13 de febrero de 2017 0 / / /

Lutero hoy

Las primeras noticias que recibí sobre Lutero, fueron que se trataba del fundador del Protestantismo, que se había rebelado contra el Papa y que terminó casándose con una monja.

Poco después leí una sucinta biografía suya. Para abreviar diré que le ponía como “chupa de dómine”. Un Padre jesuita descalificó el libro. Dijo que biografías de tal talante no tenían ninguna utilidad. Producían una reacción luterana que llevaba al estéril “y tú más”. Pues la Iglesia de aquellos tiempos también había degenerado y necesitaba una reforma.

En 1956, con motivo del centenario de la muerte de San Ignacio, se publicó una obra interesante. Se titulaba “Lutero y San Ignacio”. Su autor era un brasileño de origen alemán, antiguo pastor luterano convertido al Catolicismo.

Comparaba la figura del Santo con la del Heresiarca. Trataba a Lutero con mucho respeto y cariño. Lógico en quien durante muchos años de su vida lo tuvo como maestro. En un estudio profundo de un personaje que conocía muy bien, así como su doctrina, llegaba a la conclusión de que la rebelión de Lutero fue debida a la deficiente formación filosófica que recibió. Si, en vez de seguir la escuela nominalista de Occam hubiera seguido la de Santo Tomás, no habría llegado a los errores dogmáticos que predicó. Ni, por supuesto, a la ruptura con la Iglesia.

El ecumenismo actual no responde a una moda inspirada en el relativismo, sino a una necesidad, a un deseo del Salvador: “que todos sean uno”. No se trata de prescindir de las diferencias existentes. Hay que llegar a la unidad en la Verdad. Y eso sólo es posible en la Iglesia Católica. Pero para ello es necesario que nos conozcan los protestantes como realmente somos. Que en ellos desaparezcan los prejuicios que tienen sobre nosotros. Y también que nosotros les conozcamos a ellos. Pues en el Protestantismo hay mucho más que los “pastores que se casan”. Y para ese conocimiento mutuo es necesario un acercamiento físico. Eso es lo que hemos visto en la reciente visita de Su Santidad a Suecia.

Es mucho lo que nos separa. Pero también hay algo que nos une. En una conversación que tuve con un pastor, concluyó él diciendo: “lo importante es que creamos en que el hombre pecó y que Dios envió a su Hijo que cargó con nuestras culpas y nos redimió con su muerte”. “Eso ya lo creemos los católicos”, le contesté. Pero reflexionando después, tuve que admitir que ningún sacerdote me lo había dicho tan claro y tan conciso.

Hay mucho bueno en el Protestantismo. Se trata de una herejía del Cristianismo. De una ruptura con alejamiento de la casa del Padre. Pero en la ruptura se llevaron mucho y bueno de lo que nos es común.
Consideremos las biografías de los conversos. Su camino hacia la Iglesia nace de su vida religiosa; de su oración; de su trato con Dios. De una práctica sincera de las enseñanzas que han recibido. Llegan a un punto en que se dan cuenta que a su iglesia le falta algo. Y lo buscan en la Casa del Padre. La conversión no ha sido motivada por la convicción de lo deleznable de la figura de Lutero. Sino de la puesta en práctica de sus enseñanzas que le han llevado a la convicción de que en ellas falta algo: los Sacramentos.
Por eso es muy conveniente que nos pongamos en contacto con los luteranos. De ellos podemos aprender algo bueno: su amor por la Escritura. Que también lo tenemos en la Iglesia, pero su lectura no la practicamos con la intensidad que ellos. De nosotros pueden aprender mucho más. Y llegar a la conclusión del vacío a que les condujo Lutero.

En el V Centenario de la rebelión luterana, pidamos a la Santísima Trinidad por la vuelta de sus seguidores a la Iglesia. Tratemos a los protestantes como hermanos que son. Y manifestemos nuestro deseo de verles pronto en la casa del Padre. No hace falta que discutamos sobre la figura de Lutero. Ellos mismos, como el antiguo pastor que escribió la biografía qua he mencionado, comprobarán sus errores y deficiencias y buscarán una mayor unión con el Padre en la verdadera Iglesia.

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