14 de septiembre de 2019 0 /

Alberto Ruiz de Galarreta y la unidad católica de España

Artículo de Carmelo López-Arias

Publicado en Religión en Libertad

Este jueves falleció en Valencia, a los 96 años de edad, Alberto Ruiz de Galarreta, nacido en San Sebastián y coronel médico de la Armada, cuyo nombre queda para siempre ligado a dos hitos.

El primero, su monumental obra Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español (1939-1966)publicada bajo su pseudónimo Manuel de Santa CruzEs una continuación, con su estilo propio pero similar envergadura, alcance político y valor historiográfico, de la Historia del tradicionalismo español de Melchor Ferrer, (1888-1965). Ésta cubría desde el reinado de Fernando VII hasta el comienzo de la Guerra Civil y constaba de una treintena de volúmenes. La de Galarreta tomó el testigo de la narración en el final de la contienda y la llevó, en otros tantos, hasta 1966. Fue el año de aprobación en referéndum de la Ley Orgánica del Estado, que modificaba el Fuero de los Españoles en lo tocante a la libertad religiosa en aplicación de la declaración conciliar Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II, e iría seguida a los pocos meses de una ley específica para su regulación como derecho civil. Un hecho decisivo en la historia del carlismo y en la biografía personal de Alberto, que militó en él desde su adolescencia hasta su último  aliento. En 2013, Don Sixto Enrique de Borbón honró esa entrega concediéndole la Gran Cruz de la Orden de la Legitimidad Proscrita.

Alberto Ruiz de Galarreta firmó la mayor parte de sus numerosas colaboraciones escritas como Manuel de Santa Cruz.

Porque -y éste es el segundo hito al que hacía referencia- Alberto Ruiz de Galarreta fue toda su vida un incansable, pertinaz y activo apóstol de la unidad católica de España.

Hablar de unidad católica de España puede sonar hoy como un cuento de hadas (o una pesadilla: todo depende de quién evoque el concepto) o como un mero artificio retórico. Las comunidades musulmana y protestante suman millones de personas, en torno a una cuarta parte de los españoles se declaran ateos o agnósticos y las creencias y la práctica religiosa de un amplio porcentaje de católicos no se ajustan en casi nada a lo que la Iglesia enseña.

Pero hace poco más de medio siglo la unidad católica de España era una realidad sociológica innegable que gozaba de una plasmación jurídica que, aun perfectible, era la que habían querido la Santa Sede por un lado (ahí están los elogios de Pío XII al Concordato de 1953) y los obispos españoles por otro, con algunas excepciones que la censuraban no por exceso sino por defecto. Alberto Ruiz de Galarreta y quienes, como él, consideraban esa unidad religiosa como la parte sustancial del bien común nacional, alertaron de que su pérdida como principio político, aunque fuese siguiendo nuevas directrices de la Secretaría de Estado vaticana, desembocaría antes o después en la ruina de la vivencia colectiva de la fe, con una inmediata traducción en su vivencia personal.

A mediados de los años 60, participó en todas y cada una de las iniciativas, en el seno del carlismo o fuera de él, dirigidas a salvaguardar la unidad católica de España como principio político, entre ellas la Ciudad Católica y la revista Verbo. Y cuando, desaparecido ya ese principio de la legislación, había que luchar por preservar su razón profunda, su sentido histórico y su valor como estandarte bajo el que congregar las huestes, Alberto Ruiz de Galarreta, en tándem con el sacerdote José Ignacio Dallo Larequi y su revista Siempre p’Alante , fue el pilar de las Jornadas por la Unidad Católica de España que empezaron a celebrarse anualmente a partir de 1989, con ocasión del XIV Centenario de la conversión de Recaredo y el III Concilio de Toledo.

En opinión de Galarreta, todas las batallas que iban señalando la progresiva desaparición en España de la fe y de la moral cristianas (el divorcio, el aborto, el matrimonio homosexual, la eutanasia, por circunscribirnos solo a las que conciernen al epígrafe ‘familia y vida’: pero hay más) estaban perdidas de antemano si no se afirmaba, al menos como fundamento lógico y aspiración política, la confesionalidad católica del Estado, del que la unidad religiosa había sido en España la raíz histórica y el corolario doctrinal.

Ésta es la idea que dio razón a su vida y no le recuerdo sino defendiéndola e imaginando para sostenerla todo tipo de actuaciones, algunas de las cuales logró plasmar. No fue un intelectual sino un hombre de acción, con la doble determinación del militar y del cirujano y siempre haciendo gala de una aversión al derrotismo y de un entusiasmo juvenil que desbordaban no solo convicción y certezas, sino sobre todo limpieza de alma.

En cierta ocasión contó que, aprovechando la confianza de la amistad y de la fe compartida en los Novísimos, le había preguntado a un amigo suyo, que se hallaba a las puertas de la muerte (a la que acudía con la tranquilidad de estar bien preparado ante Dios), cómo afrontaba el trance. Su amigo le había confesado que “con curiosidad”. Y Alberto, que relataba la anécdota para bromear sobre su ya nonagenaria edad, hacía suyo ese sentimiento, aspiración postrera del eterno deseo de saber que caracteriza al ser humano.

A estas alturas esa curiosidad ya está satisfecha. Y, aun respetando los inescrutables juicios del Señor, no se me ocurre cómo podría ser de otra forma que agradablemente satisfecha. Porque en el Reino del que Alberto, por la misericordia de Dios, es ya o será pronto súbdito, rige desde siempre y para siempre una perfecta unidad católica.

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