9 de junio de 2018 0 /

El relato nacionalista catalán y el tercer centenario de la masonería a la “luz” de la moción de censura del 1 de junio – Una hipótesis

 

En política nada ocurre por casualidad. Cada vez que surge un acontecimiento se puede estar seguro de que fue previsto para llevarlo a cabo de esa manera.

FRANKLIN DELANO ROOSEVELT, Masón de Grado 32 del Rito Escocés

 

Nos proponemos traer aquí una hipótesis diáfana (mas en absoluto peregrina) tras los sucesos del 1 de junio (1-J): la relativa a las conexiones explícitas e implícitas entre el tercer centenario de la fundación de la masonería y el golpe de Estado perpetrado en Cataluña el 1 de octubre (1-O), proclamando una presunta República catalana; conexiones que estimamos de todo punto manifiestas, como se verá en las próximas líneas.

De haberse consumado en toda su plenitud (dicho Golpe) el año del tercer centenario, bien se podría afirmar que el 2017 habría sido no sólo el año del centenario de la susodicha sociedad secreta, sino sobre todo el año de la destrucción de España, histórica y proverbial enemiga natural de la aquélla. ¡A Dios gracias tan tétricos pronósticos no se han cumplido íntegramente! Y todo ello pese a que los fautores de tan criminal propósito casi lo logran (dada la manifiesta complicidad del gobierno entonces en funciones -quebrado tras la sospechosa moción de censura del pasado 1 de junio- con los golpistas y sus impulsores globalistas: un gobierno [el del tal Rajoy] de todo punto responsable de la deriva secesionista alcanzada con el poder suficiente como para anestesiar y dirigir hasta cierto punto la mano certera del poder judicial, hoy [y salvo honrosas excepciones] virtualmente cuestionado en su teórica independencia de los otros poderes).

De no haber sacado los españoles en el último instante sus banderas a las calles, de no haberse producido providencialmente tan inesperada reacción por parte de un pueblo adormecido (que de tanto tragar ha tragado hasta con la cicuta de su aniquilación), de no haberse, decimos, manifestado en el alma popular española una llamada a la unidad inquebrantable de la Patria, ¿qué duda nos puede caber que la provocación secesionista de los fanáticos nacionalistas habría cuajado con mayor ímpetu? Ha sido el Pueblo Español, y no sus traidores gobernantes (en su mayoría masones-títeres y lacayos natos del sionismo globalista), ha sido el benemérito Pueblo Español, repito y reitero, el que (una vez más) ha dado la cara por el Reino de España, sacando su orgullo a los balcones y exclamando, a voz en grito, un viejo axioma por lo demás indestructible, tan indestructible como la enseñanza que porta, a saber, que ESPAÑA NO SE ROMPE.

La tibieza, el cinismo y la complicidad de Mariano Rajoy Brey en los sucesos, de puro infames casi surrealistas, son de sobra por todos conocidos. Su cobardía a la hora de afrontar una lectura textualista y coherente del artículo 155 de la desastrosa Constitución de 1978 (causa de nuestros presentes males), su perfecta negligencia y dejación de funciones, ponen de manifiesto lo ocurrido el 1-O y, en consecuencia, anticipan lo que estaba por estallar el 1-J: conclusión y remate final de un gobierno dirigido desde “arriba”. Como podrá intuir hasta el menos avezado de los lectores, todo esto era algo planificado y bien planificado (o, si se me permite decir, atado y bien atado).

Los españoles de las cuatro últimas décadas han asistido aturdidos a la demolición de su España, al rapto de su soberanía, sin apenas perfilarse oposición de relieve fuera del empuje vigorizador de los partidos tradicionalistas y reaccionarios, virtualmente invisibilizados por el Sistema. Anteponiendo la fallida Constitución de marras al mero principio y realidad de España Una, esto es alimentado el insostenible régimen de las autonomías que todo lo corrompe y debilita, el infundio histórico ha arraigado entre las masas incultas, generando un verdadero estado alterado de conciencia donde, unos más y otros menos, han llegado a creer a pies juntillas estas nuevas narrativas de las patrias imaginarias, en este caso los inenarrables “Països Catalans” (sic), que supondría la más perfeccionada imagen de la Cataluña de estos falsarios (anexionándose de paso a su “espacio vital” las Baleares, Valencia, parte de Aragón y hasta un buen pedazo de Francia; disparates mayores se han visto, la verdad).

Resulta por lo demás esclarecedor recordar cómo una de las protagonistas del mentado Golpe, la presidente del Parlamento catalán Carmen Forcadell, asistió poco antes del Golpe (12 de septiembre) a un peculiar encuentro (que mejor haríamos en llamar contubernio) festejando dicho tercer centenario de la francmasonería. La tal Forcadell, habituada a todo tipo de chácharas y engaños debidamente edulcorados, profirió una azucarada alocución sobre las gracias y virtudes de dicha secta, valorando con inequívoca complicidad su carácter de perfeccionamiento del hombre y demás milongas tan bien digeridas por la infecta progresía española. Se diría que una política profesional con tamañas carencias intelectuales se tiene a sí misma por una piedra perfectamente escuadrada, a la vieja manera masónica… ¿Quién sabe? Aquellas palabras apologéticas de la Forcadell sobre la masonería, bastante imprudentes por lo demás, eran indicativas de algo, de algo peligroso: las manifiestas vinculaciones del gobierno de la Generalidad con la masonería internacional, en un descarado efectismo mediático típico de los últimos tiempos: la visibilización discreta de la hasta hace no mucho tiempo secreta sociedad por antonomasia. A tenor de esta observación, podemos preguntarnos: ¿qué pinta una sociedad secreta (es decir, un ente que opera en la sombra, oculto y desconocido del mundo) influenciando y fagocitando con sus oscuras zarpas las estructuras de un gobierno autonómico visible y conocido?

La moción de censura del pasado 1 de junio terminaría por focalizar el objetivo, disipando los contornos hasta entonces algo borrosos de una imagen apocalíptica. La negativa del tal Rajoy a dimitir de su cargo para salvar al menos los muebles de su cadavérico partido político (un PP absolutamente irreconocible con respecto al de la era Aznar), ponía al descubierto la obvia dirección de su decisión: Mariano obedecía órdenes superiores: la hoja de ruta estaba escrita. Había algo más que mera soberbia y testarudez de calienta-escaños en aquella decisión insólita en la que el supuesto servidor de la Patria optaba por sacrificar antes Ésta que a sí mismo. Cuadrasen o no los números tras la referida moción, lo cierto era que el traidor Mariano, en su premeditada maniobra suicida, estaba terminando de rematar España al entregársela vilmente a la compota socialista-comunista-nacionalista-separatista: es decir, a la más sórdida turba enemiga natural y sempiterna de España, aunada en un tótum revolútum no visto desde el fatídico año de 1936.

No pretendemos subrayar en demasía el hecho evidente: tras este incidente fatídico, la unidad de España vuelve a estar en serio peligro, pero redoblado. Como si el enemigo no hubiera quedado satisfecho tras la fallida primera intentona, le llega cual anillo al dedo esta segunda oportunidad con la que rematar lo intentado en la primera.

Y una última observación a modo de apunte: Mariano Rajoy, que a ojos de sus votantes pasa por ser católico romano, realizó el año de 2008 un sonado viaje a México (no por casualidad la más masónica de las naciones del mundo), viaje del que regresó, por así decir, totalmente transformado: un Mariano nuevo. ¿Qué hizo la alta masonería con él? ¿Fue, como algunos han llegado a especular, programado por la jerarquía Illuminati como un MK-Ultra de alto nivel a su servicio? ¿Acató vilmente la doctrina globalista el mentado gallego vendiendo su alma por algo de poder temporal? En resumen: si Mariano Rajoy Brey es realmente un traidor a la Patria, su traición puede considerarse todo un éxito, coronado el pasado 1 de junio.

Conviene estar expectantes: el futuro de España está siendo planificado y decidido en los oscuros y escondidos despachos de la Élite global donde una fauna necrófaga de malvados dirigentes de ésta está poniendo en gravísimo peligro nuestra continuidad como nación histórica y espiritual; nuestros enemigos quieren destruir la Catolicidad: destruida España, qué duda cabe, la Catolicidad quedará profundamente herida.

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