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13 de abril de 2022 3

Diez gramos de pentobarbital sódico

Diez gramos de pentobarbital sódico

por Iván Blanco

Hace pocos días, algunos nos sorprendíamos al leer en la prensa las declaraciones del hijo de Alain Deloin, quien afirmaba que su padre a los 86 años de edad habría solicitado la administración de la eutanasia en Suiza. Pero vemos en los mismos medios que habían aireado tal noticia, que otro de sus hijos desmiente tal petición. Desavenencias familiares a parte, esta noticia nos ha servido para traer a la palestra un tema que en nuestro ordenamiento jurídico ya ha encontrado hueco, y además se quiere ampliar no sólo a pacientes terminales, sino a todo aquel que se sienta insatisfecho con su vida. Las frases que Anthony Delon atribuía a su padre eran las consignas ideológicas que se han ido incrustando de forma acrítica en nuestro córtex y ya nadie discute: el derecho a una “muerte digna”. La pregunta que me asalta es ‘¿Sólo es digna la muerte cuando nos metemos 10 gramos de pentobarbital sódico gaznate abajo?’, ¿Entonces las muertes de millones de personas a lo largo de toda la historia humana no han sido dignas? ¡Qué estúpida audacia el hablar en esos términos! Mi abuela murió en el hospital después de pasar cinco días en coma, rodeada de sus hijos y nietos, y mientras se deslizaba a la otra vida la cogíamos de la mano y le dábamos gracias por el inmenso sacrificio llevado a cabo por nosotros. Todo ello mientras encomendábamos su alma al Señor. Como este caso los hay por centenas de millón en todo tipo de familias alrededor del mundo, ¿es acaso esa una muerte indigna?

Otro de los chascarrillos que Anthony atribuía a su padre era que “la vejez apesta”. ¿Alguien podría decirme que no es ese el leitmotiv del mundo moderno? En nuestra cultura hemos proscrito a los ancianos al olvido, les hemos expulsado de los medios para que no nos recuerden que un día moriremos. Nuestros clásicos tenían en al memoria la ineluctable muerte y repetían a menudo ese brocardo latino “Memento mori”, “Recuerda que morirás”. El mundo, por el contrario, le ha dado la espalda a la realidad, construyendo una vida que no tiene en cuenta su fin. Es por ello que a los ancianos tan sólo les rescatamos para confrontarlos con las generaciones actuales y reírnos de sus reacciones ante la decadencia del mundo actual y decirles a la cara que todo su sacrificio sólo ha servido para que sus nietos y bisnietos se conviertan en unos pajilleros, borrachos de narcisismo exhibicionista. Nuestros mayores han quedado para arlequines con la sonrisa helada al ver el estercolero en que han convertido sus vástagos el mundo por el que ellos fueron a la guerra, sufrieron la carestía, levantaron y apuntalaron a sus familias desde cero, conformando una sociedad basada en el trabajo y el esfuerzo. Ahora, esa misma sociedad les dice: “apestáis, viejos”.

El hecho clave para que hayamos aceptado la eutanasia, es la falacia de que somos los dueños de nuestra vida. Pero nosotros no escogimos vivir. Es un don que nos ha sido dado, y debemos custodiarlo hasta que quien nos lo dio, nos lo quite. Pero el hombre moderno, encastillado en su voluntad libre y todopoderosa, ha entendido de forma perversa, que ésta está por encima de nuestra propia naturaleza humana y que podemos gobernar nuestra vida más allá de la verdad que la realidad nos impone. Así, si puedo decidir ser hombre, mujer o cualquier otro híbrido parido por algún ideólogo empapado en existencialismo sartriano, ¿Cómo diantres no voy a poder decidir cuando quiero que me maten? Es mi voluntad.

Debemos madurar, crecer y aceptar que hay cosas más allá de nuestros caprichos cambiantes, cosas inmutables que no pueden ser trocadas a pesar de desearlo. Sólo adecuando nuestro entendimiento a la realidad conseguiremos conocer la verdad y ser felices, hacer lo contrario nos condena a la infelicidad y a desear en último término que pongan punto final a esa desdicha.

Cierta vez, un vecino se tomó un bote de pastillas y colgó el vídeo del acto en Facebook en un desesperado intento de llamar la atención de la ya su exnovia. Lo consiguió. Un buen amigo suyo llamó a los servicios de emergencia y se personó la policía, bomberos y emergencias médicas. Uno, que intenta ser buen vecino, salió a ver si un par de manos podían ayudar en algo. Presencié la conversación que tuvieron mi vecino y el sanitario, la cual fue muy reveladora. El primero le dijo, “es mi vida y hago lo que quiero”, con toda la lógica de la autodeterminación que el mundo moderno nos impone. A lo que el paramédico le dijo “sus capacidades volitivas están alteradas por las pastillas o por el episodio depresivo que le ha conducido a tomarse el bote. Su voluntad ahora no importa, su vida sí, y el responsable de ella ahora soy yo”. Me pareció una intervención magistral, y eso me llevó a reflexionar que ningún ser humano pide que lo suiciden si sus capacidades volitivas no están mermadas. No es coherente con nuestra naturaleza, el ser feliz, psicológicamente estable y espiritualmente equilibrado con pedir que nos maten. Si se da esa situación hay algo que falla. Sería muy bueno que nos concentráramos en sanar a las personas antes de matar al huésped para terminar con las penas. Ya saben el refrán, “muerto el perro se acabó la rabia”, pero a pesar de las dinámicas sociales bestializantes que vemos y sufrimos, no somos perros, somos seres humanos.

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3 comentarios en “Diez gramos de pentobarbital sódico

  1. Gran artículo para reflexionar hacia donde camina está nuestra sociedad actual.

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  2. Gran artículo de opinión, lastima seamos la única especie en el planeta que nos quitemos la vida por vicio.

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  3. José Mª Cagigal

    Acertadísimas reflexiones, don Iván

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