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28 de enero de 2024 0

Circumdederunt me gemitus mortis

 

(Por Castúo de Adaja)

 

En el tiempo de Septuagésima, que tan bien recordaba Pío XII en sus audiencias, comienza la preparación de la preparación; el tiempo previo a la Cuaresma en la que el cristiano guarda en su corazón mancillado por el dolor del pecado el recuerdo de la Pasión de Nuestro Señor. Mas, hete aquí que los hay desdichados; hombres con fe que, por diversas razones, soportan cual cirineos la Cruz de Cristo bajo unos cansados hombros, cercanos éstos a la postrera rendición.

Fieles cuya vida es pesada y angustiosa; cuyos invisibles dolores no permiten la entrada de la luz que aporta la amigable mano del prójimo samaritano. Velada y tapiada queda la realidad que azota no sólo a la sociedad en general, sino a quienes, aun con fe, se ven en la triste y desgarradora situación de saberse con un pie en el precipicio de la muerte, y de una muerte eterna. Es por ello que tomo para el título de esta breve reflexión la oración del introito que se lee y reza en el rito extraordinario hoy: “Circumdederunt me gemitus mortis, dolores infemi circumdederunt me; et in tribulation mea invocavi Dominum” (“Cercáronme angustias de muerte; dolores de infierno me rodearon; y, en mi tribulación, invoqué al Señor”)

En repetidas ocasiones he hablado de la Iglesia flagelada y atormentada; de las persecuciones incesantes que, desde manos ajenas, pretenden segar la mies donde creció la fe. No obstante, ¿acaso no ha de recordarse igualmente a quien sufre persecución por sí mismo? ¿A aquel cristiano que mira con lágrimas el rostro compungido de su Señor esperando encontrar la fuerza para escapar penosamente de las ascuas de su azotada mente? Dícese que una gran tempestad arremete contra esta sociedad; un oleaje mortecino de penuria y desvivir; y, en cierta medida, sábese que la renuncia a Dios provoca la muerte del alma y, como gangrena que se extiende sin remedio, ataca feroz y crudamente el alma. Entonces, ¿cómo se da la situación en que el cristiano fiel, que mira a su Señor y cumple sus mandamientos, se encuentra en la situación de no querer vivir? A menudo recuérdanse los versos de Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”. Sin embargo, aquellas palabras están cargadas de un amor desbordante; de una vitalidad y una mirada radiante a una Cruz como promesa de vida y gozo. No, el caso que yo expongo es, por desgracia, lejano a aquella dulce composición literaria. Una tiniebla que envuelve lentamente a muchos que malviven en soledad y son despojo de sí mismos.

Hablo de quienes andan con los pies descalzos y la mirada perdida en un mañana que no se sabe si habrá de llegar; de quienes tienen el presente como única posesión que les consume; de quienes, aun rodeados de la felicidad de saberse hijos de Dios, son atormentados por un Maligno conocedor de las entrañas de una consciencia inconsciente. De lágrimas derramadas ante un altar donde resuenan las campanas del final de la vida; donde las velas no dan luz, sino que descubren sombras; de temblores sin motivo en un cuerpo que espera impacientemente una muerte que no llega. “Señor, ¡¿por qué no dejas irse a tu hijo?! ¡¿Es que acaso no ves que no hay en él suficiente fuerza para alcanzar los méritos que le pides?!”.

Demasiado estrecha es la distancia que separa las frías vías del tren de tu hijo, Señor. Una estrechez inmensamente agrandada por tu Gracia pero que, lentamente, acorta los pasos de quien no es capaz de seguir arrastrando un yugo que le oprime hasta el aliento y ahoga silenciosamente la vida hasta su fin. Un rostro cansado por las noches en que se debate entre la línea de seguirte y la de abandonar por extenuación.

Escribo para buscar la mano amiga en las parroquias. Cristo ha vencido, pero hay hermanos que acuden fielmente en busca del amor de su Señor, leales a su promesa y sabedores de que él les aliviará, y parten de nuevo a casa con los mismos dolores con los que arribaron. Escribo porque 10 compatriotas cometen suicidio diariamente; porque muchos no conocen a Dios, pero también hay muchos otros que, aun conociéndole, sufren de enfermedad en un silencio estremecedor. Entre el puente y el río hay una eternidad; entre la vida eterna y la condenación hay un suspiro. ¡Hijos de Santiago, mirad a vuestro alrededor! ¿No ven vuestros orgullosos ojos los demacrados óculos de vuestros compatriotas?

Escribo, pues, por los que agonizan aun gozando de salud; por los que no encuentran la luz de tu rostro en la mirada amiga; por quienes aparentan vitalidad, pero andan muertos por dentro. Escribo, Señor, porque prometes y me dices: “iugum enim meum suave, et onus meum leve est” (Mt., 11,30). Escribo, a fin de cuentas, por el final de la oración de introito con la que comenzaba este artículo: “et exaudivit de templo sacto suo vocem meam. Diligam te, Domine, fortitudo mea; Dominus firmamentum meum, et refugium meum, et liberator meus” (“y Él oyó mi voz desde su santo templo. Te amaré Señor, fortaleza mía; el Señor es mi fortaleza y mi refugio, mi libertador”).

Señor, tú eres mi baluarte; sólo por Ti, Señor, sólo por Ti, aunque sea un día más…

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