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1 de septiembre de 2025 0

Unidad hispánica católica

 

La Unidad de Las Españas

En el ideario carlista, la unidad de las Españas forma parte del segundo lema de nuestro cuatrilema, la Patria. Es decir, sólo por detrás de Dios. Al respecto escribí hace ya tiempo un artículo, aunque no vendría mal recordar que el amor a la Patria es una extensión de la obligación marcada por el cuarto mandamiento, y que el amor a la Patria se origina del amor a nuestra familia y nuestro pueblo, la Patria chica, tan importante como el amor a la Patria grande que son Las Españas. Pues, como enseña la doctrina católica, del amor de Dios vienen todos los amores, y uno lleva al otro (para confusión de los nacionalistas, que necesitan tanto o más odiar lo ajeno como amar lo propio).

Una de las obligaciones que impone el amor a la patria es preservar su unidad. Una unidad que es ante todo humana. Es decir, evitar la ruptura de la comunidad política que agrupa a todos los españoles. Una unidad que es mucho antes Unidad católica (como veremos) que unidad meramente territorial, aunque también lo es.

 

La Unidad de los reinos cristianos bajo el gobierno de los Reyes Católicos

Para hablar de la unidad de las Españas, hemos de llevar a cabo un repaso histórico, por más que sea necesariamente somero. Simplificadamente, la España actual proviene directamente de la unidad de los diversos reinos de la Península Ibérica en época de los Reyes Católicos. La unión conyugal de los dos herederos a la corona, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, en una época en que todavía se consideraba la corona como patrimonial, y su capacidad para engendrar (bien que azarosamente) un linaje que les sucediera, constituyó el germen para esa unión política. Unión política conscientemente buscada, que no casual, para perdurar en el futuro. En efecto, con el acceso al trono respectivo de ambos, la conquista de Granada, y la incorporación de Navarra (en un momento en que ya Castilla había descubierto y conquistado varios señoríos en tierra de las Indias Occidentales), Isabel y Fernando culminaban un proyecto de reconstitución. Un proyecto que tenía más de setecientos años. La llamada “Reconquista”.

Es tan evidente la voluntariedad de esa reunión, que los Reyes intentaron por todos los medios que, por enlace matrimonial, el reino de Portugal se incorporase también a ese proyecto reconstituyente. Y por un breve lapso de tiempo así fue, cuando nació Miguel de la Paz de Avís (1498-1500), nieto por vía materna de los Reyes Católicos, heredero de las coronas de Portugal, Castilla y Aragón durante apenas año y medio, antes de morir a temprana edad. No estuvo de Dios que este infante culminase gozosamente el proyecto restaurador hispánico, y los caminos de la monarquía hispánica y portuguesa se separaron de nuevo. Cuando finalmente el bisnieto de los Reyes, Felipe II de Habsburgo, logró ser elegido rey de Portugal, muchos lusos sintieron extraña una monarquía que no tenía la mirada puesta en la península y los inmensos territorios transoceánicos, sino en su herencia centroeuropea, preñada de rencillas históricas y pronto campo de batalla religioso. Apenas sesenta años duró aquella unión, y tras su ruptura, fue la España portuguesa enemiga de su hermana la España Castellano-aragonesa.

 

La idea de la Unidad hispana durante la Reconquista

Tenemos que dar otro salto atrás en el tiempo, para poder entender qué era entonces la llamada Reconquista: un anhelo, una reivindicación que todos los reinos cristianos de la península, pero muy señaladamente el de León, y posteriormente el de Castilla, sostuvieron para legitimar la conquista y cristianización del llamado Al Andalus por los árabes. Tiene su origen, al menos, en el reinado de Alfonso III el Magno (866-910), el último rey de Asturias o el primero de León, según se quiera considerar lo que no fue sino la transición de la capital del mismo y más poderoso reino cristiano del solar ibérico. En efecto, en la crónica de su reinado (versiones rotense y albeldense), se apela explícitamente al reino de León como heredero legítimo del antiguo reino cristiano de los godos en Hispania, aquel cuya caída y desaparición propiciaron los invasores musulmanes en la rota de Guadalete. Dicha crónica emplea diversas profecías para señalar que Alfonso III era el llamado por la providencia divina para restaurar aquel reino perdido, como sucesor natural de los monarcas godos. Aunque los estudiosos consideran que fueron mozárabes de Toledo o acaso Córdoba los que llevaron hasta la corte leonesa aquella aspiración, hay indicios indirectos en la onomástica, curia regia y planificación urbanística ovetense de su antecesor y tío abuelo, el rey de Asturias Alfonso II el Casto (783-842), que sugieren que ya en su época se estaba intentando recrear la monarquía gótica.

Tal fuerza tuvo esa idea, que se puede considerar el motor principal de la larguísima y accidentada conquista y dominación de los cristianos sobre los musulmanes en la península. Tan accidentada que la mayoría de las diferencias (lingüísticas, consuetudinarias, onomásticas, forales) que hallamos entre las diversas patrias históricas, o Españas, provienen precisamente de aquellos siglos. No se puede dudar que ese reino gótico, que inspiró de modo tan fundamental a los antecesores de los Reyes Católicos (y a ellos mismos), es clave para entender el concepto de patria de esta España del siglo XXI.

 

Hispania. La primera España

Despreciado por la crítica histórica desde los tiempos de la Ilustración, como una época de oscuridad y fanatismo germánico, frente a la luminosidad y civilización de griegos y romanos (griegos y romanos paganos, por cierto), en las últimas décadas el reino gótico de Hispania (507-714) ha recuperado interés por parte de arqueólogos e historiadores, y se ha ganado el derecho a una justa reivindicación, frente a una lectura algo superficial de las fuentes, que prácticamente no pasan de enumerar sucesiones aparentemente incoherentes de nombres de reyes, y unas pocas vidas de santos eruditos que rescataban mínimamente aquella época.

Hoy sabemos que el reino godo de Hispania fue un continuador, si no natural, al menos sí bastante fiel, de la cultura romana que el Imperio de Occidente, católico y latino, había impregnado en nuestra península.

Y aquí llegamos al origen de nuestro ser hispánico. Pues, como no es inhabitual en la historia (que lo pregunten a los americanos), fue una potencia extranjera, la república romana, la que dotó de coherencia, leyes y lengua común al abigarrado conglomerado de tribus y confederaciones de tribus, de diversas lenguas, religiones y razas, más o menos mezcladas, que constituían los habitantes de la Península Ibérica, y que, ora aliados, ora enemigos, carecían de ninguna conciencia de pueblo, pese a habitar una unidad geográfica tan singular como una península, unida al resto del subcontinente europeo por una cadena montañosa. Un hábitat natural para cualquier patria.

De origen étnico principalmente indoeuropeo, para principios de la Edad del Hierro los nativos de la península ibérica estaban sometidos a diversas corrientes culturales: cántabros, astures, galaicos y lusitanos habían recibido una importante influencia de la cultura llamada del Bronce atlántico (dando lugar a la cultura castreña). En el sur, los tartésicos, y sus herederos turdetanos y túrdulos, estaban modelados sobre el poderoso influjo de los fenicios cananeos del Oriente Próximo. A su vez, tanto fenicios como tartésicos habían ejercido su influjo sobre los pueblos del este peninsular, los iberos (igualmente influidos por los griegos foceos de Massilia), cuya singular lengua y cultura abarcaba desde el Garona y el Herault, en la Galia, a lo largo de toda la fachada mediterránea hasta la actual Andalucía oriental (y probablemente los pueblos vascones del Pirineo central y occidental sean un residuo de su romanización). Y durante toda la Edad del Hierro, los pueblos célticos, o de la cultura de La Tene, herederos de la cultura de los campos de urnas, fueron poblando, presumiblemente desde la Galia, una amplia faja central de la península, dejando un reguero de tribus como los várdulos, caristios, turmódigos en el norte, belos, titos, lobetanos, arévacos, lusones, pelendones en el sistema ibérico, vacceos, vetones en la meseta, y célticos, ya en las costas del Atlántico, y que interactuaron con las tribus de la cultura castreña de modo desigual. Todos ellos insolidarios, todos ellos extraños unos a otros.

Esa unificación forzosa por parte de los conquistadores de la península (a la que los romanos nombraron a partir del nombre que sus enemigos cartagineses le habían dado en su lengua, “Spal”, y no con el que la llamaban sus aliados griegos, Iberia) constituyó a la larga una de las grandes provincias del posterior Imperio Romano en Occidente. En efecto, la diócesis romana de Hispania estaba a la misma altura que las tres “grandes”: Italia, Galia y África, y era mucho más importante que otras como Britania, Germania, Recia, Nórica o Dalmacia.

No cabe ahora explayarse en las numerosas personalidades relevantes que Hispania aportó a la historia de Roma, desde Cornelio Balbo, amigo personal de Cayo Julio César, y primer cónsul no itálico, hasta el emperador Teodosio, el último de un imperio unido, que proclamó el cristianismo católico como religión oficial, y que daría lugar a una estirpe que gobernaría en ambos imperios hasta la segunda mitad del siglo V. Entre medias, Eliano, primer gobernador de Britania, el poeta Marcial, el filósofo Séneca, los emperadores Trajano y Adriano, el geógrafo Pomponio Mela, el auriga Diocles, la peregrina y escritora Egeria, el historiador Floro, el obispo Osio (consejero del primer emperador cristiano Constantino y presidente del concilio de Nicea), el poeta Lucano, el general Máximo, el tratadista Columela, por no hablar de la miríada de mártires durante las persecuciones antes de la cristianización (Eulalia, Acisclo, Justo, Pastor, Zoilo, Félix, Valero, Vicente, entre muchos otros). Todos ellos se sentían romanos como cualquier otro, pero en sus testimonios podemos leer que, además de su ciudad natal, ostentaban con orgullo su origen hispano. Se sentían “romanos de Hispania”, de un modo no diferente del que hoy en día uno se puede considerar “español de Valencia”. Las huellas prerromanas quedaron muy atenuadas, y salvo en el extremo más septentrional, significaron poco más que toponimia. Hoy en día grupos nacionalistas regionales pretenden reivindicarlas como justificación de singularidad, pero su impacto en el ser de los españoles contemporáneos es anecdótico. La base de nuestra cultura es romana y cristiana.

As pues, hallamos la raíz de nuestra Patria en esa Hispania conquistada por Roma en largas campañas que duraron casi dos siglos, y constituida en diócesis por Diocleciano en 298 d.C (por cierto, incluyendo durante un tiempo la llamada Mauritania Tingitana, conocida por Hispania Transfretana, es decir, las actuales Yebala y Rif en el norte del reino de Marruecos). A partir de ese momento, por anacrónico que resulte, podemos hablar ya de una “personalidad hispana”, en su momento fundida en el imperio occidental, y posteriormente desligada políticamente (a causa de las invasiones germánicas) más no lingüística ni culturalmente, del resto del orbe romano.

 

Las invasiones germánicas arrianas

Durante el agitado siglo V, al igual que todo el postrado imperio occidental, diversas tribus germánicas invadieron Hispania, rompiendo su previa unidad y paz: alanos y vándalos que acabarían pasando a África, y suevos, que se instalaron en Gallecia e intentaron durante un breve periodo la conquista de toda Hispania. Tras sus pasos llegaron otros germánicos, los godos, que en nombre del moribundo imperio (en ese momento su aliado), expulsaron a los invasores definitivamente, excepto a los suevos, que quedaron arrinconados en su pequeño reino galaico.

Es importante señalar que en todas estas agitaciones, los nativos de la península (que constituían la gran mayoría de la población), siguieron sintiéndose romanos. Ya no sometidos a la autoridad imperial, pero con su cultura se inalterada, principalmente porque la que traían los invasores era muy inferior, incluso la de los godos, que eran los más romanizados de todos. La principal separación, no obstante, era religiosa.

Para entender este aspecto, que es capital en nuestra comprensión del ser hispánico, hemos de hacer una breve recensión de la aventurera y fascinante historia del pueblo germánico oriental de los godos, desde su origen en las costas bálticas, hasta su definitivo asiento en las penínsulas italiana e hispana a finales del siglo V. Poco antes de su entrada en el Imperio oriental, huyendo de los hunos (en el año 377), los godos fueron los primeros germanos evangelizados en el cristianismo. Y lo fueron por mano de un obispo de su propia raza, Wulfilas, que había sido convertido y bautizado por mano del propio emperador oriental en una breve época en que esta corte había adoptado y defendía las tesis del cristianismo arriano. Enviado a evangelizar a los suyos, lo hizo con notable éxito, pero naturalmente a la versión arriana del cristianismo. Para cuando los godos pasaron en masa al territorio imperial, los romanos orientales ya habían acogido las enseñanzas de los concilios de Nicea y Constantinopla sobre la naturaleza de Cristo, habían dejado de ser arrianos. Los occidentales no lo habían sido nunca.

Pero el éxito de Wulfilas entre los godos fue tal, que pronto los misioneros godos convirtieron al cristianismo a otras tribus germánicas, inicialmente las orientales, como ellos mismos (vándalos, hérulos, alanos), pero luego también a muchas occidentales, como borgoñones, lombardos o suevos. Únicamente los francos, como otros pueblos del mar del norte (frisones, sajones o anglos) permanecieron paganos, lo cual tendría una gran importancia en la historia de las posteriores Francia e Inglaterra, y también en la de España.

Así, cuando los godos arrianos se enseñorearon de Hispania, como ocurrió a otros germanos dominadores del antiguo territorio del imperio Occidental, la religión les separó de los romanos, que eran católicos nicenos. Así, los matrimonios mixtos estaban legalmente prohibidos (una ley, irónicamente, originaria del viejo código romano), y los godos se constituían en una suerte de minoría apartada de los nativos, que ocupaba la mayor parte de las tierras y siervos, y todos los cargos públicos de relevancia, de un modo que recuerda bastante al sistema del apartheid establecido por los afrikaaners en Sudáfrica: los hispano romanos eran “ciudadanos de segunda”.

Ocurrió entonces que el rey franco Clodoveo, en el año 491, se convirtió al cristianismo, pero lo hizo al cristianismo católico, es decir, al de los romanos. Pronto, sus victoriosas campañas militares le convirtieron en el amo de la Galia septentrional, Borgoña, Alamania… y finalmente, tras su victoria en la batalla de Vouillé en 507 contra el rey godo Alarico II, en dueño de casi toda la Galia meridional, y el rey deseado por todos los romanos católicos. En su reino pronto se fundieron en matrimonio germanos y romanos, dando lugar a una cultura mixta, pero fundamentada en la religión católica y el idioma latino.

 

El rey Leovigildo y el problema de la unidad en Hispania

No vamos ahora a ahondar en la historia de los primeros ochenta años del reino godo en Hispania, llena de turbulencias y extrañamiento entre godos arrianos dominadores, y romanos católicos dominados. Baste decir que, tras abatir a los godos de Italia, y a los vándalos de África, y reconquistar esos territorios para la romanidad, el imperio romano de Oriente trató de hacer lo propio con los godos de Hispania, pero (estirando en exceso sus propias líneas de abastecimiento) fracasó, y apenas logró conquistar una estrecha franja en el sur de la península. La figura política capital de este periodo fue rey godo Leovigildo (568-586), el primero con una visión política de gran alcance, el primero que podríamos decir que soñó con una Hispania definitivamente independiente y unida: detuvo a los bizantinos, puso fin al reino independiente de los suevos, reunificó territorialmente la península y quiso lograr la unidad entre godos y romanos, aboliendo la prohibición de matrimonios mixtos. Asimismo, trató de forzar a los romanos a convertirse a un arrianismo aguado aceptado por los sumisos obispos arrianos, a fin de cuentas empleados públicos de la corona, y por ello muy alejados de la sobria y digna resistencia de la mayoría de los obispos católico-romanos de su época a las presiones de los reyes. El intento fracasó: pocos sacerdotes católicos y aún menos obispos, se interesaron por esa iniciativa, mientras no pocos godos arrianos se turbaron profundamente por esa alteración de sus creencias.

Al final de su reinado se vio claramente que, querellas nobiliarias entre godos aparte, el principal problema social de Hispania era la diferencia religiosa, mantenida hasta entonces por los godos para sustentar su estatus social privilegiado (y por orgullo de pueblo, a qué negarlo, pues en ausencia de un territorio arraigado más de dos generaciones, y sin linaje real, que cambiaban con frecuencia, no les quedaba otro símbolo de su pertenencia tribal más que su fe diferente a la del pueblo).

Los hispano-romanos no participaron del intento arrianizante de Leovigildo, más aún, algunos godos comenzaron a convertirse al catolicismo (Masona de Mérida, Juan de Biclaro, el duque Zerezindo), culminando en la del propio hijo y heredero del rey, Hermenegildo, cuya revuelta católica logró ahogar exitosamente el rey, llevando finalmente al martirio al desventurado converso. Pero fue un amargo éxito. Leovigildo murió viendo el fracaso de su política religiosa.

Y es que si la diócesis de Hispania había sido territorialmente casi completamente unificada por los godos (que incluso conservaban una pequeña parte de la Galia, la provincia llamada Septimania, correspondiente en buena parte con la antigua Narbonense imperial), y la corona había sido asentada con firmeza por Leovigildo, nunca podría existir una verdadera conciencia de pueblo mientras subsistiese la separación religiosa entre dominadores y dominados, pues para los hispano-romanos, el arrianismo era extraño y abominable, y un siglo de discriminación no había cambiado un ápice su determinación en mantenerse fieles a Nicea.

 

Recaredo y el III Concilio de Toledo. La unidad católica

El nuevo rey Recaredo, segundo hijo de Leovigildo, heredó un reino unido y una monarquía todo lo fuerte que podían tolerar los nobles godos, y acometió el último problema, el de la unidad religiosa. Y lo hizo del único modo que era ya posible: en 587 se convirtió al catolicismo secretamente, y en mayo de 589 convocó un concilio católico general en Toledo (habían estado prohibidos hasta ese momento), para proclamar en él públicamente la conversión de todo el pueblo godo al catolicismo. Al ser la iglesia arriana básicamente una iglesia regalista, la conversión de su cabeza significaba su desaparición como entidad autónoma y su incorporación a la estructura eclesial católica.

El III Concilio de Toledo es considerado con justicia una fecha fundamental en la formación de España. En efecto, la conversión oficial de los godos, empezando por la familia real, al catolicismo, unida a la legalización de los matrimonios mixtos entre godos y romanos, ya decretada por su padre, acabó con la última barrera que separaba a los conquistadores y los conquistados, y no dejó ningún impedimento para que se fundase un nuevo pueblo a partir de ambos. Y así fue. A partir de este concilio, podemos dejar ya de hablar propiamente de godos e hispanorromanos, y podemos hablar ya con plenitud de hispanogodos.

En el discurso conciliar del magno metropolitano san Leandro, se explicita ese sentimiento imperante en aquel momento de que estaba dando conformidad a una nueva nación, un nuevo reino: “resta solo que unánimemente todos los que hemos construido un solo reino, nos presentemos ante el Señor con nuestra oraciones por la estabilidad del reino de la tierra tanto como por la felicidad en el reino del cielo”. Y era un reino que nacía con una conversión, un reino fundamentado en una la unidad religiosa, al unidad católica. Desde el primer momento, pues, y veremos que en lo sucesivo, el reino hispanogodo sería un reino católico, y eso no lo iban a olvidar, ni los sucesores de Recaredo, ni los reyes asturianos y leoneses que reivindicarían ese reino que nacía en el concilio toledano.

El proceso no fue sencillo: mientras la mayoría de los godos, ajenos a sutilezas teológicas, acataron el mandato de su rey, hubo grupos, y entre ellos algunos poderosos linajes nobiliarios, que rechazaron esa conversión, manifestándola en el modo más gótico posible, como rebeliones contra la corona. Así, Athaloc, obispo arriano de Narbona, junto a los condes Granista y Wildigern; Sunna, el fanático arzobispo arriano de Mérida, junto a los condes Viterico, Vagrila y Segga; y el arzobispo arriano Uldila de Toledo, con nada menos que la madrastra del rey, la reina Goswinta, organizaron sendas conjuras para destronar o asesinar al rey y nombrar un sustituto arriano, en los años posteriores. Sin embargo, evaporadas estas, no se vuelve a oír hablar de arrianismo en el reino.

La nueva Iglesia hispana unida, acogió a todos los prelados arrianos y sus templos, tras la abjuración formal del arrianismo y la profesión de fe nicena. No solo acabó con la discriminación que sufría secularmente en el reino arriano, sino que incorporó un caudal de medios materiales, humanos y espirituales, no masivo, pero tampoco irrelevante (aunque, desgraciadamente para los lingüistas, se perdió el idioma gótico, que era el litúrgico propio de aquel rito, mientras el pueblo godo hablaba cotidianamente latín desde hacía generaciones) . Con la doctrina tan firme como antaño, comenzamos a ver nombres góticos entre los sacerdotes y obispos, y aunque siempre fueron minoría, su nombre fue incrementándose con los años, llegando a producir metropolitanos toledanos y santos como Ildefonso. Por su parte, Recaredo pronto incorporó a los obispos católico romanos a su aparato burocrático, influencia que sería tradición firme en los reinos cristianos peninsulares en los siglos venideros. En contrapartida, pronto los monarcas influyeron en el nombramiento de obispos y aún abades, no siempre con acierto. Y esa costumbre también arraigó en tiempos posteriores.

Y es que la onomástica nos refleja que a cambio de su conversión, los godos conservaron el monopolio de la riqueza y las magistraturas, pues en lo sucesivo la división legal en el reino ya no sería entre arrianos godos y católicos romanos, sino entre ricos y pobres (en lo cual no hay originalidad alguna entre las legislaciones de la época). Y aunque sabemos que los matrimonios mixtos fueron en aumento, y no se puede hablar a partir de ahora propiamente de romanos y godos como dos etnias separadas, los hijos mestizos recibieron nombre godo, pues lo godo era timbre de nobleza.

Por cierto que, nuevamente desde el exterior, parece que se veían las cosas más claramente que desde dentro. Mientras los autores hispanos, como san Isidoro, o el Biclarense, llaman al monarca rey de los godos, o rey godo de Hispania, el contemporáneo galo san Gregorio de Tours, no tiene duda: es “el rey de Hispania”, el rey de España. Y así le llama en varias ocasiones, y no solo porque los francos pudiesen reclamar como propios los territorios godos de la Septimania gala, sino por la evidente correspondencia entre la diócesis romana de Hispania y el reino de Toledo

 

El reino católico

La conversión de los godos al catolicismo suponía su inserción en la primitiva Cristiandad de la Alta Edad Media, compuesta por reinos católicos (sólo persistían como arrianos los lombardos de Italia, y unas décadas después también se convirtieron). Pero ello no provocó un cambio relevante en la política internacional: francos y bizantinos, con ser católicos, siguieron siendo rivales y continuaron existiendo conflictos bélicos con ellos. Únicamente supuso un cambio trascendental en la relación con el papa, con el que existió desde ese momento una relación mucho más intensa y por supuesto más cordial.

Dos características particulares tuvo el reino católico de Toledo con respecto a otros del Occidente. Primeramente, la importancia política de los concilios generales católicos, celebrados en Toledo. Además de los obispos, acudían el rey y los magnates o altos funcionarios nobiliarios. En la mayoría de concilios hubo una parte en la que no se trataban temas eclesiásticos, sino civiles (algunos tan importantes como el método de sucesión electiva a la corona, explicado en el canon 75 del IV Concilio de Toledo, tan característico de la monarquía gótica hispana). Secundariamente, eliminado el arrianismo, muchos reyes (no tanto los concilios) emprendieron una política para lograr la conversión al catolicismo de los judíos del reino, que fueron penalizados en sus bienes y su libertad de movimiento si no se bautizaban, llegando incluso a las conversiones forzadas. A finales del siglo VII está política fue abiertamente persecutoria.

La unidad territorial, social y religiosa no eliminó el peor vicio de los nobles godos: las querellas por el trono. En una de ellas, fueron llamados los árabes y bereberes musulmanes del norte de África, que tras derrotar a las huestes cristianas hispanogodas del rey Rodrigo, conquistaron toda la península entre 711 y 714, y la provincia gala de Septimania (llamada posteriormente por los francos precisamente Gothia) entre 719 y 721.

Así se puso bruscamente fin a un reino que había sido durante ciento treinta años una unidad religiosa y territorial. Un reino católico, formado por hispanogodos de lengua y cultura latina, saltó hecho añicos, sustituido por un emirato musulmán de cultura árabe (aunque con muchos invasores de etnia bereber, esto es norteafricana), donde la mayoría de los nativos, con el paso de las generaciones, acabaron apostatando y adoptando el islam, para evitar la discriminación legal hacia los cristianos.

 

La unidad territorial y católica durante la Reconquista

Volvemos otra vez hacia delante, recordando que la resistencia cristiana en los núcleos del norte peninsular, con ser disgregada e inicialmente débil, desde el primer momento mostró que no había olvidado la unidad católica, la primera y principal en ser preservada. Cuando se logró estabilizar esa resistencia y crear el primer reino cristiano del norte de entidad, el reino astur-leonés, pronto se evocó también la unidad territorial, y la reivindicación del reino hispano godo, como ya vimos, probablemente desde el reinado de Alfonso II, y con seguridad en las fuentes desde el reinado de Alfonso III.

Son múltiples las señales que nos muestran que esa idea de la continuidad con el reino godo fue uno de los principales motores de la Reconquista. Por ejemplo, Alfonso VI hizo explícita la capitalidad goda de Toledo cuando reconquistó la ciudad en 1085, y como consecuencia se tituló imperator totus Hispaniae, es decir, preeminente sobre el resto de monarcas cristianos de la península. Tanto su hija Urraca y su yerno Alfonso el Batallador de Aragón, como sobre todo su poderoso nieto Alfonso VII volvieron a titularse “emperador de las Españas”, y este último fue reconocido explícitamente así por el resto de monarcas católicos.

Pero aunque el reino de León altomedieval (y su heredero bajomedieval, la corona de Castilla y León) es el que más explícitamente reivindica esa herencia de la monarquía hispanogoda católica, hallamos pruebas de esa misma idea en el resto de reinos cristianos: Sancho III Garcés el Mayor de Pamplona es llamado en la Crónica de Nájera Rex totius Hispaniae (por cierto, en singular) varias veces, al haber conseguido avasallar a todos los demás soberanos católicos de la península; en la Crónica de los reyes de Navarra, se emplea el término Hispania como entidad política real, aunque no sustanciada políticamente. La Crónica Aragonesa de san Juan de la Peña emplea en varias ocasiones el término Hispania como sinónimo del reino godo. El liber maiolichinus (primera mitad del siglo XII) describe a Ramón Berenger III como “dux catalanensis et Hispaniae subjogator”. En el Llibre dels Feyts de Jaume I el Conqueridor emplea la palabra “Espanya” nada menos que en catorce ocasiones, en todas ellas como la unidad histórica de los reinos cristianos de la península (es célebre la cita en la que el rey afirma que Catalunya es “lo mellor regne d´Espanya, el pus honrat el pus noble«).

Asimismo, durante toda la Reconquista existieron frecuentísimos matrimonios entre infantes y príncipes de los reinos cristianos hispánicos, y antes de la unión de Fernando e Isabel, ya hubo nutridos ejemplos de connubios con herederos que provocaron la unificación de reinos. Algunos, como el de Urraca de Castilla y Alfonso II del Batallador de Aragón (que llegó a titularse también “emperador de todas las Españas”) en 1109; o el de Juan II de Aragón y Blanca de Navarra en 1420, no produjeron la unión de coronas, pero otros sí, y de forma importante: Así, el matrimonio en 1150 del conde Ramón Berenguer IV con la princesa Petronila dio lugar a la unión del reino de Aragón con el condado de Barcelona (que a su vez avasallaba al resto de condados de la Marca Hispánica, ya conocidos como condados catalanes); y el de Alfonso IX de León y Berenguela de Castilla en 1197 provocaría la reunificación de León y Castilla en la persona de su hijo Fernando III el Santo. Sin contar muchos otros matrimonios entre miembros de las casas reales peninsulares que no llegaron a tener efectos políticos. Estas uniones resultaron ser mucho más frecuentes que las que se contraían con miembros de casas reales o nobiliarias extrahispánicas, y reflejan una intención de lograr la unidad de modo pacífico y no por la conquista, que fue siempre la excepción entre los cristianos, y no la regla (constituida por los tratados o pactos de límites fronterizos).

De donde se ve que la reunión territorial del antiguo reino hispano de los godos siempre estuvo en mente de la mayoría de monarcas cristianos medievales. Y también que el concepto de “Españas” es medieval, y refleja la diversidad cultural y legal que habían adquirido todos los reinos hispanos que luchaban contra los infieles desde la caída del reino godo, un modo de reconocer la unidad en la diversidad. El carlismo rescataría posteriormente este concepto secular.

En cuanto a la unidad católica, poco hay que añadir, pues fue constante entre los reinos cristianos de la península desde su mismo nacimiento, pocas décadas después de la conquista islámica. Entre reyes y nobles se hizo costumbre piadosa la fundación y patrocinio de monasterios, y más allá de querellas por jurisdicciones eclesiásticas, la sujeción doctrinal de todos los obispados al papa de Roma fue constante, con hitos como la adopción del rito romano frente al hispano-mozárabe, traído por la orden de Cluny con el decidido apoyo del rey Alfonso VI de León, o el impacto derivado del terrible medio siglo (1378-1417) de querellas entre papas durante el cisma de Occidente. Un cisma en cuyo origen tuvieron su parte de culpa los nobles italianos, y los monarcas de Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico, pero no los reyes cristianos de Hispania, que sin embargo lo sufrieron en sus carnes. Tampoco podemos olvidar la progresiva intolerancia hacia musulmanes y judíos dentro de los reinos cristianos cada vez más pujantes y poderosos, que culminó, coincidiendo en el tiempo con la toma de Granada, con leyes que obligaban a la conversión de musulmanes y judíos, y en el caso de estos últimos, a su expulsión física si se negaban. En el plano positivo, los monarcas hispanos alentaron la lucha contra la herejía en sus reinos, y la evangelización (llevada sobre todo a cabo por las órdenes religiosas de predicadores y menores) entre los infieles, actitud que continuaría en la portentosa aventura de las Indias Occidentales.

 

La Unidad de España actualmente

Como decíamos al principio, el concepto de unidad territorial y católica parte de la filosofía política de los Reyes Católicos (y, como hemos tenido oportunidad de ver, no es tampoco original suya), y es el marco y fundamentación de la España actual. Eso no quiere decir que no haya habido modificaciones: territoriales con la incorporación de Canarias y las Españas americanas (y asiáticas, y africanas), legales con la conversión por Felipe V de Borbón de la monarquía católica de las Españas en un reino de España unificado, al estilo francés, hasta (y esta es la ruptura más dolorosa de todas), la progresiva demolición de la unidad católica con la sucesión de constituciones liberales, cada cual más secularizante y masónica que la anterior, hasta llegar a la actual, que es planamente agnóstica.

Desde aquella Hispania romana y católica, parte constituyente, primero del Imperio Occidental, y posteriormente de la Cristiandad latina, hasta el moderno estado secular y europeizante (en el peor sentido de la palabra), que tenemos actualmente, hay un largo camino de diciecisiete siglos, que, desde el punto de vista moral y social, ha sido sobre todo de decadencia, acelerada en los últimos doscientos años.

Algunos dirían que solo el nombre queda de aquella patria de firmes raíces religiosas, monárquicas, culturales y hasta geográficas, que fue España. Una nación histórica mucho más claramente reconocida desde el extranjero que desde nuestra propia tierra (como anécdota hodierna, podemos constatar que la pregunta más frecuente en los buscadores de la red global con las palabras “España” y “Portugal” juntas es, precisamente, por qué no están unidas en un solo país), plagada de nacionalismo romántico regional y un odio creciente en las clases cultivadas, y cada vez más en las del común, por su historia y fundamentos.

Y sin embargo, las raíces culturales católicas están por doquier (y mientras existan, no se extinguirá el odio hacia España de sus hijos desnaturalizados); la unidad del territorio peninsular (y las Baleares) sigue siendo algo evidente y natural (como le ocurre a otras naciones peninsulares e insulares, somos esclavos de la geografía), y su extensión a Canarias y las Américas, innnegable; el recuerdo de la gloriosa monarquía hispánica tan potente, que incluso el sucedáneo actual de la rama usurpadora de los Borbones genera un reconocimiento muy amplio entre muchos españoles (que son más borbónicos que realmente monárquicos); y la triste caricatura de los estatutos de autonomía, especialmente entre los nacionalismos separadores, nos recuerda constantemente que antaño hubo unos reales fueros y un pacto entre monarquía y pueblo que hacía más fuertes y grandes a todas las Españas, en una unión que añoraba el reino hispánico de los godos.

Tenemos los tradicionalistas, por tanto, el deber de formarnos y formar a los demás en esa realidad innegable, católica, monárquica y unida en la diversidad, a la que Dios llamo a la vieja Hispania, celtíbera y vascona, romana y goda, reconstruida en una lucha de siglos, durante los cuales cumplió con una misión (sí, misión) más trascendental que terrena (con cuantas objeciones y defectos se quiera plantear a las personas que la habitaron, seres falibles como todos los humanos), y a la que liberalismo y comunismo han ido desmontando inicua e incansablemente.

No son pues las fronteras, mucho menos las constituciones liberales, las que han conformado el ser o esencia de lo hispano. Tampoco los aparatos “estatales”, por más que su importancia sea grande, pues durante muchos siglos no hubo un reino unido de Hispania, sino diversos, y sin embargo, todos ellos evocaban en mayor o menor medida esa idea de unidad. Son las claves históricas que hemos citado, y que se resumen en la unión étnica romanogoda, la unión territorial peninsular (y luego extrapeninsular), le lengua y cultura latinas (con la salvedad del vascón, residuo probable del también nativo ibero), la diversidad (desde la Edad Media) de costumbres y tradiciones legales, y sobre todo la unión católica (tan particular de nuestra tierra y a la vez que nos hace tan internacionales), a lo largo de muchísimos siglos de pervivencia y convivencia (a veces complicada y conflictiva), las que han forjado el ser hispano, y son las que están detrás, en último término, de los ideales de nuestro cuatrilema: Dios, Patria, Fueros y Rey legítimo.

Entender y explicar adecuadamente a los demás el significado de la unidad católica, la unidad territorial y la unidad monárquica, son quizá las tareas primordiales en el apostolado tradicionalista en las Españas.

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