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17 de mayo de 2023 0 / / / / / / / / / / / / / / / / / / / / /

Natalia Rizo reflexiona sobre las revoluciones liberales en España

(Una entrevista de Javier Navascués).-

Natalia Rizo Martín de Serranos es licenciada en Literatura y en Derecho. Ha sido ponente en el Curso de Historia de España organizado por la Asociación Enraizados en Cristo y en la Sociedad, presentando el tema sobre las revoluciones liberales en España.

En esta entrevista profundiza sobre el mencionado tema.

¿Cuál es el origen del liberalismo en España?

El mismo origen que tuvo en Francia, es decir, las ideas ilustradas que desde allí se habían difundido en España (poco) o entre españoles que visitaban el país vecino durante los reinados de Carlos III y Carlos IV. Con ello no nos referimos sólo al periodo, sino a la misma corona. Los reyes, por un lado y dada la condición anticatólica de ciertas obras ilustradas, prohibían su difusión en España pero, por otro, formaban sus gobiernos con ministros que las ponían en práctica, como Floridablanca, Aranda o Jovellanos. Estas ideas son fundamentalmente las de la búsqueda de la utilidad en los actos, la procedencia humana y no divina del poder y, en consecuencia, el Estado absoluto frente a la función subsidiaria que había tenido hasta entonces.

A su vez, estas ideas ilustradas en el ámbito político proceden del principio asentado por Hobbes de que las fuerzas espirituales han de excluirse de la sociedad y, por tanto, de la política, con lo que Dios deja de ser el origen de la ley. El “cogito ergo sum” de Descartes postula la independencia de la razón con respecto a la realidad, a la verdad. Así, siguiendo el hilo de las ideas, podemos anclar este subjetivismo y la independencia de la razón con respecto a la fe en los fundamentos protestantes del libre examen y el estatalismo que supone que el príncipe sea, además de detentador del poder civil, cabeza de la iglesia.

Muchos ven en la Escuela de Salamanca el origen del liberalismo español y del liberalismo en general. Se basan en Francisco de Vitoria o el padre Mariana que, resumiendo mucho, defendían el derecho de los súbditos a limitar el poder del rey y el respeto a la libertad del individuo. Estas ideas del derecho de gentes de nuestro Siglo de Oro se fundamentan en el orden social cristiano, en la dignidad de cada hombre por ser hijo de Dios, en la realidad de las cosas creadas, en la responsabilidad moral que el monarca tiene ante el Creador por el bienestar material y ¡ahí la diferencia! espiritual de sus súbditos. El liberalismo las recoge, sí, pero les da la vuelta por completo en cuanto a su inmanentismo independiente de toda voluntad divina y el subjetivismo desconocedor o negador de la verdad. No se puede decir que el liberalismo nazca en la Escuela de Salamanca, sino que pervierte los postulados de esta.

¿Qué importancia tuvo la Guerra de la Independencia?

La Guerra de la Independencia se produce en ausencia del Rey. Ausencia física y moral, pues ha cedido la corona al usurpador y, prisionero voluntario, débil, traidor o todo ello, no puede salir de Bayona. Ello hace que, para expulsar al ejército invasor, el poder político se organice en Juntas Provinciales, que darán lugar a la Junta Central de gobierno.

Se ha producido uno de los pocos levantamientos verdaderamente espontáneos, que comienza en Madrid el famoso 2 de mayo de 1808. El pueblo español ha visto cómo el ejército napoleónico, revolucionario, ha entrado a sangre y fuego en sus ciudades, villas y aldeas violando los lugares sagrados, destruyendo iglesias, asesinando y destruyendo símbolos históricos como los sepulcros del príncipe don Juan en Ávila o de Gonzalo de Córdoba en Granada, por citar un par de ejemplos. Napoleón con su ejército pretende instaurar en España el orden revolucionario que había triunfado en Francia y los españoles se rebelan contra ello con el mismo furor que combaten al invasor. Se juntan nobles con campesinos, burgueses con artesanos en las famosas guerrillas. Es tan importante la lucha contra las ideas revolucionarias, que, quince años después, cuando los franceses realistas, los Cien Mil Hijos de San Luis, vienen a derrocar esas mismas ideas en 1823, no solamente no encuentran oposición, sino que muchos españoles, antiguos combatientes de la guerra, se les unen para acabar con un sistema que ni habían pedido ni habían secundado.

¿Cuál es el significado exacto de las Cortes de Cádiz?

Las Cortes de Cádiz usurpan el poder real aprovechando la ausencia del rey. Son convocadas por la Junta Central, ya que es imposible que lo haga el rey como viene siendo habitual desde que existen las Cortes en los reinos de España ya en el siglo XII. La guerra y la consiguiente dificultad para el viaje a Cádiz de muchos de los diputados elegidos (no olvidemos que los de ultramar también estaban convocados), o la misma posibilidad de que esa elección se produzca, hacen que muchos de ellos estén ausentes en las primeras sesiones. En su lugar, los propios diputados presentes eligen a los suplentes. Se convocan en Cádiz, ciudad sitiada y con cercanía a Inglaterra a través de Gibraltar.

La composición de las Cortes presenta tres corrientes políticas: los absolutistas, que defendían la permanencia de la monarquía absoluta; los jovellanistas, ilustrados y defensores de las reformas, pero no de su carácter revolucionario; y los liberales, que defendían cambios políticos y legales inspirados en los principios de la Revolución francesa. Terminan en dos únicas corrientes, ambas rupturistas: la liberal y la conservadora.

Sin ningún mandato y sin ninguna necesidad, pues la guerra se dirigía desde la Junta Central, se convocan a sí mismos para dotar a España de una Constitución escrita al modo de las nacidas de las revoluciones norteamericana primero y francesa después. Dado que ello significa abolir el sistema vigente, se trata en realidad de una revolución, aunque en sus inicios no fuera violenta. Las Cortes obligan a ser tratadas de “majestad” y someten a las Juntas Provinciales de las que proceden los diputados al considerar que cada uno de ellos es representante de la nación entera y no de su provincia. De este modo asumen toda la soberanía, con lo que podemos decir que en realidad lo que han hecho es dar un golpe de Estado.

¿Qué fue realmente la Constitución de Cádiz?

Los tres pilares sobre los que se funda son la soberanía nacional, la separación de poderes y la libertad de imprenta. Algunos de estos principios, como la separación de poderes, ya se respetaban aunque de forma diferente, pues el sistema de la monarquía tradicional española contemplaba trabas al poder real en sus órganos constitutivos, principalmente las Cortes de los diferentes reinos. Bien es verdad que, como se ha dicho, el soberano se había vuelto absolutista con los Borbones, cosa extraña a la monarquía anterior al siglo XVIII; pero habría bastado volver los ojos a ella en vez de emular la Constitución francesa de 1791.

El fundamento en la soberanía nacional significa que el poder ya no responde ante Dios y el pueblo, sino ante la Nación, ente abstracto compuesto por la suma de los individuos españoles “de ambos hemisferios”, cuya representación se ve convertida en una nebulosa con la disolución de todos los cuerpos intermedios que organizaban la sociedad hasta entonces.

La bandera de la libertad de imprenta fue simplemente una excusa para cambiar de color los obstáculos a la difusión de ideas, pues esa libertad valía para publicar de acuerdo con los principios liberales, pero no para los que se les oponían. Por ejemplo, pretendieron obligar a los obispos a que comunicaran la abolición del Santo Oficio o explicaran la Constitución en las misas mayores; el arzobispo de Santiago y el obispo de Orense son desterrados por “obstruccionistas” con la Constitución y el nuncio Gravina es expulsado de España por su oposición a las ideas liberales.

Aunque en su artículo 12 establece literalmente que ”la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera” y que “la Nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquiera otra”, no podemos dejar que esto nos lleve a engaño. Esta afirmación rompe con el orden constitutivo de la sociedad y la política españolas pues significa que es la Constitución la que concede ese derecho a la religión y no que esta sea la base de la sociedad; es decir, la Constitución es superior. En cuanto a la protección de las leyes “sabias y justas”, ya hemos visto algunos ejemplos de cómo se materializó, pero hay más: las Cortes de Cádiz, que tanto reconocen el derecho a la propiedad, permiten al Estado apropiarse los bienes de las órdenes suprimidas por el decreto de José I de 1809. ¡Por decreto del rey usurpador del que pretendían liberar al pueblo español!

Evidentemente la oposición a esta Constitución, hija de una pequeña elite liberal, fue grande en todos los estamentos. Cuando vuelve el rey en 1814, es recibido en loor de multitudes al grito de “¡Vivan las caenas!”, con que el pueblo satiriza la ruptura de las cadenas que ataban los derechos y los liberales venían supuestamente a romper. Su derogación se produce sin protesta alguna por parte de otros que los diputados que la habían votado. Ninguna nación como España ha sufrido desde entonces tantas guerras civiles y la mayoría concentradas en la época posterior a estas Cortes. Menéndez Pelayo resume sus consecuencias así de contundente: “comenzó esa interminable tela de acciones y de reacciones, de anarquía y dictaduras, que llena la torpe y miserable historia de España en el siglo XIX”.

¿Tuvo influencia masónica?

La tuvo, claro que sí, como prácticamente toda la política europea y americana del Norte y del Sur desde que la sociedad secreta se fundó en 1717 en Inglaterra, como es sabido.

Las Cortes de Cádiz, claro, no fueron menos y la mayoría de los diputados liberales y buena parte de los moderados, incluso algunos defensores de la monarquía absoluta eran masones. En esa época, las logias en España eran principalmente de procedencia francesa, instauradas por los bonapartistas. Ello explica que algunos notables afrancesados de la corte de José I, colaboracionistas los llamaríamos hoy, pasaran sin despeinarse por la década absolutista, el Trienio Liberal y la Regencia de María Cristina, como el famoso Javier de Burgos, creador del sistema provincial necesario al centralismo.

Hay que tener cuidado con la asignación de los protagonistas a la sociedad secreta. Dado que la Revolución ha triunfado, la masonería se atribuye muchas veces personajes que no fueron masones con la intención de arrogarse su prestigio. En el lado contrario, a veces la contrarrevolución ha tachado de masones a liberales sin verdadero fundamento. Alcalá Galiano en sus memorias afirma su pertenencia a una logia en Cádiz, en la que incluye a Mejía Lequerica y a Istúriz. Otros importantes hombres de las Cortes de Cádiz y masones fueron el conde de Toreno, Martínez de la Rosa y Agustín de Argüelles.

Siendo importante conocer quiénes eran masones o no, es más importante que las Cortes de Cádiz y su Constitución supusieron la instauración institucional del ideario masónico, muchas veces con la participación posiblemente inocente de hombres llenos de buenas intenciones. A partir de ese momento, el número de masones en los ámbitos de poder civil y militar en España (como en el resto de Occidente) no deja de aumentar. Las revoluciones de final del siglo XVIII y de todo el XIX ―la Independencia norteamericana, la Revolución Francesa, la disolución del Imperio español, el Risorgimento italiano y la expropiación al Papa de los Estados Pontificios, etc.― hacen triunfar las ideas masónicas: la separación del poder civil de toda vinculación con el orden cristiano, la fraternidad sin la paternidad de Dios, la laicidad de lo público, el indiferentismo, etc.

Háblenos de los partidos moderado y progresista.

En las Cortes de Cádiz no había partidos propiamente dichos o como los entendemos hoy, pero sí tendencias, como se ha señalado. Moderados eran los que promovían reformas lentas y sin alterar el orden público y progresistas los que las querían ―y las culminaron― drásticas aun a costa de la violencia, en emulación de la Revolución francesa. Tras la vuelta del rey, que reprimió con mano de hierro a los liberales de Cádiz, los progresistas triunfan en el pronunciamiento de Riego en 1820 y establecen hasta 1823 el llamado Trienio Liberal, en que se restablece la Constitución de Cádiz. Vuelve la monarquía absoluta y, diez años después, a la muerte de Fernando VII y durante la regencia de su esposa María Cristina, se produce la primera gran desamortización eclesiástica del masón Mendizábal sólo tres años después de la muerte del rey. El progresismo había ido ganando fuerza hasta el ascenso al poder real ―¡en el sentido de regio!― del general Espartero tras su triunfo en la primera Guerra Carlista.

Todos estos vaivenes cesan con la llegada al poder de otro general, Narváez, moderado, que inicia una década de gobierno de esta tendencia. Se produce entonces el definitivo, hasta hoy, triunfo del sistema liberal. Su gobierno se basa en el orden, que toda España deseaba después de tantos pronunciamientos, destierros, la guerra carlista, la pérdida de las provincias americanas y el declive económico inevitable en tanta inestabilidad. El sistema administrativo centralista que había ideado Javier de Burgos permite al gobierno el control de todos los poderes locales, dando nacimiento al caciquismo, sobre el que se basa el sistema desde entonces hasta nuestros días. El poder económico es ahora afín al sistema pues, citando otra vez a Menéndez Pelayo refiriéndose al resultado de las desamortizaciones, “comenzada aquella irrisoria venta, que, lo repito, no fue de los bienes de los frailes, sino de las conciencias de los laicos, surgió como por encanto el gran partido liberal español”.

La implantación del liberalismo ocurre, pues, con la convergencia de ambas tendencias: los progresistas adoptan las medidas revolucionarias, usando la fuerza y la represión si es preciso, y los moderados, sin alterar el orden, se encargan de asentarlas por la vía de la legalización de los hechos consumados por aquéllos.

¿Por qué se sublevó el Carlismo?

Lo que nos puede distraer de su verdadera esencia es el hecho de llevar un nombre derivado del del hermano de Fernando VII. Si, en lugar de Carlismo, habláramos de antirrevolucionarios o de católicos o de antiliberales, quizá se entendería más a la primera. Media nación no arriesga su vida y su patrimonio para que reine el hermano en lugar de la hija del rey. Detrás de esta sublevación había una España que conocía desde hacía veinte años adónde quería llevarla el liberalismo, que no quería renunciar a su esencia católica y al orden asentado en las asociaciones naturales del hombre político: la familia, la religión católica, el municipio, el gremio, la tierra, las leyes locales respetadas por los reyes. Todo ello constituía un entramado de vínculos de protección que abrigaba al individuo y al grupo de la acción omnipotente del Estado. Y se sabía que la reina de tres años de edad, Isabel, estaba en manos de los liberales. Cierto es que Carlos María Isidro tendría más derecho que ella al trono si su hermano no hubiera estado jugando a cara o cruz con la ley sálica, pero hay que recordar que ese derecho le viene por las leyes sucesorias borbónicas, ya que antes en España no había existido exclusión de las mujeres al trono.

Tan secundaria es la cuestión dinástica que, a la muerte de dos hijos de Carlos María Isidro en 1861, el sucesor debería haber sido el segundo hijo, Juan y, sin embargo, su madrastra, la princesa de Beira, establece que el pretendiente al trono sea el hijo de Juan, Carlos Luis de Borbón y Braganza. La razón es que, habiendo adoptado los principios liberales, Juan ha perdido la legitimidad dinástica, que es subsidiaria de la legitimidad de ejercicio, que sí demuestra Carlos Luis. Es decir, el rey tiene más derecho y deber al trono por su fidelidad a los principios del orden social y político cristiano que por la línea sucesoria.

¿Cómo cayó Isabel II y qué fue la Revolución Gloriosa?

Desde 1854, los moderados han perdido la estabilidad que habían conseguido en la década anterior y se da entre ellos el abandono ante los hechos consumados o el cambio de postulados directamente. La lucha entre moderados y progresistas pasa a ser entre progresistas y demócratas. Se suceden casi cada año pronunciamientos militares, levantamientos populares en protesta por diversas causas, barricadas… Los dos partidos, progresista y demócrata, llegan a un pacto para lo que de verdad buscan, un total cambio de régimen, y en Ostende (Bélgica) unen sus fuerzas para derrocar a la reina. En septiembre de 1868 Prim, Ruiz Zorrilla (masones) y Serrano se embarcan desde Inglaterra y llegan a la península con ese fin. Prim era el nuevo héroe militar tras la Guerra de Marruecos, hecho Marqués de los Castillejos por la reina; Serrano, defensor de la reina dos años antes, había recibido de ella el título de Duque de la Torre. La lealtad hacia quien les encumbró no fue obstáculo a sus aspiraciones políticas.

En 1868, fecha de la Revolución que lleva el altisonante (y tan británico) nombre de Gloriosa, culmina el proceso de demolición de la catolicidad de España. Sus efectos fueron nada menos que el regalo de la corona de España al postor más liberal, el también masón Amadeo de Saboya; la I República, sainete dramático con cuatro presidentes en menos de once meses; tres guerras civiles simultáneas (la de los cantones, la carlista y las revueltas obreras y campesinas); la primera semilla de la destrucción de la familia con la instauración del matrimonio civil y el divorcio… entre otras “glorias”.

¿Qué fue la Restauración y qué importancia tuvo Cánovas del Castillo?

La Restauración fue el fin de los desmanes que trajo la Revolución de 1868 con la vuelta de un rey Borbón, Alfonso XII, de la mano de Cánovas del Castillo. Es el triunfo final del liberalismo en forma de monarquía parlamentaria, bajo una fórmula que el político malagueño emuló del parlamentarismo inglés y que se basa en la coexistencia pacífica de dos grandes partidos liberales. Sí, otra vez el progresista que introduce los cambios radicales y el moderado que los asienta. Dicha coexistencia se basa en el un sistema muy poco consecuente con los principios liberales, ya que es un pacto de alternancia entre los dos partidos aparentemente divergentes.

A pesar de las expresas condenas del liberalismo por papa Pío IX en su encíclica Quanta cura y su apéndice el Syllabus―a la que seguirían después otras de León XIII y Pío X―, España tenía por primera vez un rey católico y liberal a la vez. Las propias palabras del monarca resumen este oxímoron sobre el que se basó el nuevo régimen: «Sea lo que quiera mi propia suerte, ni dejaré de ser buen español, ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal».

¿Cómo perdió España su imperio americano?

Más que decir cómo perdió España su imperio americano habría que preguntar mejor cómo se desmembró la monarquía hispánica. España no poseía colonias en América, sino provincias. Se ha repetido mucho, y es verdad, que tan español era uno de Arequipa como uno de Bogotá, de Zaragoza o de Burgos: todos tenían el mismo estatus jurídico. Por eso, al decir que España perdió, estamos diciendo que perdió la España europea pero también perdieron las Españas americanas. Había una unidad política, lingüística, económica (y rica, además) y, sobre todo, una unidad de fe, que se atomizó en pequeños territorios independientes y a veces en guerras entre sí. No hay que explicar la debilidad que ese desmenuzamiento tiene como consecuencia.

La rebelión contra la corona no fue un movimiento liberador del pueblo autóctono contra el opresor europeo como se dice tantas veces; fue una guerra civil entre españoles provocada por la expansión de las ideas liberales que los pocos que conformaban las élites habían recogido de Norteamérica, pero sobre todo de Francia e Inglaterra, del mismo modo que ocurrió en la España de este lado del Atlántico. La injerencia masónica fue también importante.

Pero hemos de tener claro que el Imperio español no podía ser eterno, con ser uno de los más duraderos de la historia. Lo grave no es que desapareciera sino cómo y porqué lo hizo. La importancia de la desaparición de la monarquía hispánica no está en que los virreinatos terminaran como naciones independientes, sino la parte que esa división tuvo en la gran Revolución decimonónica en Occidente. Significó el paso al último lugar de la potencia que había defendido el catolicismo durante cuatro siglos, hito indispensable para el cambio del orden político cristiano, centrado en la ley de Dios, al orden político liberal, centrado en la ley del hombre. En otras palabras, el fin de la Cristiandad.

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