5 de octubre de 2019 0

Algo más sobre el franquismo

La reciente nota de prensa de la CTC, sobre la exhumación de los restos del General Franco, para justificar nuestra desvinculación de lo que se llama franquismo, ha mencionado la persecución de que fueron objeto la Comunión Tradicionalista y sus dirigentes; especialmente su Jefe Delegado don Manuel Fal Conde.

Ello es verdad. Pero creemos oportuno profundizar algo más en el tema. En el mal que con ello se hizo a España entera.

Poco importarían los males que nuestra organización y sus hombres hubieron de sufrir en aquellos tiempos. Los carlistas estamos acostumbrados a sufrir a lo largo de la historia. Somos conscientes que con el sufrimiento salvamos a España. Para sufrir militamos en el Carlismo.

Lo peor fue el desprecio que la Tradición española sufrió durante aquellos años.

La Victoria de l939 fue la de un bando sobre otro. Y eso la hizo incompleta. La Victoria tenía que haber sido la de la España tradicional sobre las ideas venidas de pueblos que “ni creen ni sienten como nosotros” (Carlos VII). No estamos exigiendo la victoria de Carlismo como partido político, sino la restauración de unos principios sin los cuales el cuerpo de España “es un cuerpo sin alma” (CarlosVII). La Tradición es algo que interesa a todos los españoles. Que pertenece a todos los españoles. Que será un bien para todos los españoles. Por tanto, son todos los españoles lo interesados en revitalizarla y los que deben ocuparse en ello.

Vencido y desarmado el ejército rojo. Pero muchos de los principios que aquel ejército defendía siguieron vigentes. Y eso fue el motivo de que la Victoria no fuera completa. De que la traición de 1978, que hoy llaman transición, fuera inevitable. De que hayamos llegado a una situación como la actual.

Hablamos de lo que hemos vivido. Nos tocó cursar el bachillerato en la década de 1940. El nuestro plan de estudios figuraba la asignatura Formación del Espíritu Nacional. Semanalmente un instructor del Frente de Juventudes nos impartía una clase de una hora. Podemos jurar que, si amamos a España, no fue a causa de lo que nos enseñó. Aprendimos muchas canciones. Algunas copiadas de Alemania como pudimos comprobar cuando, años más tarde, pasamos un verano en dicho país y nos las cantaba un amigo que había pertenecido a las Juventudes hitlerianas.

Ya en 1943, en la revista Ecclesia publicó don Zacarías de Vizcarrra un artículo titulado “Un Peligro para el Bien Común”. Aseguraba que sus relaciones internacionales le habían advertido de la existencia de una consigna masónica: exaltar la figura de los intelectuales de izquierda, a título de intelectuales. Esa consigna se estaba cumpliendo: en la festividad de Santo Tomáis de Aquino de 1938, en dos universidades españolas se había exaltado a los intelectuales.

Durante nuestros estudios superiores asistimos a cursillos de formación del SEU. Solamente se hablaba de Unamuno y de Ortega y Gasset. Ni una palabra de Balmes, Donoso, Menéndez y Pelayo o Mella. De todos los que mencionamos sólo uno militó en el Carlismo. Pero es la Tradición de España la que se estaba arrinconando.

Es muy significativo que la obra de Maeztu, “Defensa de la Hispanidad” no se reeditase durante al tiempo que duró el régimen de Franco. Nosotros la buscábamos y al fin la encontramos en una librería de segunda mano y en edición de lujo. El citado don Zacarías de Vizcarra, publicó, en 1937 su magnífica “Vasconia Españolísima”. Obra que habría sido fundamental para debelar el separatismo vasco. No se volvió a editar hasta después de fallecido Franco. El régimen tenía sus organismos de prensa y propaganda. Una prueba de que sus funcionarios no sabían por dónde les daba el viento.

Se mantuvieron estructuras de gobierno heredadas del liberalismo. De manera absurda se abolieron los conciertos económicos de Vizcaya y Guipúzcoa. Un gobernador de Pamplona atentó a los fueros de Navarra y fue ascendido.

En 1956, un amigo falangista nos dijo que, en una Reunión del Consejo Nacional del Movimiento, Franco había anunciado su plan: Tomamos la doctrina de los tradicionalistas, la inquietud social de la Falange y la dinastía de los liberales. Así tenemos resuelto el problema de las pasadas guerras civiles.

Es muy posible que lo que nos dijo fuera verdad, en vista de cómo se desarrollaron los hechos. Pero vamos a ver cómo “del dicho al hecho, hay gran trecho”.

Se crearon las Cortes que intentaban representar a los españoles, sin la corrupción de los partidos políticos. En teoría muy bien. Pero si analizamos cómo eran nombrados los procuradores, veremos que siempre estaban mediatizados, de una forma u otra, por el Estado. Eso no era lo que exige la Tradición. A los procuradores les faltaba la imprescindible independencia del poder.

Se elegían los ayuntamientos también sin intervenir los partidos políticos. Pero los candidatos pasaban por la criba de los gobernadores civiles. Y las actas, en muchas ocasiones, se preparaban en los gobiernos civiles, sin hacer caso al escrutinio. Era corriente saber de antemano quienes iban a salir “elegidos”.

Respecto a restaurar la monarquía que había traído la república, es ocioso todo comentario.

¿Fue Franco, personalmente, el culpable de todo? Se nos quedó grabada una frase que solía repetir un compañero de trabajo. Era falangista y había luchado como alférez provisional. Decía: “cuando Franco y yo, con otro medio millón de españoles, ganamos la guerra”. Nos gusta repetirla por la gran verdad que encierra. Y está en sintonía con lo que decía nuestro Carlos VII en su Testamento Político: “Nada hubiera podido mi actuación sin vuestra colaboración”.

Ni el atribuirle personalmente todo lo bueno, como hacían los incensadores de aquellos tiempos, ni personificar en su persona los supuestos crímenes de la dictadura, como hacen quienes hoy le denigran. (No podemos menos de apreciar una continuidad entre aquellos y éstos). Todos, más o menos, tomamos alguna parte en los aciertos y errores de los cuarenta años de franquismo.

Y en ello hemos de meditar. No para echarnos las culpas unos a otros, sino para detenernos en lo que, de culpa, recae sobre nosotros y nuestros respectivos grupos. Para hacer un examen de conciencia.

Había que haber restaurado la Tradición íntegra y sin fisuras. Y en ello, repetimos teníamos que haber estado interesados todos los españoles. Fracasamos. Y el fracaso fue de todos, pues a todos perjudicó. Por eso ese examen de conciencia que propugnamos es para conocer bien lo que cada uno hizo mal. Personalmente o en grupo, Y para no volver a repetirlo.

El caos, a que nos ha llevado la traición de 1978, ha dado lugar a voces que reclaman cambios. Cambiemos, pues, lo que estamos padeciendo. Pero cambiémoslo por lo único que merece la pena cambiarlo. Por la Tradición de las España íntegra y sus fisuras. Si andamos con medias tintas, como durante el régimen pasado, llegaremos a una solución aparente y precaria. Como dicen los médicos: un atacar los síntomas sin erradicar la enfermedad.

Y en esto tenemos que empeñarnos todos los que amamos a España. Cualquiera que haya sido nuestro pasado. Construyendo un presente que permita esperar u futuro mejor.

Carlos Ibáñez

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