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19 de marzo de 2022 0

Luis Bilbao explica que la metafísica es esencial para llegar a lo más profundo del conocimiento del mundo

(Una entrevista de Javier Navascués) –

Luis Andrés Bilbao Escotto es Maestro en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente doctorando en filosofía por la Universidad de Salamanca. Es experto en el área de la metafísica, especialmente respecto al pensamiento defendido y desarrollado por la tradición tomista. Asimismo, es también experto en lógica argumentativa, silogística y cálculo proposicional, y ha sido filósofo investigador autónomo para organizaciones como el Centro de Estudios de Familia, Bioética y Sociedad (CEFABIOS) de la Universidad Pontificia de México.

¿Qué entendemos por ‘metafísica’ y por qué es importante estudiarla para comprender la realidad?

La noción de ‘metafísica’, atendiendo el sentido estricto del término, se refiere a la base nuclear de todo ejercicio filosófico. Si podemos dar una descripción en términos sencillos, la metafísica será la rama de la filosofía que se encarga de estudiar y comprender los fundamentos básicos y universales de la realidad entera, en donde se llega al fondo más profundo de nuestro conocimiento del mundo según lo asequible para la razón natural.

Sin embargo, para comprender la noción en términos precisos, hay que atender su definición propia. La metafísica se define como la ciencia del ente en tanto ente. Esta definición fue primeramente enunciada por Aristóteles, precisamente en el ejercicio de explicarnos la naturaleza de esta disciplina, la cual, si bien había sido implícitamente practicada por pensadores previos, no fue descubierta formal y explícitamente como una ciencia propia sino hasta la llegada de Aristóteles. La tradición tomista, por su parte, trabaja también con esta definición y comprende su coherencia y corrección. La estructura de la definición está dada en términos de un género y su diferencia específica, y sobre tales bases podemos comprenderla debidamente.

Primero, notamos que la metafísica pertenece al género de las ciencias. En este sentido, la noción de ‘ciencia’ debe comprenderse en su sentido más estricto, a saber, como el conocimiento adquirido por medio de causas o principios. Toda ciencia, tan primaria o secundaria como se plantee, será estrictamente una ciencia en la medida en la que se dirija a causas o principios para alguna realidad que se presenta directamente a nuestra aprehensión. Asimismo, las causas o los principios pueden ser primarios o secundarios. Son primarios si se refieren a aquello que fundamenta la realidad básica del objeto estudiado, y son secundarios si se refieren a cualquier causa o principio que se da en el objeto estudiado pero sin que aquello lo fundamente simplemente como algo real, manteniendo tal fundamento como algo presupuesto. En el primer caso, la ciencia en cuestión es estrictamente filosófica, pues la filosofía es la ciencia de los primeros principios y las primeras causas; en el segundo, será una ciencia secundaria que irá especificándose según criterios añadidos. Dicho esto, la metafísica se posiciona dentro del género de las ciencias filosóficas, o, incluso, como el núcleo central de la filosofía, lo que queda más claro atendiendo su diferencia específica.

Segundo, respecto a la diferencia específica, la metafísica toma al ente en tanto ente como objeto propio. La noción del ‘ente’ (del latín ens, entis) significa: todo aquello que es, o bien, todo aquello que tiene ser (lo cual es ultimadamente equivalente a: todo aquello que existe o todo aquello que tiene existencia). Es sencillo notar, con base en la simple idea del ente, que toda ciencia estará dirigida, de un modo u otro, al ente, puesto que las ciencias estudian lo que existe. Pero la metafísica se distingue de otras ciencias porque, si bien toma al ente como objeto material de estudio, lo enfoca en tanto ente. Es decir, la metafísica se concentra en aquello que hace ente al ente, a diferencia de las otras ciencias que se concentran en aspectos posteriores y añadidos. La metafísica toma el aspecto más básico, universal y necesario de la realidad existente y concentra ahí sus estudios. Por lo mismo, su objeto material de estudio engloba la realidad entera, lo que es decir: todas las cosas independientemente de qué sean específicamente. Dicho de otro modo, la metafísica no se queda en cierto tipo de ente o en cosas determinadas en una especie con exclusión de otras, sino que, por su propia forma de estudio, abarca todas las cosas y cualquiera de estas. Consecuentemente, la entidad misma, en tanto principio fundamental, es el objeto formal de la metafísica, y de ahí se deriva su objeto propio, el cual se divide en dos principios fundamentales: primero, en la existencia o el acto de ser mismo de las cosas, y, segundo, en la esencia, pues todo acto de ser o de existir se recibe en una esencia, que es lo que el ente es. Paralelamente, el objeto material de la metafísica será, por lo tanto, la realidad entera, de donde se podrán derivar sus objetos adecuados.

Según la etimología, el término ‘metafísica’ (del latín metaphysica, y este del griego μετὰ [τὰ] φυσικά) alude a “más allá de la naturaleza”.

El nombre “metafísica” es el que comúnmente usamos para referirnos a la ciencia del ente en tanto ente. Etimológicamente, la palabra significa “más allá de la naturaleza”, y esa idea es, sin duda, adecuada. Pero es oportuno aclarar cuál fue la intención original con la que se acuñó el término. Según se aprecia en los textos de Aristóteles, que es aquel que descubrió esta ciencia, él no llega a usar el nombre “metafísica”, sino que se refiere a esta ciencia como “filosofía primera”. Fue tiempo después, según nos cuentan los historiadores, cuando Andrónico de Rodas, haciendo una colección y clasificación de los escritos de Aristóteles, acuñó el término “metafísica” con la intención de posicionar estos textos como aquellos que venían después de los escritos de la física, ya que el prefijo griego “meta” admite distintas acepciones (tales como “más allá”, “después”, “a través”, entre otras).

Hay ciertas controversias respecto a la verdadera intención de Andrónico. Es difícil determinar históricamente si acaso él posiciona estos textos como posteriores a la física de acuerdo con un criterio de posterioridad cronológica, o uno de posterioridad temática y pedagógica, o incluso uno de posterioridad lógica y sistemática. Afortunadamente, tal veredicto es filosóficamente innecesario, ya que el término “metafísica” es por sí mismo muy adecuado para nombrar a la filosofía primera. El prefijo “meta” puede comprenderse como “más allá”. En este sentido, la metafísica es la ciencia que va más allá de la física, entendiendo “física” como el equivalente griego del latín “natura”, que se refiere, principalmente, a aquello que se mueve. Por consiguiente, la metafísica es la ciencia que estudia incluso aquello que no se mueve, puesto que va más allá del movimiento, lo cual no implica que las cosas móviles estén fuera de toda consideración metafísica, sino que, en conformidad con su definición propia, la metafísica estudia todas las cosas, incluso las móviles, pero concentra su enfoque en los aspectos inmóviles que todo ente presenta. Si bien hay entes móviles, hay que comprender que lo que se mueve es el ente mismo, pero no se mueve su existencia ni su esencia, y así también sucede en otros aspectos, pues incluso el movimiento mismo no es aquello que se mueve, sino el ente capaz de moverse.

Como también explica santo Tomás, la metafísica puede comprenderse como “transfísica”, ya que se trata de un estudio que trasciende el movimiento y, consecuentemente, la naturaleza. Por esta razón, la metafísica no dirige su atención a las determinaciones específicas de la materia sensible, que es el principio según el cual un ente es actualmente móvil, sino a la forma sustancial y a aquello que se deriva de esta, como la cualidad y propiedades subsiguientes, y considera la materia solo indeterminadamente en tanto esta sea esencial para el ente en cuestión. Por ello, el objeto propio de la metafísica se comprende también como aquello que, o bien existe esencialmente sin materia, o bien puede o no requerir materia, en cuyo caso la atención se centra en los aspectos en sí mismos inmóviles.

El materialismo niega precisamente que exista algo más allá de la materia…

Efectivamente, el materialismo, como tesis general, se encarga de negar la realidad de lo inmaterial. Por supuesto, el término “materialismo” puede considerarse en distintos sentidos, pero todos ellos se basan en la idea de la materia como la realidad suprema. Las posturas materialistas más extremas sostienen que la materia es necesariamente lo único que existe, incluso negando la realidad sustancial de la forma, por lo cual estas posturas tienden a negar también la realidad de las sustancias compuestas, imaginando, así, que la única realidad sustancial se halla en los elementos más básicos de la materia, sobre lo cual solo habría yuxtaposiciones accidentales. Hay, sin duda, otras posturas también materialistas en otros sentidos. Sin embargo, todas ellas, en la medida en que sostengan cierta supremacía existencial para la materia, estarán cayendo en distintas contradicciones, y pueden ser efectivamente refutadas por distintas vías.

¿Cómo se puede demostrar la existencia de lo inmaterial y estudiar aspectos de la realidad que son inaccesibles a la investigación empírica?

Para responder a esta pregunta, lo primero que hay que comprender es que la demostración no es el principal criterio epistémico de certeza. Todo aquello que pueda ser demostrado depende de lo que puede conocerse sin demostración. En este sentido, lo primero que podemos conocer es aquello que es por sí mismo evidente. En este nivel cognitivo básico, la realidad se presenta directamente a nuestra aprehensión de forma tal que nosotros, como sujetos cognoscentes naturalmente dispuestos con facultades cognitivas, simplemente la captamos. El intelecto, habiendo ya recibido información proveniente de objetos sensoriales, se encarga entonces de entender y comprender las realidades aprehendidas. Por ello, el intelecto humano no es una facultad que esté primariamente encargada de descubrir la realidad en su nivel más básico ni de demostrar su simple existencia, sino que se encarga de comprender gradualmente la realidad, la cual, en principio, se presenta directamente a nuestra aprehensión por vía de los sentidos.

Por supuesto, en el ejercicio racional de comprender aquello cuya existencia es evidente, es posible también descubrir racionalmente algunas “nuevas” realidades y demostrar la existencia de lo que no es directamente evidente, en un proceso racional que llega a la existencia de la causa, la cual puede estar directamente fuera de nuestra aprehensión, a partir de la evidencia del efecto. En este sentido, la demostración es, estrictamente, un acto racional, el cual se encarga de hacer conocido aquello que no nos resulta inmediatamente evidente, siempre a través de la proporción que esto último mantenga con alguna realidad que sea evidente de entrada y en sí misma. Por lo tanto, la base para la demostración, que serán las verdades autoevidentes, no necesita demostración ni podría necesitarla, pero no porque no podamos conocer su verdad, sino porque la conocemos en sí misma y con mayor certeza que aquello que depende de ella.

Comprendiendo este punto, podemos también comprender que la existencia básica de lo inmaterial no necesariamente precisa de ser demostrada.

La existencia de sustancias inmateriales requiere demostración, pues estas no son inmediatamente evidentes para nuestra conciencia, pero la realidad de ciertos accidentes inmateriales, como las ideas, es simplemente evidente. Desde luego, lo inmaterial no es evidente para los sentidos, ni directa ni indirectamente, pero sí lo es para el intelecto. Así pues, si hablamos de algo que es evidentemente inmaterial, como las ideas, tan solo comprendiendo lo que la noción contiene podremos saber que se trata de algo inmaterial, pues una idea, que existe en la mente, es universal y puede decirse de muchos, mientras que lo material y concreto es siempre singular. Sin embargo, es cierto que nuestra conciencia de lo inmaterial es menos clara que nuestra conciencia de lo material, por lo cual el conocimiento de realidades inmateriales suele ser más claro a través de un proceso de demostración indirecta, también llamada “reducción al absurdo”, en donde corroboramos la verdad de la proposición suponiendo la tesis contraria y mostrando que, de tal suposición, se deriva necesariamente una contradicción.

Esta misma proporción se utiliza para demostrar la existencia de lo inmaterial en niveles ascendentes. En este sentido, es cierto que estas realidades no son directamente accesibles a la investigación empírica, pero esto no supone un problema. La investigación empírica es cierto tipo de experimentación especializada y artificialmente construida al margen de las experiencias generales y cotidianas, normalmente recurriendo a instrumentos técnicos de observación. Este tipo de investigación es indudablemente valioso, pero su principal función es amplificar aquello que los sentidos captan. Por consiguiente, las conclusiones que de ahí se deriven, además de seguir siendo actos racionales (aun si fueron motivadas por observaciones especiales), estarán enfocándose en objetos sensoriales que en nada ponen en duda la realidad de lo inmaterial. Ningún tipo de instrumento amplificador de los sentidos, por sofisticado que sea, puede percibir lo que es inmaterial, porque eso compete al intelecto. Por lo mismo, la demostración de lo inmaterial, así como todo tipo de demostración metafísica, se lleva a cabo en la mente a partir de lo que esta abstrae y comprende de lo sensible, lo cual es completamente independiente de experimentaciones especializadas. Las conclusiones metafísicas y sus respectivos principios se mantienen siempre accesibles solo a la razón, pero acompañan todo tipo de experiencia, incluso si algunas personas nunca se percatan de ello. La investigación empírica, cualquiera que esta sea, presupone, de hecho, principios metafísicos, lo cual incluye realidades inmateriales, sin los cuales ni siquiera podría arrancar. La demostración de este punto se puede dar, conforme a lo que ya dijimos, a través de la prueba de la reducción al absurdo, por si acaso alguien quisiera ponerla en duda.

¿Por qué es necesaria una rama de la filosofía que estudie la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad?

Esta rama de la filosofía es necesaria en distintos sentidos. Primero, es necesaria porque constituye la base y esencia misma del ejercicio filosófico. Sin metafísica no hay filosofía, independientemente de que la presencia de la metafísica sea solo implícita. En esta misma proporción, la metafísica se mantiene necesariamente implícita también en todo tipo de investigación científica, desde las más abstractas matemáticas hasta ciencias más encaminadas a objetos muy específicos. Por tal razón, una debida comprensión de las bases de la metafísica, que se encargan de plantear los cimientos más básicos y universales de la realidad, es el fundamento central del conocimiento científico, sea filosófico o secundario. Asimismo, la metafísica es necesaria para todo aquel que persiga una sabiduría natural. La metafísica, al ser la más general y profunda de las ciencias asequibles a la razón natural, es también aquella que permite conocer más a través de menos, con lo cual también es la única ciencia que permite acceder a las causas últimas de la realidad entera cuando se recurre solo a la razón natural sin asistencia de la fe. Finalmente, la metafísica es la ciencia que nos dispone con el más sólido preámbulo de fe, con lo cual, partiendo de una metafísica correcta y coherente, el camino hacia la teología revelada y hacia la comprensión de las verdades de la fe parte de una base firme.

¿Cómo se puede negar hoy en día una ciencia que estudia conceptos como entidad, ser, existencia, objeto, propiedad, relación, causalidad, tiempo y espacio… cuando son los más profundos de la realidad?

Estrictamente hablando, la metafísica, que es la única ciencia propiamente encargada de estudiar estos conceptos en tanto tales, no se puede negar; ni hoy en día ni en tiempos pasados. Por supuesto, esto se refiere a la negación hecha con el entendimiento; la voz puede negar de todo, y puede negar incluso aquello que el entendimiento afirma, sin que el sujeto negador lo note, lo cual ha sucedido muchas veces en la historia del pensamiento humano. La filosofía “moderna” se encargó, en gran medida, de tratar de negar la viabilidad de la metafísica, desde las célebres sentencias de Kant y sus “críticas”, hasta las arbitrarias y autocontradictorias proposiciones de los positivistas, entre muchos otros ejemplos. Algunos no llegaban, tal vez, a negar la viabilidad total de la metafísica, sino que solo pretendían “ajustarla” de algún modo u otro. Hay distintas motivaciones que dieron pie a estos eventos históricos, y también habrá motivos para comprender por qué hoy en día hay quienes pretenden desentenderse de la primera filosofía. Si evaluamos cuidadosamente la viabilidad y veracidad de la metafísica en tanto ciencia, podremos notar que los ataques hacia esta solo plantean ideas que muestran, no que la metafísica sea desechable, sino que los detractores no comprenden aquello que critican. La viabilidad, necesidad y verdad de la metafísica se mantiene en sí misma inmune, tanto así que la propia metafísica muestra las contradicciones que cometen aquellos que la atacan, pues tan solo el hecho de negar la metafísica, puesto que se trata de negar la realidad misma de una ciencia, es en sí un ejercicio metafísico. Estos críticos pretenden cortar la rama que los sostiene, lo cual es una muestra más de la célebre frase atribuida a Étienne Gilson: “la metafísica siempre entierra a sus enterradores”.

¿Cuáles son las propiedades trascendentales y universales del ser?

El ser, entendido como “ente” o como “aquello que existe”, es un concepto analógico que se puede predicar de todo y que se posiciona como la base a la cual se reducen todas las nociones. Entendido como concepto, el ente presente una serie de propiedades que se derivan necesaria y simplemente de esta base. Decimos “propiedades” del concepto ‘ente’, ya que lo supuesto por estas se reduce a una y la misma realidad, por lo cual, en sentido estricto y respecto a la realidad concreta, estas propiedades son modos de ser comunes a todo ente. En sentido nocional, estas propiedades parten del concepto “ente” entendido como aquello que tiene ser (o que tiene existencia), y se predican del ente tan solo por ser, o por ser ente. Estas propiedades son las siguientes:

  • Cosa (indirectamente del latín “res”), lo cual adjetivamente se llama “real” (del latín “reale/realis”, como forma adjetiva de “res”), lo cual significa: que tiene esencia, pues todo aquello que existe, tan solo por existir, es lo que es.

  • Uno (del latín “unum”), lo cual significa: intrínsecamente indiviso, pues todo aquello que existe, en esa medida, no está dividido, aun si puede dividirse.

  • Algo (del latín “aliquid”), lo cual significa: que es ese mismo y no otro.

  • Verdadero (del latín “verum”), lo cual significa: que es adaptable al intelecto.

  • Bueno (del latín “bonum”), lo cual significa: que es deseable, especialmente en tanto fin.

  • Bello (indirectamente del latín “pulchrum”), lo cual significa: cuya sola aprehensión agrada.

Estas propiedades o, más estrictamente, modos de ser comunes a todo ente, precisamente porque son comunes a todo ente son también igualmente extensos y predicables de todo. Hay un orden lógico entre los conceptos, puesto que, en tanto nociones, son distintos y se derivan según un orden que va de lo afirmativo a lo negativo, y de lo absoluto a lo relativo. No obstante, en tanto conceptos son distintos, aun si son realmente lo mismo, razón por la cual las nociones, si bien no son sinónimas, son convertibles. Por ejemplo: todo ente es cosa y toda cosa es ente; todo ente es algo y todo algo es ente; todo ente es uno y todo uno es ente, y así sucesivamente. Asimismo, porque se predican de todo, estas nociones, al igual que el ente, trascienden géneros, lo que es decir que son más amplios que los géneros, incluso los supremos, y es por ello que se las llama “propiedades trascendentales”.

Háblenos de la importancia de distinguir claramente conceptos básicos como forma y materia, substancia y accidentes, acto y potencia.

La metafísica, concentrando su atención en la noción simple del ente, descubre una serie de principios fundamentales a partir de los cuales se despliega como ciencia. La conciencia de la realidad evidente del cambio es el punto de partida, lo cual, tras análisis y reflexión cuidadosos, permite descubrir los dos principios más fundamentales realmente presentes en todo aquello que existe. Estos principios son la base y la llave misma de la filosofía, y son los principios del acto y la potencia. Así pues, en tanto principios se comprenden del modo siguiente: algo está (o es) en acto cuando ya es; por su parte, algo está (o es) en potencia cuando aún no es pero puede ser. Estos principios son objetivamente innegables y su realidad, adecuación y necesidad se imponen en el intelecto cuando se analizan cuidadosamente. Es absolutamente necesario comprender y distinguir estos principios para todo ejercicio filosófico coherente, y también están presupuestos en todo tipo de ejercicio racional, incluso los prefilosóficos. Por lo mismo, también están presupuestos en cualquier ejercicio científico.

De la base de los principios del acto y la potencia se distinguen también los siguientes principios que van constituyendo el ejercicio metafísico. Dicho muy sintéticamente, en primer lugar, respecto a lo que existe, sea en acto o en potencia, podemos comprender que hay cosas que existen en sí mismas, como un humano, un perro, un árbol y demás, mientras que hay cosas que existen en otro, como el tamaño de un árbol, el color de la superficie de un fruto, etc. A las primeras llamamos “sustancias” y a las segundas “accidentes”. En esta proporción, las sustancias son el ente en el sentido más estricto, porque la sustancia existe en sí misma, y es en la sustancia donde existen los accidentes. La sustancia, por tanto, se relaciona con sus accidentes como la potencia se relaciona con el acto. Por ejemplo, un niño tiene cierto tamaño en acto, pero está en potencia respecto a un tamaño posterior, que existirá en él como accidente. En segundo lugar, podemos comprender que lo que está en potencia pasa al acto a partir de un principio que lo sostiene esencialmente de tal manera que, aun recibiendo un nuevo accidente, sigue siendo la misma sustancia. Hay, por tanto, un principio de actualidad para su esencia y uno de potencialidad para sostener posteriores accidentes. El principio de actualidad es la forma, mientras que el de potencialidad es la materia. Estos dos principios, proporcionados a los principios básicos del acto y la potencia, fundamentan el paso que hay entre la metafísica y la física.

Por tanto, es necesario comprender y distinguir entre los principios del acto y la potencia, como base fundamental, así como sus determinaciones en tanto sustancias y accidentes y formas y materia, precisamente porque estos principios son el núcleo de la filosofía y la raíz de donde pueden florecer doctrinas verdaderas y coherentes. Desatender estos principios es equivalente a divagar filosóficamente.

¿Cuáles son las preguntas fundamentales de la metafísica?

Dada la naturaleza de la metafísica como la ciencia del ente en tanto ente, las preguntas fundamentales giran en torno a la existencia y las esencias básicas de todas las cosas. Por tanto, partiendo de una captación directa de cosas evidentemente existentes, la metafísica se pregunta primero qué son, en sentido esencial, lo cual se comprende, en mayor o menor medida, a través del testimonio de su operación. Asimismo, sabiendo qué son o, al menos, algo respecto a cómo son, y tras haber también constatado directamente que existen, lo siguiente es comprender sus condiciones de existencia. ¿Cómo es que existen? ¿Podrían no existir? De ser así, ¿por qué existen de hecho? Este ejercicio nos va conduciendo hacia el descubrimiento de existencias que no son de entrada evidentes, incluso hasta llegar a la Causa Máxima, la cual es Causa de causas y en sí misma incausada, a saber: Dios mismo, comprendido filosóficamente como Acto Puro. Ahora bien, preguntar sobre las condiciones de existencia no es solo respecto a las sustancias, sino también respecto a los accidentes, incluso algunos muy intrigantes, como puede ser el conocimiento mismo.

¿Cómo es que el conocimiento existe en el sujeto?

La epistemología, cuando se analiza debidamente, es solo un aspecto de la metafísica, mismo que está encargado de establecer las condiciones de existencia del conocimiento. Por lo mismo, la metafísica también se encarga de comprender por qué la realidad misma, en el sentido de la constatación de la existencia básica del mundo externo, es en sí misma evidente. La metafísica se encarga de explicar cómo es que aquellos que pretenden demostrar la simple existencia del mundo, o criticar la existencia básica del conocimiento, entre algunos otros temas que fueron populares en la era moderna, no hacen más que razonar en círculos y de otras formas por demás inválidas.

Así pues, partiendo de las preguntas básicas sobre la esencia de las cosas y sus condiciones de existencia, la metafísica también deriva en preguntas más determinadas. ¿Por qué existo yo y por qué existe el mundo? Y, respecto a la causa final: ¿para qué estoy aquí y hacia dónde voy?

¿Por qué es importante preguntarse qué es ser, qué es lo que hay, por qué hay algo en lugar de nada, y por qué estoy en este mundo?

La importancia de estas preguntas es, cada una a su modo, simplemente evidente. Sin embargo, es una importancia absoluta, como aquello que no se persigue como medio para otro fin, sino como un fin en sí mismo. Si acaso se han de encontrar fines mayores que objetivamente hagan de estas preguntas un medio, será tal fin la felicidad, que es, formalmente, el fin de fines. Estas preguntas no son serviles, lo que es decir que no se plantean para poder desarrollar artefactos y hacer la vida más cómoda, sino que son preguntas respecto a lo liberal. Lo servil complementa la vida, pero no la fundamenta. Estas preguntas de carácter metafísico están encaminadas a la comprensión más profunda que podamos adquirir de la realidad, lo cual es conducente a un mayor descanso para el espíritu, y lo cual es también, en última instancia, la forma nuclear de la felicidad. Sin embargo, la metafísica es una ciencia solo natural, por lo cual no alcanza la sabiduría mayor ni aterriza en las verdades de la vida eterna y la máxima felicidad. En tanto ciencia, la teología es la más digna, por encima de la metafísica, pero la metafísica es la más grande expresión natural de la sabiduría sin asistencia de la fe. En tal proporción, la metafísica es la más noble antesala para comenzar el estudio de las verdades de la fe.

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