21 de octubre de 2020 1

Je suis Prof, Je suis Trap (I)

A menudo, cuando critico la Revolución Francesa y su veneno ideológico, recibo de algún interlocutor la siguiente respuesta: “Pero mira a Francia lo bien que le ha ido el jacobinismo centralista”. Normalmente esta afirmación es espetada en un contexto en el que se ha hablado de regionalismos secesionistas, nacionalidades que de forma secular fueron entendidas culturalmente y ahora se alzan con aspiraciones estatalistas. Es justamente, ese meollo revolucionario lo que los católicos entendemos mejor, pues sabemos a lo que ataca, y como decía Hilaire Belloc, conocemos la historia mejor que nadie, pues conocemos al Señor de la misma, y a sus enemigos.

Es por ello que voy a unir dos temas que en principio parecería que no tienen nexo, pero sólo en apariencia, pues la ponzoña iluminista sirve de argamasa de ambos.

La Ilustración y sus autores han estado agarrochando el orden clásico desde el S.XVIII, y aunque el Leviatán que es hoy día Francia les parezca a algunos un titán inexpugnable y prez de la humanidad, en realidad tiene apolilladas sus bases y podría colapsar por el mero paso de un pájaro carpintero despistado.

La Revolución francesa, no es francesa por su carácter nacional, sino porqué ocurrió allí. Pero la Revolución es liberal. Y por liberal es anticristiana, ya que es la visión cristocéntrica que había absorbido e integrado al orden clásico, lo que se intentó derrumbar. ¿Y quién puede hoy negar su éxito?

Pues bien, como liberal que es, su principal derivada es el relativismo, siendo el hombre el centro de todas las cosas, el nuevo sistema métrico humano. Y claro, a nadie le resultará ajeno que cada uno somos hijos de nuestro padre y de nuestra madre, y por ello nada objetivo puede surgir de una visión antropocéntrica. Si todo es relativo y comparable al hombre, la Verdad de Dios, ya no es única ni objetiva, sino variable y modificable a gusto. Adherible a ella en aquellas partes que le vayan bien a uno, haciendo así, una religión a la carta. Y eso es lo que le ha pasado a Francia. Y a toda la Cristiandad, llamada hoy Europa u Occidente.

Francia, vive inmersa en ese autonomismo del hombre, que al igual que el art. 10.1 de la Constitución Española, consagra el derecho al “libre desarrollo de la personalidad” únicamente limitado por el ordenamiento jurídico. En ningún momento se habla de justicia y moral. Uno puede desarrollar su personalidad de forma inmoral siempre que no atente contra el orden jurídico, cabiendo la posibilidad que éste esté trufado de leyes inicuas. Es decir, el hombre es soberano absoluto con el único límite a lo que imponga la ley. Así, el hombre ha sido liberado de toda dependencia ajena a su propia voluntad, como nos explica Hegel. El hombre se autodetermina por su propio querer, por encima de cualquier limitación, incluso biológica, y puede decidir sobre todos los aspectos relativos a su existencia. Supongo que se van dando cuenta del peligro que entraña dar ese poder al hombre, y además espolearlo.

El resultado de esa filosofía, es que ninguna cosmovisión o conjunción de valores es mejor que otra, pues es el hombre en su libertad quien decide lo que es bueno para sí. Incluso de forma teológica.

Cuando una sociedad introduce el mismo rasero para aquellos valores que conformaron sus instituciones, sus estructuras naturales y su cosmovisión a otros valores que desean destruirla, la paz vuela por los aires hecha trizas.

El iluminismo dieciochesco, con sus ansias anticristianas, necesitaba destruir la visión cristocéntrica para que el hombre se enseñoreara y diera rienda suelta a sus pasiones como único canon moral. Es por ello que hoy Occidente y Francia como centro avanzado de lo que está por venir, se ve incapacitado y castrado para defender la Verdad de Dios. Llega tarde. Unos 230 años.

Así, ve sus tierras anegadas de mahometismo, y se ve indefensa ante tal avalancha. La tiranía de la Ilustración la ha dejado desarmada, y lo más beligerante que son capaces de parir ante los crímenes atroces que se dan y los que están por venir, son unos eslóganes infantiles que apenas consiguen calmar esa ansiedad de verse vencido y sin capacidad de devolver el golpe. Mientras nuestros vecinos estén presos de aquellos fantasmas cartesianos, kantianos, rousseaunianos, “Je suis prof” es lo más valiente que les veremos. Rezo por ellos. Rezo porque alguien invoque el espíritu de Clodoveo, o de Charles Martel. Rezo por leer algún día “Je suis Godfrey de Bouillon”

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Un comentario en “Je suis Prof, Je suis Trap (I)

  1. Dani

    Como siempre claro, conciso y real.

    Responder

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