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12 de julio de 2018 0 / / / /

El nacionalismo es liberal, no carlista o tradicional

 

Que el tradicionalismo o Carlismo sea el origen del nacionalismo y separatismo en España, es un cuento, incluso ya un mito, creado a fuerza de repetición por los liberales que quieren ocultar -muertos de vergüenza- que ellos fueron los provocadores de dicho separatismo. 

El liberalismo originó el nacionalismo separatista en España por muchos motivos aunados y relacionados entre sí. Tales son -y este es de hecho el más importante en una España originada por la vivencia de la Fe católica- el avance del descreimiento religioso o pérdida de las vivencias católicas, lo que conllevó la creación de nuevos ídolos subjetivos,  aparentemente inmateriales para así no caer en la grosería de un Baal. 

Otros motivos son el haber quebrado la Tradición, pues se enfrentó al individuo con la familia y  se anuló la verticalidad de la sucesión familiar en beneficio de la generación en una misma camada. El derecho  predominó sobre el deber que incluso se excluye. 

El naturalismo supuso la reducción de las comunidades a la naturaleza social originaria (fuerzas de la naturaleza -para algunos telúricas- más allá del pactum societatis o unionis de los escolásticos) con exclusión de la religión, de los vaivenes de la historia, de la realidad del momento ya social ya política (pactum subjectionis), y supuso también la deificación de ciertos aspectos de la naturaleza como la raza (el racismo nazi o la inmigración ya lo hacen imposible) o la lengua (el batúa, que el saber más que el hablar no ocupa lugar). 

Súmase a ello la supuesta libertad absoluta del individuo o bien -dada su imposibilidad- del grupo -también imposible-, donde aquel se cobija y sustituye, transformando el “yo” individual y desvalido por el “Yo” colectivo y socialista, el hombre real por el super hombre. El culto al “yo” del liberalismo se enfrenta con el anonimato bendecido por Dios de los hijos de la tradición, que son los que verdaderamente reafirman su ser personal. 

La creación de un contrapunto en el pasado (todo él o bien algún suceso destacado, en Navarra 1512) sería la sabia que enciende la supervivencia de la nación y su cohesión. 

El voluntarismo supone la desaparición de la transmisión familiar, las instituciones naturales de la sociedad y el Derecho, y da sentido a la nueva utopía. La mera voluntad daría origen a la realidad histórica y a la vida ordinaria… 

Ahí están el uniformismo, la masificación y gregarismo sociales, el desconcierto y soledad en el seno de los pueblos provocada por la destrucción de sus raíces y los cuerpos intermedios sociales de la vida real, la llamada soberanía nacional y las exageraciones y hasta ridiculeces  en la expresión simbólica (desde las brujas de Zugarramurdi hasta ikurriñas de veine metros) e institucional.

El nacionalismo periférico es separatista, es centralista y uniformista, es impositivo de la  peculiaridad o diferencia que predican, es estatista y es fascista (Ibáñez). En nacionalismo separatista, como todo verdadero nacionalismo, es un sueño, un sentimentalismo, una utopía que ha provocado y provoca mucho dolor e incluso -en el llamado Euzcadi- el terrorismo. Vizcaya, Guipúzcoa y Alava como tales son muy secundarias en su mente aunque  no pueden renunciar a ellas porque no se mantiene mucho tiempo el ir contra la realidad de las cosas. 

Nada tiene que ver los confictos defensivos de los pueblos que se vieron abocados a la supervivencia -La Vandée, la resistencia del Tirol, de los pueblos de Italia, el Carlismo en España…- con los conflictos ofensivos de las guerras provocadas por el nacionalismo en Francia, Italia, Alemania. En España el Liberalismo tardó mucho en cuajar debido a la resistencia de los españoles -tradicionalistas y de un temperamento singular-, por lo que el nacionalismo español (soberanía nacional) fué mínimo. Además del terrorismo útil para que otros agiten el nogal y que caigan las nueces, se han citado las siguientes palabras de Xavier Arzallus que decían: “Llevaremos la guerra política a Navarra hasta doblegar su voluntad”. 

El Liberalismo -y no los tradicionales- es un verdadero romanticismo. Hablar de “Carlistas, un romanticismo perdurable” de Caspistegui (2010 y nada menos que en una revista de la Universidad de Navarra), es pero que muy simple. Otra cosa es que el amor no sea una categoría de razón o bien que existan gestos de reafirmación y de actuación llevados al límite con ocasión del último esfuerzo. Desde luego, dicho esfuerzo de calidad chocaría con el esfuerzo de cantidad de los liberales: cantidad de dinero, de apoyos internacionales, de leva de quintas, de normativas creadas para ser incumplidas… 

Los nacionalistas “vascos” (malos vascos) y “catalanes” (malos catalanes) son liberales y sus gobiernos están tan o más podridos que la podredumbre de las leyes y Gobiernos centrales. Coinciden en todas las leyes antinaturales y anticristianas y son más impositivos en el centralismo. Pudiera ser que mientras el tal Rajoy o el presidente Sánchez actúan a modo de  los girondinos para España (son revolucionarios y autonomistas), los nacionalismos periféricos son jacobinos dentro de su territorio (revolucionarios, sumamente impositivos y centralistas). 

El liberalismo ha generado en España el nacionalismo periférico, esto es, el separatismo, así como el mismo socialismo al estilo voluntad general de Rousseau. Que el marxismo apueste por el separatismo es lógico fruto de la lucha de clases. Ya que el marxismo o comunismo se han quedado sin “proletarios”, ahora ha proletarizado las naciones, así que tomen nota los del PNV o Geroa-Bai. 

Allá todos ellos y peor para todos lo demás. 

José Fermín Garralda

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