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19 de octubre de 2021 0

López Herrador: “Hay un paralelismo entre la caída de Roma y lo que está ocurriendo en Occidente”

(Una entrevista de Javier Navascués) –

Marcos López Herrador (Úbeda) es Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada (1973/1978), estudios que simultaneó con los de Graduado Social, es diplomado por el CUNEF (Madrid) en estudios financieros y empresariales, es Agente de la Propiedad Inmobiliaria, Administrador de Fincas y Agente y Corredor de Seguros además de Diplomado en Marketing Financiero por la Universidad de Alcalá de Henares. Ha desarrollado toda su actividad profesional en el mundo de la Banca en la que ha sido directivo durante treinta y cinco años, y profesor. Fue Vocal de la Asociación de Estudios Melillenses, 1981, y Vicepresidente de la Cámara de Comercio Industria y Navegación de Motril (Granada) en 1993.

Ha escrito varios libros de poesía, con los títulos Compañeros de fatigas, Entre amigos, Ripios para mis amigos, Al cruzar tu estela, Poesía en el tiempo y otros versos, Poemas de Amor, Hijos del abismo, y El Amor y sus Aristas; un libro de aforismos con el título La vida frase a frase; un libro de relatos, curiosidades históricas y anécdotas con el título de “Lecturas breves (relatos e historias)”; y un manual con el título “El oficio de escribir”.Editorial Sekotia ha publicado “EL TEST MAS DIVERTIDO DE LA HISTORIA” (2015), sobre curiosidades históricas, “LA REBELIÓN DE LOS AMOS” (2017), “MARY BELL LA NIÑA ASESINA (2017), “IMPERIO ESPAÑOL SIN COMPLEJOS” (2020); La Editorial EAS ha publicado “CRÍMENES DE CINE”, (2018), escrito junto a Francisco José Fernández-Cruz Sequera, y LAS ÉLITES Y EL ARTE DE LA IMPOSTURA (2019). Es autor de la novela histórica LA CAÍDA DE ROMA I (Roma eterna) y de la segunda parte con el título LA CAÍDA DE ROMA II (Jaque al Imperio). Y actualmente escribe la tercera parte LA CAIDA DE ROMA III (El final de los días), que saldrá el año que viene. En 2021 ha escrito HISTORIA DE LAS IDEAS CONTEMPORANEAS de Editorial Sekotia. Participa en recitales poéticos en Madrid.

En esta ocasión nos habla de su libro Roma Eterna, publicado con la editorial Sekotia.

¿Por qué un libro, o una serie de libros sobre la caída de Roma?

Soy una persona a la que apasiona la Historia y, desde hace muchos años, vivo fascinado por la Historia de Roma. Justamente me ocurría lo que a muchos en mi misma situación: el período que me resultaba más desconocido es el del bajo Imperio, la etapa de la decadencia y caída.

He escrito varios ensayos que tratan de describir por qué hemos llegado a la situación ideológica que vive el mundo actual y a qué se debe la evidente decadencia occidental. Documentándome para ello, llegó un momento en que me di cuenta de hasta qué punto el proceso de la decadencia y caída de Roma era semejante a la historia que estamos viviendo en Occidente, desde finales del siglo XIX hasta nuestros días. Causa estupor hasta que punto se están repitiendo mecanismos, sucesos y procesos idénticos a los que entonces se dieron. Créanme si les digo que el paralelismo llega a ser siniestro. Me di cuenta entonces de que los romanos que vivieron en la época de Teodosio I tenían la misma seguridad en la permanencia y en la proyección hacia el futuro de su cultura y civilización, que la que tenemos nosotros en la nuestra. Solo ochenta años después, lo que había sido la mayor civilización que habían visto los siglos desapareció sin remedio. Puede que nuestra cultura no llegue a durar tanto y, sin embargo, nos sentimos seguros y nos proyectamos hacia el futuro sin límite.

Esto, que me pareció un descubrimiento personal, decidí contarlo para compartirlo. No soy un académico, pero si me considero un escritor capaz de divulgar y entendí que la mejor forma de hacerlo era escribir esta trilogía.

¿Por qué en forma de novela?

Porque una novela tiene mayor capacidad divulgativa. Gusta más, la novela histórica tiene un público verdaderamente entregado y el género proporciona unos instrumentos narrativos eficacísimos para la divulgación.

En mi trilogía sobre la caída de Roma, la gran protagonista es la Historia de aquel periodo, pero está contada a través de la actuación y vivencias de personajes reales o ficticios, pero que sirven para que, de una forma amena, interesante y entretenida, podamos conocer fielmente un periodo histórico que contado de otra manera puede resultar arduo, difícil, confuso y muchas veces contradictorio. Poner la ficción al servicio de la realidad y de la verdad permite, sin dejar de ser fiel a los hechos, conseguir que lleguen al lector de forma fluida, coherente, clara, incluso divertida y engarzados en una concatenación de causas y efectos, que hacen que lo que ocurre se entienda sin dificultad.

Decía Marco Aurelio: Casi nada persiste y muy cerca está el abismo infinito del futuro en el que todo se desvanece”, toda una premonición….

Es un pensamiento profundo de un gran filósofo y de un gran emperador, que marca el cenit del Imperio romano. Era un hombre inteligente que, sin duda, ya intuía, a pesar del periodo glorioso en que su vida transcurrió, que la decadencia y el declive estaban cerca. No se equivocaba.

¿Cuáles fueron las principales causas de la caída del Imperio romano?

Responder a esta pregunta requeriría escribir un tratado, que al final no conseguiría más que repetir lo que ya está dicho y resulta conocido. Prefiero aprovechar la oportunidad que me da esta pregunta para suscitar la controversia y plantear dos cuestiones relacionadas y que me han hecho reflexionar mucho, mientras he escrito mi trilogía.

En primer lugar, desde que el gran historiador Edward Gibbon escribió su magnífica obra titulada: Historia de la Decadencia y Ruina del Imperio Romano, concebimos las civilizaciones como seres vivos que nacen, crecen, llegan a su cénit, decaen y desaparecen. Asumimos entonces que se trata de un proceso casi inevitable y, en el caso de Roma, quedan identificadas en un solo concepto las causas de la decadencia y de la caída, confundiéndose así unas con otras.

Desde mi punto de vista, las causas de la decadencia no son las de la caída. La decadencia aceleró y potenció la caída, pero no la produjo directamente. La caída del Imperio romano de Occidente se produce por razones que se dan de forma independiente a su proceso de decadencia. Occidente cae porque en el año 376 d.C. el emperador Valente autoriza a cruzar el Danubio para asentarse en el Imperio a los visigodos que huían de los hunos. Se convirtieron en un gravísimo problema que hubo que combatir y, en el año 406, precisamente para enfrentarse a ellos, se retiraron tropas del Rin, lo que permitió que, congelado el río a final de diciembre, suevos, vándalos y alanos se instalaran en la Galia e Hispania, pasando finalmente los vándalos a África, donde conquistaron la riquísima provincia de Cartago. Se produjo una dinámica que fue creciendo. Menos territorio controlado, menos recaudación de impuestos, menos ejército imprescindible para recuperar lo perdido, hasta que todo resultó inviable.

La caída del Imperio romano occidental tuvo causas propias que provocaron su final y no fue la decadencia lo que dio lugar a ello. Esto queda demostrado por el hecho de que las causas de la decadencia eran comunes a ambas partes del Imperio y, sin embargo, el Imperio romano de Oriente duró mil años más.

En segundo lugar, parece una idea generalmente aceptada que el cristianismo fue quizás la causa mayor de la decadencia y caída de Roma. No se encuentra entre los autores una discrepancia seria a tal planteamiento. Existen algunas posiciones que tratan de demostrar que no fue para tanto y muy pocos que simplemente niegan que así fuera.

Yo mismo he estado convencido, hasta hace muy poco, y mi pensamiento ha sido ese. Sin embargo, he llegado a la conclusión, que no conozco sea sostenida por nadie, al menos con la rotundidad que yo la voy a exponer, de que no es que el cristianismo no fuese causa de la decadencia de Roma, no es que no fuese para tanto, es que he llegado al convencimiento de que la aparición del cristianismo salvó a Roma de su desaparición. El cristianismo se convirtió en el gran fundamento cultural, religioso y legitimador que permitió que Roma no desapareciera.

Roma ya había perdido sus fundamentos culturales, ideológicos, religiosos y de legitimación mucho antes de que el cristianismo jugase papel alguno. Precisamente eso es lo que Marco Aurelio intuye con la frase antes comentada. Tanto había perdido sus fundamentos, que estuvo a punto de desaparecer en el terrible siglo III, el de la anarquía militar. Ocurrió entonces que surgió Diocleciano, que detuvo el proceso y, acto seguido, Constantino legalizó el cristianismo, suponiendo este el pilar fundamental, que mantuvo en pie al Imperio occidental otros doscientos años, y otros mil años más el Imperio de Constantinopla, que encontró su fundamento, solidez y permanencia, precisamente en ser un Imperio cristiano.

La idea de que el cristianismo destruyó Roma es propia de la Ilustración, tan enemiga de la religión cristiana. Es una idea que se ha impuesto, pero, como se puede comprobar, no solo podemos disponer de argumentos para negarlo, sino para defender con firmeza que ocurrió todo lo contrario, es decir, que fue precisamente el cristianismo lo que permitió que el Imperio Romano durase hasta la caída de Constantinopla en 1453.

De hecho, lo efímero que son o pueden ser los reinos de este mundo nos recuerdan que nuestra verdadera patria es eterna….

Se trata del concepto expresado por San Agustín en su obra, La Ciudad de Dios. Todo lo humano es efímero por naturaleza, pero creo que no debemos llegar a la conclusión de que solo merece la pena trabajar para la ciudad divina. Creo que un cristiano debe luchar mientras viva por hacer mejor esta Tierra, desde su visión moral del mundo, contribuyendo así a que cada vez sea mejor y más próspero, porque, con ello, engrandece la obra de Dios, situando lo que hace y los logros de la comunidad en un nivel superior.

En el año 375 d.C., los hunos irrumpen al norte del Mar Negro, masacran a los alanos, destruyen a los ostrogodos y derrotan a los visigodos encabezados por Atanarico. El resto de los visigodos, liderados por Alavivo y Fritigerno, temiendo por sus vidas, piden autorización para atravesar el Danubio e instalarse dentro de las fronteras del Imperio como federados. ¿Por qué aquella decisión significó el principio del fin?

Porque el emperador Valente se ve forzado a dar ese permiso, porque no puede evitarlo, como le habría gustado. Se encontraba en Antioquía, poniendo en pie un ejército para atacar a los persas. No podía llevarlo al Danubio para impedir la entrada de los visigodos.

Lo cierto es que nada estaba preparado para recibir, no a una partida, sino a todo un pueblo, al que no pudieron alimentar, ni asentar y del que abusaron hasta lo más atroz que se pueda imaginar, provocando su rebelión. Fue la guerra y, en Adrianópolis, los visigodos infligieron al ejército romano una de las mayores derrotas de su historia, aniquilando a más de dos tercios de este. Se firmó una paz que no llegó a durar porque el imperio abusó cuanto pudo y nunca cumplió sus compromisos, hasta que Alarico nuevamente se rebeló y mantuvo un permanente forcejeo con el Imperio por conseguir lo que pretendía para su pueblo. En esos episodios de enfrentamientos permanentes, en el año 406 d.C. el general Estilicón dispone de las tropas fronterizas del Rin para enfrentarse a Alarico y suevos, vándalos y alanos lo cruzan para acabar finalmente instalados en la Galia, Hispania y norte de África, quedando Roma sin recursos, hasta desaparecer en Occidente.

¿Qué similitudes hay entre la decadencia y caída del Imperio romano con la civilización actual?

Roma estaba en la cúspide de su poder a finales del siglo II d.C., tal y como Europa lo estaba a finales del XIX. Sin embargo, a partir de ahí comienza un periodo de decadencia que culmina con el periodo que se ha dado en llamar de la anarquía militar. En Europa se da ese periodo a partir de la guerra franco-prusiana de 1870, que, de alguna manera, se continúa con la guerra de 1914 y la Segunda Guerra Mundial. El proceso se detiene en Roma con la aparición de Diocleciano, con el que se inicia un periodo de recuperación, que llega a su cúspide con Teodosio el Grande. En Europa, el proceso se para con la recuperación económica que se produce tras la Segunda Guerra Mundial. Aquella recuperación fue frustrada en Roma por la creciente desigualdad provocada por el acaparamiento de la riqueza en manos de unos pocos privilegiados en perjuicio del resto, un sistema fiscal abusivo e injusto, la corrupción generalizada, la falta de deseo de los romanos de servir en el ejército regular, la confrontación entre la ideología pagana en retroceso y el cristianismo triunfante, los insufribles gastos estatales y la inmigración imparable de bárbaros dentro de las fronteras del Imperio, entre otras. Creo que no merece la pena insistir en el paralelismo que existe con lo que está ocurriendo en Occidente.

¿Estamos a tiempo de salvar nuestra civilización o es un proceso irreversible?

Me gustaría decir que sí. Es más, creo que debería decir que sí. Yo, desde luego, pienso luchar con todas mis fuerzas para que nuestra cultura occidental, que ha dado los mejores frutos que la humanidad ha conocido, siga en pie, pero creo que la situación es muy difícil. Nos han quitado nuestro espíritu de lucha y la cobardía se ha instalado disfrazada de buenismo pacifista.

Deberíamos ser conscientes y estar convencidos de que luchar ya es vencer y de que estamos obligados a luchar por aquello que nos permite ser lo que somos.

La situación puede llegar a ser irreversible, porque se están imponiendo en el mundo los intereses de una élite mundial hipercapitalista, globalista y neoliberal que pretende acaparar toda la riqueza disponible, dejando las migajas al resto, que quieren convertir en un rebaño estabulado. Y para ello están imponiendo un pensamiento único como una suerte de nueva religión hegemónica, que busca que los hombres dejen de tener sentido de la propia identidad y de sentido de pertenencia a su propia comunidad que los hace fuertes. Necesitan hombres sin criterio a los que se les pueda manipular, por lo que se está destruyendo el sistema de educación, destruyendo los valores morales, la religión, la familia, el respeto por la vida, por la ley y por todo aquello que pueda aportar al hombre un sentido de su propia trascendencia. Resulta sorprendente (o no) comprobar cómo coinciden esos propósitos con los de la izquierda más radical.

Puede ocurrir que, con el grado de islamización en el que está inmersa Europa, la tasa de fertilidad de esos inmigrantes y la nula de los europeos, a poco que pasen unos años, no solo esta población llegue a superar a la autóctona, sino que jóvenes educados sin criterio y sin normas morales, acaben por encontrar en el Islam el sentido a su vida que no les estamos proporcionando y comiencen a convertirse en masa, buscando ese sentido trascendente que nosotros les negamos. Entonces la desaparición de la cultura occidental resultará irreversible.

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