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28 de diciembre de 2023 0

El mito de la derecha

La Revolución francesa como símbolo y figura de lo que había de venir, contiene en sí de manera virtual todos los elementos que han configurado la esencia y el destino del Estado revolucionario junto con el de toda una civilización. No deja de ser curioso que los analistas no consigan ponerse de acuerdo en relación con el momento en que la revolución puede darse por terminada. Es curioso porque refleja la misteriosa indeterminación en que cae el proceso revolucionario más allá de la aparente liquidación del jacobinismo en el poder. Esta indeterminación merece ser considerada, porque la Revolución (ya no específicamente francesa), de hecho, no terminó nunca; seguimos en ella.

Tras la caída del gobierno jacobino y la ejecución de sus líderes, empieza un periodo histórico de una complejidad asombrosa. El golpe de Termidor pone fin sin duda al primer ensayo ultraizquierdista en sentido plenamente moderno de la historia de Europa, pero, en cambio, es equívoco considerarlo un golpe reaccionario. Un golpe tal, en sentido estricto, habría de consistir en un retorno a la monarquía supuestamente plenipotenciaria de 1789; sin embargo, no sólo no fue así, sino que se consolidó, y digamos que para siempre, precisamente el ideal político de la revolución. El régimen del Directorio, con lo que tuvo de debilidad institucional e incluso de aparentemente regresivo, tuvo la función de implementar una nueva sociopolítica en la que las crisis de radicalismo serán el instrumento periódicamente usado para avanzar en la única dirección posible. Las crisis de radicalismo necesitan, por su propia inconsistencia, momentos de detención que fijen su avance y creen instituciones, es decir, momentos conservadores; los pasos atrás para dar uno hacia delante. Cuando la izquierda ha olvidado esta dialéctica, las catástrofes han sido descomunales, como lo fueron por ejemplo la millonada de muertos por hambruna en el Gran Salto Adelante de Mao, salto para el que ni siquiera se tomaron la molestia de coger carrerilla. Estos pasos atrás son lo que en el Estado revolucionario democrático se conoce como la derecha, el cual es tan imprescindible como el discurso y la acción socialista radical. Sin la derecha, la revolución, como ya sucedió en tiempos de Robespierre, se congela. Termidor es imprescindible, y el disparo de salida “enriqueceos”, dado a la gran burguesía francesa del XIX en el reinado de Luís Felipe, fue el verdadero motor del Imperio liberal cuyos caminos Napoleón había allanado por toda Europa.

Es casi imposible desarraigar del imaginario popular el prejuicio de que el capital es el enemigo público número uno del proletariado, cuando, de hecho, el capital es una entidad de naturaleza tan revolucionaria como pueda serlo la toma de conciencia proletaria. Es por sobrecarga de la propaganda, así como de ciertas componendas que se realizaron con la sensibilidad religiosa en un determinado momento, que ha quedado la idea fija de que la santa pobreza es el distintivo inequívoco de la inocencia de la víctima explotada, del mismo modo que la opulencia lo es de la culpa del verdugo explotador. Este esquema, tan simplista como operativo y útil en su momento, ha tenido que ser variado, tras la segunda guerra mundial y el advenimiento del reino milenario socialdemócrata, para poder reconciliar a las masas con la historia. El cumplimiento de la profecía de Raymond Aron, que el final de la guerra fría habría de consistir en una fusión de bloques más que en la victoria de un modelo sobre otro, eso es, la compatibilización de la economía de mercado libre con la educación socialista, ha obligado a deshacernos del esquema de la lucha de clases junto con todo lo que el marxismo había aportado a la mitología historicista y, concretamente, economicista. El dualismo rico-pobre está quedando obsoleto, por lo menos en el orden interno de la sociedad cada vez menos opulenta, y periclitándose a un orden planetario extremadamente difuso de países ricos/países pobres, ha permitido a las élites izquierdistas descargarse de la pesada tarea de gestionar la economía; eso es trabajo de los tecnócratas conservadores. Nacionalizar la banca o la extracción de materias primas está bien para los comunismos del tercer mundo, pero en las democracias liberales, donde el sistema financiero ya está en plena complicidad con el Estado revolucionario eso es completamente innecesario. Termidor es tan necesario en su momento como la ley del maximum en el suyo, pero a la vez es esencial que las víctimas del sistema financiero (es decir, la inmensa mayoría de la población), que sin saberlo está trabajando para los bancos, tengan la ilusión de hallarse en medio de una tensión entre dos fuerzas que se disputan su irrelevante voto: un ejecutivo político ocasionalmente izquierdista-redentorista y un sistema financiero permanentemente en manos de los intereses de una llamada derecha, que le tiene a uno pagando la hipoteca el resto de su vida.

Derecha e izquierda no son representaciones de una clase social, sino constructos que se expresan como movimientos de una sola y posible gestión, no de intereses de clase. Reducir las prestaciones sociales o “flexibilizar” el mercado laboral es algo que puede hacer un ejecutivo de izquierdas en un momento de “viraje a la derecha” sin deslegitimarse demasiado. Es una cuestión de lenguaje y de representación simbólica; pero en las profundidades de la estructura sólo hay una realidad: que el capital y su dinámica es la oculta raíz común del izquierdismo del izquierdista y del derechismo del derechista. La única condición para que la cosa se aguante es que ambos no lo sepan, o que al menos no tengan una idea demasiado clara de hasta qué punto son una mera función del sistema, más que artífices autónomos del destino político del Estado. Es importante que se crean ya sea defender la libertad de empresa y la libre acumulación de capital, ya las políticas socialistas “de reparto” y depredación fiscal.

La estructura profunda del capital y su dinámica necesita un horizonte expansivo sin restricciones, pero esa expansión no es un proceso sin tropiezos. Necesita una vanguardia cultural con plenos poderes ejecutivos, hegemónicos, que disuelvan aquellas resistencias contra las que esa expansión va escollando periódicamente. Estas resistencias, con toda su multitud de formas aparentemente distintas se resuelven en realidad en una sola: la naturaleza. Como la paloma de Kant, que se quejaba de la resistencia que ofrece el aire para volar más deprisa, sin considerar que precisamente el aire es la condición de posibilidad misma para volar, el capital, que sólo puede crecer gracias a la naturaleza como única fuente de riqueza, halla en la misma naturaleza la imposición de una velocidad que ha de parecerle retardante. La forma de producción industrial es sólo posible en la medida en que el ritmo laboral, la producción y el producto mismo se artificializan fuera de la relación orgánica del campesino del Antiguo régimen con la naturaleza. El campo y el ganado dan para lo que dan, por lo menos hasta mediados del siglo XX, y los tomates hay que plantarlos con el calor so pena que dejen de saber a tomates. Pero la producción industrial no tiene más límite de productividad que el nivel tecnológico que un determinado momento le permite; nivel que además tiende a desarrollarse de una forma también indefinida, retroalimentando así el sistema. La limitación impuesta por la naturaleza al sistema de producción del Antiguo régimen fue superada con una crisis de crecimiento que conocemos como revolución industrial. Para que esto funcionara hizo falta un nuevo tipo de trabajador para un nuevo tipo de mercado y un nuevo tipo de proceso productivo. había pues que “liberar” a los siervos de la gleba anunciándoles la igualdad política de todos los hombres para que pudiesen concurrir, libremente, al mercado de trabajo donde decidir, libremente, en que sector industrial preferían que alguien decidiese, también libremente, qué miseria pagarles por jornadas laborales que ya no dependían de la salida y puesta del sol.

Tecnología, industrialización y democracia se levantaron en el siglo XIX como los pilares de un novus ordo saeculorum en que el antagonismo entre Antiguo régimen y Revolución dejó paso a la escisión, en el seno del nuevo Estado, entre quienes, detentando la propiedad de los medios de producción, acumulaban capital, y quienes no detentando nada habrían tarde o temprano (según la teoría) de ser lo suficientemente numerosos y culturalmente preparados para arrebatarles esos medios a los primeros, si fuere necesario por la fuerza. Mientras tanto, los líderes proletarios acusan a los capitalistas de falsos demócratas (y tienen razón), mientras los capitalistas acusan a los líderes proletarios de instrumentalizar la democracia (y también la tienen), porque si los primeros saben manejar la democracia para que no consuma su propia lógica y seguir acumulando capital, los segundos intentan consumarla, allí donde se les deja, en un sistema carcelario terrorista en la medida en que dicen construirla contra el Estado burgués. La democracia, como idea, se mire desde la derecha o se mire desde la izquierda es una idea regulativa, nunca constitutiva; eso es: sólo funciona en la medida en que no se cumple. La democracia es una idea regulativa que indica la dirección, como horizonte utópico, en la gestión de lo social, pero esa gestión nunca puede ser plenamente democrática so pena de autocancelarse. Da lo mismo si se opta por el liberalismo salvaje como por el teórico asamblearismo soviético; el final es siempre el mismo: la crisis y la hambruna; pero es el Imperio liberal el que presenta mayores habilidades trans. Desde la primavera de los pueblos de 1848 hasta el invierno de nuestro descontento en 1945, la utopía se ha hizo esperar a golpe de hecatombes, pero el capitalismo de gestión privada supo salir del crac del 29 y evitar a la vez el bolchevismo con una tercera vía consistente en el Estado corporativo de Mussolini (la versión americana fue el New Deal de Roosevelt) que sólo en apariencia se liquidó en 1945.

La idea se preservó y durante un tiempo el invento de Mussolini, con un buen repaso de cirugía estética y cambio el nombre por el de “socialdemocracia”, ha parecido funcionar hasta llegar a donde hemos llegado: a la espera del comunismo final. Porque el comunismo es el destino natural de capitalismo; comunismo del que los experimentos del siglo XX han sido toscos ensayos. Comunismo de manos de iluminados millonarios, verdaderos reyes filósofos de extrema izquierda-derecha que, gracias a la moderna tecnología, podrán hacer realidad, ahora sí, la peor pesadilla política de todos los tiempos: la República de Platón, el comunismo definitivo.

El capital necesita la izquierda para derribar los muros de contención que le impone la naturaleza, a la vez que necesita la derecha para que el derribo no nos lleve a los arrozales de Kampuchea. La derecha revolucionaria tiene como misión generar la falsa idea de que la revolución es algo que se puede modular. Ilusión que constituye la esencia del liberalismo en todos los órdenes además del estrictamente político y el económico, hallándose también en el cultural o incluso el religioso o en el moral. Puesto que el Bien Absoluto no va a llegar nunca, el bon sens burgués opta por arbitrar una negociación con el mal relativo a fin de tenerlo a raya dentro de lo soportable. El aborto es un mal, pero si lo regulamos por ley podremos sacarlo de la insalubre clandestinidad y mantenerlo bajo mínimos. La droga es un mal, pero si regulamos su tráfico por ley y cedemos a las drogas blandas (?), el consumo tenderá a la residualidad. El terrorismo es un mal, pero si institucionalizamos la negociación con los terroristas, en lugar de excluirlos del Estado y de sus fuentes de financiación, y conseguimos “integrar la disidencia” dándoles cuota política y sueldo público, conseguiremos que dejen de matar y extorsionar. Etc. La derecha nunca revocará nada. Ya decía Chesterton que los radicales hacen las reformas y los conservadores las conservan. Para eso cobran. Y cada vez que la izquierda nos lleva a la crisis, llega la derechona con la fregona a limpiar el piso para la siguiente orgía de déficit público.

Y ahí estamos. La derecha revolucionaria lleva ya más de doscientos años cumpliendo con la triste misión de reconciliar a las masas con el desastre revolucionario; es el mejor invento de la izquierda. Su saludable equidistancia (el simpático “centrismo”) ante los maximalismos, su aurea mediocritas entre el inmovilismo y la revolución permanente, su moderación lúcida, su mesotés contra todo exceso, su pánico a la hybris, su tolerancia contra todo fanatismo, su compulsión por el mal menor (pues el Bien Mayor es un reaccionario mito teológico-inquisitorial), todos sus “sus” no son otra cosa que la expresión de “su” pura y absoluta nada. La derecha revolucionaria es si cabe más nihilista que la izquierda desatada. No es nada. Es la nada misma. Es la inconsistencia del mero límite entre la revolución y el caos puro. Es el cálculo con el que el parásito optimiza su depredación a la vez que evita la muerte del huésped. La derecha es no sólo el freno, sino también el embrague de la izquierda, a pesar de que pretender que la revolución se module es tan absurdo como un rio construyendo su propia presa. Por ello, su aparente modulación no consigue nunca instalar ese reino de la medianía, sino asegurar el destino, radicalmente nihilista y liquidatorio, de la Revolución: la disolución de lo social en la cheka definitiva que, en términos teológicos, no tiene otro nombre que reinado del anticristo. Pero esto es ya una consideración de otro nivel.

 

 

 

 

 

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