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8 de octubre de 2021 0 / /

“El Núcleo de la Caridad”, denuncia la profanación silenciosa de las ínfimas partículas de la Eucaristía

(Una entrevista de Javier Navascués) –

César Augusto Castro Almeida (Las Palmas, España, 1983) es un cristiano católico, licenciado en Administración y Dirección de Empresas, casado en santo matrimonio, y autor de los libros “La Fragua de la Caridad” (2016) y “El Núcleo de la Caridad” (2021), los cuales se encuentran a la venta en Amazon, en versión tapa blanda y tapa dura, y en formato electrónico para los suscriptores a Amazon Unlimited.

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En esta entrevista nos habla de “El Núcleo de la Caridad”, un libro que denuncia el escándalo de la profanación silenciosa por gran parte del Pueblo de Dios de las ínfimas partículas de la Eucaristía.

¿Por qué un libro sobre los abusos que se dan hoy en día al tratar de la Sagrada Eucaristía?

Especialmente a partir de la desescalada, fue creciendo en mí la preocupación de ver cómo la mayoría de fieles que optaban por recibir la Santa Comunión en la mano (porque así lo desean, no porque esté prohibido recibir la Santa Comunión en la boca, ya que recibir la Santa Comunión en la boca es un derecho del fiel -amparado por ejemplo por el numeral 161 de la Instrucción General del Misal Romano y por el numeral 92 de la Instrucción Redemptionis Sacramentum-) tras llevarla a su boca, no se cercioraban de que en aquellos dedos con los cuales habían cogido la Santa Comunión de la palma de su mano, y en dicha palma de la mano, no quedaran pequeñas partículas de la misma (por ínfimas que fueran éstas). Adicionalmente, a partir de la desescalada, también creció en mi la preocupación de ver cómo gran parte de los ministros Ordenados no hacen un uso meticuloso del purificador de tela después de tocar la Sagrada Forma.

Actualmente podemos observar cómo gran parte del Pueblo de Dios muestran una celosa preocupación por higienizar sus manos con hidrogel, pero una casi nula preocupación en cuidar de que ninguna partícula de la Santa Comunión se pierda (por ínfimas que sean estas).

Todo lo mencionado anteriormente: el escándalo de la profanación silenciosa y sistemática de las partículas de la Sagrada Forma (un problema con décadas en su haber que se ha visto agravado a raíz del azote mundial que estamos sufriendo), ha sido la génesis del presente libro.

¿Por qué algunos sacerdotes no tienen muchas veces el debido respeto al tratar la Sagrada Forma, permitiendo que caigan al suelo partículas del Cuerpo de Nuestro Señor?

Los motivos pueden ser diversos. Es posible que un si un ministro Ordenado no le dispensa el respeto debido a las partículas de la Sagrada Forma (en las cuales, por pequeñas que sean éstas, está Nuestro Señor Jesucristo realmente presente en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad) dejándolas caer al suelo (por ejemplo cuando administran la Santa Comunión a los fieles sin hacer un uso adecuado de una bandeja de Comunión, o en su lugar, administran la Santa Comunión a los fieles sin acercar el copón a la boca o a la mano del fiel comulgante) o dejándolas depositadas en cualquier sitio (por tocar cualquier objeto: el cuerpo del cáliz, el Misal, el interruptor de la petaca del micro, el micro del altar, etc.) por no hacer un uso adecuado del purificador de tela con el que cuenta, sea porque aún no haya interiorizado que la transubstanciación obrada por el Espíritu Santo poco tiempo después de finalizar la epíclesis (durante la consagración), la obra en la totalidad de la forma de pan usada para confeccionar la Eucaristía, y por lo tanto hasta en las más ínfimas partículas.

¿Hasta qué punto es grave que suceda esto?

Si a Dios mismo en su presencia eucarística, no le dispensamos el cuidado que se merece en sus más pequeñas partículas, en cada una de las cuales se encuentra realmente presente y al completo, estaremos descuidando lo fundamental de nuestra fe católica. Si no cuidamos nuestro manejo eucarístico, si no cuidamos el trato que le dispensamos a la persona de Nuestro Señor Jesucristo en su presencia eucarística, estaremos maltratando a Aquel que deseamos anunciar con nuestras palabras y con nuestras obras.

La Eucaristía es lo más grande que tenemos, es el Gran Milagro, el Gran Misterio de nuestra Fe, y si no la respetamos, ¿de qué nos servirá todo lo demás?, ¿cómo podremos evangelizar el mundo, si estamos maltratando a Aquel que queremos anunciar, es decir, a Jesús, el Señor?

Además más ahora con la pandemia han aumentado estos abusos.

Como comentaba anteriormente, muchos miembros de la Iglesia viven más preocupados de higienizar sus manos que de dispensarle un cuidado exquisito a las ínfimas partículas de la Sagrada Forma: ¿cuántas veces hemos visto en las celebraciones de la Eucaristía que los ministros ordenados después de tocar la Eucaristía usan el hidrogel sin hacer un uso previo del purificador de tela?, ¿cuántas veces hemos visto que aquellos que reciben la Santa Comunión en la mano usan el hidrogel si esmerarse previamente de que no queden partículas de la Santa Comunión en sus dedos o en la palma de la mano? Nuestro Señor Jesucristo restregado por las manos: una imagen terrible.

Aprovecho para decir que aquellas personas que opten por recibir la Santa Comunión en la mano (algo que no recomiendo), para cerciorarse de que no queden ínfimas partículas de la Santa Comunión en los dedos, y en la palma de la mano, pueden optar por pasar la lengua (una o varias veces) con delicadeza por la zona de la palma de la mano en la cual haya estado depositada la Forma, y por chupar los dedos con los cuales cogieron la Sagrada Forma, tras lo cual deberían de asegurarse de que no se observe partícula alguna ni en la palma de la mano ni en los dedos.

¿Cómo se podría evitar que suceda?

Para cortar el problema de raíz, en primer lugar desde la Santa Sede se deberían de anular los indultos que se concedieron a las Conferencias Episcopales para que se pudiera depositar la Sagrada Forma en las manos de los fieles. Aquí cabe recordar, que desde la Santa Sede no se impulsaron los indultos (como algunos erróneamente pueden pensar), y que la aplicación de dichos indultos no era obligatoria (no era automática) por parte de los obispos que formaban parte de cada Conferencia Episcopal solicitante, sino que éstos siempre (según su prudencia y conciencia) tenían la potestad de sumarse o no al mencionado indulto.

Adicionalmente, después de lo anterior, o mientras llega la deseada anulación, habría que formar intensivamente a todo el Pueblo de Dios en el cuidado que merecen las ínfimas partículas de la Eucaristía.

¿Podría poner ejemplos de cómo los santos, los doctores, nos han enseñado a tratar la Eucaristía?

Recientemente hemos celebrado la Memoria de San Pío de Pietrelcina: un enamorado de la Eucaristía. Existe una fotografía en la cual se puede ver al Padre Pío recibiendo la Santa Comunión de rodillas y en la boca, una instantánea en la cual se puede observar también cómo el ministro Ordenado es auxiliado por un acólito que porta una bandeja de Comunión.

¡Cuánto tenemos que aprender de Padre Pío en la Iglesia!, ¡cuánto tenemos que aprender de su forma de comulgar y de su forma de celebrar la Santa Misa!

¿Cómo nace en usted su delicadeza y sensibilidad hacia Jesús Eucaristía?

Ha sido un enamoramiento paulatino.

¿Por qué considera usted tan importante la Misa diaria y la Adoración?

En la Misa diaria los fieles se pueden alimentar de la Palabra de Dios (palabra viva y eficaz, que en tantas ocasiones los Modernistas, que ya denunciaba el Papa San Pío X a principios del siglo XX, tergiversan), y además aquellos fieles que se encuentren bien dispuestos (es decir, aquellos que se encuentren en Gracia de Dios -una situación que en el caso de haberse perdido por el pecado mortal se recupera con una buena confesión sacramental- y que hayan efectuado el oportuno ayuno eucarístico) se pueden alimentar de la Eucaristía, en donde se encuentra Nuestro Señor Jesucristo realmente presente, resucitado, y que nos permite recibirle, no porque tengamos derecho a recibirle, porque recibir la Santa Comunión es un don de Dios al que nadie tiene derecho, sino que es un don que Nuestro Señor Jesucristo instituyó el Jueves Santo en la Última Cena para el bien de nuestras almas, para ayudarnos en nuestro peregrinar hasta la Patria Celestial, hasta el Cielo que Dios ha prometido a aquellos que le aman, por lo tanto, hasta la santidad.

Con respecto a la Adoración Eucarística, es muy importante participar semanalmente de un ratito de Adoración Eucarística, aunque sea corto, ya que en cada Adoración Eucarística tenemos la oportunidad de ponernos a la sombra del Dios altísimo y de pregustar el Cielo en la Tierra. De la misma forma que en el Cielo los ángeles y las almas de los bienaventurados contemplan a Dios cara a cara, también en una Adoración Eucarística los fieles cristianos contemplan a Dios cara a cara, aunque en este caso, éste se encuentra velado.

Usted aboga por sacar tiempo de otras cosas para no perderse nunca la Santa Misa…

Un cristiano que, teniendo la posibilidad, no acuda diariamente a la Santa Misa es un cristiano que aún no ha descubierto la importancia de la Eucaristía, es un cristiano que aún no se ha enamorado de la Eucaristía. Dentro de sus posibilidades el cristiano debe de procurar acudir diariamente a la Eucaristía, y estar bien dispuesto para poder comulgar para así no solo alimentarse de la mesa de la Palabra, sino también de la mesa de la Eucaristía. Hay que tener por seguro que si en el bautizado hay un sincero deseo de acudir diariamente a la Santa Misa, y se abandona en las manos de Dios, Él le ayudará a que la Santa Misa encaje amablemente (con docilidad) en sus quehaceres y obligaciones cotidianas. Tal vez dicho cristiano tendrá que renunciar a ciertos pasatiempos o actividades, pero sin lugar a dudas, si el cristiano desea acudir diariamente a la Santa Misa podrá hacerlo compatibilizándolo con aquellas actividades esenciales de su vida ordinaria, con aquellas actividades esenciales de su vocación.

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