19 de junio de 2019 0 /

Consagración del Ejército Real al Sagrado Corazón

Las crónicas de la guerra de 1872-1876, cuentan que el 15 de junio de 1875 D. Carlos VII consagró su ejército al Sagrado Corazón. El hecho ocurrió en Orduña (Vizcaya).

Don Carlos VII visitó en varias ocasiones a los jesuitas de Orduña. Entre ellos se hallaba el P. Cabrera que había sido preceptor suyo en su niñez.

La presencia de los jesuitas en Orduña databa desde que un Virrey del Perú, apellidado Urdanegui, dotara la fundación de un colegio regido por una comunidad de jesuitas. Posteriormente fueron expulsados por Carlos III. Los edificios pasaron a ser propiedad de la Ciudad.

La Revolución de 1868 dio amplias facultades a los municipios en materia de enseñanza. Ello permitió al Ayuntamiento de Orduña reabrir el colegio, con carácter municipal, encomendado a unos sacerdotes que, oficialmente, no eran jesuitas.

Sabido es que, tan pronto los carlistas dominaron las Vascongadas, D. Carlos VII devolvió a los jesuitas, en la persona del P. Cabrera, el complejo de Loyola. En Orduña su presencia se pudo hacer oficial.

El P. Cabrera siguió en Orduña hasta su fallecimiento. Desconocemos la fecha, pero tuvo que ser a edad muy avanzada. Los jesuitas fueron expulsados en 1932 y volvieron en 1953 después de que el colegio sirviera como cuartel de milicianos, campo de concentración de prisioneros rojos y cuartel durante pocos meses. Dedicaron el antiguo colegio a casa de formación. En el verano de 1951 el Rector encomendó a un anciano padre, que no ocultaba su carlismo, más bien hacia alarde de ello, la ordenación de la biblioteca. Entre los libros, encontró un lujoso ejemplar, guardado en un estuche. Lo abrió. Retiró el papel de seda que lo envolvía. En la portada, grabadas en oro, las armas reales de España con el Toisón de Oro. Se trataba de un lujoso misal, impreso en Italia, encuadernado en piel. Grande fue su gozo cuando, abierto el libro, se encontró con una dedicatoria, “A mi querido P. Cabrera….” Fechada en Venecia y firmada: Carlos. Rápidamente nos avisó al grupo de jóvenes carlistas a los que nos mostró su hallazgo. La solemnidad de la presentación era digna de una función religiosa. Los jesuitas abandonaron Orduña en 1960 y se trasladaron a Villagarcía de Campos, llevándose la biblioteca.

Posee Orduña una de las plazas más amplias de la región. Perfectamente rectangular, casi cuadrada, actualmente está poblada de árboles y dotada de numerosos bancos con una monumental fuente, el Pilón, de ocho caños dispuestos circularmente, en el centro. Cuando la Consagración, la plaza estaba libre de árboles y bancos. Solamente existía el Pilón situado en uno de los ángulos. Era el escenario adecuado para la consagración. Su familiaridad con la comunidad de jesuitas también influiría en la elección.

En nuestra niñez, todavía se hablaba de la consagración. Un antiguo capitán de gudaris, nos contó que un tío suyo había estado presente en el acto, siendo niño. Hemos conocido a ese tío que era parroquiano de nuestra taberna y en más de una ocasión le servimos el café, que acompañaba con lo que llamaba “una bomba”: una copa de licor.

Iglesia de Santa María de Orduña (Vizcaya)

Contaba que el altar, para la Misa de campaña previa, se había instalado bajo el arco central de la iglesia de la Sagrada Familia, que ocupa el lado sur del ángulo sureste. Aquí la fotografía de la Iglesia.

Palacio Mimenza, Orduña (Vizcaya)

El Rey presidió el acto desde la balconada del palacio Mimenza. Aquí la fotografía del edificio. Este edifico es frontero a la iglesia, situado en el lado norte de la plaza. En el óleo que acompaña a este escrito, se representa el edificio del Ayuntamiento. El edificio que hace esquina con el mismo y que se aprecia a la parte izquierda, es el que mencionamos.

Al Rey le daban escolta unos voluntarios de elevada estatura. Entre ellos los tres hermanos Muguruza, orduñeses. Uno de ellos llegaría a ser suegro de nuestra tía. Abuelo, por tanto, de unos primos nuestros.

Por otra parte, ya sabíamos que el sillón que ocupaba el Señor en el paso de la Cena, que desfilaba todos los Jueves Santos, era el que habían dispuesto para Don Carlos VII en la ceremonia.

Desgraciadamente, el sillón ha desaparecido. Hacia 1960, el paso de la Cena fue sustituido por otro de mejor calidad artística. Lo guardaron en un recinto del Colegio de los PP. Josefinos. El recinto era accesible a los niños que jugaban. Y, como el paso no valía mucho, los chavales se encargaron de deshacerlo. Una pena. Algo incalificable. Porque el sillón, por su valor, debería haber sido protegido.

Esos son los vestigios que la tradición oral de Orduña, conservaba del acto de la Consagración.

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