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16 de noviembre de 2023 0

El ensordecedor aplauso de la turba

(Por Castúo de Adaja)

Esta pasada noche, previa a la pérfida y traicionera votación que ha restituido la degradación de la patria, pude ver, estimado lector, el espíritu de la patria insumisa que se concentraba unánimemente – y no es redundante – para pedir explicaciones, sortear obstáculos y reclamar lo que es suyo: ¡justicia!

El aplauso que hemos podido contemplar en la jornada de hoy ejemplifica en una potente y a la vez impactante imagen el poder de la turba, la sinrazón deshumanizada y, a fin de cuentas, el resultado más obvio de la degradación y corrupción de la filosofía política de la democracia. Con falacias pueriles y hasta sangrantes cargó ayer el hoy ya indigno Presidente del Gobierno contra toda la nación. ¿Toda? ¡Toda! Insuflado por el espíritu de quien se sabe maniqueo narcisista, Sánchez (no me dirigiré a él con el apelativo de “señor”, pues no lo merece), dibujó un escenario de “buenos” y “malos”; de “progresistas” y “reaccionarios”. Pero, ¿cuál es el progreso que trae? El mismo que desde hace más de doscientos años viene denunciando la Iglesia y la Santa Tradición; el mismo que ha vaciado al hombre-criatura de su característica más humana; el mismo, a fin de cuentas, bajo cuyo manto se han cometido las mayores atrocidades jamás vistas, siempre con la excusa de un utópico desarrollo “progresista”.

Una tesis que considera que la sociedad avanza imparablemente en mejoría es, desde un punto de vista filosófico, un atentado contra la inteligencia. El hombre es capaz de errar y precisa, por ello, de la gracia salvífica de Dios para su autorrealización. La disociación sin paliativos entre el hombre-ciudadano y Dios es causante, entre muchos factores, de los mayores atentados contra la Ley Natural y la condición humana en los últimos tiempos. El hombre, desligado de Dios, cae irremisiblemente en un sinsentido, al perder la condición de su propia humanidad; se encuentra disociado, que es lo mismo que “falto” de identidad.

El vergonzante espectáculo que se ha visto estos dos días en las Cortes pone de manifiesto el concepto al que ya me he referido en otro artículo: la oclocracia o “gobierno de la turba”. No hemos visto a diputados participando de un debate, no; por el contrario, grupos-masa sin personalidad alguna actuando sin conocimiento propio de sus acciones. Sólo este sistema de ideología partidista puede explicar el deterioro de la moral, la calamidad del derecho y la supresión de la condición humana. Escandalizados se encuentran los ciudadanos españoles por lo que acaba de ocurrir, y no se les puede juzgar por ello: llevan razón. No obstante, no hemos de olvidar que esta atrocidad jurídica no es nueva en nuestra “democracia”. No es la primera vez que se caracteriza a seres humanos de primera y segunda clase, no. El aborto y la eutanasia son los elementos más significativos que muestran cómo la turba, movida de manera sumisa e irracional, vota sin concepto de trascendencia. ¡¿Y pretenden que consideremos aquellas votaciones como “progreso”?! Hacia un precipicio peligroso, sin duda; ése es el único “progreso” que observo yo.

La masa y la turba son irracionales, son movidas por la apetencia de la espontaneidad y la vorágine. La turba pierde su identidad de criatura, porque es contraria a la sociedad. La disonancia entre el ciudadano y la criatura crea un vacío de identidad que desvincula al primero de los conceptos de moral y regla. Sin Dios, no hay Ley, porque sólo la Verdad es Ley. No obstante, el hombre, desposeído de la Ley Divina y abandonado a su suerte a merced de la turba, se encuentra rodeado del posibilismo vaciador de su condición. La ley humana, despojada de la Ley Natural, no encuentra contramedidas que defiendan verdaderamente los derechos inmanentes de la condición humana.

Por ello, cuando la patria se halla en peligro y los hijos de Santiago salen a protestar deben de tener en cuenta que su protesta es legítima, pues responde a un acto contra derecho. No obstante, debe despertar de verdad del sueño en que se sumió hace doscientos años y comenzar a cuestionar la legitimidad que la mera acción jurídica tiene. Porque todo Derecho debe tener una filosofía que lo ampare, una ontología que lo estudie; una epistemología que lo coordine; y una metodología que lo conduzca. El Derecho en que está basada la patria, sin embargo, hace tiempo que se desligó del problema ontológico fundamental; de la raíz de la cuestión. Sólo con Dios, nada sin Dios. Poque el Maligno, que por ello es llamado “diablo” – que divide – pretende incesantemente apartar al hombre del camino salvífico y, por ende, de su relación íntima y hermosa con su Creador y Salvador.

Así pues, reconozcamos al Legislador sobre el que se debe fundamentar la lex Gentium. ¡Viva la España católica! ¡Viva Cristo Rey! Todo con Dios, nada sin Dios.

He dicho.

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