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1 de noviembre de 2005 0

La Patria de todos los españoles

¿Qué es la Patria? Una pregunta muy de moda, ahora que nación, nacionalidad o derechos históricos son términos de debate comunes, cada vez más vacíos de significado. El término Patria parece arrinconado y mal visto. Y sin embargo es el amor a la Patria un término ya usado por romanos, griegos o godos, que lo consideraban una de las más altas virtudes.

¿Qué es la Patria hoy, en pleno siglo XXI? Para comprender este concepto hoy en día olvidado, hay que rastrear hasta su significado etimológico. Patria viene del latín Patres, y hace alusión al padre, y por extensión también a la madre y a todas las generaciones que nos precedieron. Así por tanto, la primera patria es la familia, a la que debemos la fidelidad propia del hijo que recibe toda una herencia histórica, cultural y moral. También una herencia material, que duda cabe: así pues nuestra casa familiar es también nuestra patria. Y también lo es aquellas posesiones materiales que se asocian a la misma: el terreno cultivado, el barco de pesca o el taller familiar se consideraron siempre parte de esa patria familiar, que estábamos obligados a amar. Ya en la Biblia se nos dice que es nuestra obligación cuidar y aumentar el patrimonio que nuestros padres nos legaron (y no sólo por supuesto el material, sino también el espiritual) para transmitirlo intacto o mejorado a los que nos suceden. Se crea así un vínculo intergeneracional: el agradecimiento hacia los que nos precedieron y nos dieron todo aquello que tenemos y la obligación hacia los que nos sucederán, a quienes debemos legárselo.

Pero nosotros no vivimos aislados en medio del desierto. Nuestra familia posee su casa junto a las casas de otras familias, nuestros lugares de trabajo se comparten con otros muchos. Se crea así todo un entramado de intereses y costumbres comunes con aquellos con los que compartimos trabajo, preocupaciones, problemas, fiestas o desgracias, con aquellos con cuyos hijos e hijas nos casamos, que son nuestros amigos o conocidos.

Resulta relativamente fácil amar a nuestro propio barrio, a nuestro pueblo o ciudad, a nuestra comarca, puesto que es el lugar donde se desarrolla la mayor parte de nuestra vida. Su prosperidad, su limpieza o sus buenas costumbres nos afectan directamente: nos preocupamos por él y tratamos de mejorarlo. Es la que se ha llamado comúnmente patria chica, aquella en la que de forma natural nos ubicamos.

Pero las personas nos relacionamos unas con otras. Existe una larga historia en la que la humanidad ha creado patrones que nos identifican como pueblo: el idioma, las costumbres, los gobiernos, unen a personas de diferentes lugares, que tal vez no se lleguen a ver nunca entre sí, pero que se sienten partícipes de un proyecto común. Es la ambición de construir “algo más”. De elevarnos como pueblo hacia unas metas más altas. De no conformarnos con “estar”, sino de tratar de “construir”.

La historia, por último, conforma a los pueblos. A través del comercio, los pactos, los intercambios, a veces de las propias guerras, las patrias chicas se relacionan y van conformando patrias grandes.

Los españoles podemos enorgullecernos de tener una de las naciones más antiguas de Europa y del mundo. Gracias a nuestra peculiar peninsularidad, fue Hispania una prefectura romana desde bien pronto. Las huellas iberas, celtas, vasconas, con aportaciones griegas o fenicias fueron unidas en el magma latino y pulidas definitivamente por los germanos en la conversión del rey Recaredo al catolicismo en el año 589. Godos e hispanos formaron un solo y nuevo pueblo: los españoles.

El Islam a pique estuvo de truncar este proyecto con su invasión en el siglo VIII, pero los hispanogodos, ya españoles, resistieron en diversos puntos montañosos del norte, e iniciaron desde el principio la dura, difícil y gloriosa tarea de reconquistar la España perdida a manos de los moros a lo largo de 7 siglos de intermitentes guerras, en la más asombrosa cruzada que vio el mundo, la larga Reconquista. Tal reconquista la hicieron los españoles divididos en diversos reinos, señoríos y principados, sin olvidar jamás (a despecho de falsas interpretaciones históricas modernas) que formaban parte de un proyecto común. Así, lo que pudiera haberse convertido en distanciamiento, se convirtió en diversidad, y cuando los Reyes Católicos concluyeron (a falta de Portugal) la tarea de la reunificación, bien se podía hablar de un reencuentro gozoso de viejos conocidos, no del nacimiento de una nueva nación.

Más durante el tiempo en que combatieron por separado, fue la época en la que los códigos de justicia se desarrollaron, extendieron y afianzaron por toda Europa. Cada territorio español los desarrolló según sus costumbres y usos. Y así lo entendieron Isabel y Fernando, que respetaron los derechos privados de cada reino sin perjuicio de la españolidad de todos. Por eso se empleó con frecuencia el término de las Españas: cada una era española a su manera.

El ser español se fraguó definitivamente en el descubrimiento y evangelización de América. La creación de una España de Ultramar (no de colonias mercantiles al uso de los países protestantes del norte de Europa) y la defensa de la Cristiandad y la Iglesia, han sido ese gran proyecto que dota a los españoles de un sentido histórico a su existencia. Una misión que forja realmente una patria. Nuestra Patria Grande, unión y orgullo de todos los españoles.

Revista Pelayos y Margaritas. Formación de jóvenes carlistas. Noviembre 2005

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