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18 de julio de 2020 0

¿Qué fue eso del 18 de julio?

por José Fermín Garralda

Nos asociamos a nuestros correligionarios de Madrid, Sevilla y el resto de España, ante las actuales persecuciones de “guante blanco” que comienzan a pulular por nuestra Patria en contra de las conmemoraciones no gubernamentales. Lo que se ha hecho es aplicar el ingenio para evitarlas. 

En esas y otras ciudades y pueblos, hoy se celebra el 18 de julio, como resistencia a una Revolución en inmediato camino de imponerse por la fuerza allá en 1936. Era media España la que se resistía a morir, según Gil Robles.

También el 18 de julio fallecía don Carlos VII en Varesse, rey de España en la península y luego en el destierro, que tan unido estuvo a su hermano que será Alfonso Carlos I y a sus queridos españoles.

Alfonso Carlos I es a Carlos VII, como el marxismo es al liberalismo: no hay uno sin el otro. Carlos VII combatió al liberalismo y Alfonso Carlos I a su heredero el marxismo.

Ante estos dos hechos fechados el 18 de julio, se evidencia la actual hipocresía partitocrática en los sectores socialista-comunista y separatistas, tan amigos de prohibiciones a los demás y de relatos oficiales, así como de aquellos que les ríen las gracias o callan la verdad por cobardía e interés. Quienes creen estar a salvo por guardar silencio -nos referimos a no pocos periódicos liberales- sepan que luego les tocará a ellos. En efecto, los tiempos de la llamada transición democrática se están agotando, y no pocos quieren sustituir el régimen liberal-socialista por otro bolivariano o socialista-comunista, que es como llaman al marxismo actual para diferenciarlo de estalinismo.

Hoy no hay libertades que desmientan el hipócrita mito del país de la Libertad. No hay igualdad en derechos ni justicia que pongan en entredicho el mito del país de la Igualdad. No hay solidaridad horizontal hacia los demás porque no hay amor vertical hacia los padres en nuestro mentiroso país de la fraternidad.  Es decir, si la socialdemocracia, de alma marxista, procede del Liberalismo, supone a su vez la muerte de éste cuando niega final y subrepticiamente todas sus utopías, ya parcialmente negadas por el propio Liberalismo. Los errores y vicios no se mantienen solos sino que todo lo corroen y acaban  víctimas de sí mismos. 

La Revolución liberal es la madre -madrastra- de la socialdemocracia y ésta de los comunistas -sean estalinistas, eurocomunistas de Carrillo, Marchais o Berlinguer, y hoy  bolivarianos-, que se suceden en cadena, pues unos llaman a los otros en un “progreso” coherente pero contradictorio.

No canten maravillas que saben falsas. No se escondan tras la República como antes los liberales se escondieron detrás del trono. Los rasgos de democracia que hubo pronto quedaron viciados y enseguida fueron eliminados por la izquierda republicana. Para 1936, la Revolución había acabado con la República, y durante la guerra los comunistas controlaron al PSOE, anularon la izquierda burguesa, apartaron definitivamente a los socialdemócratas no bolchevizados (ej. Besteiro), y eliminaron a los  anarquistas al estilo Durruti. Finalmente de la República no quedó nada: hasta el presidente Azaña era un pelele.

La Revolución que devoró la República hizo que luego se devorase a sí misma hasta dar paso al control estalinista y al dr. Negrín. Es Saturno devorando a sus hijos. Es conocido el libro de Ricardo de la Cierva titulado  1939. Agonía y victoria (El protocolo 277) (Barcelona, Ed. Planeta, 1989) sobre el golpe de Estado del general Segismundo Casado. 

La continuidad entre Alfonso Carlos I y Carlos VII es evidente, y expresa la continuidad de España y de los españoles que pueden salvar a todos. De ahí que don Carlos VII dijo al salir de España en 1876, una vez vencido por las Armas del Estado liberal: “¡Volveré…!”. Malas lenguas liberaloides dijeron que “no volvió”, pero 60.000 requetés se levantaron en Armas en toda España frente al poder de unos partidos y sindicatos politizados que estaban haciendo la Revolución radical y violenta al estilo bolchevique. 

Decenas de miles de requetés del solar patrio se unieron por Orden de S.M. don Alfonso Carlos I, el hermano de don Carlos VII, frente al marxismo estalinista, heredero del Liberalismo. Si el marxismo fue cruel con el Liberalismo porque lo eliminó, y sobre todo con millares de liberales quizás bienintencionados, los carlistas se propusieron salvar a todos los españoles que lo quisieran y a España misma. Gracias a los tradicionalistas o carlistas muchos liberales pudieron respirar en la paz. Que al menos estén agradecidos, aunque sabemos que la memoria y el agradecimiento no prima en el viejo solar ibérico, rico en individualidades y supuestos agravios. 

Los requetés ganaron la guerra y perdieron la paz. Tras la paz se fueron a sus casas con el deber cumplido, siendo no pocos de ellos perseguidos por sus actividades. Lo que importa de veras es que “Ante Dios nunca serás héroe anónimo”.

El latir del alma española se esconde en mayor o menor medida en muchos autores no carlistas, como el de este librito escrito para niños. No obstante, en este caso el autor muestra un claro encono dinástico anticarlista. Esto colma su despiste, pues tras  aprovecharse del esfuerzo realizado por  sesenta mil de requetés voluntarios en la Cruzada, es incapaz de mostrarles agradecimiento alguno, lo que corre parejas con el nulo reconocimiento de los propios errores. Decimos de él que es dinástico, isabelino o alfonsino, que no liberal. De por sí, el término “liberal” no significaría ser generoso, abierto, donante, sino  persona que  extraña la realidad bien configurada y exagera una libertad a su vez malentendida. 

JFG

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