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2 de septiembre de 2020 2

11 de septiembre: El nacionalismo es liberalismo y antitradicional (I)

Por Iván Blanco

“En agosto de 1714, la ciudad de Barcelona imploraba el perdón divino por haber confiado en las promesas y en las alianzas de los herejes ingleses y holandeses, y prometía el rezo público del rosario y la enmienda de las costumbres, concretamente en el vestido de las mujeres, al suplicar la ayuda divina que librase a Barcelona (…) del inminente peligro de caer bajo la esclavitud francesa” (F. Canals Vidal). Este extracto de la obra “Catalanismo y Tradición catalana” nos da una somera muestra de cómo eran aquellos catalanes de principios de s. XVIII ¿Se imaginan un procés en el que los Molt Honorables Presidents de la Generalitat restaurada, rezaran públicamente por llegar a buen puerto y prometieran fomentar la virtud en las formas, la enmienda de las costumbres y restaurar la moral pública con tal de obtener la quimérica independencia?

¿Se imaginan unos políticos hablando de recuperar la tradición catalana de las buenas maneras y del tomismo filósofico como sustrato educacional de la nueva república? … Yo tampoco. Entonces, obviando que Rafael de Casanovas era un monárquico que exaltaba a los barceloneses a defender la ciudad “a fi de derramar sa sanch, sa vida, per son rey, per son honor, per la patria y per la llibertat de tota Espanya” (Biblioteca de Catalunya, Manuscrito num. 421), ¿Por qué nos insisten en vincular a los nacionalistas con aquellos héroes catoliquísimos que defendían la tradición austracista del trono español, o mejor dicho, de la Monarquía Católica?

Pues bien, es innegable que el alma catalana lleva inscrita en ella aquella resistencia numantina como algo de lo que sentirse orgulloso. Y no es para menos. No eran sólo dinastías las que se enfrentaban. Eran dos concepciones de la realidad. Una era la tradicional hispánica, escolástica, y la otra olía demasiado a centralismo, a absolutismo francés, a galicanismo. Demasiado cerca en el tiempo estaba el conflicto con Francia de 1640 que costó los territorios del Norte, el Rosellón, el Vallespir y el Conflent. Pues sabiendo que los catalanes no podemos olvidar aquel sacrificio de nuestros antepasados, el separatismo ha instrumentalizado ese conflicto en beneficio propio, adulterando su sentido y significado. El propio padre del moderno nacionalismo, Rovira y Virgili, tilda en su obra “Història dels moviments nacionalistes” a los carlistas de la montaña catalana cómo los herederos de 1640 y de 1714, y no a los catalanistas embrionarios que surgían en esos años.

Y la pregunta que nos hacemos a propósito del título es ¿Son los carlistas los depositarios de la tradición? La respuesta podría hacerse con otra pregunta ¿Acaso han oído a un nacionalista invocar la Tradición catalana?

¿Y en que se diferencian los carlistas con los nacionalistas de hoy? Pues en todo, mal les sepa a los liberales que pretenden unir ambas cosmovisiones. Los carlistas vindican la tradición hispánica y enarbolan la enseña nacional con el Sagrado Corazón como emblema identificativo. ¿Se imaginan las cabriolas dialécticas que hay que hacer para vincular un movimiento separatista con la esencia de las Españas? Pues los liberales lo hacen sin despeinarse.

Los nacionalistas ocultan en los libros de historia que hubieron 7 guerras en Cataluña contra el liberalismo surgido en la Revolución Francesa y adoptado por la dinastía isabelina: “La Guerra Gran o del Rosellón” 1793-95, la Guerra de la Independencia 1808-1814, con las batallas del Bruc como la gran expresión contrarrevolucionaria en Cataluña, la Regencia de Urgel entre 1820-1823 contra la Constitución liberal de Cádiz, la Guerra del Malcontents en la que se pedía la resturación de la Inquisición, y las tres Guerras Carlistas, siendo la segunda de carácter únicamente catalán. Todas ellas con un gran componente religioso, y ocultadas o trastocadas en su contenido, por ambos lados del espectro político y territorial.

¿Y por qué debería un nacionalista ocultar que el pueblo catalán se enfrentó al liberalismo y que fue el más acendrado defensor de la tradición? Pues porque el nacionalismo es un epifenómeno del liberalismo, por eso mismo.

A estas alturas, hay que definir ya el liberalismo para seguir con el análisis.

Lo primero que hay que decir es que el Liberalismo es pecado. Lo es por su esencia, y así lo determinan numerosas encíclicas papales, además de la eximia obra de Sardà i Salvany.

Lo siguiente que podemos decir sobre el liberalismo es que entroniza la libertad del hombre por encima de todas las cosas. No una libertad con responsabilidad y objeto, sino una libertad sin quicio, sin marco que la defina en sus márgenes más que por el obstáculo físico surgido en el instante de su ejercicio. Hoy, por eso, y por la deriva posmoderna de la sociedad, ya se promueve que ni ese óbice sea tal.

La libertad promulgada por esta doctrina, enseñorea al individuo por encima del orden natural. Orden, que la Tradición otorga a Dios y a su autoridad creadora. El liberalismo encumbra la tan cacareada soberanía nacional como la potestad de legislar y gobernar con absoluta independencia de todo criterio que sea ajeno a su propia voluntad común, expresada ésta, en el sistema bicameral que tenemos hoy en España. Hablando en román paladino, esto significa que si 350 personas en el Congreso y otras 265 del Senado se ponen de acuerdo en aprobar la ablación genital femenina obligatoria a las niñas de 14 años, no existe ninguna institución, ni ningún mecanismo que pueda frenarlo. Si esas 615 personas, una proporción despreciable de los 47 millones de españoles que somos, deciden aprobar esa política satánica, no hay impedimento ninguno para que lo hagan. De hecho se ha efectuado con la ley del aborto y España lleva a cabo un genocidio silencioso gracias a la ideología del liberalismo y su cristalización en la forma de gobierno y sus instituciones.

Y es precisamente esa soberanía nacional, política, la que reclama el nacionalismo regional para su nación, tradicionalmente entendida como cultural, y ahora invocada por ellos como política. Ya no se aboga por la tradición de nuestros padres, o patriotismo, sino por un Estado como la razón última de la voluntad común, ente superior, postrimero e inapelable basado en esa soberanía colectiva que desea instaurar el nacionalismo en su cortijo.

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2 comentarios en “11 de septiembre: El nacionalismo es liberalismo y antitradicional (I)

  1. A. Gálvez

    Gran artículo y de total actualidad.

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  2. El pladur no es Negro

    Quizás si en este país tuviéramos unos gobernantes/políticos/delincuentes (en algunos casos), el sistema funcionaría mejor.

    Pero no. No interesa que personas como el Sr. Blanco hagan llegar su mensaje y conocimientos a un importante número de españoles y a su vez españoles nacidos en Cataluña.

    Por qué? Quizás eso es lo que deberíamos preguntarnos y ver si estos personajes apodados “nacionalistas” sabrían dar una respuesta con un mínimo de sentido común.

    No es cuestión de ganar o perder. Es cuestión de que el tiempo acabará con cada mortal en el “lugar” que corresponda (entiéndase lugar como libre pensamiento de cada persona que haya leído estás palabras).

    Responder

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