única visión del “disfrute de la vida” sin el verdadero gozo de la misma. Desde que el hombre perdió la fe no se ha topado con nada más que salados campos donde no germina esperanza alguna; yerma e infértil se ha vuelto su felicidad, pues se ha alejado de la Ley de Dios y la lex naturalis/Gentium. Desde que es nacido, el hombre sólo es conocido por sus actos, pero sólo si éstos son tangibles… ¡¿y qué hay de la intangibilidad trascendente?! Pues tanto amó Dios al mundo que entregó hasta a su Hijo unigénito, nuestro Señor; e hízolo después de la Creación física del mundo, pues antes de ello ya nos había amado. ¿Qué extraña revolución es esta en la que la “liberación” supuesta se torna en esclavitud? Alejados los esposos, huérfanos los hijos aun con padres vivos, decaídos los matrimonios… No, el hombre no precisa de más velocidad inasumible porque el hombre ya se está estrellando consigo mismo.

Así como el mundo fue creado – sic mundus creatus est . con su orbe y firmamento, con su fermento y su bondad… Así ha de ser nuestro pasar por este mundo: atentos a la trascendencia, desacelerados para poder contemplar el rostro de nuestro Señor. La fe es ancla; no sólo nos mantiene unidos a la Verdad de Cristo, sino que nos detiene en nuestra carrera hacia ningún sitio: nos ofrece la plenitud de la observancia y la serenidad de la trascendencia, donde surgen verdaderamente el amor y la paz.

He dicho.

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