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9 de noviembre de 2023 0

Carta a la España manifestante

(Por Castúo de Adaja)

España está despierta. Azotada por la cobarde tiranía de quien pretende erigirse en adalid de los desmanes, he visto con mis propios ojos el clamoroso y estentóreo grito de los hombres de bien en las vías del reino. Armados con la sola y suficiente arma del verbo, voceasteis, compatriotas míos, la negatividad de vuestro corazón ante el latrocinio de nuestra tierra; mostrasteis el sosegado descontento de quienes no se rinden ante la tiránica acción colectiva en que se ha convertido la dirección de esta nuestra tierra. No obstante, vi en muchos de vosotros, en vuestros encendidos ojos, la división a que nos ha conducido el “desnortamiento” provocado por la pérdida de la virtud y la verdad en favor de la sumisión a la concupiscente “voluntad”.

He visto en vuestros ojos el miedo a la pérdida de la razón de la nación; en vuestros ojos, el tembloroso despertar de la conciencia viva de quienes fueron y son grandes por su corazón. Pero, ¡ay de mí!, que he visto también en vuestros ojos el iracundo odio contra el hacer de indecentes e ilegítimos tiranos que, por su bienestar propio, hacen cuanto esté al alcance de la mano que nosotros, como pueblo, les hemos otorgado, para aferrar cual fiera hambrienta los huesos de una España desmenuzada. ¡Odio vi! Odio, hermanos y compatriotas, fruto de las divisiones que, palpablemente, afloraban entre los encendidos cánticos que asediaban al mentiroso y al embustero. Y yo os pregunto, hijos de Santiago, ¿acaso el odio es capaz de construir? ¿No será este nuestro pecado por el que, cegada nuestra libertad y razón, nos abandonamos a la simple vía de odiar aquello que es indudablemente dañino?

“Odio” digo que vi, mas no creo ser aquella la vía. Porque éste no es vencedor, sino vencido ante las apetencias de la carne que, movidas por la insaciable hambre de justicia, nublan la razón con la que fuimos dotados desde la concepción de nuestro ser. ¡Rechazo! “Rechazo” es lo que os pido, hijos del Pilar; rechazo contra las atroces desvergüenzas del usurpador del bien común. Rechazo por cuanto ha sufrido esta patria querida y amada por tantos; por la que se ha derramado la sangre en tiempos pretéritos en innumerables gestas que la llevaron a la victoria. Y digo bien: por el “amor” a la patria, tierra de nuestros padres y mayores y hogar del sentir común que unifica. Pues todo lo que nace soportado por el odio es destructivo, violento y, rápidamente, escapa del control cual veraniego fuego. Vosotros, hijos de la civilización cristiana, superáis en inabarcable medida la tentación del odio cuando os unís bajo la bandera de la Cruz y el amor a la patria; cuando vuestras acciones no atacan descontroladamente a un enemigo irreconocible y brumoso que ante vosotros se encuentra, sino que defienden con manto protector los valores y la tradición que tras de cada uno se halla.

No caigamos en los tentadores errores de quienes se mueven por la negación, como sucede con los jóvenes descritos por Turguénev en “Padres e hijos”. Actuemos, en cambio, con el quijotesco valor de la afirmación solemne y valiente de quienes son respaldados por la Verdad y no por la vorágine destructora de la opinión divisoria. ¡Hijos de Santiago, habéis despertado! Pero igual que el desprendimiento de la legaña matutina es, en ocasiones, lenta y azarosa, así vi yo vuestra acción en la pasada noche. Cánticos y coros despectivos; voces discordantes y faltas de liderazgo único. ¿Qué nos dividió, pues? El faltar de reconocernos como individuos-criatura. Antes de ser hechos “ciudadanos” por las leyes que el hombre a sí mismo se ha dado, hemos sido creados por amor. Pero, ¡oh, España mía!, ¿qué te hicieron los que trocearon vilmente tus entrañas para distribuirlas por el tártaro de la modernidad? Acabaron con tu unidad, Hispania, al despojarte del valor de los principios únicos e inquebrantables de la verdad; tomaron secuestrado el indivisible espíritu de una nación despierta que otrora defendió su inmanente identidad cristiana.

Vi en vuestros ojos, hermanos míos, la división partidista surgida a raíz de renunciar a la razón, inocentemente, para dejarnos vencer por la apetencia de la espontaneidad y la prepotencia de nuestro apetito. Oí, con los oídos míos, vituperios y quebrantos; lamentos y maldiciones; y, en fin, la agonía del cadáver en que se ha convertido nuestro pueblo. “Hermanos” os llamo, sí, pues, a pesar de todo, sentí con mis otros sentidos, aparte de la vista y el oído, la fraternidad propia de quienes son hijos de la misma patria y de su fundamento. En repetidas ocasiones os he llamado yo “hijos de Santiago” o “hijos del Pilar”; ¿acaso no lo sois? ¡¿No presienten las aurículas de vuestro corazón ni los alveolos de vuestros pulmones el grito de libertad, henchido de orgullo, por saberos todos unidos por la condición de criatura?! Entonces, pues, reunámonos no como irreconocible masa, que es perversión de la patria, sino como pueblo unido y aferrado a la verdad única e incontestable.

Reunámonos para defender, eficaz y sagradamente, la inmanente unidad que nos dimos bajo el manto de la fe y la identidad de sabernos hijos. Denunciemos a un solo coro las atrocidades que se hacen bajo el amparo de quienes trocean el Derecho heredado y no creado. Convoquemos, en nuestro infatigable dolor por esta España herida, al pueblo de individuos-criatura y no a la masa enfurecida. ¡Somos un pueblo y una nación, no una moldeable y endeble masa!

Así, enardecido por el espíritu que vi en cada uno de vosotros, os pido: ¡que vean mis ojos a los hijos de Santiago alzarse y despertar contra la tiranía! ¡Que oigan mis oídos el retroceder del odio del que está delante en pos del amor por el que se sale a la calle! ¡Que sientan los miembros de mi cuerpo el retumbar unísono e infatigable del paso adelante! ¡Que saboreen mis labios el gusto de una sola patria bajo una sola fe! ¡Que perciba el aroma de vuestro malestar bien encauzado!

En definitiva, os pido: ¡despertad del letargo en que os sumió la división! ¡Despertad del inocente, infantil y abstracto sueño a la palpable y concreta realidad! ¡Despertad, despertad, despertad!

Hijos de Santiago, ¡viva la patria! Hijos del Pilar, ¡viva la fe que nos hizo nación!

He dicho.

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