Poco amor y mucha guerra

(Por Javier Garisoain) –
La revolución sexual iniciada en los 60 tenía que haber llenado el mundo de niños, y cincuenta años después nos ha dejado un mundo de viejos.
Si todos hubieran hecho el amor y no la guerra vaya usted a saber dónde estaríamos ahora. Pero ya se sabe que los lemas ideológicos de la Revolución afirman lo contrario de lo que pretenden. Aquello que comenzó como adoración de los órganos genitales y la fornicación ha terminado como sucede siempre cuando se desordenan las cosas. El sexo, la unión sexual natural, se adora y se idealiza según los cánones de la pornografía, pero ya no se practica. El mundo moderno, que empezó siendo un burdel, se parece cada vez a una casa de albigenses perfectos, cátaros lunáticos que se dedican a hacer la guerra y a fornicar virtualmente con la IA. Hacer el amor a la vieja usanza queda para los ultracatólicos, los mahometanos y otros pueblos primitivos.
Los maltusianos deberían estar contentos. Los cálculos mas conservadores estiman que desde 1970 han sido ejecutados en el vientre materno, en todo el mundo, unos tres mil millones de seres humanos. Mucha guerra y poco amor. Los sacrificios humanos del genocidio abortista están frenándose, porque cada vez hay menos concepciones. Pero si los sumamos a la esterilidad del aberrosexualismo, al feminismo histérico, a la adicción virtual solitaria y a la normalización de la castración anticonceptiva el resultado es exactamente el que uno podía esperar cuando san Juan Pablo II hablaba de «cultura de la muerte».
Aquella revolución diabólica, la que propagó y llevó a sus últimas consecuencias el individualismo liberal, está implosionando. Lo que nos espera en las próximas décadas va a ser un desorden terrible. Pero si Dios tiene un poco más de paciencia con estas Sodoma y Gomorra saldremos adelante. En ese futuro ya no dominarán ni los prostíbulos ni los cátaros. Habrá hombres y mujeres «haciendo el amor» como Dios manda. Y seguirá habiendo problemas, pero habrá familias para afrontarlos.
