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27 de septiembre de 2017 0

Tras la concentración “Aborto No. Dios ama al embrión” (25-IX)

Nuestra reflexión

DEBE DE SER la única pancarta de España que sale a la calle todos los 25 de cada mes. Se coloca enfrente del Parlamento de Navarra durante media hora (de 8 a 8 y media de la tarde). Por eso, los que asistimos, comprobamos que la gente está paralizada, sobre todo si cada vez surgen nuevos temas explosivos en la sociedad. ¿Hasta cuándo?. Aquí ocurre de todo pero es como si nada ocurriese. Por eso no sé dónde queda la libertad de expresión tan cacareada por los buenos. 

Considero que la sangría del aborto es tal que ha llegado a insensibilizar el espíritu.

Aquí parece que nadie se da por aludido. O bien los propios no nos toman en serio a los que salimos a la calle. De una u otra manera todos tienen excusas, por lo que Dios nos libre de juzgar. Lo cierto es que los buenos se refugian en sí mismos, ignorando que si huyen a las catacumbas otros ocuparán su sitio en la sociedad y la plaza pública.

¿Cómo vamos a tener paz en las conciencias, tranquilidad en la sociedad, esperanza en el futuro, trabajo y un buen pasar la vida, si matamos -hay que decirlo- a nuestros hijos? La sociedad es responsable de esto, y los políticos y Gobiernos son culpables de este enorme crimen colectivo. Lógicamente,  esto ya está pasando  una enorme factura. 

Dos patinetes de tres niños que estaban junto a la pancarta nos han inspirado el vacío de nuestra sociedad, la ausencia del hombre futuro. Luego dirán que la sociedad está envejecida, que las pensiones se tambalean y que se acerca la eutanasia. ¿Los responsables?: la actual generación, una generación que -si Dios no lo remedia pronto- la damos por perdida.

Una persona joven se nos sumó espontánea. Otra más, algo madura, lo hizo antes de tomar el autobús aunque no sabía bien por qué estábamos ahí a pesar de la claridad de la pancarta. Se le explicó y quedó conforme, mostrando con su lenguaje que utilizaba bien el habla del lugar. Una chavala, maja y rubia ella, atravesó en una bicicleta delante de la pancarta como una exhalación, reafirmándose no obstante sobre sus pies, a la vez que levantaba su brazo con el  puño en alto, con un ademán desafiante y chillón, diciendo: “!Libertad para las mujeres¡”. 


Se le contestó: “PERO TU YA VIVES”. Y -claro…- ella calló. Y otra manifestante dijo: “LIBERTAD PARA LOS HIJOS”. Y -claro…- de nuevo volvió a callar… No, los abortistas no tienen argumentos sino pasión inútil, ignorancia culpable y quizás maldad. 


Mujeres, hijos, vida…va todo unido. Eso de “libertad” para las mujeres para abortar no es más que esclavitud y angustia para las mujeres que abortan. ¿Qué abortero se acuerda de ellas cuando ellas matan al fruto de su vientre, una vida diferente, distinta a la suya, la de su hijo?. 

Nunca como hoy la mujer está tan esclavizada. La mujer empezó siendo utilizada y cosificada mediante la pornografía que nos presentaban como “libertadora” -¿se acuerdan de “Interviú” y tantas otras revistas y programas televisivos pornográficos, responsables del actual  pudridero social?-, y ahora la mujer es agredida sexualmente, y hasta empujada miserablemente a matar a su hijo.

¿Libertad o esclavitud inmunda? Por sus frutos los conocemos. 

Estos frutos son consecuencia de la expulsión de Dios de las leyes. Los hay que durante décadas han minusvalorado la importancia de las leyes civiles -ya es muy tarde para sus bobos lamentos-, y resulta que en España los grandes males vienen después de las leyes injustas. Ya sabemos que una persona puede ser muy santa en medio del lodazal y rodeada de mil leyes inmundas, pero ocurre que en España primero se hace la mala ley, luego el Estado estimula el mal, casi simultáneamente los buenos callan y se refugian en su vida privada y -todo lo más- en el apostolado de confidencia y de grupo pequeño. No se olvide que la ley civil tiene un gran poder educativo -no sólo tiene una dimensión coercitiva según Santo Tomás- y al “gran público” -es decir, a todos nosotros-  no se nos debe multiplicar los peligros ni los riesgos. Los semipelagianos insistieron mucho en la ley y derecho naturales, pero han de saber que sin la Gracia divina por N. S., Jesucristo estamos acabados, y que no podemos ir a parte alguna. “Sin  Mi nada podéis hacer” -¿nos acordamos?-. Cierto que el “No al aborto” es de ley natural, es decir, absolutamente obligatorio y universal, pero la fuerza espiritual no se saca de la naturaleza ante la tentación, sino de la Gracia divina.

Pamplona, 25-IX-2017

 

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