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20 de julio de 2025 0 /

Ingeniería espiritual

Ingeniería espiritual

( Por Manuel Gutiérrez Algaba – )

Una de las grandes sorpresas para mí en los últimos años ha sido descubrir que somos seres espirituales. Sí, sé que el término «espiritual» está muy manoseado y que huele a modernismo, pero tampoco me atrevo a llamarla «ingeniería católica», porque tampoco tengo yo atribuciones de Iglesia Apostólica, además de que la mayoría de los «seres espirituales» andan por vericuetos algo alejados de la catolicidad. A lo espiritual he llegado por reducción de insuficiencia de lo racional y lo emocional. En efecto, las personas no somos seres racionales, ni de broma, y, yo diría que tampoco seres políticos, como decía Aristóteles, porque muchos se dejan llevar. Ni racionales ni políticos.

La plandemia fue un baño de realidad para mi. En principio, era «posible», o, al menos, se atenía a las reglas de la lógica que hubiese un dogma, «la existencia de los virus mortales» , una regla, «si hay virus hay que protegerse», unos supuestos «hechos», «han aparecido los virus mortales», y una inferencia lógica: «hay que protegerse como sea ante virus mortales». Hasta ahí la lógica funcionaba muy bien. Sin embargo, la lógica comenzaba a chirriar como una puerta oxidada cuando «lo mortal» no atacaba en los bares, o no atacaba a ciertas alturas u horas, o no había muertos en zonas muy «expuestas», o las «protecciones» eran totalmente deficientes, o se exigían protecciones en espacios abiertos y no se exigían en espacios cerrados. No obstante, la puntilla fue el tema de la «vacuna», que nunca fue probada más de dos años, que ofrecía tasas de protección extrañas, o que implicaban mayores riesgos que contraer la «enfermedad». Estaba claro que las «personitas» que nos rodean no funcionan como «robots» lógicos. Estaba claro que había un «secuestro emocional»: miedo, vergüenza, … cobardía. Ya «apuntaba» las orejas el verdadero trasfondo de esto, o de todo: «lo espiritual». Detrás de muchas emociones ( conformidad con lo ilegal, cobardía, abuso, miedo,… ), lo que había realmente era una DECISIÓN espiritual: se trataba de ser egoísta o no serlo, de ser sólo materialista o no serlo, de creer en el honor o no creer. Escandalosamente, la inmensa mayoría de la gente estaba «posicionada» en un «estadio» espiritual muy poco católico, la mayor parte de la gente era egoísta, iracunda, dura de corazón, descreída. De pronto, como si estuviéramos en una película, vimos a nuestros semejantes en sus «esqueletos emocionales», despojados de sus ropas o adornos, nos vimos rodeados de «demonios» o de «endemoniados».

A día de hoy, las elecciones siguen siendo las mismas que en la plandemia, o que en el Génesis, se trata de estar con Dios o al margen de él. Se trata de ser egoísta, cobarde y sin honor, o tratar de no serlo, al menos, tratar. No sólo eso, a la hora de «movilizar», de «convencer», de hacer propaganda, la lógica no sirve para nada, las emociones al menos ayudan a aproximarnos alma con alma, pero lo único definitivo es la «transacción espiritual», por ponerle un nombre. Si a alguien duro de corazón o injusto o descreído le planteas un «problema general que incluso a él le afecta», aunque sepas tocar su fibra egoísta, su emoción, su estado espiritual será como un inmenso portón cerrado, no podrás pasar, no te escuchará, aunque la «lógica» así lo aconseje, aunque nos hayamos aproximado con la mayor delicadeza emocional , sin juzgar, sin atacar, sin acosar, con empatía. Es imposible.

Entonces, ¿qué hacer? Porque la solución escatológica y las 70 semanas de Daniel, no nos corresponden a nosotros. No podemos sentarnos en el sofá y esperar el fin del mundo, literalmente. Tampoco tiene sentido, ya digo, perfeccionar ad infinitum nuestras habilidades lógicas y emocionales. Podemos rezar, sí, podemos incluso rezar y hacer algo, algo espiritual, y, en lo que no somos «expertos»– yo no soy teólogo. Sabemos que las «acciones» están «de algún modo» conectadas con el plano espiritual. Sabemos que las acciones de caridad, por ejemplo, inducen «valores espirituales», tanto a quienes las reciben como a quienes las dan. El término «caridad» es amplio, o no tanto, abarca desde ayudar económicamente de forma directa, hasta ayudar en algo que no es de subsistencia vital pero si ayuda a la supervivencia. También la «caridad» tiene una peculiaridad: muchos no la necesitan, o no creen necesitarla. Mucha gente cree que está en un estado de cuasi-perfección, de «nirvana» económico social. «Cambiar» a estas personas es muy difícil, porque ¿qué caridad o acción puede hacerles cambiar? A veces, estas personas egoístas y engreídas sólo necesitan un poco de atención, un poco de protagonismo para cubrir su vacío interior el tiempo suficiente como para terminar el día con normalidad, su déficit estructural. Muchas personas tienen su vacío «lleno» de deportes, de sensaciones, de viajes, de conocimientos o de ínfulas de grandeza. Son personas «metaestables» espiritualmente.

Tampoco tenemos la herramienta de los cataclismos y tragedias universales, sólo nos queda la «acción» humana y pequeña. «Acción» es casi todo– pausa– lo que es «acción». ¿ Es una reunión entre un grupo de amigos una acción? ¿Es una acción reunirse en la calle con desconocidos? ¿ Es una acción una peregrinación ? ¿ Es una acción repartir octavillas? ¿Pegar carteles? ¿Hablar con el pescadero? ¿Ayudar al autónomo? ¿Consolar al empresario que está a punto de la quiebra? ¿Son todas las acciones iguales? ¿Y los actores? Porque los actores también son seres «espirituales». Algunos serán duros de corazón y sólo «actuaran» allí donde su ego se vea recompensado o confirmado. Otros irán puliendo su corazón haciendo acciones cada vez más altruistas, más puras, … Y otra cuestión es: «estas acciones y estos actores, ¿cómo se organizan?» ¿Se estructuran? ¿Van por libre? ¿Tienen una buena disposición de la acción, una sintaxis de la acción? ¿Conforman estas acciones una «política» , una presencia en el tejido cultural ?

Tengo que hablar de «ingeniería» porque, sin duda, se trata de algo sistemático, de algo constructivo, de algo que bebe de diversas ciencias, de algo que sigue reglas definidas de composición, de algo aproximado, de algo que va de realidad. Cuando se plantea una «ingeniería» ocurre como en la tabla de Mendeleiev: aparecen «huecos» que rellenar con técnicas y descubrimientos. Se trata de saber cómo, cuándo motivar a alguien para que «actúe», para que se «deje organizar», para que «organice», para que se de cuenta de la parte «trascendental» y espiritual de sus acciones materiales y prosaicas. No todos van a reaccionar igual ante una invitación a una acción. Unos serán reacios a repartir octavillas, porque su estado espiritual así lo dicta, da igual que intentes «convencerlo» lógicamente de que el riesgo de no hacer nada y hacer algo es hoy el mismo o mayor, o de convencerlo emocionalmente de que «el mundo en el que vivía» ya no existe y va a ser reemplazado por algo muy feo, y que merece la pena luchar y que sus emociones pertenecen a una realidad que ya no existe.

De todos modos, no hablamos de «ingeniería espiritual» «atea», ya que el «management», la gestión empresarial, lleva décadas pontificando «valores» ateos y ético-génesis ad-hoc para cada empresa y sector con profundo fracaso: la gente acaba riéndose del timo iluminista y cartesiano de unas éticas construidas para trabajar más y peor. El proceso «ingenierial» tiene que estar modulado y «proyectado» de principio a fin por virtudes católicas.

 

Cuando hablamos de «ingeniería» tenemos que empezar a categorizar, a cuantificar, a clasificar, a ponderar: este «comodón» puede hacer esta y aquella acción, pero no se puede solicitarle aquella otra. Lo mismo con las acciones, esta acción requiere tantos perfiles de «organizadores», de «ejecutores», de «apoyo logístico». Y hablamos de evoluciones tanto espirituales que brotan de la acción, como evoluciones de la política a partir de la acción ejecutada por seres «más avanzados» espiritualmente. No es lo mismo un grupo pequeño repartiendo propaganda inane con simbología obsoleta, que un grupo mediano poniendo el dedo en la llaga de manera científica y explotando políticamente y espiritualmente un realidad.

Acción y espíritu, ingeniería política e ingeniería espiritual son las dos caras de una misma moneda. No se pueden afrontar acciones sin identificar y reconocer en toda su magnitud a los actores. No se puede avanzar espiritualmente sin actuar y sin avance espiritual la acción es imposible. Es la acción rompedora de unos pocos, los carlistas, la que puede elevar espiritualmente a muchos y servir de plataforma para mayores acciones que, a su vez, engrandezcan espiritualmente y, así sucesivamente. Y son los carlistas, puesto que ellos son los que tienen como parte medular de su cuerpo dogmático el Evangelio, son ellos puesto que están más cerca espiritualmente del «ideal».

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