29 de abril de 2019 0

SAN JORDI, O EL CABALLERO DE LA TRISTE FIGURA

San Jorge. www.nationalgeographic.com.es

Según relatan las crónicas, el 23 de abril del año 303, San Jordi (San Jorge) murió mártir, decapitado durante la “gran persecución” del emperador Diocleciano hacia la comunidad cristiana. Natural de Capadocia (actualmente turca pero entonces romana) e hijo de Geroncio (un oficial del ejército romano), ingresó en la guardia del emperador y a la edad de poco más de 30 años se vió en la situación de tener que rechazar la apostasía que éste le exigió, pagando un precio muy alto. Un joven de familia acaudalada y bien posicionada, con un cargo reconocido y con un futuro prometedor, un joven rico que supo dar todas sus riquezas y seguir a Jesús hasta sus últimas consecuencias.

Cuentan las crónicas que más tarde apareció des del cielo, como paladín en filas cristianas, en momentos sumamente críticos para la causa de la reconquista ante la invasión islámica. Relatan algunos testimonios que se le vio acudir en auxilio y luchar triunfalmente en las murallas de Tarragona, Barcelona y Alcoy. Así, pues, San Jorge pasó a ser patrón de Cataluña y Valencia.

La tradición romántica recogió su figura a través de una leyenda en la que se narra como un caballero acudió en socorro de un pueblo que vivía bajo la amenaza constante de un dragón. Tal caballero aniquiló a la bestia antes de que ésta pudiera hacer daño a la princesa. De la sangre esparcida por el suelo nació un rosal, una de las cuales rosas tomó el caballero para entregársela a la princesa, antes de retirarse. Y así es como, tradicionalmente, en Cataluña los hombres regalan rosas a las mujeres y las mujeres libros a los hombres (el de la triste figura, por cierto, sería una muy buena opción), puesto que San Jorge pasó a ser patrón de los enamorados.

En las historias, cuentos, mitos y leyendas permanecen enseñanzas. En este caso, podríamos representar al “dragón” como la amenaza del mal, al “rey” como a ciertos principios sociales, tales como la justicia y la autoridad, a la “princesa” como lo más preciado y valuoso de un pueblo, a los “habitantes” como la esterilidad de la inacción y de la cobardía, al “caballero” como la eficacia del bien, etc. Cabría preguntarnos, con cuál de las figuras nos podríamos identificar cada uno de nosotros en relación a la situación que vivimos en nuestras distintas comunidades a las que pertenecemos, empezando por el propio hogar y llegando hasta la misma patria. Cada figura es, sin duda, causa y contribución a una parte de la historia. Y en la historia de la humanidad, cada uno debe asumir y cumplir con su vocación, su cometido, su misión, con su quota de responsabilidad social, sin dejar al mero devenir el lugar y el tiempo en el que uno se halla. Tal vez, algunos de nosotros nos hallemos como el caballero de la triste figura, pero añadamos la visión quijotesca a la sanchista, o a la inversa, si una descompensa a la otra.

A su turno, el progresismo revolucionario se esfuerza en ir desdibujando la figura del caballero, especialmente a través de la nueva religión llamada ideología de género, con la que cualquier caballero andante corre el riesgo de acabar en una reyerta de baja picaresca o, en el mejor de los casos, de ser incluido en la lista de la poética progre. Pero, al final, no se trata más que de otra Torre de Babel que, a su tiempo, deberá de caer, pese a todos los esfuerzos de los grandes maestres de la orden de la luz.

Cabría volver a preguntarse si nos estamos dejando desdibujar esa triste figura de caballeros, o si, como el verdadero San Jorge, estaríamos dispuestos a dejar todas nuestras riquezas, posiciones y futuros por seguir al maestro hasta sus últimas consecuencias. Sea como sea, ¡que el paladín venga en nuestro auxilio y salve a nuestra princesa!

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