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21 de enero de 2024 0

Quid est veritas?

(Por Castúo de Adaja)

Pilato, durante el interrogatorio de Cristo, le hizo una de las preguntas más clarificadoras de nuestra naturaleza humana: Quid est veritas? (“¿Qué es la verdad?”, Ioan., 18,38). Una oración que muchas veces queda escondida dentro del pasaje de la Pasión de nuestro Señor pero que, en el momento actual, responde a una llamada de atención necesaria y justa. El hombre, en verdad, ha quedado tristemente desamparado de toda verdad reveladora en un ocaso tanto de la intelectualidad de la que otrora gozó y del espíritu que aún late en su enmudecido corazón.

No son pocas las ocasiones en que encuentro conversaciones de buenos cristianos tratando sesuda pero estérilmente cuestiones acerca del ocaso civilizatorio, del fin de nuestros apagados tiempos o de qué cosas que el lector puede imaginar con el intelecto que se le dio en su concepción. Acaloradas discusiones y púlpitos al borde del colapso por buenos cristianos que, en un intento de desvelar las infectas acciones del Maligno, llegan a olvidar, por la acción de éste, la sencillez de la vida del cristiano: ser santo en todo momento y volver su humilde rostro al Señor. Dice el docto San Agustín en una de las reflexiones más bellas que tiene: “Señor, concédeme saber qué es primero: si invocarte o alabarte; o si antes de invocarte es todavía preciso conocerte” (Conf. I, 1). De esta manera, y movido por la revitalizadora conversión de su vida adulta, el santo Obispo de Hipona admite que no es otra la motivación de su vida que la de dar alabanza a Dios con todo su corazón, reconociendo impasiblemente la condición limitada de su humanidad.

Es bien cierto que el tiempo presente está marcado por una tiniebla que a muchos bienintencionados les hace volverse a dirigir su mirada hacia la acción del Maligno, cumpliendo con lo dicho por San Pablo: “La noche pasó y el día se acercó. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz” (Rom., 13,12). Mas hete aquí que la encarnación de nuestro Señor Jesucristo es ya luz radiante para iluminar al justo, según dice la glosa del salmista (Sal., 96,11: “Luz es nacida al justo”); pues no ha de desmerecerse tan inigualable redención donada por el Señor como para que nuestras preocupadas y aun descentradas mentes pongan más atención en la acción de desvelar al que se alejó de Dios en un pecado sin remedio, según indica Santo Tomás sobre el pecado de los ángeles: “no pudo tener remedio; porque, en l inmutabilidad de su naturaleza, les es imposible arrepentirse y apartarse de aquello que una vez han elegido” (Contra Sarracenos, cap. V).

No en pocas ocasiones se comete el error de volver la atención a lo aparentemente justo en una desviación de la mirada querida por quien dijo non serviam, queriendo alzarse victorioso en un corral cerrado y apartado del mundo, pretendiendo desvelar, aun con buena fe, los insondables misterios del Señor, como si nuestra débil mente pudiera acaso acercase aun tibiamente a desvelar con la vorágine de las pasiones – que son siempre de carácter irracional y voluptible – “qué es la verdad” en todo momento, desmereciendo así la ocasión por la Revelación dada. Es fuerte la tentación, y aun a los primeros padres Adán y Eva se les dijo que serían “como dioses, sabiendo el bien y el mal” (Gen., 3,5); mas ha de verse que el Maligno es padre de la mentira (cf. Ioan, 8,44). Y nosotros, ¡¿con qué justificación pretendemos hacernos más listos que el Diablo?! Nos preocupamos con severidad sobre esto y aquello en un vano intento de ser “como dioses”, mas ello no nos hace semejantes al justo juicio de Dios, sino que nos acercamos a Eva,  que “no se hizo semejante a Dios, sino más desemejante; pues pecando se alejó de Dios” (Sto. Tomás, De Humanitate Christi). Es bueno obrar para descubrir la verdad, mas ello ha de hacerse en el silencio de la oración, en el recogimiento del sano estudio y alejados del mundanal ruido de aquél que pretende sembrar nuestro demacrado rostro de pesimismos, ansias por ser portadores de la “razón” y la constante tentación de hacernos “sabedores” de los tiempos futuros. Ha de actuarse contra la acción del Maligno, verdaderamente, mas haciendo obra buena según indica San Benito “cuando emprendas obra buena, lo primero que has de hacer es pedir constantemente a Dios que sea Él quien la lleve a término” (Regla).

Así pues, ¡animaos! Recibid el regocijo de nuestro Dios como quien se regocijan el marido con su esposa (cf. Is., 62,5). Acercaos al llamado de Nuestro Señor de ser santos como su Padre en el cielo es santo (cf. Mt., 5,8) y dejad prudentemente que el sano estudio dedique su tiempo a discernir sobre las acciones del Maligno, no siendo éstas acaparadoras de toda vuestra atención. La patria y el mundo están en constante e incesante peligro; nuestra acción ha de encaminarse a solventarla no a través de foros sobre los unos u otros, sobre planes y no planes, no; nuestra acción está encaminada a la santidad de la vida ordinaria, dando atención al Maligno en su justa medida. Que las tinieblas del príncipe de la traición no obnubilen nuestra mente, antes bien: desterremos al Desterrado de nuestro corazón y se encienda en nuestro rostro la alegría del cristiano, volviéndose nuestro gozo al que es Bondad Infinita.

La Verdad está llamada a descubrirse por las potencias inmanentes del hombre en el diálogo interior con su alma. Cristo ha vencido y ese es nuestro gozo. En este mundo descristianizado y paganizado, gritemos a una sola voz la victoria de nuestro Dios: ¡Viva Cristo Rey!

He dicho.

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