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16 de marzo de 2026 0

Gonzalo Fernández de Córdoba, un excelente soldado para una nación ingrata

(Por Iván Guerrero)

Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), apodado con justicia »el Gran Capitán» pues es uno de los mejores generales que ha dado nuestra sufrida y a la vez ingrata nación a la historia militar. En dos brillantes campañas derrotó en Italia al mejor ejército de Europa, el del Reino de Francia. Sólo tuvo una derrota en toda su carrera, la de Seminara, que no fue culpa suya sino culpa de la impaciencia de Fernando o Ferrante II de Nápoles (1469-1496) que quería atacar en ese momento a los franceses cuando Gonzalo pedía prudencia pues en ese momento todavía no estaba preparado el ejército español para enfrentarse en campo abierto a la temible caballería gala del ejército contrario. Aún así aceptó la batalla y, una vez más, el error de los soldados napolitanos de no entender una maniobra en el flano derecho de la caballería española aprendida de la árabe, hizo que se retiraran los soldados napolitanos al pensar que huían los españoles. En el ala izquierda las tropas napolitanas también se hundieron. Por muy poco no se convirtió la derrota en desastre gracias a la rapidez de Gonzalo, a la bravura de la tropa española, y en fin, a la magnífica retirada ordenada efectuada por el general español sin perder en ningún momento la cara del enemigo.

Aunque hubo otras, las dos más famosas batallas de Gonzalo fueron las de Ceriñola y la del río Garellano, claves, porque decidieron la suerte de Francia y de su ejército en el Reino de Nápoles además de, por supuesto, asegurar la victoria de España, conquistar ese reino (Fernando II de Nápoles, murió sin descendencia y su sucesor, tío de Fernando II, Federico I, que otorgó a Gonzalo los títulos de Duque de Terranova y Santángelo, fue depuesto al final, argumentando, tanto españoles como franceses e incluso el Papa en su momento, el tener tratos con los turcos además de ser de una rama bastarda) y dar comienzo al predominio español en Europa.

La Batalla de Ceriñola (1503) tiene para mí cierta similitud con las batallas de la llamada guerra de los »cien años» (1337-1453), habida entre Inglaterra y Francia, como son las de Crecy (1346), Poitiers (1356) y sobre todo con la de Agincourt o Azincourt (1415). Yo creo que Gonzalo se basó en la táctica desplegada por los ejércitos ingleses durante ellas para derrotar en Ceriñola al ejército del Duque de Nemours, Virrey de Nápoles. Aquí se une la ballesta, la pica y sobre todo el arcabuz o la espingarda, que sustituye al arco largo galés, (mortífero durante aquellas batallas como lo fué el arcabuz en esta y en el futuro), protegidos por un foso, un talud y unas estacas (como en la protección de los arqueros ingleses en batalla). En la fase final del combate la infantería pasa al ataque total y la caballería atacando por el flanco y por detrás remata la victoria. Una vez más en la historia, en esta batalla en concreto, volvemos a ver el movimiento táctico de Cannas, conocida parece ser por Gonzalo.

Ya empezó a verse en la guerra de los cien años como he dicho, y también con la temible infantería suiza contra Carlos »el temerario» de Borgoña (1433-1477), en las batallas de Grandson y Morat en 1476 y luego en Nancy en 1477, donde moriría el propio duque de Borgoña, y más confirmado aún en la batalla de Ceriñola, que la infantería se había hecho de nuevo dueña, (desde la época de las legiones romanas había perdido su señorío frente a la caballería), de los campos de batalla europeos y de los cuales no dejaría de serlo hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918) en pleno siglo XX.

No es por restarle mérito en la batalla a Gonzalo pero también hay que decir que las grandes victorias militares de la historia se deben, sobre todo, al inteligente aprovechamiento de los grandes y a veces estúpidos errores del contrario (que se lo digan a los austríacos en Ulm primero y después a los austro-rusos en Austerlitz contra Napoleón, por ejemplo). Porque con el despliegue y luego ataque que hicieron los franceses en la batalla de Ceriñola demostraron que de la guerra de los cien años contra el inglés habían aprendido más bien poco y hasta, más o menos Rocroi ya en 1643, parecido.

Más tarde, en la batalla del río Garellano (1503), se ve cierto paralelismo con la del Hidaspes (326 a. C) entre Alejandro Magno y el rey indio Poro o Poros, amagando con cruzar por donde se encuentra el ejército contrario, (»fijando»), para luego por otro lugar cruzar el río y así intentar flanquear a esas fuerzas enemigas. De todas formas, puede que disponiendo de más medios, y tal vez de una climatología mejor, la maniobra podría haber sido de otra manera… Dividirse en tres partes pero sólo dos formando el grueso del ejército español. De las tres, la más relativamente pequeña, se hubiese dedicado a  »fijar» y atraer al grueso del ejército contrario hacia la zona del puente cerca de la Torre del Garellano, pero sin cruzarlo. La segunda, a la vez que la primera fija y distrae al grueso enemigo, cruza por un puente por otro punto, intermedio del río, avanzando hacia Castellforte u alrededores para luego girar y atacar al ejército francés. Con la tercera parte del grueso del ejército cruzar a través de otro puente más al norte y atacar hacía Suio llevándose toda la posible defensa francesa (débil) por delante para luego girar hacia Castellforte reuniéndose con la otra parte del grueso del ejército español. Mientras, y al mismo tiempo, la pequeña fuerza que se ha quedado al otro lado del Garellano esta vez ataca, cruzando el río esta vez, para así ayudar a acabar de derrotar entre Traietto, el Garellano, el río (o ríos) y el mar a sus espaldas al ejército contrario. Pienso que el ejército enemigo, aunque ya en ese momento desmoralizado, pudo escapar casi íntegro de la maniobra hecha por Gonzalo y eso, en otras circunstancias, (por suerte no se daban aquí), puede llegar a ser un error. Aún así, la retirada apresurada francesa hacia Gaeta y el corto asedio de esta nos dice que la maniobra concebida por Gonzalo estuvo muy bien y que posiblemente poco más se hubiese podido hacer con los medios que disponía el general español.

Hay que decir otra cosa en la cual creo que no se paran mucho a pensar los historiadores tampoco cuando tratan sobre Gonzalo. Como todo gran comandante (él sin duda lo era) y al estudiar el despliegue y táctica en sus batallas, nos demuestra este hombre el ser una persona leída. Cosa rara, no sólo en su época sino en cualquier época de la historia humana y es que sólo con lo aprendido en la guerra de Granada, (aparte de las »descubiertas» guerrilleras, propicias en el terreno de la Calabria), no le hubiese servido para derrotar de manera definitiva a un ejército como el francés. Lo que está claro es que simplemente con una guerra de guerrillas no se puede ganar una guerra regular de manera clara, sólo se puede desmoralizar al enemigo con ella para luego poder »rematar» con el grueso de tus fuerzas regulares. Si la única experiencia militar y gloria hubiese sido la llamada guerra de Granada en la cual participó, destacando en ella, no hubiese estado en el panteón de los generales más grandes de la historia como está de forma bien merecida.

También fue un gran inspirador de sus soldados y más cuando no llegaban las pagas y refuerzos necesarios, por ejemplo, teniendo que encerrarse (pero sin quedarse totalmente a la defensiva) con su ejército durante meses en Barletta ante la necesidad y la superioridad contrarias. Otro rasgo de ser buen comandante es que fue un hombre que se adaptó a las circunstancias para enfrentarse a lo mejor del ejército contrario, como lo fue la infantería suiza, su caballería y sin olvidarnos de su poderoso tren artillero, que bien es cierto nunca supo combinar bien del todo Francia aunque también es verdad que lo supo neutralizar perfectamente Gonzalo. Otra cosa muy importante es el ser magnánimo con el enemigo derrotado, al que convertía después en amigo y aliado.

Si es que se le puede achacar algo como persona es que era hasta cierto punto algo »manirroto» por su gusto, fuera del campo de batalla, por el lujo y el buen vestir y por prestar dinero a todo aquel que se lo pedía sin pedir Gonzalo nada a cambio. A los capitanes que le habían ayudado en la conquista del reino de Nápoles, españoles como Pedro de la Paz o Pedro Paz, el antiguo pirata Pedro Navarro creador de las minas, Diego García de Paredes, Diego de Mendoza… o los italianos Colonna, los premió con justa largueza con títulos, posesiones y dinero. Se dice que todo esto se lo echaría luego injustamente en cara el rey Católico (de ahí las famosas cuentas de Gonzalo) que cuando murió su principal valedora, la reina Isabel, parece ser que fue como una espeie de dolor de muelas para el militar cordobés. Aunque se comenta también el haberse encontrado nueva correspondencia, esta »cifrada», entre soberano y general llegando a la conclusión de no ser tanta la desavenencia entre los dos hombres como se ha dicho durante largo tiempo.

Otra de las cosas que se le puede achacar es su trato hasta cierto punto injusto con César Borgia al engañarle cogiéndole preso después para que lo llevaran a España. De este trato sobre César, amigo suyo, el mismo en sus últimos años de vida se arrepintió. En su descargo se debe decir que sólo cumplía órdenes de su rey que, entre otras cosas, quería estar en buen trato con el Papa Julio II (Giuliano o Julio de la Rovere), un Papa para mi desagradable por violento y traicionero donde los haya además de enemigo mortal de la familia Borgia o Borja pues era una familia de origen valenciano, a la cual admiro sin reservas y que ha sido tontamente maltratada por la historia por culpa de envidiosos y vengativos »personajillos» de su época y por ciertos incompetentes historiadores y guionistas modernos. De todas formas parece que la oscura envidia siempre persigue a los españoles destacados. Pienso que nunca se supo jugar bien del todo la »carta Borgiana». Podríamos haberlos tenido de aliados, no sólo para obtener bulas del Papa Alejandro VI (al cual ayudó Gonzalo contra el pirata Guerri o Guerra en Ostia) en la repartición del mundo con Portugal, sino de haberse repartido también Italia esta vez con su hijo César, excelente soldado y estadista, verdadero ejemplo inspirador para »el Príncipe» de Maquiavelo y no el rey Fernando como se cuenta por ahí. Nunca debió Francia el haber sido la sostenedora de la ambición borgiana en Italia, ese lugar debió haberlo ocupado España desde el primer momento, apoyando con títulos, soldados y dinero a César para crearse un »territorio-plataforma» desde el cual lanzarse a la conquista de territorios en Italia. ¿Prueba una vez más de la mezquindad fernandina?, es posible.

De todas formas »el Gran Capitán», como muchos otros conquistadores o militares de nuestra larga y fecunda historia (Cortés, Pizarro, Verdugo, Mondragón, Sancho Dávila, Farnesio, Montemar, Blas de Lezo, Ricardos, Zumalacárregui, etc…), está ingratamente casi olvidado por el pueblo español de hoy en día. Todavía vivo, sufrió envidias y recelos, se dice que por parte tanto de su rey como de cierta gente poderosa y mezquina en general española (por desgracia, siempre abundante en esta nación). Y es que el pueblo español, aunque es portador de ciertas grandes virtudes, porta también en su seno grandes y demoledores defectos como son, aparte de su individualismo disgregador, el carácter envidioso y a la vez »cainita» utilizado, sorprendentemente, sobre todo para con las personas destacadas nacidas en su suelo patrio, aunque, (y esto es para hacérselo mirar), muy pocas veces lo utiliza contra las extranjeras. No soy nadie para juzgar las decisiones del Todopoderoso pero tal vez nunca se haya merecido este pueblo la pléyade de seres caídos de su santo cielo que asombraron al mundo de los mortales con sus acciones. Si todos ellos hubieran descendido en suelo francés, inglés o incluso norteamericano, hoy en día, muy posiblemente, serían considerados poco menos que Dioses en los puestos en los cuales destacaron.

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