19 de febrero de 2020 0 /

Revolución en Chile. Una alternativa hispanista

por Miguel Angel Pavón

Las protestas en Chile comenzaron el pasado 18 de octubre del 2019. La causa inmediata fue el aumento de las tarifas del Metro de Santiago. Esta decisión fue cancelada días después debido a la fuerte oposición popular. Sin embargo, no puede ocultarse que existe un malestar social desde hace años. Chile, país rodeado de injerencias, es un punto de cruce entre diferentes grupos de poder. Su inmensa riqueza es ambicionada por muchos. Durante unos años fue un ejemplo de bienestar económico, con un paro simbólico, que apenas se acercaba al 2% de la población. . Enseguida comenzaron las tensiones inmigratorias y las tendencias hacia una burocratización de la sociedad y a cambiar la estructura económica hacia una mayor intervención del Estado (la misma estructura que llevó al país a la ruina en la década de los 70). Un ejemplo del malestar son las pensiones. Fueron sustituidas, hace años, desde la época de la dictadura del general Pinochet, por fondos personales de ahorro con, en muchos casos, escasas aportaciones. La cantidad recibida, al llegar a la jubilación es, también, muy pequeña. La sanidad pública no tiene una buena calidad y deben abonarse cantidades según el tramo salarial en que cada persona se encuentre. Ha mejorado el acceso a estudios universitarios (mediante un inteligente sistemas de becas y préstamos). Sin embargo, muchos chilenos añoran el llamado “estado del bienestar” que suponen en las sociedades europeas. Desean una sociedad con mayores prestaciones sociales sin considerar la lacra de dsempleo, impuestos y corrupción que suelen llevar aparejado. La presión de grupos europeos que tratan de exportar sus modelos es importante. El Estado chileno es pequeño. De alguna manera, hay poco Estado y más sociedad. Este modelo es discordante con lo que ocurre en otros lugares. Es una comparación que molesta en muchos ámbitos sociales e internacionales. En cualquier caso, ninguna sociedad es perfecta y es seguro que muchos aspectos serían mejorables y que las deficiencias de su sistema también deben ser considerables.

 Con el ánimo de acallar estas protesta, los dirigentes del país han emprendido una amplia reforma constitucional. Para algunos, las naciones son como  un inmenso ordenador que puede formatearse cada cierto tiempo. Se plantea así una nueva Constitución. Un proceso largo que tendría su inicio en Abril del 2020. En ese momento habría que discernir si se trata de parlamentarios elegidos única, y exclusivamente, a tal efecto o si tendría que habilitarse una especie de Cámara mixta entre constituyentes y constituídos (parlamentarios que ya existen). Los problemas reales serán diferidos, en cualquiera de los casos, durante años.

Mientras tanto, el llamado “hispanismo” se deja ver en algunas manifestaciones. ¿Qué es esto? Alexander Dugin, filósofo ruso, habla del hispanismo como la cuarta teoría política. La primera sería el liberalismo (ampliamente superada) que no es otra cosa que una derivación elitista del obsoleto absolutismo. La segunda el marxismo (una de las más groseras formas de destrozar a los pueblos). La tercera el nazifascismo de la que no es necesario opinar nada pues es, simplemente, insostenible e impresentable. Por eso no resulta extraño que los pueblos, desesperados, y con esa sabiduría popular que da el paso del tiempo y el subconsciente colectivo (si es que tal cosa existe) se refugien en la ideología más genuina y liberal (en el genuino sentido de libertad) que vieron los siglos: el hispanismo, manjar exquisito que no es apto para mentes obtusas, traidores, tiranos, bellacos, ni otras catervas morales que pululan en nuestro entorno. Las banderas de la hispanidad asoman, acaso tímidamente, en el resurgir de los pueblos. La isla de Chiloé fue el último lugar, en América, bajo soberanía española, sin contar con las posesiones en las Antillas. Durante 16 años resistieron el empuje del gobierno chileno recién constituido. Los hicieron con sus escasos medios pues poco podían esperar de un Estado español casi desmoronado, bajo la hegemonía de Fernando VII, de triste memoria, Han pasado casi doscientos años y ante los sucesivos conflictos vuelven a recordar, periódicamente, el periodo de paz, libertad que vivieron en el ocaso de su periplo tradicional incorporados a las Españas. Vuelven a manifestarse con las banderas de la Cruz de San Andrés que allí siempre fueron familiares. Incluso el pueblo mapuche, con su enfrentamiento secular contra la corona española, y a pesar de ser víctima de una presión sociocultural, y propagandística, desde el Estado, reconoce poco a poco que nunca tuvo mayor libertad que la autonomía concedida por la corona al sur del río Bio-Bío. El chileno medio es víctima de las soflamas antiespañolas que ha recibido desde la más tierna infancia, desde la misma escuela, pero no puede evitar el acercamiento cultural y hasta el orgullo de tener antepasados españoles. 

En definitiva, en ese camino de dicotomía y radicalización emprendido, son muchos los que vuelven la mirada hacia el tradicionalismo y el hispanismo como formas peculiares y alternativas de una fructífera convivencia.

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