1 de octubre de 2020 1

El porqué de un Rey (I)

Vemos en estos días, el ataque continuo al titular del trono español, Felipe, llamado el Sexto. Y esos ataques no son a su persona, ni a la legitimidad que debería ostentar, ni a otras cuestiones sobre la línea dinástica que se apoderó del trono con ciertas argucias que sirvieron para que muchos liberales se llenaran los bolsillos. No. Hoy el ataque es de mucho mayor calado. Es un asalto a la institución de la Monarquía. Y claro, el problema es la pobre defensa que hacen los liberales de una institución expropiada ya, de todo poder y que únicamente sirve de ornato para regocijo de éstos.

Así que, con la gallardía de los osados me lanzo a defender a la monarquía, pues nada infunde más valor que la contienda por Dios, por la Patria y el Rey.

Quizás el punto más polémico para el mundo moderno, sea el carácter hereditario que reviste la institución. Así, que empiezo por ahí.

Las grandes personalidades en los campos del saber, la política, la milicia, etc… de forma general suelen darse en familias dedicadas a los mismos campos de forma generacional. Julio Cesar provenía de una familia de patricios que habían participado en innumerables guerras, George Patton surge en una familia de militares, el álgebra que enamora a Einstein es su tío quien se la enseña, Lister, el gran médico, aprende a usar el microscopio con sus padres. Los mejores legisladores surgen en familias de abogados. Y así, una infinidad de ejemplos. Esto nos da una perspectiva que el mundo moderno ha olvidado: la virtud no sólo se infunde, se hereda. El ambiente en el que uno se cría le condiciona, le marca con un marchamo indeleble. Es un líquido amniótico que conforma la forma de pensar, la forma de actuar, la vocación de uno y su espiritualidad. Esto jamás fue discutido por nuestros mayores, pero hoy, nuestra generación, aquejada del síndrome adánico, necesita poner en solfa todo lo que antaño había surgido de las entrañas de la comunidad y entendido de forma natural.

La monarquía debe ser hereditaria, porqué no hay mejor rey que el hijo de un rey. No hay una universidad de reyes, más que una familia real. Eso no se aprende en un aula. 300 créditos universitarios no pueden conformar a un monarca. Eso se mama. Un rey tiene la perspectiva de toda una generación, piensa en los próximos 60 años de gobierno, no tiene prisa en disfrutar de su posición privilegiada como sí le ocurre a un presidente electo de república. El rey fusiona sus intereses con los de su nación pues es responsable de la misma. Y por eso no debe someterse su posición a una elección de los súbditos. El individuo no educado para ser soberano, el político electo, surge por la casualidad o por medrar en un partido, y siempre será sujeto de perspectiva sesgada, laminada y cuarteada. Jamás tendrá la visión de conjunto de toda la sociedad. El rey por el contrario, ve a cada súbdito como a un hijo al que debe proteger, no como un rédito en su campaña electoral. Un rey no mentirá a su pueblo por obtener un beneficio. Su posición no está en juego por lo que piensen sus vasallos. Debe proveerles de lo que es mejor para ellos, aún a pesar de sus pataletas y quejas. Es como un padre que da espinacas y pescado a sus hijos para cenar en lugar de gominolas y helado como éstos quisieran. Por ello, el sufragio jamás puede decidir quien reinará.

Podemos ver en los resultados de las diferentes elecciones, que los gobiernos se conforman según el humor del día en que van a votar los ciudadanos. Eso nos da una idea de los bandazos que puede dar una nación si es pérfidamente dirigida por la propaganda, medios, o acontecimientos recientes. Con este sistema es imposible construir nada que perdure y sea significativo. Por eso hay que invocar a pactos de estado que jamás llegan, o vemos que tal partido se desmarca y hace lo que el dirigente ensoberbecido decide arbitrariamente en un momento dado. Sin embargo, una monarquía da paz de espíritu a sus ciudadanos, pues el sucesor del monarca, el príncipe, está siendo preparado para afrontar los problemas que su padre lleva a sus espaldas, y ha sido educado para solucionarlos o cargarlos sobre las suyas en caso que sean irresolubles. Por eso, la gente ve en el rey a un hombre que morirá luchando por su pueblo, y a la dinastía que le sigue, como una línea de soberanos probos que abrazarán el destino de su pueblo y lo custodiarán. Consecuencia de ello es que las naciones que son monarquías, invocan al rey en las batallas más significativas y en las tareas más excelsas (cómo puede ser la administración de justicia, justamente, en nombre de las augustas majestades). Parafraseando a Agustín de Foxá, morir por la democracia es como morir por el sistema métrico decimal, pero morir por el rey, es morir con honor.

No hay mejor sistema de gobernanza, que uno que sea hereditario, por la virtudes que uno atesora de su antecesor. La pregunta estrella es ¿Qué ocurre cuando un rey no es apto para mandar? ¿O está invalidado para el trono por problemas biológicos? ¿Acaso los padres enseñamos ciencias a nuestros hijos, o matemáticas? Delegamos en maestros la enseñanza de campos en los que no somos duchos, pero es nuestra responsabilidad mostrar, fomentar e infundir la virtud a nuestros vástagos. Un rey no muy hábil, debe rodearse de nobles excelsos para no caer en vicios o degradar el ejercicio de sus deberes. Pero eso, ya lo discutimos en otro artículo.

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Un comentario en “El porqué de un Rey (I)

  1. Carlos Ibáñez Quintana.

    Un magnífico artículo. Por su contenido y su concisión. Merece ser difundido en hojas volanderas..

    Responder

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