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16 de julio de 2021 0 /

“El liberalismo es pecado”. Prólogo para un clásico contra-revolucionario

(Por P. Javier Olivera Ravasi, SE) –

Prólogo a la nueva edición de El liberalismo es pecado, de Sardá y Salvany, Buenos Aires  2021, Cruz y Fierro, pp. 176. Publicado en en canal de Que No Te La Cuenten.

Hay entre las ideas modernas ciertos postulados que tanto se han impregnado en nuestros puntos de vista, en nuestras costumbres y en nuestros pensamientos que, por momentos, resultan muy difíciles de descubrir. Uno de ellos es la ideología liberal de la cual nadie está exento; y, menos que menos, algunos jóvenes que intentan oponerse a esta dictadura global que por estos días se yergue ante nuestras narices.

“Liberales”, “anarco-liberales”, “liberales-libertarios” y varios motes más pululan hoy cuales tribus urbanas de los ’80. Y todas, lo creemos sinceramente, con la mejor de las intenciones.

Hay otro punto, a su vez, que también genera confusión y es que, cuando se habla en muchos ambientes de “liberalismo”, por ser una corriente que tiene su origen en el iluminismo y materialismo francés, es imposible que algunos lo entiendan más allá de lo meramente económico… Es decir: “liberal” es sinónimo para algunos de “economía de mercado” o a “capitalismo” y esto porque algunos son incapaces de trascender la materia. El problema es más complejo y más profundo. El liberalismo es una ideología que, como todas, atrae por lo bueno que tiene y no por lo malo (pues el mal, per se, no atrae).

La obra de Sardá y Salvany que ahora prologamos, en este sentido, es de una importancia crucial.

Pero antes que nada, definamos, porque el término “liberal” arrastra consigo, y de entrada, una equivocidad y confusión semántica pocas veces advertida: “liberal” puede llamársele tanto a una mujer suelta de prendas como al hombre generoso y dadivoso; liberal es tanto una doctrina económica como un católico que vive su Fe “como él la siente”.

Y, en este sentido, “liberal” puede ser alguien, de derecha o de izquierdas, si entendemos por esto, que ambos, propugnan que el punto de partida sin igual es, sea la materia libre, la libertad, el hombre o una simple idea; y todo bajo la razón del “principio de inmanencia”.

Porque digámoslo de una vez: cuando no se comienza desde Dios, se parte desde el hombre y de sus propias ideas o sensaciones, de allí que, como decía San Agustín, “caído de Dios, caído de ti mismo”. Así, el liberalismo y el comunismo, aunque parezcan posturas antagónicas, son dos caras de la misma moneda que podrían englobarse en lo que hoy se da a llamar, genéricamente, “progresismo”.

Si el hombre afirma más su individualidad, su libertad independientemente del orden natural o de las leyes divinas, entonces tendremos a un liberal; pero si enfatiza más la materia, el estado, el control de la religión, etc., tendremos a un comunista. Pero ambos estarán, por diversos caminos, de acuerdo en esto: el YO como punto de partida de todo.

En este sentido, el liberalismo proclama la autosuficiencia del hombre respecto de la recta razón y de la revelación y todo –como siempre- tomando palabras vueltas locas como, en este caso, la libertad, ese “don excelente de la Naturaleza, propio y exclusivo de los seres racionales que confiere al hombre la dignidad de estar en manos de su albedrío y de ser dueño de sus acciones” (León XIII, Libertas). Porque esto es lo principal de la libertad, el ser dueño de nuestros actos a partir de la inteligencia conforme a la verdad.

Porque sólo el hombre es capaz de seguir o no sus propios instintos, sus propias inclinaciones -o no- a partir de lo que capta como bien y teniendo como motor su voluntad que, cuando elige moverse o no moverse, se denomina libertad, es decir, la voluntad en movimiento y guiada por la razón

Pero, ¿acaso la inteligencia siempre obra bien?¿siempre alcanza la verdad? ¿acaso la voluntad siempre desea lo que es bueno?

Claro que no; sabemos por experiencia que tanto la voluntad como la inteligencia pueden equivocarse pues son facultades imperfectas en el hombre, de allí que muchas veces ciertas cosas se nos presenten bajo la apariencia de bien según aquello de San Pablo: “no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero” (1 Rom 7,19).

Una amistad que no era tal, una pasión que al final nos hizo errar, un sentimiento del cual nos arrepentimos, nos hace pensar que, al final de cuentas, no somos perfectos; porque hay ciertas elecciones que el hombre hace que, no sólo nos hacen peor, sino incluso, “menos hombres”, menos racionales, menos libres.

Por eso puede uno hacerse esclavo, pensando que es libre, de allí que los antiguos dijesen que sólo el sabio era libre, entendiendo por sabio, aquel que había aprendido a vivir según la naturaleza racional, según la virtud.

Muy bien; hasta aquí tenemos entonces que, ser libre implica vivir verdaderamente como hombres siguiendo los dictados de la razón y del apetito racional, a pesar de equivocarnos cada tanto. Es esa “mala levadura” de la que hablaba Rubén Darío, o el pecado original del cual nos hablan las Sagradas Escrituras la que, muchas veces, nos desvía de la virtud, del bien, de la verdad y de la belleza.

Porque la libertad no es un valor absoluto, sino relativo, relativo a la verdad que nos hace libres (Jn 8, 32). En este sentido la obra de Sardá y Salvany que ahora el lector tiene entre manos, resulta de crucial importancia para evitar confundir el alimento nutritivo con aquellas homéricas flores de loto.

Veritas ­­–quae Christus est– vos liberavit (Jn 8, 32).

Javier Olivera Ravasi

11/6/2021

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

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