18 de diciembre de 2020 0

La ley de eutanasia: una ley inmoral e injusta

(por Javier Urcelay)

 

 

El parlamento español ha aprobado la legalización de la eutanasia presentada por el gobierno masónico del presidente Sánchez. La prioridad dada a la tramitación en plena pandemia, deriva de la necesidad de atender a lo que se quiere presentar como una perentoria demanda en la sociedad española. Una mentira más de la larga serie.

Como siempre en estos casos, la cuestión se presenta ante la opinión pública con un planteamiento fundamentalmente emocional, según el cual el progreso y el derecho a una muerte digna estarían de un lado, y el reaccionarismo y las imposiciones religiosas, hoy inadmisibles, estarían del otro.

Pero la cuestión de la eutanasia es mucho más que eso, y merece la pena conocer lo que hay en juego detrás de ese aparentemente inocente derecho a poder morir sin sufrimiento.

 

Postulados de la ética humanista y de la mentalidad pro eutanasia 

En la eutanasia concurren dos agentes, el enfermo y el que lleva a cabo la técnica eutanásica. Si ponemos el acento en el primero, estamos ante el suicidio con ayuda; si en el segundo, ante el homicidio con consentimiento de la víctima.

La ética humanista proclama la dignidad intangible de toda vida humana desde su concepción hasta su muerte. Todas las vidas humanas, en todos sus momentos, están dotadas de una dignidad intrínseca, objetiva, poseída por igual por todos. Por eso los derechos humanos de naturaleza ontológica son previos al estado y a la sociedad, y deben ser siempre respetados por sí mismos.

La dignidad ontológica del hombre radica en su condición de criatura única e irrepetible, insustituible, dotado de intimidad, inteligencia, voluntad y libertad. Porque es objetiva y previa, el ordenamiento jurídico debe respetar su carácter de inviolable.

Homo sacra res homini, el hombre es cosa sagrada para el hombre, escribió Séneca. La dignidad ontológica de las personas humanas se desprende del mero hecho de ser lo que somos: seres humanos. Esta dignidad es la misma para todos, en todos los momentos y circunstancias de nuestra vida, no podemos ni perderla ni ganarla, incrementarla o disminuirla, y por supuesto no está sujeta a las condiciones o calidad de vida. Es inalienable, intrínseca, universal, inmune a los reveses de la vida, refractaria al proceso de morir.

La dignidad humana es invariable: no se disminuye a causa de la enfermedad, el sufrimiento, la malformación o la demencia. Es más, la gran dignidad del hombre puede confirmarse aún más en el sufrimiento.

Por eso no podemos hablar de vida digna sin más, puesto que todas las vidas humanas lo son igualmente. De lo que sí podemos hablar es de unas condiciones de vida que pueden ser más o menos acordes con esa dignidad y los derechos de la persona.

La mentalidad eutanásica niega que la dignidad de la vida humana resida en el mero hecho de ser persona, sino que hace depender la dignidad de la persona humana de su calidad de vida o su bienestar (es decir, a la dignidad de las condiciones de vida), de forma que ni todos los hombres son igualmente dignos, ni la dignidad de la persona sería la misma a lo largo de toda su vida.

Por eso, se plantea un supuesto derecho de todo hombre a no vivir una vida indigna.

Si lo que hay que garantizar es la vida digna para todos, estamos todos de acuerdo; pero si, planteado al revés, lo que hay que hacer es garantizar es el derecho a no vivir en condiciones indignas, entonces la eutanasia es la solución. Es como proclamar, la vida humana o será digna o no será.

Para la mentalidad pro eutanasia, por consiguiente, es lícito acabar con la vida de un ser humano en determinadas circunstancias.

El llamado derecho a la eutanasia nos devuelve al mundo antiguo pagano, en el que la plenitud física era elemento esencial de la aristocrática dignidad humana, de la que carecían los enfermos crónicos, los tullidos o los deformes, que eran tenidos por indignos y su muerte era propiciada por el abandono.

La decisión de practicar la eutanasia comporta siempre en el fondo un juicio sobre la calidad de vida y su valor. Si fuera una joven sana de veinte años presa de la angustia la que nos solicitáramos que la ayudáramos a morir, ¿lo haríamos? ¿Por qué en este caso nos importa tan poco respetar la autonomía de las personas?

 

Derecho sobre la vida/autonomía personal

Los partidarios de la eutanasia defienden el derecho del hombre a disponer de su propia vida.

Pero la propiedad de un hombre su vida no es como la propiedad patrimonial. Mi cuerpo y mi vida son de propiedad sólo en el sentido restringido de que no son de ningún otro hombre ni de la sociedad. En el sentido más hondo, mi vida no es de nadie, ni si quiera mía. Es un derecho de usufructo, y es un derecho inalienable: un hombre no puede transferir ese título vendiéndose como esclavo.

La reivindicación de la eutanasia como un derecho supone añadir al derecho a la vida un supuesto derecho sobre la vida.

En realidad, cuando hablamos del derecho a la vida, deberíamos decir derecho a que nadie atente contra nuestra vida o nos la arrebate. Cuando hablamos de derecho a una vida digna, deberíamos entender derecho a que nadie atente contra nuestra integridad física, sicológica y moral o nos someta a unas condiciones de vida indigna. Derecho a una muerte digna significa, igualmente, derecho a ser atendidos y cuidados como personas humanas en el momento de la última agonía. Como cuando hablamos de derecho a la salud, nos referimos al derecho a ser convenientemente atendidos en caso de enfermedad, ya que salud no puede plantearse como un derecho por razones obvias.

La tesis de los partidarios de la eutanasia es la siguiente: la legalización de la eutanasia es legítima porque la elección del momento y forma de muerte pertenece a la autonomía personal, que debe ser respetada por un Estado pluralista donde nadie puede imponer a otro sus propias convicciones.

La afirmación del derecho sobre la propia vida conduce inevitablemente al derecho al suicidio porque, en último término, el único que puede juzgar si una vida merece o no ser vivida es uno mismo. No es posible restringir ese supuesto “derecho a disponer de la propia vida” a casos de grave enfermedad, porque hay otras muchas fuentes de sufrimiento o circunstancias contrarias a la calidad de vida.

La ley de eutanasia pide el consentimiento del interesado porque entiende que sólo uno mismo puede juzgar si su vida le merece la pena o no vivirse. Si eso es así, es inconsecuente que se necesite aval médico, del Estado o de la Justicia. Si elegir momento y forma de morir fuera un derecho y bastara para justificar la eutanasia, no habría razón para subordinarlo a otras condiciones (enfermedad incurable terminal y practicada por un médico).

Pero no es verdad que la petición de eutanasia sea asunto de mera incumbencia personal, puesto que afectará al vínculo social. Legalizar la eutanasia afecta a los fundamentos mismos de la sociedad y el Derecho, y por tanto a todos los ciudadanos, y no sólo al que se acoge a ella.

 

Piedra angular del Derecho y la civilización

El Derecho y los valores occidentales han descansado sobre la atribución de una elevadísima dignidad a la persona humana y sobre el presupuesto de que todas las personas son iguales en dignidad y derechos por el mero hecho de ser seres humanos.

La dignidad humana nunca fue en la antigüedad clásica un atributo humano universal.

La comprensión de la dignidad sagrada de todo hombre fue la gran aportación del cristianismo, cuando se le compara con las concepciones de la antigüedad pagana. Lo distintivo de la concepción cristiana es que ya no era posible marcar como indignos a los débiles, pobres y tullidos, a las viudas o a los huérfanos.

Cuando en nombre del Estado pluralista y laico se acepta la legalización de la eutanasia, al plasmar en un texto legal –cuya vocación es estructurar los comportamientos- el principio de la identidad entre dignidad y calidad de vida, se impone a la totalidad de la sociedad el criterio de los que así piensan. Ello no sólo va en contra en contra de la visión cristiana, sino también en contra de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

El Estado no puede legislar contra el derecho a la vida, porque es previo al propio Estado. El Estado no puede legislar contra los derechos humanos.

No basta argumentar que la ley debe reconocer lo que ya acepta la sociedad. El Derecho no especifica lo que es, sino lo que debe ser. No porque se vendan top manta se anula la legislación sobre propiedad industrial, ni se suprime el límite de velocidad porque no se respete.

Las encuestas según las cuales la eutanasia tendría un refrendo social mayoritario son falsas. Los especialistas han demostrado que resulta imposible conocer la opinión de la población sobre comportamientos hasta ahora prohibidos. Los malentendidos, falseamientos y equívocos lo impiden.

 

Sesgo elitista

La incapacidad para encontrar un sentido al dolor y al sufrimiento propio de la ética utilitarista y hedonista, lleva a los partidarios de la eutanasia a sentir un horror instintivo ante la enfermedad incapacitante o ante la proximidad de la muerte. La vida físicamente disminuida les provoca una instintiva reacción de huida. Prefieren ignorarla o extinguirla.

Para esta mentalidad, los enemigos de la dignidad –identificada con calidad de vida- son el sufrimiento moral, el dolor físico, la incapacidad para valerse a sí mismo y la pérdida de autocontrol. El derecho a morir con dignidad se invoca como un derecho a evitar que la prestancia humana sea socavada y arruinada por la miseria física o emocional.

En el fondo es una actitud estética y de imagen de uno mismo, que nada tiene que ver con la dignidad ontológica. Su reivindicación de la eutanasia lo es más bien del derecho al suicidio en un plano de completa autonomía personal. Es el suicidio de la modelo que se niega a envejecer, del galán que no acepta dejar de ser joven, del intelectual orgulloso que se resiste a su decadencia.

En la moderna tiranía del bienestar y la calidad de vida, cuando ésta decae por debajo de un cierto umbral, deja de ser un bien altamente estimable y no merece ser vivida.

El derecho a morir se presenta así como la coronación del progreso ético, propio de personas distinguidas, clarividentes y de ideas avanzadas, que forman una élite liberada de prejuicios y supersticiones. Es el suicidio de Petronio.

Se presenta el derecho a morir con dignidad como una expresión del dominio absoluto de uno sobre su propia vida, o como un signo de decoro personal. El enemigo ya no es el dolor insufrible, sino la pérdida de autosuficiencia, de imagen ante los otros, hasta entonces prestigiosa y estética.

Algunas encuestas en EEUU han demostrado estrecha correlación entre clase social y grado de autoestima por un lado y activismo pro eutanasia por otro. En comparación con la población general, por contra, la eutanasia es menos aceptada entre los afectados por discapacidades, los ancianos, los pobres y los afroamericanos.

La cultura de la sublimación del éxito, la autonomía, la autoafirmación, la imposición continua de la propia voluntad, y la satisfacción inmediata de todos los deseos, de los cuerpos bellos y del bienestar y la calidad de vida como valores supremos, conduce a la eugenesia, la xenofobia, el aborto, el divorcio, la eutanasia, y el suicidio.

La ética hedonista actual no tolera la imperfección, ni el sufrimiento, ni el dolor, ni la contrariedad, de modo que opta por erradicarlas a toda costa, incluso al precio de eliminar a las personas que sufren o nos hacen sufrir a causa de sus limitaciones. Es el egoísmo hedonista de los supervivientes.

Los enfermos terminales, tarados etc son cargas sociales. La mentalidad utilitarista lleva a disminuir el apoyo a la fase declinante de la vida. Por eso no existe interés en los cuidados paliativos, sino en el derecho a quitar de en medio a esas vidas que se consideran personal y socialmente de menor valor. 

 

Un plano inclinado

Aprobar la eutanasia restringida y solo en casos límite y bajo ciertas condiciones, que es como empiezan siempre estas legislaciones, incurre en el llamado efecto macedonio de la sociología jurídica. No se puede extraer una regla general de un caso excepcional o marginal. Esos casos límite tenían ya, sin necesidad de hacer una ley de eutanasia, mecanismos en los tribunales para su valoración (estado de necesidad, falta de intención de matar etc).

La decadencia ética tras la legalización de la eutanasia sigue cuatro fases: primero es la aplicación rígida y restrictiva de la ley; la segunda es el período de habituación; la tercera es cuando médicos y enfermeras, fascinados por ideales de justicia y eficiencia, se convierten en mandatarios subjetivos de los pacientes incapaces y terminales; la cuarta es la eutanasia involuntaria. Esta es la experiencia holandesa.

En Holanda, los médicos no declaran ni la mitad de las eutanasias que practican. De las que declaran (unas 18.000/año), en el 40% no hay consentimiento del paciente por conciencia debilitada, tomando la decisión los médicos y/o los familiares. En el 10% no se llega ni a consultar al paciente, pudiendo hacerlo, por razones paternalistas; los médicos ponen fin a su vida sin advertírselo.

Se empieza con la lástima piadosa por el que sufre y, poco a poco, se llega a quitar de en medio a la abuelita porque su cama le vendría bien a uno de los pequeños, harto de dormir en la habitación de sus hermanos.

La razón y la experiencia demuestran, por otra parte, que cuando se acepta la teoría de la autonomía personal y de que la dignidad de la persona depende de sus condiciones de vida, se sientan las bases para la aceptación del aborto libre, la eugenesia, la clonación, y el derecho al suicidio.

Si hay vidas que la sociedad dictamina que no merecen la pena ser vividas, el gobierno o el parlamento podrían llegar a establecer categorías enteras de enfermos o situaciones en que la vida no merece ser vivida y autorizar o dictaminar directamente su eliminación: ¿Matamos a todos los mayores de ochenta años demenciados por el Alzheimer? Con los planteamientos en boga, sería al menos una posibilidad que esta opción llegara algún día a plantearse..

 

Derecho a morir con dignidad

La experiencia demuestra que, para lograr el cambio de la mentalidad social, es preciso engañar, confundir y manipular no sólo las ideas, sino también el lenguaje y los sentimientos.

Hoy se pretende presentar la eutanasia como única alternativa al dolor intratable y al ensañamiento terapéutico, para que los que se oponen a éstos se crean favorables a aquella.

Así se consigue que la eutanasia -como antes el aborto- no sean percibidos como males tolerados a los que resignarse, sino que se presentan como un bien; más aún, como una exigencia moral: cualquier medio es válido con tal de aliviar el sufrimiento (no importa que el precio sea una vida humana).

La eutanasia se convierte así en un derecho, y la aprobación de su ley se celebra con alborozo en el parlamento como una conquista del progreso y la humanidad.

El deseo de morir de los pacientes terminales o los moribundos no constituye ningún derecho legal a morir a manos de otra persona.

Tomar demasiado en consideración el deseo expresado por un moribundo que, preso de la angustia, el sufrimiento y los sufrimientos dice desear morir, considerándola una decisión libre, es como si aceptáramos como libre la decisión de suicidarse de un depresivo.

Los sicólogos saben que tras la expresión del deseo de morir hay casi siempre una petición de afecto, solicitud y cuidado. Responder con la eutanasia sería dar la peor de las respuestas a una petición mal formulada. Este es el problema: la medicina paliativa domina la técnica, pero pocas veces sabemos ayudar a morir.

Buscar la forma de humanizar el cuidado del enfermo terminal sería mucho más valiosa que recurrir a matarlo.

La enfermedad y el morir pueden humillar, disminuir la autoestima, avergonzar e incluso crear un sentimiento de indignidad, pero no mermar la dignidad humana.

Sin embargo, hay condiciones de muerte terribles, como en un calabozo o un campo de concentración, cuyas condiciones indignas sirven precisamente para que se manifieste aún más la gran dignidad de las personas que las padecen.

El hombre no puede dejar de ser humano, y por tanto no puede perder su dignidad esencial. La dignidad esencial del hombre, fuente de sus derechos, no puede mermarse a causa de la enfermedad o el sufrimiento.

El derecho a morir con dignidad no es el derecho a procurarse o hacerse procurar la muerte a voluntad, sino el derecho a morir en paz, consigo mismo y con los demás, a morir con serenidad.

Los progresos de la medicina paliativa deberían haber provocado el ocaso del concepto de la eutanasia como liberación del dolor insoportable.

Como dijo el socialista Johannes Rau, presidente de Alemania, “el motor de la eutanasia es el gran temor a no soportar el sufrimiento, el miedo a quedar abandonado, a ser una carga; pero la eutanasia activa no es la única respuesta posible. Tenemos que aprender que existen muchas posibilidades de atender a los moribundos. Lo más importante es no dejarles solos”.

La aprobada ley de la eutanasia tendrá un efecto devastador sobre el futuro de la humanidad. Al igual que con la aprobación del aborto, degrada todo el orden moral y jurídico, y erosiona las bases de la civilización.

Convendría tenerlo en cuenta. Con la vida y la dignidad humana, ni una ligereza.

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