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17 de noviembre de 2017 0

¿De qué se habla en las más altas esferas políticas…?

No quisiera encontrarme hoy con una reproducción de 1976 y 1978, cuando se le dio al pueblo español todo atado y bien atado cor el Gobierno de derechas del Sr. Suárez (ex secretario general del Movimiento) y un jefe de Estado puesto por Francisco Franco, que murió en la cama con el amor de millones de españoles. Todas las fuerzas políticas -salvo las tradicionales o carlistas y las franquistas-, incluida la jerarquía eclesiástica, fueron a lo mismo, a desmontar qué era España en su proyección institucional y política. Así, y con los medios de comunicación en manos del Gobierno, ¿qué iba a debatir y decir el pueblo español? ¿Pudiera hoy  ocurrir lo mismo con lo que queda de España?

Leo en la prensa que “El Cardenal Omella, arzobispo de Barcelona, sigue promoviendo vías de comunión y encuentro, trabajo que ha llevado discretamente a las más altas esferas políticas, pero también al día a día entre los fieles” (“Alfa y Omega” nº 1.045, 2-XI-2007, p. 1, 12-13). La noticia se refiere a ese tema tan obvio de que “En Cataluña cabemos todos”. Que se trate de todo un alto dignatario de nuestra Iglesia nos obliga a ser muy cautos. Todos saben que respetamos de veras a nuestra jerarquía católica. Sin embargo, aquí hay un agravio comparativo -¿todos somos realmente iguales?-, un hacer la corte al poder civil del Estado desde instancias clericales -¿no está el poder civil riéndose de todos los valores que defiende la Iglesia para la existencia del género humano en España?- , y una falta de transparencia en las actuales circunstancias de máxima alerta.

No quisiéramos que abandonado el Estado por la Iglesia en la Constitución de 1978 -el liberalismo del nuevo Estado que por entonces los Suárez estaban construyendo lo quiso de mil amores-, fuese ahora la jerarquía católica a convertirse en salvadora no sé de qué. En efecto, en 1978 se dieron unos pasos inadmisibles para no pocos fieles católicos:  la aconfesionalidad católica del poder civil,  el Estado español cayó en el agnosticismo,  la separación total Iglesia-Estado para al fin ir subordinándola a éste, en adelante  la España legal caerá en el lodazal en el que está ya desde la ley del divorcio de Suárez y antes -fruto de la expulsión de Dios y la Iglesia de las leyes-, mientras que los católicos hemos sido conducidos por el alto clero al mayor servilismo hacia partidos que sólo aparentemente eran el mal menor, y que se han convertido e ese mal mayor que corroe al pueblo español a marchas forzadas, como en el s. XIX . Los carlistas lo advirtieron en el siglo XIX ya desde 1840, lo dirán en 1978 y lo siguen diciendo ahora. Y con toda la razón.

Se agradece que -primero- se quiera evitar la improbable confrontación civil en Cataluña aunque se suceden grandes manifestaciones en uno u otro sentido, y que -segundo- se deje claro que “en Cataluña cabemos todos”.

Primero. ¿Confrontación civil?: tranquilos, que quienes han sufrido nada menos que el golpe de Estado este 2017, y quienes han sufrido en manos de los nacionalistas durante décadas y nadie les ha defendido, no son revanchistas. Hoy, en una iglesia de Pamplona se ha rezado por la paz de España. Bien está en general, pero en concreto ¿no será mejor rezar por los que rompen la paz?

Segundo. Es evidente que “en Cataluña cabemos todos”, y que así debiera de ser. Sin embargo, hasta ahora -¡oh paradoja!- no han cabido los catalanes que lo son en cuanto españoles, porque quienes hoy han realizado el  golpe de Estado no les han dejado en paz ni en el ejercicio de sus derechos durante largas décadas. Recordar algo tan obvio como que “en Cataluña cabemos todos” -¡sólo faltaba que no fuese así!-  no justificaría la cuadratura del círculo, esto es, reconciliar a los golpistas pero sin recordarles qué son, qué han hecho y qué es propiamente lo suyo.  Sí, recordar algo tan obvio como hace mons. Omella no es un servicio tan grande a la sociedad o a las instituciones, pues hoy lo recuerdan las leyes establecidas como la Constitución española -que criticamos por otros motivos-, el poder civil soberano -aunque mejor sería decir supremo- y, desde luego, la misma sociedad que al fin está rompiendo el silencio inherente al ciudadano de segunda clase. Recordemos que ayer y según los  hechos, dichos ciudadanos segundones  estaban olvidados por el Estado y la jerarquía eclesiástica  en Cataluña, y que si no se arregla el abuso que siguen sufriendo seguirán olvidados por el Estado y los eclesiásticos, que ya algunos confundirán con la Iglesia.

Mi segunda observación, vinculada a la anterior, es la siguiente. Ante la actividad del Cardenal Omella, ¿qué ha hecho el alto clero catalán y del resto de España hasta ahora, durante tantas décadas, ante las injusticias cometidas por el “nacionalismo no sano” contra los catalanes y por ello españoles, ante el caldo de cultivo de lo que se veía venir, ante el reciente  “exilio” del P. Ballester, ante la politización de buena parte de los eclesiásticos en Cataluña, y ante el apoyo expreso al golpismo de otros de ellos…?

Bien está lamentar el sufrimiento, la inquietud, y el dolor de la gente, como hace mons. Omella. Pero sobre todo y en primer lugar, si se trata de  cualquier inocente sorprendido por el golpe de Estado de los Puigdemont, especialmente si se trata de los contrarios aél . No, no se debe poner a los golpistas a la altura de los catalanes de pro. Tampoco se debe exagerar o sobrevalorar la importancia del “cabreo” de los golpistas -jefes o pueblo- en cuanto tales. Además, con la bobalicona aplicación actual del Art. 155 el “cabreo” debiera de estar en el otro lado. Diré mas: incidir y aún exagerar los males, e igualar a todos en la fraternidad con independencia de lo que haya hecho cada cual, podría ofrecer la triste imagen de una necesaria negociación. No, no se puede negociar, ni se puede modificar la Constitución e incluso la política, por presión de lo ocurrido, del golpe de Estado de los Puigdemont, las Forcadell, los amigos presentes y los Pujols ausentes. Hacerlo significaría que a cualquier sinvergüenza con poder de hecho habría que hacerle caso. Otra vez los débiles y honrados tendrían las de perder. No busquemos la cuadratura del círculo, como sería meter a todos en el mismo saco, sin hacer justicia a los catalanes no separatistas porque españoles. Lamentamos que nadie exija ahora, en el momento más oportuno, el derecho de las familias a la educación de sus hijos, vulnerada durante décadas por la Generalidad catalana, y  tantas otras cosas. Las expresiones  genéricas, tantas palabras y más palabras a cada cual más bonita pero sin definir y omitiendo otras, suena a oportunismo, a buscar protagonismo social, que toda influencia es buena. Con todo mis respetos, pero es que otro alto dignatario como mons. Osoro habló hace poco de “tender puentes”: bien están según sean y cómo, pues sólo deben servir para que el pirata deje de serlo y para que el injusto sea justo. El mejor puente es la verdad de las cosas con clara inteligencia y recto corazón.

Mi tercera observación surge ante la expresión que dice: el “trabajo que ha llevado discretamente a las más altas esferas políticas (….)”. Si -digamos de  nuevo- bien está influir y discretamente, pero por lo visto hasta ahora los trabajos del alto clero ante las altas esferas políticas no han sido nada importantes para evitar la legislación y práctica de las administraciones públicas en favor de la cultura de la muerte, la destrucción de la familia, el abuso del Estado o autonomías -repetimos- contra los derechos de los padres etc. etc. ya en Cataluña ya en el resto de España. Que la jerarquía católica salga en la prensa con motivo de Cataluña más que por otros muchísimos motivos más graves, es un desenfoque del que queremos pensar que sólo son responsable los medios de comunicación generalistas.

Por último, se observa que el alto clero catalán quiere influir en la política, aunque en la forma y la imagen de una forma discreta, para que no se diga o critique en tierra de cristianos y anticristianos. Hasta ahora la jerarquía en España ha rehusado influir dejando las decisiones mediatas y finales de naturaleza moral y religiosa a la conciencia individual de cada cuál, aunque con una mínima orientación previa. Y así de mal nos ha ido. Mientras la Iglesia ha hablado así  a los fieles y a los no creyentes, ha mantenido -eso sí-  la enorme distancia que hay entre la pastoral y el hablar con las altas esferas políticas de las cuestiones divinas y ahora -sobre todo esto- también humanas. Ese afán por influir en la política con ocasión de Cataluña, nos advierte de que la unión de Iglesia y Estado es una verdad que se impone de hecho y a fuerza de contradicciones prácticas en el alto clero ya antes ya tras la Constitución de 1978.

Expliquemos algo esto último. En efecto, parece que nuestro alto clero quiere influir más que lo permitido por la separación clásica entre la Iglesia y el Estado, separación defendida por la jerarquía española con motivo de la Constitución de 1978, cuyo agnosticismo nosotros nunca  compartimos por mucha descristianización a la que hayamos llegado, provocada desde luego por el horrible hacer de los políticos de todo color en el poder. En dicho régimen de separación, la Iglesia es una asociación más -aunque por ahora, según la Constitución, con una mayor  importancia sociológica que otras religiones en el caso de España-, y desde luego por ella la Iglesia debe quedarse en los aledaños del poder político.

También parece hoy que el alto clero no quiere perder su influencia tradicional  ante el poder político -“¡Ah, los cardenales se han reunido con el sr. presidente!”, dirá alguno-, influencia que sería más propia de  un régimen de unión o vinculación Iglesia-Estado. Es que hoy en España se sigue siendo profundamente clerical, lo que bien aprovechan unos y otros para manipular. Sin embargo, más que tratar sobre los temas espirituales –sub specie aeternitatis– que serían los propios de la Iglesia,  ahora se quiere influir en temas estrictamente temporales aunque no cabe duda que tienen interés, como lo tiene el evitar las bofetadas  dentro del Principado y lograr paz y concordia. ¡Pues vaya!, diremos: “tranquilos todos, que los catalanes porque españoles no pegarán a nadie; en todo caso -si hay un lío- la iniciativa será al revés, como ya se ha mostrado con el golpe de Estado”.

Si en un ámbito de separación Iglesia-Estado se hace caso a la Iglesia, es porque se “ve” o aprecia en ella mucho más que una ONG y una asociación civil, y ello aunque el Estado no se comprometa a seguir el criterio eclesiástico. Sólo queda una diferencia entre ambos regímenes -el régimen de separación y el de unión entre Iglesia-Estado-, y es que, si hay separación, la Iglesia se convierte malamente en “poder”, en una “parte”, en “partido”en cuestiones temporales -o consideradas así por otros aunque fuesen cuestiones divinas y de ley natural…-, mientras que si hay unión el Estado se obligaría buenamente a respetar la ley natural y la ley de Dios, lo que es muy comprensible, y a dar culto a Dios como Él desea, lo que es tan comprensible como lo anterior. Dicha unión parcial y condicionada Iglesia-Estado frenaría que el alto clero se mezclase en cuestiones temporales, aunque lo hoy haga con el ánimo de hacer el bien y de evitar el mal que los hombres sin Dios estamos tan inclinados a hacer. La verdad es que queda muy feo, por la intromisión en el ámbito político y temporal que supone, leer que mons. Omella “sigue promoviendo vías de comunión y encuentro, trabajo que ha llevado discretamente a las más altas esferas políticas”. Si tan importantes son las cuestiones civiles, pensemos cuánto más lo son las espirituales y religiosas. Además, nos interesa mucho que se especifique qué temas se han tratado para promover la comunión y el encuentro entre todos los catalanes y desde luego españoles. 

Que hoy la Iglesia tenga que intervenir en cuestiones temporales a beneficio de la sociedad civil es una prueba de que la Iglesia en España tiene un predicamento que sin duda debe ejercer en temas mucho más importantes que los temporales. Recordemos que hace poco el presidente Rajoy llamó a los cardenales Osoro de Madrid y Omella de Barcelona. Casi nada: dos pesos fuertes. También el Papa está preocupado por este gran tema. Diremos más: consideramos que el Estado sería muy prudente si confiase en la Iglesia el criterio de las cuestiones relativas a la ley y derecho naturales y eclesiástico. Y más todavía repetimos: en un país de bautizados es preciso la unión relativa -no la absoluta o confusión de poderes con la que el liberalismo secularizador ataca a la doctrina tradicional católica- que propugnamos en cuestiones espirituales y morales, que siempre son mucho más importantes -y concretamente las más importantes- que la sin duda también importante convivencia, nos daría mucha paz, nos ahorrarían muchas energías, e impediríamos la manipulación que la partitocracia hace del pueblo español. Porque esta manipulación la conoce bien nuestra jerarquía con ocasión de la segunda legislatura del sr. Aznar y no poco antes. Pero, ocurre que en nuestra democracia el gran dogma es una estructura política donde la soberanía del hombre prescinde y aún actúa contra la soberanía de Dios, aunque Dios y la Revelación cristiana sean lo más comprensible y admisible por el pueblo español en general, y aunque Dios y la Iglesia sean la única salvaguarda del que nada tiene y puede.

Cuando se cae en el desorden como se cayó en 1978, tarde o temprano la verdad reclama sus fueros. ¿Querían que la Iglesia no tratase con las altas esferas políticas para no entrometerse como “poder” en esta democracia? Pues bien, los altos cargos eclesiásticos no han dejado nunca de tratar con las instituciones y además en cuestiones temporales, e incluso muchos eclesiásticos se han politizado en Euzcadi y en Cataluña. Pensemos el incienso de mons. Rouco y mons. Cañizares dirigido a Adolfo Suárez. Ahora algunos altos eclesiásticos tratan con el Estado en circunstancias delicadísimas –en las que se cuece todo– y no sabemos en qué sentido. ¿Hay alguna sorpresa preparada para el pueblo español? Ojalá los eclesiásticos profundicen su influencia en los temas morales y religiosos que afectan al Estado, sean en ello firmes y que todos “digan” que lo son, ojalá los españoles lo deseen, y ojalá también dicha influencia se reconozca y regule jurídicamente como el que sabe poco o nada se confía sabiamente al que es faro de verdad y verdadera paz.

Que los eclesiásticos no se metan en política temporal -ni de lejos-, que lo hacen fatal. Se metieron en la Restauración-instauración de 1874, en la de 1975, y ojalá no se metan ahora salvo para exigir la Ley de Dios. Además, querer quedar bien con todos -si es lo que se quiere- es imposible.

José Fermín Garralda

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